Igor Ramírez García Peralta

A León le toca vivir situaciones de mucho dolor, pero va a lograr salir adelante: Igor Ramírez

La violencia en Ese horrible deseo de pertenecer está por encima de la historia y lo que narra es más bien un discurso ciego que no habla de algo lineal y expreso, pero que bordea la experiencia de que el crecimiento no es tan bueno.

Ciudad de México, 27 de agosto (MaremotoM).- La novela Ese horrible deseo de pertenecer (Emecé) refleja un sentimiento frecuente: la percepción de sentirse ajeno. Su autor, Igor Ramírez García Peralta, explica que “la carga familiar que tiene León, el personaje principal, es un gran peso”.

León recuerda todo en una novela salvaje con una buena prosa con un escritor que escribe desde chico y que revela su condena por ser parte de la casa chica de la familia y que su abuela relegó a su madre a una infancia bastarda, un eterno dejo de rechazo forma parte de él.

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“La abuela es una fuente de información, es también un recurso para contar más allá de la vida del personaje y es una fuente tanto de cariño como de trauma. Ese sentimiento de culpa que tiene la abuela la carcome, por pertenecer a la casa chica, que León la hace suya, pero sí en el sentido de rechazo”, afirma Igor.

“Esta novela surge de vivencias propias y de un sentimiento que tenía de pequeño cuando pensaba que mi familia era ideal. Lo cual es una maravilla, que no sean las familias ideales. Lo que quise plasmar en la novela esas inseguridades que tenía desde pequeño y muchas de ellas se asoman todavía”, agrega.

Igor Ramírez García Peralta
Esta novela surge de vivencias propias y de un sentimiento que tenía de pequeño cuando pensaba que mi familia era ideal. Foto: Cortesía

La violencia en Ese horrible deseo de pertenecer está por encima de la historia y lo que narra es más bien un discurso ciego que no habla de algo lineal y expreso, pero que bordea la experiencia de que el crecimiento no es tan bueno.

“Sí hay dificultades, hay momentos de violencia, de riesgo, pero lo he dejado a discreción del lector. La novela acaba de una manera positiva, lo que he intentado plasmar. A León le toca vivir situaciones de mucho dolor, pero va a lograr salir adelante”, expresa.

Igor Ramírez
Una novela editada por Emecé/Planeta. Foto: Cortesía

Con un impecable tratamiento del erotismo, una prosa honesta entre lo bello y lo grotesco, y una sensibilidad literaria que revelan al autor como una nueva y poderosa voz en el género, Ese horrible deseo de pertenecer es una historia de crecimiento, pero también de lo que somos capaces de hacer por lo que anhelamos.

“El libro está dedicado a mi padre y a nuestros cuentos de sirenos, porque cuando yo era niño me sentaba con él a dictarle cuentos. Estudié Derecho, hice una revista, he trabajado en moda, pero todo me ha dado herramientas para escribir”, dice.

Fragmento de Ese horrible deseo de pertenecer, de Igor Ramírez, con autorización de Emecé

PRIMERA PARTE

Desde aquella mañana de agosto llevo el olor a chicharrón impregnado entre labio y nariz. Brota de vez en cuando, como cuando el agua de la ducha reaviva un perfume que se quedó escondido en la piel.

Se nos había acabado el verano y Belá conducía de vuelta a Guadalajara, con mi tía Socorro, su hermana mayor, como copiloto. Hacía calor, de aquel que moja el aire y vuelve insoportable el tacto del cuero de los asientos. Por la ventanilla se colaba el respiro abrasador de los camiones y los chillidos de los frenos se elevaban a coro con las arengas de vendedores que ofrecían cocadas, plátanos dominicos y cotorras de cabeza amarilla, miserables, enclaustradas en sus cestas de alambre. A vuelta de rueda nos adentramos en un pueblo partido en dos por la carretera. El aire estancado olía a chicharrón. Niños descalzos y cachorros sarnosos corrían a ambos lados del coche, todos en la misma dirección. Recién se había celebrado una boda y la iglesia relucía con guirnaldas de flores blancas y papel picado. Belá se persignó. La casa del Señor.

A pesar del amor macizo con el que mi abuela me crio, pensaría que le gustaba provocarme celos con aquel personaje lejano, intangible e incomprensiblemente dividido en Padre, Hijo y Espíritu Santo.Yo le preguntaba que a quién quería más, enfermo de envidia por aquella devoción que le profesaba, y ella me respondía: «A Dios hay que quererlo sobre todo y todos». Me evangelizó a escondidas de Eugenia, mi madre, atea feroz y antisistema. Las vacaciones eran nuestro reino y las de Semana Santa el momento ideal para que diera rienda suelta a su labor, armada con historias de superhéroes en el desierto de Judea y respaldada por películas épicas que repetían año tras año en la televisión: guerreros technicolor con hombros de mármol, armaduras de plástico, melenas como cascadas y delineador en los ojos. A auspicios suyos, Ben Hur fue uno de mis primeros amo- res y por las tardes me ponía un disfraz que ella me había cosido para que jugara a desafiar a Roma entera. Yo prefería plegarlo por la cintura y mostrar mis piernitas que lograrían seducir a los jinetes más fieros.

Juntos nos entregábamos a nuestros impulsos. Ella iba por la religión y yo por fantasearme mujer. Le anunciaba que quería jugar a la maestra mientras acomodaba mis peluches, alumnos imaginarios, sobre el sillón de su sala y ella, sin mucho insistir, preguntaba si no preferiría ser el maestro. A pesar de ese catolicismo agobiante en el que se arropó con tanta culpa, tanto remordimiento y tantísima incoherencia, fue siempre mi cómplice más fiel y antes de que iniciaran mis largos veranos en Alemania, los meses de julio y agosto también eran nuestros. Recuerdo con especial nitidez el de 1992, cuando cumplí nueve años. Fue el verano de los Juegos Olímpicos de Barcelona, del divorcio de mis padres y de nuestro regreso al Distrito Federal, después de los años en Guadalajara, donde se quedó a vivir mi padre. Fue también el verano de aquel olor a carne frita.

Nos habíamos instalado en la casita de Puerto Vallarta, espartana y eternamente oscurecida por la sombra de un enorme pirul. Belá y yo compartíamos el cuarto de la derecha y mi tía Socorro dormía en el de la izquierda con José Gabriel, un nieto suyo que nos visitó durante unas semanas y que se encerraba en el baño a comer, sentado en el váter, tortas de birote con cajeta.

Nuestras noches iniciaban con la misma rutina: recién se ponía el sol, permanecíamos a oscuras para ver cómo las luciérnagas alumbraban el terreno baldío de al lado y, antes de acostarnos, Belá sintonizaba una estación que repetía sin tregua las baladas de Los Panchos. «La mujer del Güero Gil me trajo la vajilla azul de una gira que hicieron por Japón», me decía, refiriéndose a aquella porcelana, según yo, de origen chino más que japonés, decorada con una escena bucólica oriental muy parecida a la que tenía la vajilla de los restaurantes Sanborns, con pérgolas, gansos y bambúes pintados al fondo de los platos, y que se usaba en casa de mi madre, cuando ameritaba poner la mesa elegante. «En realidad se apellidaba Bojalil, era de origen libanés». El murmullo de su rosario, de los frascos y pomitos que abría y cerraba desprendía aromas a botica que poco a poco asentaban la calma. «Apago la luz porque me voy a quitar mis dientes».Y en la repentina oscuridad, su dentadura tintineaba una única vez contra el cristal del vaso que tenía sobre su mesita de noche. Ni ella quería mostrarse así, ni yo deseaba verla, con medio rostro hundido, como si se lo hubiese tragado. «Cuéntame más de tus historias», pedía yo. Mis favoritas eran las de su infancia, infes- tadas de fantasmas color sepia y narradas con aquellas eses tan silbadas que emitía su boca ya desdentada. Su madre, mi bisabue- la, habría muerto de un susto que se llevó en el zaguán de la casa de San Juan del Río que, supuestamente, fue sede de la Santa Inquisición durante el Virreinato. En aquel huerto, las lechugas floreaban con astillas de huesos humanos y cada vez que se plantaba algún limonero, la tierra escupía fémures, tibias o peronés.

«Háblame de tus perros».

«Hércules y Baltasar, los mastines napolitanos de tu bisabuelo.

¡Qué animales eran! Con sus lomos marmoleados volteaban el vino sobre los manteles portugueses al pelearse por los trozos de filete que yo les dejaba caer a escondidas. Era una mesa larga, larga y la alzaban entera. Parecían dos leones con esas patotas que tenían».

«¿Y no te regañaba mi bisabuelo?».

«Nunca». Su respuesta un poco mustia, de niña consentida a la que la madurez despojó de aquellos mimos. «Yo era su nena, la más chiquita de entre mis hermanos».

«¿Y a qué olía todo?».

«A manteca y maíz».

Hacíamos competencias para ver quién se dormía primero:

«Un candadito nos vamos a poner, el que se lo quite va a perder, una, dos, tres…». Sus ronquidos delataban que, de nuevo, ella había ganado. A la mañana siguiente habría que ajustar cuentas. Aquel fue un verano de descubrimientos olfativos. Identifiqué por primera vez el aroma a muerte: dulzón, incisivo y per- seguidor. Emanaba de algún animal, quizá un tlacuache que se pudría en una alcantarilla bajo el calor asfixiante de la costa, al lado del camino que recorríamos para ir a la tienda de abarrotes, donde nos aprovisionábamos de latas de atún, aguacates, leche condensada, galletas Marías y Nescafé.

Con la misma naturalidad con la que otras abuelas encargaban a sus nietos que llevaran un recado a la vecina, la mía me pedía que me comunicara telepáticamente con mi madre. Era una técnica infalible: la pensaba por la mañana y a más tardar a media tarde la teníamos al teléfono. Nadie se sorprendía, nuestra conexión resultaba de lo más normal y conveniente. No recuerdo qué nos decía ni qué le contábamos. ¿Que éramos felices? ¿Que había descubierto el olor a muerte? ¿O que Belá me dejaba ver las telenovelas y que, cuando los protagonistas se besaban, algo se me despertaba entre las piernas?

Me pasé las mañanas de aquel agosto frente al televisor, rellenando cuadernos enteros con dibujos de Cobi, la mascota de las olimpiadas, y embelesado con Vitaly Scherbo, el gimnasta bielorruso que arrasó con las medallas. Un par de veces por semana íbamos a la playa de los Muertos. Lo que más me gustaba de ese sitio era su nombre, atribuido a una masacre perpetrada por piratas. La versión de Belá era que los bucaneros habían dejado la playa sembrada de cadáveres después de matar a todos los arrieros que traían oro y plata desde las cercanas minas de Cuale. Cada vez que escarbaba en la arena ansiaba encontrarme alguna cala- vera o, por lo menos, unos cuantos doblones de oro.

El final de las olimpiadas marcó el tiempo para volver a la ciudad y una tregua para las ranas que la hija de la vecina y yo clavábamos aún vivas contra la escalera de madera que tenían en su jardín. Los días de viaje se caracterizaban por despertar de madrugada, sin importar qué tan cerca o lejos estuviera nuestro destino. Había que aprovechar la mañana y salir lo antes posible de casa, como si de no hacerlo hubiera riesgo de que nos quitaran el camino. La noche anterior nos encargábamos de los preparativos: la ropa que nos pondríamos sobre una silla, las áreas de la casa que no eran indispensables ya clausuradas, con las cortinas cerradas y los muebles cubiertos por sábanas viejas. Las maletas listas al lado de la puerta y, en la cocina, el tac tac del cuchillo contra la tabla de picar mientras Belá cortaba tomate, cebolla y chile para sus indispensables tortas de huevo a la mexicana, envueltas en servilletas que terminarían siempre sudadas, adheridas al bolillo.

Dejamos la iglesia atrás. Pregunté si podía comerme mi torta. Aquel olor a chicharrón estancado en el calor de la mañana había exacerbado mi hambre.Trocito a trocito empecé a despe- gar la servilleta humedecida cuando, más allá del barullo de los vendedores, alcanzamos a distinguir una sirena. La ambulancia se abrió paso entre el tráfico que bloqueaba ambos sentidos. No obstante la lentitud con la que nos adentramos en el estruendo de la tragedia, nos sorprendió sin dar tiempo a prepararnos. Un camión que transportaba cerdos yacía detenido en medio de la carretera. Sangre oscura como chapopote escurría por el metal quebrado de las jaulas. Había carne reventada por todas partes y, de entre los barrotes rotos, un cochino herido logró escapar. Pude ver sus ojos enrojecidos y llenos de terror antes de que desapareciera entre la multitud. El ruido de los animales en agonía era inquietantemente humano. Parecían quejarse, gemir, gritar y pedir auxilio. Belá me ordenó cerrar los ojos, pero de- sobedecí. Avanzamos unos metros más y descubrimos el coche de los recién casados incrustado en un costado del camión, con los arreglos de flores colgando como venas y arterias expuestas. Había rastros negros de un incendio que los vecinos habían con- seguido apagar. Y de ahí surgió aquel olor a cerdo quemado que aún llevo en el bigote.

A los cuatro años aprendí que la mierda es difícil de esconder. Insolente e indiscreta, una vez liberada huele, escurre y deja rastro. Intenté ocultarla. Me quise refugiar entre mi lonchera y el muro de piedra del kindergarten, mientras esperaba mortificado a que Belá pasara por mí. Llevaba puesto el trajecito de pantalón corto y camisa a juego, en estampado rojo y blanco de rayas de cebra y motas de leopardo que me trajo mi madre de Brasil. Era mi favorito y me había cagado encima.

También tomé conciencia de lo que abarca. La mierda no era solo aquella masa húmeda y tibia que me pesaba en los calzoncillos, sino que venía acompañada de unos inclementes chorritos que recorrieron la redondez de mis muslos, hasta que el elástico de mis calcetines los interceptó. Apestaba. Frau Hannelore fue la primera en darse cuenta. Habrá visto mi cara de susto, con las mejillas coloradas y el pelo adherido a la frente de tanto transpirar aquel sudor de nervios y adrenalina que en los adultos olía tan mal. Enfrentó el incidente con discreción, me tomó de la mano y salimos juntos del colegio para alejarnos del peligro: mis compa- ñeros, sus madres y la crueldad que entre todos podían acumular. Reconocí a lo lejos el imponente Galaxy color plata de Belá que avanzaba hacia nosotros sobre avenida de las Américas. Quizá le extrañó vernos afuera del kínder y nos habrá saludado con la mano derecha, enfundada en esos guantes de ante blanco que utilizaba para conducir. Ella no agitaba la mano, sino más bien bajaba uno a uno los dedos, del meñique al pulgar, como si sus falanges fueran las patitas de un ciempiés. Vendría toda perfumada. Olía siempre a flor de naranjo y, hasta la fecha, para mí el naranjo es el que huele a ella y no al revés. Se detuvo ante nosotros y bajó la ventanilla del copiloto. Frau Hannelore introdujo cabeza y hombros para anunciarle de la forma más prudente, así de cerca y en su español mordisqueado por aquellas rasposas erres alemanas, que su nieto se había cagado.

Belá descendió del coche con todo el aplomo que su cuerpo tan carnoso le otorgaba, cantando que vaya barbaridad. Y es que ella no hablaba, sino cantaba. Dolores fue de mucha voz y poca melena, por lo que usaba turbantes que ella misma se tejía, siempre a juego con sus vestidos de crochet prácticamente traslúcidos. Desconozco si resultaban escandalosos, pero se los ponía incluso para ir a misa, sobre una falsa transparencia de fondos color carne y con la medalla de la Virgen de Guadalupe enterrada entre los pliegues de su pecho.

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En esos pronunciados escotes cargaba toda su contradicción: tan creyente, tan amante, tan alegre, pero tan mortificada. Se tambaleó toda su vida entre aquella angustiante fe católica, heredada de una familia provinciana, rancia y venida a menos, y su gozoso libertinaje.

Le gustaba disfrutar. Le gustaba confesarse. Le gustaba comulgar.

Abuela, Buelau, Belá: la etimología del apodo para María de los Dolores Agustina Nieto Camacho, la madre de mi madre. Desde que tengo memoria, llamar «abuela» a las abuelas me parecía falto de personalidad y afecto. Todas merecían su propio nombre de cariño y mi hermano Antón apodó a la nuestra Buelau. Ocho años después llegué yo y lo simplifiqué en Belá, más fácil y menos cacofónico. La gente la conocía como Lola, doña Lola o, incluso, doña Belá, pero jamás como Lolita. En casa nunca fuimos de diminutivos cursis.

Belá tuvo un gran amor remojado en culpas y remordimientos: el ingeniero Eugenio Campuzano, mi abuelo, un cachorro del Milagro Mexicano que creció al mismo tiempo que su país y que le construyó a la Ciudad de México sus entrañas. Edificó la Fuente de Petróleos, el Campo Marte, el sistema de aguas de la Diana Cazadora y revitalizó el drenaje que tanto había apestado su infancia. «Los aztecas fundaron Tenochtitlán sobre un lago, llegaron los gachupines a llenarlo de mierda y yo la entubé para erigir sobre ella mi Distrito Federal». Además de embarazarla dos veces, le puso un apartamento en la calle de Pachuca, en la colonia Condesa, y posteriormente la casona de Cerro del Tigre. Le dio coches, alguna joya más o menos importante, viajes y un modesto regimiento de empleados. Reconoció su segunda casa con todo menos con el apellido. Así que Belá, su amante, tuvo que robarlo a un antiguo pretendiente. Es el Esperón, de revista y mujeres teñidas de rubio, con el que aún firmo yo.

El menor de los hijos de aquella unión fue mi tío Humberto, un niño inquieto y enfermizo que nació enojado. Su inteligencia mal estimulada derivó en conductas que acabaron por joderle la vida. Hartos de su rebeldía adolescente decidieron enviarlo a una de aquellas academias militares en Estados Unidos, donde la élite americana cultivaba psicosis y adicciones.Volvió a México achacoso y trastornado. Después de un intento de suicidio, el médico le diagnosticó esquizofrenia.

En cambio Eugenia, mi madre, fue una niña lista, con instinto leonino y el mayor orgullo del abuelo, junto con la tía Carlota, su única otra nena entre los diez hijos que tuvo con cuatro mujeres distintas. Hay exactamente nueve meses de diferencia entre ambas: el ingeniero festejó el nacimiento de su primera hija en la cama de su amante.

Las cirugías plásticas, los tintes y alguno que otro vicio han llevado a mi madre y a su media hermana en direcciones opuestas, pero durante su adolescencia, la gente solía confundirlas en la calle. Quién sabe si Carlota habrá intuido la razón por la cual desconocidos la saludaban en el parque Chapultepec con un «buenas tardes, Eugenia». Mi madre, por su parte, se supo siempre la hija bastarda. Su propia familia le infligió el rechazo más puñetero. Niña vergüenza, consecuencia de la infidelidad y el libertinaje, carne de cañón para las inquietudes de sus primos que intentaron besarla con aliento a plátano maduro, fruta que hasta la fecha aborrece.

Una mañana de sábado, Belá conducía con los pensamientos en plena ebullición. Su hijo Humberto, recién expulsado de la academia militar, había golpeado a una sirvienta hasta dejarla inconsciente sobre la alfombra de su cuarto. La había confundido con un monstruo, dijo él, con una silueta amorfa que se le abalanzó encima con la charola del desayuno. Era primavera, las jacarandas habrían ya escupido su tapete violeta sobre el as- falto y «Lucy in the Sky with Diamonds» sonaba en la radio. Lo sé porque desde aquel entonces se le torcían los brazos a mi abuela cada vez que escuchaba esa canción. Avanzaban sobre avenida Reforma y Eugenia, sentada muy señorita a su lado, creyó reconocer aquella calva estilo san Francisco de Asís en el asiento trasero del Mercedes azul cielo que circulaba en el carril de junto. Se alegró de coincidir con él, justo cuando el aire del habitáculo se hacía insoportable con el hervor de las angustias de Belá. Pero no tuvo tiempo de ver más, de detenerse en el arreglo de flores que llevaría aquel coche o de reconocer la figura menuda que se escondía tras un velo blanco y esponjoso. Tampoco tuvo tiempo de contener la emoción cuando los dos vehículos quedaron en paralelo, frente al hotel María Isabel; no tuvo tiempo de no bajar la ventanilla y gritar «papá», ni de ver cómo su media hermana inclinaba la barbilla para mirarse las uñas, enderezarse el anillo de compromiso y fingir que no ha- bía oído nada. Mucho menos le dio tiempo de prepararse para aquella mirada seca, inexpresiva y distante que la vio como si no la viera, que la atravesó como si fuera transparente; tampoco tuvo tiempo de prepararse para aquel manotazo en la pierna, en la mano, un manotazo que se chorreó por toda ella. «¿Pero qué haces, niña tonta?, ¡cierra esa ventana!».

A Belá no le alcanzaron los segundos para echar fuera el aire que se le metió en el pecho, ni para tragar la saliva que se le acumuló en la boca.Ambas permanecieron suspendidas en un suero amargo y denso, hasta que los cláxones de los demás coches las hicieron reaccionar.

Aquella tarde todas vomitaron. Belá vomitó bilis y mi madre tristeza. Cada una en la soledad de su cuarto. Imagino que la tía Carlota, la hija legítima, también vomitó. Lo habrá hecho en el baño de algún salón de fiestas elegantísimo, enferma de las náuseas por los tres meses de embarazo que se empeñaba en esconder tras el chiffon y la muselina.

Además de mi madre y del tío Humberto, Belá tuvo a Euse- bio con un inglés de apellido Simpson, piloto de British Airways. Lo parió en España, durante un exilio momentáneo y autoim- puesto. Viajó con una de sus hermanas, Mari, y su cuñado Ascanio, a quien le habían ofrecido trabajo en la construcción de una central eléctrica en Asturias. Cargó con Eugenia, mi madre, de apenas dos años, y se embarcó a Europa para esconder aquel embarazo intempestivo y regalarles el niño a su hermana y su marido.

Volvieron a México después de casi un año: Ascanio y Mari triunfantes, jurando que el aire fresco de Oviedo les había he- cho el milagro; Belá con un aliento metálico, a centavos, sin saber dónde verter aquel remordimiento persistente. El hecho de haber regalado a su hijo la puso al borde de un precipicio, donde se balanceó el resto de su vida. Lo habrá hecho por un amor correspondido a ratos, para salvar una mensualidad, para defender la poca dignidad que el México de 1950 le concedía a regañadientes.

Dolores nunca cesó de revelarse contra su propio nombre. Intentó hacerlo a diario. Estoy seguro de que quería vivir más ligera, pero las culpas se le acumularon entre los anillos de sus dedos huesudos y siempre fríos con los que estrujaba rosarios de pétalos de rosa, mientras revivía el color del aire y la temperatura de aquel primer llanto. Recordaba cada detalle, con su memoria prodigiosamente cruel, de esa tarde fría cuando dio a luz a Eusebio. ¿Cuántas veces no habrá querido arrebatárselo a su hermana y recuperar a aquel niño obeso de tez rosada? En sus sueños habrá huido mil veces con él.

Aun así, la recuerdo alegre y vivaz, como en el retrato que le hice el día que cumplió noventa años, cuatro meses antes de morir. Llevaba un vestido de punto color granate, pecho al aire, turbante celeste, gafas Persol y una Negra Modelo en la mano. Prefería beber su cerveza directamente de la botella y en Navidades se abastecía de docenas de cartones de Nochebuena, para dosificarlas durante el resto del año.

Mientras mantuvo la casa de Cerro del Tigre, los fines de semana organizaba pequeñas bacanales en torno a su piscina con forma de riñón. Los preparativos iniciaban puntualmente a las diez de la mañana de los sábados, con una cita en el salón de belleza, al lado del Aurrerá de avenida Universidad. «Nomás que me hagan el shampoo y las uñas y que me recojan tantito el pelo. En casa me termino yo de peinar». Más tarde, en La Europea compraba botellas de ron, tequila blanco y añejo, whisky y antes de volver a casa, ahí mismo, sobre Miguel Ángel de Quevedo, un jarrito de pulque para evitar las malas caras del jardinero.

«Ayúdele a las sirvientas, por favor. Muévanme los muebles del jardín, y recorran las macetas para que quede bien despejada la terraza. No me arrastren las macetas, ¡álcenlas!, que el otro día me rompieron una baldosa». El menú dependía del número de invitados. Ante la duda, los volovanes rellenos de atún o de jamón York molido con nueces y queso Philadelphia, aunque sus favoritas eran la gelatina de cava con mariscos o aquella mousse de camarones, cuajada en moldes con forma de salmón. «La de la palma no me la muevan. Esa déjenla ahí que es muy delicada y luego se resiente. Las macetas de talavera las ponen delante y las de barro más escondiditas». Dos hermanos de apellido vasco, con chaqueta blanca y pajarita azul noche, sumaban o restaban trompetas, guitarras o violines según la ocasión, y una mujer gruesa, pazguata y de poco cuello se les unía cuando precisaban de una mezzosoprano que pudiese interpretar alguna balada en inglés. Innecesario, estimaría Belá, las mejores canciones se cantaban en español, pero disfrutaba ver cómo se regocijaba la esposa del agregado militar de la embajada, una californiana con aires de grandeza que le regaló los moldes con forma de sal- món en los que cuajaba sus mousses y que le enseñó a preparar el coctel de camarones con uvas o la pizza de pera y anchoas que tanto gustaban al señor cura. «Cuidado y no les vaya a sacar un ojo mi agave». El resto de los invitados era un batiburrillo: rivales de sus tardes de canasta en la colonia Narvarte, amistades de la parroquia, vecinos, parientes y aquellos matrimonios capaces de obviar la reputación de su anfitriona, a cambio de sus san- güichitos abiertos de jamón enlatado, decorados con rodajas de aceitunas, rebanadas de huevo duro y pimientos de piquillo en tiritas. «Cuando terminen me sacan las sillas plegables del garaje y les ponen los cojincitos verdes que les mandé hacer».

Imagino las mañanas resacosas que le seguían: el ruido de la escoba, los vasos y el tintineo de los cristales rotos; desgreñado el postizo que se colocó de último momento para dar más vo- lumen a su peinado; aquellos pendientes, el collar de chatones y las pulseras gemelas, regados todos sobre su tocador. Dolores escondida en su remordimiento y con la chequera lista para firmar indulgencias a nombre de la Capilla Universitaria. Así expiaba lo que ella misma consideraba pecado, financiando la llegada a México de sacerdotes dominicos españoles, jóvenes y entusiastas que acabarían tomando el sol sobre sus tumbonas de hierro forjado.

Uno de ellos fue Juan Antonio, mi padre, un cura burgalés, intelectual y apuesto, que entre volovanes conoció a Eugenia, mi madre, arquitecta, rebelde y de izquierdas. Aún conservo la estampa que reproduce un detalle de la Inmaculada del Escorial de Murillo, con la inscripción en mayúsculas sans serif FrAY JUAN ANtoNio rodrígUez sAiz y la palabra dominico centrada y en minúsculas decididas. Nunca he sabido si atribuir su sencillez a una acertada refinación tipográfica o, más bien, a la llana austeridad monástica. Bajo su nombre se lee: «ordenación sacerdotal, Las Caldas de Besaya 27 de julio de 1963; primera misa Burgos, 3 de agosto de 1963».

Siete años después de ordenarse, Juan Antonio renunció al sacerdocio y consiguió una dispensa papal que le permitió casarse por la Iglesia con mi madre. Fue una ceremonia comedida e incongruente. Distante de las celebraciones que Belá ofrecía en su jardín e incoherente con las ideas iconoclastas de Eugenia.

«¿A quién más pretendes que invite, mamá? No quiero a tus pa- rientes el día de mi boda», habrá reclamado mi madre, igual de desencajada de su familia que Juan Antonio, quien, según su propia versión, con tan solo seis años quiso marcharse al seminario para criarse entre dominicos, engullido en lo más acre del franquismo. Mientras tanto, sus tres hermanas mayores, mis tías paternas, se perfilarían en una radiografía fiel de la clase media española: la tía Maruja como ama de casa en Alcobendas, un suburbio de Madrid; la tía Maricarmen de enfermera en Santander, y la tía Isabel, sobrecargo de Iberia y salvaguardia del escaso glamur familiar —única representante de los Rodríguez en el matrimonio del hermano pequeño, del único varón—, radicada en Canarias, cristiana y casada con un yudoca olímpico checoslovaco.

Juan Antonio y Eugenia intentaron formar una familia y resultamos nosotros: mi hermano Antón, de julio de 1975, y yo, el menor, nacido en la efeméride exacta de la primera misa de mi padre, un 3 de agosto, pero de 1983. «No te preocupes, aunque ellos quieran, tus papás no se pueden divorciar», me consolaba Belá, «porque se casaron ante Dios», terminaba de sentenciar, convenciéndome de una verdad que, aunque ellos obviaran, ni el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo pasarían por alto.

Cuando estábamos solos, a Belá y a mí los silencios nos quedaban grandes. Había que llenarlos de una u otra forma y ella siempre se encargó de inundarlos con palabras, transmitiéndome sus conocimientos, chismes, intrigas, arrepentimientos, dramas y comedias. Con destreza encauzaba el chorro portentoso de sus memorias hasta convertirlo en un apacible estanque que visitábamos juntos. Ni mi hermano ni mi madre supieron verle el encanto a sus historias, y siempre le reclamaban que esa ya la había contado, que aquella ya se la sabían.Yo, en cambio, me esmeraba en descubrir detalles nuevos, en colmar lagunas que me habían quedado en versiones anteriores, en dibujarlos, darles forma y música. Fue tan generosa y minuciosa con sus relatos, que acabé por construir con ellos memorias propias. Los repetía como si fueran un dogma, letanías del pasado: la relación entrañable entre mi madre y la venado que vivía en el patio de la tía Mari en San Juan del Río, el trueno que mató a un peón en casa del señor cura, la vez que me hice pipí mientras me cambiaban el pañal o cuando vomité en la boda de la hija de la sirvienta. Era tan buena narradora que lograba hacerme revivir las náuseas que me había provocado aquel pastel tan merengoso.

Una de sus historias concluía con el gorgoteo de nuestras carcajadas, ecos de la risa que me contagió aquella tarde a la salida del kínder. Antes de dejarme subir a su coche abrió las ventanillas, desplazó hacia adelante el asiento del copiloto e indicó que me colocara en la parte trasera. «Pero por el amor de Dios, no te vayas a sentar». Se habrá despedido de Frau Hannelore agradeciéndole y disculpándose, quizá al día siguiente le llevaría unas flores o una caja de galletas danesas. Ocupó su lugar, se giró hacia mí, me vio con paciencia y cariño y, entre risas, suspiró:

«Qué has hecho, criatura». Insistió en que no me sentara y arrancó sosteniéndome con su mano derecha, mientras que con la izquierda maniobraba el volante.Y con aquella actitud, poderosa y liviana, me dio a entender que todos, absolutamente todos, nos hemos cagado alguna vez en los pantalones.

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