Antonio Alatorre

A 100 años del nacimiento de Antonio Alatorre

Juan José Doñán y Ernesto Lumbreras recordaron, con una charla en el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas, al autor de Los 1001 años de la lengua española.

Ciudad de México, 1 de agosto (MaremotoM).- El lugar común: escritor, filólogo, crítico literario, traductor y hasta novelista. Lo singular, diferente o especial de Antonio Alatorre comienza desde la historia de aquel niño que dio señales de vocación sacerdotal, pasó por el seminario, y acabó ateo, casado con otro hombre y siendo, según sus propias palabras, el más ingenuo —en términos de conciencia de su “tiempo social”— de los intelectuales mexicanos: “si acaso la etiqueta de intelectual me queda bien”.

Sucede que ese autor apellidado Alatorre Chávez y llamado Antonio, nacido en Autlán de Navarro el 25 de julio de 1922, a sus entrados setenta años, y a unos doce de haber sido invitado a formar parte de una de las máximas instituciones de la divulgación de la cultura en nuestro país, El Colegio Nacional, decía dudar de esa etiqueta de intelectual. Y ahí, en ese gesto, reflejaba su actitud de humildad hacia el conocimiento.

El pasado 25 de julio se cumplieron cien años del nacimiento de Antonio Alatorre y para celebrarlo, en paralelo con actos del mismo tipo en la Academia Mexicana de la Lengua y El Colegio Nacional, se llevó a cabo una charla entre el cronista y escritor Juan José Doñán y el poeta y ensayista Ernesto Lumbreras, en la que otro poeta y periodista, Víctor Ortiz Partida, fungió como moderador.

Trayendo a cuento la noticia de que al morir Alatorre dejó claro “que no se le rindieran velorio, ritos, ceremonias, homenajes, ‘ni ningún otro exorcismo’” (de acuerdo a la reciente entrevista con su viudo el señor Miguel Ventura publicada en Reforma), Ortiz Partida dio por iniciada la conversación preguntando por el futuro de un escritor que no ha sido lo suficientemente divulgado.

Desde los años sesenta, el ensayista, crítico y periodista Emmanuel Carballo quiso romper el espejismo de que los grandes escritores de Jalisco eran solamente Rulfo y Arreola, pues a esos nombres hacía falta sumar el de Alatorre.

“Fue de algún modo una profecía que se cumplió en los años ochenta cuando empezó a publicar primero Los 1001 años de la lengua española, y después estudios acerca de Sor Juana, y su crítica literaria reunida”, dijo Lumbreras.

Es difícil catalogar a Alatorre pues a pesar de haber sido una persona que poseía una enorme cantidad de sabiduría, pues en su paso por instituciones católicas “aprendió griego, latín, francés y portugués, e italiano, y música”, como dijo Doñán, rehuía publicar su propio trabajo (también Alatorre fue un gran traductor) y hasta finales de los años setenta no había publicado ni un sólo libro de su autoría.

Antonio Alatorre
El interés por la traducción fue temprano en la formación literaria de Antonio Alatorre. Foto: De la Colección del Colegio Mexicano / Rogelio Cuéllar / Cortesía

Era reconocido y respetado por la plana mayor de las letras en la capital del país, gracias a su trabajo dentro del Fondo de Cultura Económica (FCE), al que ingresó gracias a su fundador, el economista y erudito Daniel Cosío Villegas.

Traductor, prologuista y comentarista de un sinfín de libros, Alatorre  estudió filología, la ciencia que estudia las culturas a través de sus manifestaciones lingüísticas y literarias, en la institución que el mismo Cosío había fundado con Alfonso Reyes: la Casa de España en México, misma que devino en El Colegio de México.

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En esa institución, Alatorre se volvería director del Centro de Estudios Filológicos y, según recordó Doñán, cuando el mismo Daniel Cosío quiso proponer a Antonio como miembro del Colegio Nacional, le decía: “oiga, publique por lo menos un libro, ¿¡cómo lo voy a proponer yo a usted si usted no tiene una bibliografía maciza, (al menos) un libro!?”

Ese libro llegaría de la mano de un encargo.

Doñán cuenta cómo “curiosamente el Banco de Comercio de México, Bancomer, le había encargado un libro para regalar a sus clientes sobre la historia de la lengua española, y de ahí derivó el texto de Los 1001 años de la lengua española, una historia que aspira a la sencillez (“la menos académica que se ha escrito […] la menos técnica, la menos profesional”) y a ser contada como tal, como una historia en una charla de sobremesa.

Antonio Alatorre
Una charla entre el cronista y escritor Juan José Doñán y el poeta y ensayista Ernesto Lumbreras, en la que otro poeta y periodista, Víctor Ortiz Partida, fungió como moderador. Foto: Cortesía de R. Cortés

Un 26 de junio de 1981 ingresó Alatorre a El Colegio Nacional. Un hombre que como su amigo don Luis González y González (el historiador que fundó El Colegio de Michoacán, autor de Pueblo en vilo) era enemigo, como señaló Doñán, del rollo:

“Le parecía que si alguien no era capaz de decir algo claramente, por más profundo o lúcido que fuera, y que los demás lo entendieran, que lo entendiera todo el mundo, entonces era un fracasado escribiendo o exponiendo ese asunto”.

Con su reticencia a publicar se entiende que La migraña, la única novela de Alatorre, se haya publicado de manera póstuma.

“Se le dice novela, pero es realmente una prosa, una suerte de autobiografía”, dice Lumbreras. Un texto que, a cien años del nacimiento de Antonio, y a doce de su fallecimiento, nos vendría bien descubrir o releer.

Y volviendo al futuro de este escritor del pasado, Lumbreras tuvo a bien recordar que la edición actual de la revista literaria Luvina, de la UdeG, recoge una serie de ocho ensayos sobre Alatorre; además dio a conocer que la Dirección de Publicaciones de la Secretaría de Cultura de Jalisco prepara una compilación crítica en torno a la obra de Alatorre que —con el riesgo de regresar a la vida de un enojo al homenajeado— llevará por título El sabio de Autlán.

Y esto porque, como comentaron los ponentes (“quizás la palabra sabio no le hubiera gustado”), Alatorre siempre rehuyó el halago.

Una última característica que vale destacar fue su generosidad.

Fue Alatorre quien salvó a Juan José Arreola de una crisis emocional y económica que éste y su familia enfrentaban tras su inesperado regreso de París en 1946, haciéndolo pasar por filólogo y gramático (que a su modo sí era, aunque sin estudios formales) para que obtuviera un puesto en el FCE.

Fuente: Revista Literaria Camaleón / Original aquí.

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