Vladimir Maiakovski

A 95 años de que Vladimir Maiakovski estuvo en México

En general, los comentarios de Maiakovski son agrios y responden a generalizaciones, pero quizás sean producto de la misma incomprensión que los mexicanos tenemos acerca de la identidad del indígena, del español, y del mismo mestizo, además de la paradoja que somos un país rico lleno de pobres.

Ciudad de México, 3 de abril (MaremotoM).- Vladimir Maiakovski nació en 1893 en la provincia georgiana de Bagdadi, después llamada Maiakovski y, tras una agitada y turbulenta vida política, artística y romántica, deja una nota de despedida, y se da un disparo en el corazón a los 37 años: No culpen a nadie de mi muerte. Mamá, hermanas, camaradas, perdónenme; no me recuerden como débil de espíritu. Lily, ámame… Saludos. Lily se suicida años más tarde, pero Maiakovski, aparentemente, no tiene nada que ver.

Cuando Vladimir tenía catorce años, su familia se muda a Moscú y él se afilió a los bolcheviques, por lo que en 1910 fue arrestado y sentenciado a once meses de prisión.

Maiakovski aprovecha ese tiempo en la cárcel para leer a los clásicos de la literatura universal y al quedar libre, se une a la vanguardia futurista, todavía en boga en Rusia. Ser futurista significa aliarte con los ideales políticos que desembocan en el fascismo y despreciar todo lo clásico y bucólico, proclamar odas a la modernidad, al dinamismo y a la máquina.

Ser futurista es proclamar que la guerra es la única higiene del mundo y que un automóvil es más hermoso que la Victoria de Samotracia. Con estas ideas, se inclina por trabajar para el Estado, sin abandonar una profusa obra poética y aunado al regusto vanguardista por disgustar y provocar a la burguesía.

LA PASIÓN DE MAIAKOVSKI

Maiakovski mantiene una intensa y pasional relación con Lilya Brick, a quien dedica la mayoría de sus poemas. Lily es una judía rica y educada, casada con el crítico y poeta Osip Brik, hijo de un joyero (rico y judío), cuya tesis doctoral para recibirse como abogado, se refiere a su labor activa en defensa de las prostitutas.

Lily es muy guapa, ambiciosa y cargada de una potente energía erótica que la lleva a cumplir el sueño de algunas chicas de la época: ser la musa de un poeta famoso, y vivir a perpetuidad en la memoria, cuestión que efectivamente, se lleva a cabo.

La pareja Brik se conoce cuando él tiene diecisiete años y ella catorce. Seis años después, se casan y hacen un pacto en el que se proclaman seguidores de Chernyshevsky, un socialista utópico del siglo XIX, ateo después de haberse recibido como sacerdote y que, en general, se proclama, entre muchas otras ideas liberales, por el matrimonio abierto.

Esto significa que Osip Brik acepta silenciosamente las infidelidades de Lily. Se rumora que cuando Lily le confiesa que se ha acostado con Maiakovski, su marido exclama: ¿Cómo podría alguien negar algo a ese hombre? De hecho, Maiakovski y el matrimonio Brick viven juntos por una larga temporada y Osip Brick es consejero, promotor, inversor, y co-fundador de la revista vanguardista LEF, dirigida por el georgiano.

En 1925, Maiakovski toma un barco y, después de tres semanas de un plácido viaje y de cargar combustible en Cuba, llega a las orillas de Veracruz, en donde sus primeras impresiones son un tanto escuetas: Una costa insípida con casas pequeñas y bajas. Los músicos nos reciben con cornetas… un pelotón de soldados se entrena y marcha en la costa. Cientos de personas diminutas con sombreros de alas chillan y extienden las manos.

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Vladimir Maiakovski
A Maiakovski le llama la atención la cantidad de limpiabotas y vendedores de lotería que merodean el puerto. Foto: Cortesía

A Maiakovski le llama la atención la cantidad de limpiabotas y vendedores de lotería que merodean el puerto; le desconcierta el desorden del ejército mexicano; le maravillan los paisajes y en especial, los cactus y, como a todo ser con sentido común, le apabulla la incertidumbre de cómo se lleva a cabo la política en México. Maiakovski llega cuando por los últimos treinta años, ha habido casi treinta presidentes en México.

Diego Rivera lo espera en la estación y Maiakovski lo describe atinadamente: una persona robusta, con una buena barriga y un rostro ancho y siempre sonriente. El ruso confiesa que antes de conocer a Rivera, solamente sabía que era uno de los fundadores del Partido Comunista de México, que era un gran pintor y que podía acertarle con una pistola a una moneda lanzada al aire.

De su visita por la ciudad, Maiakovski relata que Diego se mueve como una nube, respondiendo a cientos de reverencias, estrechándoles la mano a los que pasan a su lado y saludando a gritos a los que andan por la otra acera. De los murales todavía sin terminar en la Secretaría de Educación Pública, Maiakovski narra las imágenes de Rivera: la lucha incipiente. La insurrección en la que incluso la tierra se alza contra el cielo. El funeral de los revolucionarios asesinados. La liberación del campesino. La edificación de la tierra del futuro. La comuna: el esplendor del arte y del conocimiento.

Después de la visita a la Secretaría de Educación Pública, Guadalupe Marín, descrita por el ruso como una mujer alta y bella de Guadalajara, les prepara una comida que Maiakovski parece no apreciar: unas tortas o crepas secas, muy sosas, pesadas. Carne picada enrollada con un montón de harina y un incendio de pimienta. Antes de la comida, un coco; después, un mango.

Todo se acompaña con un vodka barato que sabe a aguardiente. Enseguida, Maiakovski lanza una perorata en contra del imperialismo estadounidense que ha dejado a México, “el país más rico del mundo”, reducido a raciones de hambre. En general, los comentarios de Maiakovski son agrios y responden a generalizaciones, pero quizás sean producto de la misma incomprensión que los mexicanos tenemos acerca de la identidad del indígena, del español, y del mismo mestizo, además de la paradoja que somos un país rico lleno de pobres.

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