El destino de los Paralibros: Un paisaje desolador

Zacatecas, 16 de marzo (MaremotoM).- Alguien dijo una vez que para medir la ignorancia de un pueblo bastaba ver el polvo acumulado en sus libros. Seguramente en todas partes del mundo abunda el polvo entre las hojas de miles de ejemplares, pero México es un rival difícil de vencer en cuanto a libros olvidados, basta asomarse a bibliotecas públicas o espacios destinados a la lectura para comprobarlo y ser testigo del paisaje más desolador.

En 2011, la Dirección General de Publicación (DGP), perteneciente al extinto Conaculta, creó el programa Paralibros, una especie de isla en forma de parada de camión que funcionaría como biblioteca en espacios abiertos. La titular de la DGP en ese entonces, Laura Emilia Pacheco, dijo que el proyecto se sustentaba en importantes resultados a nivel nacional.

Pero tal parece que a ocho años de distancia esa inversión de casi 38 millones de pesos que se hizo para el proyecto, previendo que cada Paralibro tenía una vida aproximada de 10 años, fue palabrería pura, pues incluso desde el sexenio pasado, en el del presidente que no leyó ni tres libros en su vida, los Paralibros cayeron en el completo abandono y en el deterioro de sus ejemplares que se quedaron ahí encerrados a merced del sol o la lluvia, como esperando que alguien los rescate.

Tanto en las capitales como en los municipios de México los Paralibros pintan un paisaje desolador. Foto: Alejandro Ortega Neri

Tanto en las capitales como en los municipios de México los Paralibros pintan un paisaje desolador. No hay nadie que los atienda y las únicas que personas que se acercan es para descansar un poco la fatiga o esperar a alguien, mientras que en su interior los ejemplares decolorados por el sol, las cojines sucios y cuadernos ajados con los nombres de los que un día se atrevieron a ser lectores, son testigos del paso implacable del tiempo que acumula polvo e ignorancia.

Paseando por mi ciudad (Zacatecas) vi como desde un triste Paralibro Hervé Joncour, protagonista de Seda de Alessandro Baricco me gritaba que lo liberara, no importando que en estos tiempos ya hubiera aviones y psicoanalistas; a su vez Viento entero de Paz me decía que “el presente es perpetuo” y los jugadores de La cancha de los deseos de Villoro suplicaban por un espacio más grande para echar la cascarita.

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En un anaquel inferior, Emma, de una Jane Austen traducida por Sergio Pitol, sigue malinterpretando el amor con una mirada perdida en el vacío y a su lado un desmadroso José Agustín ondea por las calles del DF con su novela De perfil. Más arribita, el detective petirrojo Tomás Peralta, creación de Hilario Peña, prueba su suerte en el mundo de crimen, drogas y corrupción que inunda Tijuana.

En un rincón, tímidos, como siempre, Kafka y Capote ven cómo se desmorona el mundo; el primero, flaco e impasible, se metamorfosea en Gregorio Samsa y luego en un insecto; el segundo, seguramente con un té a la mano, mira su infancia desde Un árbol de la noche.

Pero no solamente hay clásicos. Ni imperdibles. También buscan ser leídos algunas rarezas como La breve historia del condón de Ana Matos. Pero parece que nada ni nadie los salva, es más, incluso hasta el anfitrión, Ramón López Velarde y los Tres libros de poesía han sido olvidados por la injusta provincia donde “las campanadas caen como centavos”.

Sería justo, ahora que se busca la transformación y que, por un lado se pretende erradicar la corrupción en todas las trincheras y recuperar lo valioso por otro, Paco Ignacio Taibo II y su ejército rescaten, si no los Paralibros que dependían del programa de las Salas de Lectura, al menos sí esos ejemplares que mueren olvidados, quemándose al sol y desintegrándose con la lluvia. Unos bomberos como Montag que salven de las cenizas a esa memoria del mundo, para que no se cometa el mayor crimen contra un libro, que no es quemarlos, sino, según el poeta ruso Joseph Brodsky, no leerlos.

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