Concierto de Yo Yo Ma: Sin él, el niño genio, nada de lo divino existiría

Ciudad de México, 28 de marzo (MaremotoM).- Debo confesar que fui al concierto de Yo Yo Ma en el monumento a la Revolución más por influencia de mi maestro de capoeira que por una necesidad personal. Me contagió su pasión, la semana pasada, al final de la clase, mientras hablaba de un chelista cuyo nombre para mí no significaba mucho, pero para él implicaba la posibilidad de estar cerca de lo divino. Lo dijo con ironía pero también con fe, citando, paradójicamente, a Cioran: “He dicho que Dios le debe todo a Bach. Sin Bach, Dios sería un personaje de tercera clase. La música de Bach es la única razón para pensar que el universo no es un desastre total”.

Sí, un tipo singular el mestre Cigano (de apodo Adolfo Flores), pues es la única persona que conozco que se apasiona lo mismo por la teoría de la relatividad (y por todas las teorías científicas) que por la literatura y, sobre todo, por la danza y por la música. No, no todos los capoeristas somos vagos y malandros: También está el mestre Cigano.
Y a pesar de que comprendí muy joven de que para escuchar a Bach se necesita mucha disciplina, que claramente no tengo, decidí ir al concierto de hoy.

Concierto de Yo Yo Ma en el Monumento a la Revolución. Foto: Secretaría de Cultura

Llegué al monumento cuando el recital acababa de empezar. La plaza estaba llena de gente y no se escuchaba bien en la periferia. Todos se quejaban por el mal audio y se notaba la frustración y el enojo en los rostros. Intenté por varios lados y el sonido era muy malo en todas partes. El audio estaba orientado hacia la rampa principal de manera frontal. Supongo que no imaginaron que fuera tanta gente y fueron rebasados los técnicos y organizadores. Me comencé a desesperar y decidí que sería mejor ir a mi casa. Cuando me proponía a partir de pronto un hombre comenzó a gritar como loco que era un robo, que nuestros impuestos eran lo que pagaban el evento y que el concierto era una estafa. Llamó a la insurrección popular y a la rebelión para que subieran el volumen, pero nadie, incluyéndome, lo secundó. Agitaba a las masas pero estaba solo en el desierto. Únicamente su mujer gritaba a su lado, fiel, compañera solidaria de mil batallas. Me acerqué y a punto estaba de gritar con él más por compasión que por convicción, cuando alguien se acercó y le dio una explicación técnica de por qué no se podía subir el volumen: porque el chelo se desafina. Eso acabó con el espíritu jacobino del hombre que de a poco apagó su solitaria furia, intercambiándola en su acervo emotivo por vergüenza y emprendió la huida junto con su compañera y su pequeña hija.

No me quedó clara la explicación técnica pero también apagó mi tentativa silenciosa de rebelión y decidí marcharme sin batalla digna presentar.

Me fui por el costado del frontón México y cuando bajé al nivel de la banqueta oí fragmentos de la suite 3 de Bach y entré en estado de hipnosis de inmediato. La música era tenue, apenas un esbozo lejano. Entonces me fui acercando y bajé a la pequeña explanada lateral de la entrada del Museo de la Revolución Mexicana. Ahí estuve un par de minutos y luego vi un punto débil en la fortaleza que impedía entrar a la rampa principal. Me acerqué y por la esquina más cercana al oriente de la plaza me salté tendido cual bandido a la rampa de los madrugadores, ahora élite de privilegiados.

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Al llegar a la rampa principal me acerqué lo más que pude del escenario. Quedé a unos 30 metro del chelista y solo me detuve hasta que topé con una valla metálica. Estaba terminando la suite n. 3. En el preludio de la suite num. 4, el rostro de Yo Yo Ma expresaba una extraña felicidad, una especie de trance que lo conectaba al más allá, un estado de locura total. Mientras hacía las progresiones con una perfección absoluta, con su cuerpo sentado frente al violonchelo erguía la cabeza como alguien cegado por una luz intensa y la inclinaba ligeramente hacia atrás, mientras sus ojos cerrados indicaban que no él estaba ahí. Su rostro expresaba, con una múltiple indefinición, un perverso placer: parecía feliz pero, si se le veía con calma, había más tristeza y dolor, una especie de melancolía que se ocultaba tras una leve sonrisa de Gioconda.

Al final, cantó Lila Downs con Yo Yo Ma. Foto: Secretaría de Cultura

En la primera danza (la Allemande) cambió súbitamente su expresión por otro indefinido trance, que alternaba una inclinación toráxica con esa postura erguida y su cuerpo parecía más humilde: Ya no era ese dragón chino en implosión sino un niño obediente que agradece a los padres la vida. Una a una se sucedieron las danzas y cada movimiento era una transformación energética incomprensible pero gozosa. Él era pequeño, insignificante, como un amante entregado ante la música (a ese amor del Dios protestante hecho música) y de pronto se rebelaba como Lucifer retando a Bach, al genio que le dio esa forma barroca a Dios. Así, Yo Yo Ma retaba a Bach y a Deus, sabedor de que él era más fuerte que ambos porque él tenía el arco en ese momento y pulsaba las cuerdas y sin él, el niño genio, el músico disciplinado hasta el delirio, el dragón chino tragándose su fuego, nada de lo divino existiría ni tendría sentido.

Terminó la suite num. 4 y volvió a ser un simple mortal y, lleno de vanidad y de sonriente soberbia, exigió su pago, pidiendo al público tímido y apabullado, un aplauso más grande.

Justo antes de tocar la suite n. 5 habló al público en español: “este tema se lo dedico a todas las familias valientes de México, a todas las familias de los desaparecidos, a los que han sufrido de violencia en este país”

Inmediatamente surgió el conteo de los 43 estudiantes desaparecidos de la normal de Ayotzinapa y el grito de ¡justicia!

Volvió a invocar al Dios cristiano, y de nuevo ese delirio, esa contradicción, esa lucha interna ese trance, ese intento luciferino de parricidio, ese viaje al más allá hecho música.

El frío llegó no sé en qué momento y esa tensión entre el cielo y la tierra construida por Bach y evocada por Yo Yo Ma terminó al concluir la suite num. 6.

Y de pronto, cuando todo era perfecto Yo Yo Ma anunció una sorpresa: Lila Downs iba a cantar “La llorona”. Lila Downs apareció con un rebozo blanco y una blusa negra bordada con flores rosas. Cantó como siempre, con un exceso de virtuosismo que impacta, aplasta y embellece (a veces) el espacio sonoro. Con su atuendo de Catrina indígena volvió a Yo Yo Ma pequeño, insignificante, tal un día amaneció Gregory Samsa, y nos recordó, con una contundencia mayor que la de Nietzsche, que Dios ha muerto.

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