Maayan Eitan

70 páginas de una obra maestra: Amor, de Maayan Eitan

Maayan quiere sorprendernos y al mismo tiempo desesperarnos. Lo que es verdad y lo que es mentira somos nosotros lo que debemos decidir. Las drogas funcionan como un elemento que ayuda a vivir en un ambiente donde los hombres mandan y a veces, como el caso de Sergei, pueden ser tiernos, casi amigos.

Ciudad de México, 13 de junio (MaremotoM).- Una prostituta llamada Libby, como un nombre bíblico o como algo que se le ocurrió a ella porque sí, en un impulso de vida, en un arranque de estar al borde del mundo, pero al mismo tiempo ser la parte central de una existencia de mujer.

Esta es la primera novela de la escritora de Israel Maayan Eitan. Posee una capacidad de concentración, pues en 70 páginas, editadas por Periférica, da un panorama general y sustancial de lo que es la vida de una dama en las grandes ciudades, pobladas de inmigrantes, con personas que bajan y suben, que aparecen y desaparecen.

Maayan Eitan
Maayan Eitan vive en Tel Aviv. Foto. Cortesía

Dice Juan José Rodríguez que la traducción de Amor, hecha por Gerardo Lewin lo volvió loco y debió dejar de leer. Es cierto, es una traducción muy castiza, muy para los españoles, pero la historia a mí me agarró por el cuello, me tiró contra la pared y no quiso que me fuera hasta el punto final.

La historia no es una historia. Es como un sueño. Es como un sueño que se transmite en vivo y en directo para los lectores/voyeuristas y en cada página acontece una tragedia que nos hace tragar saliva y mirar para otro lado.

Maayan quiere sorprendernos y al mismo tiempo desesperarnos. Lo que es verdad y lo que es mentira somos nosotros lo que debemos decidir. Las drogas funcionan como un elemento que ayuda a vivir en un ambiente donde los hombres mandan y a veces, como el caso de Serguei, pueden ser tiernos, casi amigos.

Maayan Eitan
Editada por Periférica. Foto: Cortesía

Dice la editorial Periférica: “La novela Amor, combina el aliento lírico de un Cantar de los cantares con la inversión moral (la contemporaneidad) de Jean Genet, Thomas Bernhard o la serie Euphoria y se hace inolvidable gracias a su protagonista, la turbadora Libby, descarnada y huidiza bajo la atención paralizadora del deseo masculino”.

Eitan estaba trabajando actualmente en su tesis sobre literatura hebrea y asistió a la Universidad de Michigan antes de ausentarse en marzo de 2013. Durante ese tiempo libre, Eitan pasó siete años trabajando en su primera novela, Amor. En un seminario web con Greenlight Bookstore, describió el proceso de escritura como lento, paciente y “la forma misteriosa en que su escritura funciona”.

Amor se publicó originalmente en hebreo en 2020 con gran éxito. Fue vendida a varios idiomas, entre ellos el español de España, con que ahora disfrutamos esta verdadera obra maestra.

Amor es una pequeña obra maestra. Sirviéndose de herramientas en apariencia realistas, Eitan presenta un mundo verosímil y permite que el horror lo ataque desde sus entrañas, con lo que logra una suerte de efecto de pesadilla surrealista. Eitan nos engaña y lo hace a propósito. El engaño actúa a modo de venganza tanto en el lenguaje como en el relato y, sobre todo, en los lectores, que también son copartícipes de aquello sobre lo que no se puede escribir, aquello que sólo se puede contemplar desde fuera. Un libro para lectores voyeurs. Tan hermosamente escrito como un informe fiscal. Como un cuchillo”, ha dicho Ilana Bernstein, autora de Tomorrow We Will Go to the Amusement Park

El primer capítulo de Amor, de Maayan Eitan, con autorización de Periférica.

NO TENÍAS AMIGOS

Os reíais como locas. Teníais las piernas largas, las tetas grandes, el vientre plano. No: estabais gordas. Veníais de hogares rotos, de familias adineradas, vuestros padres estaban locos el uno por el otro. Vuestro padre era contable, miembro de un kibutz, un sintecho, profesor de Lingüística en la universidad. Os quería como se quiere a la hija pequeña. Fuisteis hijas únicas. Crecisteis en una familia cargada de hijos; tras años de tratamientos, os adoptaron. Inmigrantes de Etiopía. Se os daban bien las Matemáticas; os especializasteis en contabilidad. Literatura hebrea. Kinesiología. Queríais trabajar con niños, ser abogadas; vuestra madre era toxicómana (logró curarse por sus propios medios); tuvisteis un tío médico. No: estuvo preso por intento de asesinato. Erais rubias y en verano se os quemaban las puntas del pelo. No: teníais la melena negra, rizada. Nacisteis en San Petersburgo. No no: vuestros padres llegaron de Estados Unidos, nacisteis en una granja, solíais contestarles en hebreo cuando os dirigían la palabra en una babel de idiomas. Hablasteis ruso hasta los siete años y luego lo olvidasteis; tampoco recordáis la nieve. El hebreo fue la única lengua que aprendisteis. Os negabais a responderles a vuestros abuelos cuando os hablaban en amárico. Simulabais no comprender. Vuestro padre, el contable, os violó en su oficina. Vuestra abuela guardó la llave desde la guerra del 48. Fuisteis la nieta exitosa, la niña más preciosa del jardín de infancia, vuestros ojos adquirían una tonalidad violeta cuando os enfadabais, cuando insistíais en cerrar los ojos en el primer beso. Follabais. Nunca os corríais. ¡No!, os corríais todas y cada una de las veces. Odiabais tragároslo, pero lo hacíais siempre. Os gustaba tanto que, en plena acción, os ibais al baño para meteros los dedos en la garganta y así poder saborearlo de nuevo. Lo escupíais. Al cabo de dos meses os arrojasteis de lo alto de un edificio. Os ingresaron en un psiquiátrico. Llegasteis a la sala de guardia con los electrolitos bajos y el hígado destrozado, pero lograron salvaros en el último momento. Tuvisteis suerte. Estuvisteis una semana en cuidados intensivos y luego regresasteis. Teníais dinero. Comprabais ropa elegante. Juguetes para vuestros sobrinos. Esponjas anticonceptivas para poder trabajar sin interrupciones durante todo el mes. Cuando os topabais en el coche –una subiéndose; la otra bajándose– no sonreíais. Reíais. Vuestras risas eran tan estruendosas que los vecinos se hartaron. Fingíais gemir mientras llorabais con amargura. Sí: llorabais con amargura. Cuando regresabais a casa y os quitabais el maquillaje, éste se mezclaba con vuestras lágrimas de felicidad. Cuando salíais con vuestros amigos de la infancia, pedíais primero bebidas baratas y luego pasabais a las más caras. No teníais amigos. Tuvisteis un novio que era programador informático; trabajabais sólo cuando le tocaba estar de reservista o viajaba al extranjero por motivos de trabajo. Hablabais de quedaros embarazadas, pero tomabais anticonceptivos sin decirles nada. Os gustaban las mujeres. Os gustaban los hombres. Mucho. No os gustaba nadie. Erais guapas, teníais un cutis normal, pecas, los labios secos y os cortabais las uñas hasta sangrar, pues temíais lastimar a alguien. No queríais herir a nadie. Queríais matarlos a todos, queríais gritar y hubo una vez que gritasteis. Ése fue, sin embargo, un error que nunca repetisteis. Cerrabais el pico. Echabais polvos en los baños públicos, en las discotecas, en las escaleras de la torre del socorrista de la playa, en un hotel de lujo, en vuestras camas. Con la misma desenvoltura con la que os montabais en un coche que os aguardaba todas las noches, os bajabais. ¿Qué podíais perder? No teníais nada.

Te puede interesar:  Un silencio bien administrado es una obra de arte: Ariana Harwicz

¡DIJE RUBIA!

En las escaleras de la torre del socorrista, había un hombre rollizo y de baja estatura cubierto con una toalla. ¡No puede ser! Había pedido una rubia, dijo. Me pasé los dedos por el pelo (oscuro) que me cubría la frente mientras él tecleaba con sus gruesos dedos en el teléfono. Intenté mostrar una expresión ambigua. Quién sabe, tal vez volviéramos a encontrarnos. ¡Dije rubia!, gritó, y se apartó de mí. (Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú.) Sonreí con amabilidad, me di media vuelta y me marché. Serguei, en el coche, me miró. Si tenía alguna pregunta, no la formuló. Bebí unos sorbos de la botella de plástico que había llenado de arak antes de salir; me sequé los labios con el dorso de la mano. Asaf le dijo que le conseguiría una rubia, dije riéndome. Serguei lanzó una carcajada y me cogió la botella. La calle estaba a oscuras. Decidimos esperar. Acaricié el lomo del libro que llevaba en el bolso, pero no lo saqué: hay momentos en la vida en los que hay que huir de la felicidad. Eché un vistazo a mi correo electrónico en el móvil y le volví a pedir disculpas a una amiga que necesitaba contarme algo importante. La música de Serguei, k-pop, me retumbaba en los oídos. Su mujer (él le había dicho, sin mirarla, que trabajaba de guarda de seguridad nocturno en un edificio en construcción o en un aparcamiento, un trabajo rentable) probablemente estaría tratando de quitarse de encima a los dos críos, que se le habrían metido en la cama de matrimonio. Les habían puesto las camitas en la habitación de seguridad: tenían que aprender a dormir solos. Aun así, los niños seguían empecinados en pasar todas las noches con ellos. Pero en esos momentos Serguei está conmigo y nos aguardan largas horas hasta el amanecer. A veces, hasta más tarde. Si a mí me pagan ochocientos la hora, pensé, y la mitad va para Asaf vía Serguei, ¿cuánto se saca Serguei? Apagó la radio un rato y me miró. No parecía descontento. Yo miraba al frente, a través del parabrisas, tratando de distinguir algo entre los setos de las mansiones. Alguien, imaginé, estaría en ese momento en un cuarto a oscuras, mirándome. Me enderecé en el asiento. Me repasé el carmín, que se me había corrido al beber. Traté de imaginar cómo me vería de rubia. Mientras esperábamos a que Asaf nos enviara una nueva dirección, Serguei me preguntó cuánto tiempo hacía que me dedicaba a eso. Me habló otra vez de su mujer y de sus dos hijos (un bebé y otro un poco mayor), de lo que le había contado sobre su magnífico trabajo, en el que el tiempo se le pasaba volando, y me dijo que su esposa se había quedado mirándolo. Como hacía mucho calor en el coche, le pregunté si le importaba que me quitara las medias. Be my guest,  contestó mientras miraba la pantalla del móvil y yo me contorsionaba en el asiento del copiloto para quitármelas: 39,99 con descuento en el súper, última oportunidad, sin derecho a cambio ni devolución, aunque da igual porque, al fin y al cabo, no soy yo quien paga esas cosas. Me llaman Libby, Libby, me canturreó Asaf cuando lo llamé para preguntarle si necesitaban chicas y le dije cómo me llamaba. Y eres mí-a, mí-a, Li-bby, Li-bby. ¿Tienes hijos?, pregunté con una voz que hasta a mí misma me sonaba pretenciosa. Demasiado aguda.

¿Por qué? ¿Acaso únicamente los padres conocen esa canción? Me pareció advertir desconfianza en su voz, ira tal vez. No, claro que no, contesté. No sé muy bien por qué, pero quería agradarlo. ¿Qué dices entonces? ¿Necesitas a una chica nueva o no?

ASAF

Asaf no dijo de vernos. Esa misma noche ya conocí a Serguei, luego a Dima, a Yehuda, a otro chófer cuyo nombre ya he olvidado, a lo mejor Yair, no sé, a tres, cinco o tal vez siete con los que me acosté todas las noches, en ocasiones un par de veces con cada uno, frecuentemente varias noches seguidas, dependiendo de quién estuviera trabajando o de si alguien me pedía a mí en concreto, pero a Asaf no lo conocí ni él tampoco dijo de vernos. Me dio pena. Quería que me mirara.

NO ERES GUAPA

Libby no es un buen nombre, me dijo Karin cuando la conocí. Nadie querrá estar contigo. Ella era aún más delgada que yo, calzaba unos zapatos altos de plataforma, hablaba rapidísimo y, cuando la observé, vi una chispa de verdadera locura en sus ojos, no como la mía, no como yo me imaginaba a mí misma. Me miró desde el asiento delantero. Supe exactamente cuáles eran sus pensamientos. Eres una monada, dijo, pero déjame pensar en algún otro nombre para ti (no eres guapa, pensé mientras ella me examinaba, y, además, ¿qué estás haciendo aquí?). Durante un instante me clavó la mirada. Bar, decidió. Ponme con Asaf, le ordenó a Serguei, hay que decirle que con un nombre como Libby nadie la querrá. Serguei estaba que trinaba. En casa tenía a dos niños y a una mujer a quienes alimentar, y ya no le quedaba energía – aunque disponía de muchísimo tiempo–, así que puso a Asaf en el manos libres y éste gritó a Karin, la mandó callar y cantó me llaman Libby, Libby, y eres mí-a, mí-a, Li-bby, Li-bby, canturreo al que se sumó Serguei con su marcado acento ruso y ahí se acabó la cosa. Me convertí en Libby.

Comments are closed.