10 taquitos con todo para llevar: Franco Félix

Ciudad de México, 18 de febrero (MaremotoM):- Hay narrativas que forman parte de procesos singulares. Regularmente tiran las anclas en mares nombrados como extraños. Navegan por todas partes pero sólo aparecen en el horizonte con cierta dosis de valentía, de aventura. La narrativa de Franco Félix bien podría enmarcarse en ello pero dudo que importe: el escritor sonorense entrega relatos impresionantes. Autor de Kafka en traje de bañoLos gatos de SchrödingerMil monos muertos Maten a Darwin, Franco platica con nosotros y nos hace entrega de una orden de taquitos fuera de este planeta. Pequeña advertencia: nuestros taquitos sufrieron una mutación digna de no pasar inadvertida. Esperemos el lector la aprecie.
–¿Qué crees que pasaría si en lugar de un gato metiéramos a un monito a la caja de Schrödinger?

–¿A un simio? ¿Un primate? Lo más probable es que lo mismo que con un ser humano: si no hay movimiento hay tres opciones: está muerto o está desmayado o simplemente está tomando una siesta. Pero en algún punto tratará de salir de la reclusión movido por la angustia. Más le vale al nuevo Erwin o será vilipendiado en las redes sociales. El ejercicio de Schrödinger que explica la superposición está basado en el prejuicio de que los gatos suelen ser más apacibles que, digamos, los perros dentro de las cajas. Pero tanto los gatos como los perros sufren trastornos como depresión y ansiedad. Hay peces que se desmayan por el estrés o loros que se arrancan las plumas porque se sienten solos. Los estudios en monos siguen dando pistas sobre las conductas humanas. Hace muy poco, descubrieron una molécula que parece estar vinculada con las células nerviosas y la ansiedad y parece ser que, mediante un virus modificado, se ha controlado el trastorno en los monos y quizá funcione igual con nosotros. En fin, lo que quiero decir es que, si ahora metiéramos un mono en una caja y no se moviera, sería casi por las mismas razones que cualquiera de nosotros. No sé, quizá ame la caja. La oscuridad. Una cuarta opción se asoma: el mono es darks.

Franco Félix
El ejercicio de Schrödinger que explica la superposición está basado en el prejuicio de que los gatos suelen ser más apacibles que, digamos, los perros dentro de las cajas. Foto: Cortesía Neotraba

–¿Qué fue lo último que soñaste?

–Soñé con mi madre. He estado soñando con ella. Solemos hablar. Quizá porque creo que hay un montón de cosas que quedaron pendientes con ella. Es tanto lo que quedó suspendido que escribo una novela sobre todo ello. Cuando vivía, nuestra relación consistía en sentarnos uno al lado del otro, en silencio, durante mucho tiempo. Meses antes de su fallecimiento, le ponía música para que durmiera en el carro, cuando salía de hemodiálisis. Y así viajábamos a casa. Ahora la recuerdo así, durmiendo a mi lado, con Massive Attack o Floating Points, una banda que, según yo, toca música neuronal. Y bien, soñé que estábamos hablando en una reunión de soporte para el tratamiento de adicciones. Mamá y yo éramos junkies, quién sabe a qué droga estábamos enganchados y todos tratábamos de adivinar quién era el nuevo miembro en la sesión de esa noche. Ella fue la que atinó. Quedé boquiabierto. Se trataba de un hombre de la antigüedad llamado Homero, aunque no el de la Iliada y la Odisea. Éste juraba ser un tocayo de ese famoso Homero, pero él era originario de Hipona, de la misma región de San Agustín y estaba muy harto de que lo confundieran con el ciego. No piensen que sé mucho sobre San Agustín, pero es que quedé intrigado por la mañana y fui a buscarlo. No hallé nada sobre él y entonces lo imaginé haciendo otro berrinche en el más allá. Esperemos que algún arquéologo le haga justicia. Ma no era fan de la Historia, ¿cómo rayos conocía a Homero de Hipona? Hum.

–Si uno de tus familiares viviera en Praga, la tierra donde nació Kafka, ¿a qué crees que se dedicaría?

–No sé muy bien a qué se dedican mis familiares, salvo por lo que hace mi hermano, y tampoco sé muy bien a qué te puedes dedicar en Praga. Me gustaría imaginar que seríamos campesinos. Digo, yo también haría lo mismo que mis familiares, a menos que, por un motivo surreal, toda mi familia fuera checa y yo un mexicano de Sonora. Quizá adoptado. Una familia bohemia que adoptó a un yaqui. Ahí está la premisa. Cuando Gregorio Buitimea despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso venado. Me encantaría haber sido uno de esos valientes checos de 1620 que enfrentaron al Sacro Imperio Romano Germánico de Fernando II en la Batalla de la Montaña Blanca a las afueras de Praga. Recomiendo mucho que lean el pasaje dedicado a este episodio de la historiografía checa en la enormísima bibliografía de Kafka de Reiner Stach. En unas cuantas páginas se puede atisbar la ferocidad de ese pueblo combativo.

–Cuéntanos una de las travesuras de tu niñez.

–No era travieso por convicción. Casi todas mis diabluras eran accidentales. Hay una fundamental, pero la estoy reservando para el libro en el que trabajo actualmente, así que abramos el archivo. Hay una vieja historia que titulé Huevoderecholandia. Trata de mis primeros intentos por ser escritor. Estaba en sexto de primaria, así que debía tener cerca de once años. Mamá me había comprado mi primera libreta para que escribiera idioteces. Era de Bart Simpson. Me la compró en una “Tienda de Cinco Mil”. Tenía un candado que, según yo, protegía mis textos. Yo por esos días no tenía mucho control sobre mi imaginación, así que anotaba cosas del mundo. Observaciones, si se quiere. Hacía pequeñas notas sobre lo que veía. Sobre mi perro Picky, sobre mamá cocinando, sobre la ropa elegante y el sombrero de copa que traía Topo Gigio en su disco Para mis amiguitos (1986), sobre la baba incontrolable de mi hermano, sobre los sillones de la sala, sobre un capítulo dominical en el que Chabelo se había comportado como un cretino asustando a un concursando que intentaba atravesar una escalera colgante, etcétera. Las notas, por supuesto, eran aburridas. Excepto una: un día por la mañana, vi a mi padre echado en la cama, bocabajo, con un short de la selección argentina. En ese tiempo, los uniformes internacionales de futbol eran bastante pequeños, como que escatimaban en tela, qué sé yo. Pero ese loco amencer de 1992, Pa traía el shortcito celeste y sus bolas estaban de fuera. Se veía relajado el viejo. Me acerqué con curiosidad arqueológica para conocer cómo serían mis propias bolas en el futuro. Así que llevé mi libreta y anoté un par de cosas relacionadas con la textura, la forma, el tamaño. Escribí cosas como “Ah, los testículos de mi papá son grandes y llenos de pelos”, “un día yo los tendré así”, “así que de ahí vengo” y una frase influenciada por aquella canción de Topo Gigio que decía “Quiero ser como mi papá, me haré un bigote con la crema de rasurar. Su corbata y sus zapatos me pondré, sí, sí, y me iré como él a trabajar”. Mi nota decía: “Quiero ser como mi papá, me pondré sus “shores” y tendré los huevos grandes, como mi papá”. Un día, en la escuela, al volver del recreo, todos mis compañeros reían y cantaban a coro “Tendré los huevos grandes, como mi papá, como mi papá”. Habían violado la seguridad de mi libreta y recitaban mi análisis testicular. Fue embarazoso. Les quité el cuadernito y lo hice pedazos enfrente de toda la clase. No volví a escribir hasta la preparatoria. La maestra me hizo recoger todos los pedazos de papel que había dejado en el salón y mientras levantaba los trocitos, pude ver que la frase “tendré los huevos grandes, como mi papá” seguía intacta. Lo curioso, pensaba, es que cantaban esas frases de mi libreta de Bart Simpson con la misma tonada de la canción de Topo Gigio.

–¿Por qué hay exactamente Mil monos muertos?

–¡Ah, ahora entiendo la relación del mono con la primera pregunta! Bueno, es por el teorema del mono infinito que planteó el matemático Émil Borel, que dice que si le asignas a un millón de monos la tarea de presionar teclas al azar sobre un periodo de tiempo infinito en cualquier momento redactará una pieza de Shakespeare. Los Simpsons rescatan esto en un capítulo de la cuarta temporada: “Última salida a Springfield”. En una de las escenas, el Señor Burns le enseña a Homero una habitación en la que tiene mil monos tecleando sobre mil máquinas de escribir y le explica que pronto habrán de redactar la novela más grande conocida por el Hombre. En el doblaje al español, el chimpancé comete un error ortográfico, escribe “estábamos” con “v”, y es reprendido por su amo. Pero en inglés, esta secuencia presenta un error más significativo. El mono escribe “It was the best of times, it was the blurst of times”, que no es sino una copia del inicio de Historia de dos ciudades (1859) de Dickens que dice “It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom…”. Es decir, el mono estaba muy cerca de comprobar el teorema, mediante la repetición azarosa.

Esto viene al caso porque, siempre he defendido la irracionalidad, lo absurdo, pero no como una subversión sino como un pronóstico. Lo disparatado y lo normal invierten sus roles todo el tiempo. Se alcanzan continuamente. Es como un reloj de arena que se va desgranando poco a poco. Lo que hoy parece normal y está en la superioridad, mañana será ilógico y se encontrará por debajo, para luego iniciar otro ciclo de transformación.

Hace unos siglos sustituimos las supersticiones por el método científico y ahora parece dar vuelta de nuevo el dispositivo con la era digital. No importan los hechos, sólo lo que se cree masivamente, el grito de nuestra generación es: “No tengo pruebas, pero tampoco dudas”. Es alucinante. Lo mismo con el fenómeno de la Tierra plana, ya habíamos pasado por ahí, y se estableció mediante un montón de métodos que era redonda, pero ahí vamos de nuevo, a restituir la idea del disco azul. Los  terraplanenses, los antivacunas, los conspiranoicos, los homeópatas, no son simples lunáticos con Twitter, son indicadores de una aversión intestina sobre el estado de las cosas y que se resiste a aceptar una realidad. Es parte de la naturaleza humana cambiar y cambiarlo todo a nuestro alrededor. Los individuos nos comportamos así, como codificadores informáticos que escriben y borran comportamientos en el software cerebral. La verdad es que no sé nada de lenguajes informáticos, seguro que mi analogía es una vergüenza para mis amigos programadores. Lo siento, de antemano. En fin, bajo esta idea, los relatos de Mil monos muertos (2017) son como pequeños episodios irreales que esperan, sentados en la oscuridad, que un día todo ese reportaje absurdo alcance un estatus de veracidad.

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Franco Félix
Cualquier taquería en la calle es suficiente para maltratar la aorta con sabrosura. Foto de Franco Félix

–¿Cuáles son los mejores tacos de tu ciudad?

–Abres una discusión encarnizada en mi ciudad. En Hermosillo se toman muy en serio esa pregunta y no quieren ceder control sobre la subjetividad. Es decir, casi todos quieren imponer su gusto. Los hermosillenses no soportamos, por ejemplo, lo que hizo Netflix con su documental sobre el taco de asada. Puso en su top, una taquería que nadie conoce y tocó fibras muy sensibles. Y es que el disentimiento está a la orden del día. Por mi parte, no suelo enfrascarme en estas discusiones con mis amigos, porque no tengo un paladar muy exigente. Cualquier taquería en la calle es suficiente para maltratar la aorta con sabrosura. Aunque para esta entrevista, fui a unos tacos en los que nunca me había parado. Se llaman “La Salsa”, eran los favoritos de mi Ma. Así que aproveché la misión que ustedes me encargaron y pedí dos tacos de costilla rasurada y dos campechanos (carne con tripita de leche). Me los comí así, sin salsa, a lo rudimentario, back to basics. No sé si le fallé al espíritu del lugar, pero quería disfrutar la carne y los conductos mamarios sin distracciones gustativas.

–¿Te pegaron alguna vez con la chancla?

–Estoy seguro que sí, pero no lo recuerdo. Mis padres no solían ser tan violentos. Sí nos pegaban a mi hermano y a mí, como a cualquier otro niño en los ochentas. Creo que le temía mucho más al cinturón de mi papá. O al del Loquito del Cinto. Un sujeto que padecía de sus facultades mentales y que iba por la ciudad golpeando niños con su cinturón. O bueno, un cinturón, no tenía por qué ser de él específicamente, no recuerdo que se le cayeran los pantalones. Sé que ahora eso sería imposible, porque las agresiones infantiles están más reguladas, pero este hombre paseaba por las calles con impunidad porque nuestros padres sacaban provecho de su existencia y sus asaltos aleatorios. Cuando nos llamaban para que volviéramos a casa y no hacíamos caso, nos amenazaban con ese chiflado. “Ya métete o te va a pegar el Loquito del Cinto”. Era terrible en el caso de algunos de nosotros, porque en los ochentas, las madres usaban cinturones con más habitualidad y entonces la amenaza era triple: el cinturón de tu papá, el de tu mamá y el del loquito que pasaba a veces por la calle. Sé que algunos amigos de mi generación han de recordar a este personaje. Qué tiempos para el cinto.

–¿Alguna vez viste un fantasma? ¿Cómo fue?

–En mi infancia solía imaginarlos. Mi niñez fue muy difícil para mí y sobre todo para mis padres porque era un cobarde de mierda. Todas las noches despertaba en la madrugada y escuchaba cosas, veía rostros, me imaginaba lo peor e iba a despertarlos. Cómo odiaba eso mi Pa. Tuvieron que llevarme con un psicólogo durante un tiempo. Como dije más arriba, no tenía el control sobre mi imaginación, por eso empecé a registrar cosas del mundo “real”. Hay una historia en casa de mis padres. Una anécdota que titulé “Las vitaminas del fantasma”. Una noche de verano, al más puro estilo de Shakespeare o de Banda Toro, mi padre despertó a causa del llanto de un bebé. A pesar del gimoteo, intentó conciliar el sueño, pero fue imposible, porque escuchó pasos en la azotea y gente gritando por la calle. “¡Se está quemando tu casa!” bramaron en el porche. El viejo salió disparado a buscar la fuente del incendio pero no la encontró. Fue al patio y descubrió que se estaba quemando pero la casa de atrás. El llanto persistía. Su instinto gobernó y se subió a la barda, pero antes de pegar un salto, mi madre lo detuvo. Le pidió que no lo hiciera con unos ojos llenos de miedo y ternura. Y mientras las llamas se hacían más altas, el llanto del bebé cejó. Se escuchó una sirena y fuimos todos a echar un vistazo. Lo que vimos fue atroz. Salió de la casa, un bombero con el cuerpo del bebé calcinado, envuelto en una sábana. Los vecinos rumoraban “la hija de la Ely, se murió la hija de la Ely”. Fue muy triste. Mi Pa cuenta que ya no pudo volver a dormir esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente, y así. En su cabeza, daba vueltas la idea de que pudo haber salvado a la bebé. Se sentía culpable. Tenía pesadillas, escuchaba el llanto por las noches. Hasta que un día las psicofonías pararon. Pero unos años después, pasó algo estremecedor. Cuenta que, mientras dormía, sentía una mano minúscula que lo acariciaba o le tocaba la espalda. Pero eso también cesó un día. Años después, juraba escuchar una risita por los pasillos de la casa. Veía sombras pequeñas correr o abrir puertas o jugar por todas partes. Más adelante, el fantasma de la niña que no pudo salvar se convirtió en una mujer rondando por ahí. Del llanto pasó a la risa y de la risa al silencio. Todavía nos dice, el viejo que, hasta la fecha, ahí sigue el espectro, acompañándolo. Y Ahora es mucho más aterrador, porque es ciego y puede sentirla. Yo nunca la he visto, pero mi hermano asegura que sí, que una vez, unos años atrás, los dos la vieron al mismo tiempo. La niña tendría como seis años y los miraba desde un costado de la cama. Mamá y yo nunca vimos nada, pero vamos, tan sólo imaginar a esos dos pegando un salto en coordinación nos ponía los pelos de punta.

Franco Félix
Es bastante difícil escribir. No parece un trabajo exhaustivo pero lo es. Foto: Facebook

–Platícanos un poco sobre el cariño que le tienes a cada uno de tus libros publicados.

No les tengo cariño en sí. Me sorprende a veces, cuando tengo crisis de escritura, haber sido capaz de producir tantas páginas, de idioteces, sí, pero páginas al fin. Es bastante difícil escribir. No parece un trabajo exhaustivo pero lo es. Sobre todo la investigación y el trabajo de corrección. Borrar, cortar, reescribir, eliminar para siempre, volver a empezar. Es un maldito dolor de cabeza. Veo todo el tiempo en las redes sociales que disfrutan muchísimo escribir. Y pienso en dos cosas: O no investigan o tienen severos problemas mentales. Ya sabes cuántos optimistas hay por ahí sueltos. Yo celebro un montón cuando veo a mis amigos compartir en Twitter o Facebook que llevan tantas páginas o palabras avanzadas en sus proyectos de novela o cuento, porque son batallas ganadas. Uno termina un texto y siente la necesidad de socializarlo. Salvo que seas Salinger y esperes que tus textos se publiquen cincuenta años después de tu muerte, cuando no esté vivo ninguno de tus coetáneos y no puedan leer todas las mierdas que dijiste sobre ellos. Vencer un texto es motivo de simpatía porque explica coyunturas personales, más allá de los temas tratados. En consecuencia, veo mis libros así, como pequeñas victorias sobre momentos específicos de mi vida. En Los gatos de Schrödinger el texto y yo vencimos una adicción y una depresión profundas, en Kafka en traje de baño batimos la realidad e impusimos la ficción, en Mil monos muertos enarbolamos el absurdo como un himno nacional y en Maten a Darwin construimos un laboratorio de escritura que fue publicado por una editorial importante en México. Agradezco el riesgo que tomaron al publicar un libro así, tan perturbado y extenso.

–Si te encontraras con un extraterrestre, ¿qué le dirías?

–Preguntaría por Elma Correa y pediría que me llevaran a esa fiesta en la que está consumiendo todas sus drogas cósmicas.

–¿Es cierto que después de la novela que estás escribiendo ahora dejarás de escribir?

–Ahora mismo, como decía antes, escribo una novela muy difícil para mí, porque es sobre mi madre. La trama no sobre su muerte, aunque sí es desencadenada por su partida. De momento el título es “Australia”, pero ya veremos más adelante, a ver si alguien quiere publicarla. Cada palabra colocada en el texto es un navajazo en el tiempo y la memoria. Me está costando muchísimo y estoy seguro que necesitaré un descanso al terminar, porque no llevo ni el 10% y ya estoy agotado mentalmente. Además, estoy a medio camino en un doctorado y debo concentrarme en la tesis y algunos requerimientos para titularme. Así que, dejaré de escribir pero no permanentemente, eso es seguro. Sólo desapareceré un tiempo, hasta que logre concluir un par de pendientes académicos y resuelva, por fin, qué rayos haré con el famoso papelito. Supongo que trataré de ser profesor, pero uno irracional, no del tipo personaje de Joaquín Phoenix en la película de Woody Allen, sino uno como Hubert J. Farnsworth de Futurama. Oh, sweet zombie Jesus!

Fuente: Neotraba. Original aquí.

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