Mariana H

A través del vaso: poniendo a la música mexicana en su lugar

Esta es la entrevista a la adorada Mariana y desde aquí le decimos que A través del vaso pone a la música mexicana en su lugar, en el lugar de la gloria y de la creatividad.

Ciudad de México, 3 de octubre (MaremotoM).- Hacer un libro de entrevistas no es nada fácil, aunque parezca lo contrario. Hay que elegir muy bien a los personajes, encontrarlos en una circunstancia que quieran hablar, abrirse y sobre todo hay que ser un entrevistador humilde, casi sin estar presente.

Todo eso lo tiene Mariana H. He disfrutado mucho más este libro A través del vaso (Reservoir books), porque ella está más suelta y sin la presión del primer libro se mostró a sí misma. Es autora del libro Neurosis, sustancias y literatura (Reservoir Books, 2018), en el que entrevista a escritoras y escritores mexicanos y si bien su libro es divertido, tiene un poco esa cosa sobreactuada de los escritores. Sin embargo, este de los músicos es como una caricia en los oídos, tan cercana a ellos, tan amistosa y al mismo tiempo tan reveladora.

Mariana H
El libro tiene una entrevista a uno de nuestros músicos más talentosos: Pato Machete. Foto: Cortesía Facebook

Ella es simpática, cercana, muchas veces solitaria, muy profesional, guapísima sin quererlo (es difícil que se ponga una falda o un vestido de fiesta) y todos la queremos.

Eso sí, la música es la música. Ambas lo sabemos. Es algo tan fundamental en nuestras vidas que hablar sobre los grupos o solistas necesitaba un libro como este.

Esta es la entrevista a la adorada Mariana y desde aquí le decimos que A través del vaso pone a la música mexicana en su lugar, en el lugar de la gloria y de la creatividad.

Fragmento de A través del vaso, de Mariana H, con autorización de Reservoir Books

Nada será como antes.

Y está bien

¿Fue Lennon quien dijo: la vida es eso que ocurre cuando estás ocupado haciendo otros planes? El 31 de enero de 2019, estando sola en una playa para recibir el 2020, terminé de escribir la primera versión del prólogo de este libro. A los pocos meses el mundo cambió por completo. Lo que comenzó siendo el rumor de un virus que venía de China terminó en una pandemia que alcanzó a nuestro país.

Afortunadamente este trabajo que realicé durante casi dos años puede ver la luz después de muchos meses de incertidumbre. Celebro haberlo realizado cuando aún teníamos la libertad de abrazarnos, brindar, compartir un platillo, sentarnos en una cantina.

Aquí se reúnen las voces de 26 músicas y músicos indispensables para conocer el camino que llevó a la definición y consolidación de la escena musical mexicana tal como hoy la conocemos. Éste no es un libro de rock, aunque a la mayoría de los entrevistados se les identifique en ese género. Aquí hay hip hop, pop, son huasteco, metal, música experimental, un par de boleros y una polka. Están aquí algunos de los que vivieron la represión de finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando los jóvenes y el rock estaban satanizados, quienes empezaron a crear una escena tocando en hoyos funkies y terrenos baldíos y más adelante en lugares como el LUCC, Rockotitlán, El Bulldog y tantos más hasta lograr fortalecer, junto con las generaciones posteriores, una escena nacional que trascendió a nivel internacional. Muchos de ellos tuvieron su primera tocada en una fiesta particular y actualmente llenan el Foro Sol.

Son… somos quienes conocimos los viniles o los casets no como algo vintage sino como la principal manera de escuchar música. Crecimos en una época en la que difícilmente se escuchaba o se veía rock en los medios; cuando sucedía, corríamos para ponerle REC a nuestras grabadoras. Todos recordamos la primera vez que vimos el arcoíris detrás del falso fondo del primer CD que tuvimos en las manos.

A través del vaso
A través del vaso, una edición de Reservoir Books. Foto: Cortesía

Independientemente del año en que nacimos, vivimos el cambio de lo análogo a lo digital y tuvimos que aprender a adecuarnos a un nuevo lenguaje. Pareciera que estamos hablando de la prehistoria, pero no fue hace tanto tiempo que cambió la forma de hacer, ofertar y consumir música en el mundo entero.

Algunos de los músicos entrevistados en este libro fueron quienes crearon esos himnos que nos cimbraron a muchos: desde los músicos que se estaban formando, hasta radioescuchas, locutores de radio, empresarios y estudiantes que pagaban el equivalente a una caguama para ver a una banda desconocida. Para muchos de mi generación ese momento de revelación llegó cuando escuchamos por primera vez el redoble de una tarola y el aullido de “Mátenme porque me muero” de Caifanes en la radio. Sin embargo, cada quien tiene un himno y un momento: un perro negro y callejero, una carretera, uno-dos-tres, patada y coz, una mañana linda, un frijolero, un crucifijo, un esqueleto, un pequeño gran rockstar, un pobre pordiosero, un conejo en el sombrero, un metrosexual, un arrullo de estrellas, un grupo de doctores en Tijuana.

El acceso que tenemos a la música de todo el mundo con un click y poco presupuesto hace que su consumo sea cada vez más individual y la experiencia colectiva se diluya. El concierto en vivo, sin embargo, sigue siendo el terreno en común de adrenalina y pertenencia. Nada sustituye al grito de una multitud cuando se apagan las luces de un escenario para que empiece el concierto; ni para los de arriba ni para los de abajo.

Los músicos que aparecen en este libro son de distintas generaciones, estilos y formación. Las selecciones siempre son complicadas y polémicas, me hubiera gustado tener a veinte personas más, pero llega un momento en el que hay que detenerse. Hay gente de Guadalajara, Matamoros, Monterrey, Tijuana, Tampico, Ciudad de México, “Chimpancingo” y Minatitlán. La entrevistada más joven tiene 31 años, el mayor 67. Hubiera querido tener a más mujeres pero sus agendas no lo permitieron.

Así como aún no me convence que la equidad de género se logre sustituyendo todas y todos por todes, todxs o tod@s, sí creo que a las mujeres que hacen música se les debería llamar músicas y no músicos, así como a las cirujanas y a las soldadas. Me indignó el hecho de que en la escritura de estas entrevistas, Word me marcara como incorrectas o inexistentes las palabras: ídola, genia y, más grave aún, feminicidio.

Este libro no pretende arrojar datos ni llegar a conclusiones definitivas. La idea es compartir con los lectores estas conversaciones en las que hubo de todo: historias, familias, drama, éxitos y fracasos; rencillas, reencuentros, chismes, nuevos proyectos, amores y desamores; enfermedades, rehabilitaciones y muerte.

Muchas de las entrevistas fueron en un restaurante en el centro de Coyoacán, otras en una mezcalería cercana, dos en estudios de grabación, otras dos en una cantina en la Condesa, una en Monterrey, una en una cantina en La Portales, dos en casa de los músicos, una en un restaurante retro en la Condesa, una en una tortería taurina, otra en Altavista, una en el glamuroso Wings del aeropuerto de la Ciudad de México, dos en un café y dos en mi casa.

Estoy a pocos días de entregar este trabajo y siento que con eso se van todos los amigos de la fiesta y me quedo sola en mi casa. Pero eso se resuelve con un click y unas bocinas. Siempre tendremos música, de quienes estuvieron aquí y, también, de los que no llegaron.

El 14 y el 15 de marzo del año 2020 se llevó a cabo, pese a la controversia e indicaciones de no asistir a eventos masivos, la edición 21 del Festival Intercultural Vive Latino, en el Foro Sol de la Ciudad de México, con un promedio de sesenta mil asistentes por día. El amor a la música, a la experiencia colectiva, al en vivo fue superior al miedo a la pandemia. ¿Irresponsables? Sí. Pero quién dijo que el rock tenía que ser responsable.

Tatiana endemoniada

Quedamos de vernos en un restaurante argentino, es el lunes después del Vive Latino 2019. Llego y la veo con lentes oscuros y tomando agua mineral con limón. No necesito confirmación, pero la recibo: “estoy crudísima”, me dice Amandititita, quien generosamente llegó a nuestra cita, siendo que podría estar echada en su cama crudeando y viendo Netflix. En realidad Amandita y yo nos hemos tenido siempre en el radar por amigos en común, pero es la primera vez que me siento a platicar con ella. Los colores de sus uñas, su tono de voz, su maquillaje y su plática me parecen fascinantes. Y fascinante también su tránsito por las letras, que fueron, antes que la música, su primera vocación.

Yo quería escribir, pero sabía que si me metía a estudiar Literatura Latinoamericana no iba a escribir, sino a leer, así que tomé talleres, luego fui a la SOGEM y después a la Dinámica de escritores de Mario, estuve en la primera generación. Ahí conocí a Guillermo Fadanelli.

¿Dando clase o estudiando?

Dando clase y maldiciéndonos a todos, porque tenía que hacerlo para poder pagar la renta.

Totalmente Fadanelli. [Risas.]

A la primera persona que me presentó fue a Miguel Calderón, luego a Artemio y ahí se salió todo de control. [Risas.]

¿Ya cantabas?

Hicimos un grupo que se llama Mi Grupo Favorito con dos chavas, éramos como las Flans, era pura risa. Ahí empecé a hacer algunas letras, un desastre. Fue uno de esos grupos que se hacían para las fiestas de estos mismos güeyes.

¿En la época de La Panadería y esas ondas?

Justo cuando estaban cerrando La Panadería.

La Panadería fue un lugar legendario en La Condesa, en el que se exhibía arte contemporáneo (piezas, instalaciones, performances, conciertos) de artistas como Yoshua Okón, Dr. Lakra, Miguel Calderón, Teresa Margolles, Artemio. Era también un lugar de gran desmadre.

Fadanelli me dijo que yo hacía buenas letras y que me aventara a hacerlo yo sola. En los quince años de la revista Moho me invitó a tocar con Mi Grupo Favorito, pero una semana antes se había peleado con una de ellas y pues ya, lo hice sola y me sentí muy bien cantando en el escenario.

¿Y cómo fue que entraste a trabajar en una agencia de publicidad? Me parece rarísimo.

Sí, es que en un principio a mí me pagaban las regalías de los discos de mi papá. Era poco, pero pues con eso me sostenía. Pero cuando me las quitaron me tuve que poner a trabajar para vivir. Entonces me fui a trabajar a la agencia de publicidad. Era mala publicista, pero ya empezaba a estructurar mis canciones. Me eché “El metrosexual”, “La muy muy”, etcétera. Era un tiempo donde había mucha agilidad. Como yo no sabía que esto algún día iba a ser algo que escuchara más gente, pues hacía lo que se me daba la gana. Yo quería hacer reír a mis amigos. Así empecé a hacer una rola y otra hasta que de pronto ya tenía ocho. Y Tere Margolles, a quien conocí por Artemio, me dijo: “Tú tienes que tocar en España, yo te voy a pagar tu boleto a España, para que vayas, cantes, y conozcas”.

¡Pero no tenías experiencia en escenarios todavía!

¡No! Yo cantaba en las fiestas a capela, eran unas épocas de pedas muy duras. Bueno, yo no sé si ya salí de eso [risas], pero eran un poco más intensas que ahora. Total que me fui a España y ahí se decidió un poco lo que queríamos hacer. Tuve muy buen recibimiento por parte de los artistas conceptuales, muy raro. Les parecía increíble. El disco que yo grabé y que le llegó a Sony lo pagó Santiago Sierra con su dinero. O sea: ¡él lo pagó! Todo esto sin haber yo tocado mucho. Sin haber recorrido este camino de la mayoría de los músicos que es de talonear, tocar para veinte personas, etcétera. Fue muy rápido, pero como que era lo que tenía que pasar. Me dieron adelantos y de pronto ya estaba sonando en la radio.

Me imagino que tú no sabías muy bien qué mierdas estabas haciendo ahí.

Es que no lo supe hasta que ya estuve adentro. Primero te dicen: “Te firmamos por cinco discos, y te vamos a dar dinero y vas a estar en la radio”. Y tú crees que eso está increíble pero a medida que empiezas a avanzar te das cuenta de cómo está el pedo. ¿Sabes cuál fue el primer programa al que me llevaron a promocionar el disco?

No.

¡La oreja!

¡No mames! [Carcajadas.] ¿Es neta?

¡Pues sí! ¿Sabes? Tenía un contrato.

¿Y qué te preguntaron?

Pues al principio era todo en buena onda, pero a la siguiente ya me estaban haciendo pedazos. “Metrosexual” les parecía muy chistosa, pero cuando ya salió que “La muy muy” o que “La mataviejitas” y vieron que en escenario hacía dedo y todo eso, ya no les gustó. Entonces empezó una pelea muy grande entre ese tipo de prensa y yo, y le decía a la disquera: “¿Por qué me mandas a esos programas?”. Y luego me ponían a regalar estampitas de Amandititita afuera de los Sanborns ¡y yo vestida de crinolina y maquillada! Todo eso me empezó a debilitar mucho y a bajar la autoestima, porque recibía comentarios muy agresivos. Me estaban tratando de hacer embonar donde no cabía. Es un medio que es de Thalía, de Belinda, y yo estoy ahí mentándole la madre a todo el mundo.

¿Qué estación te empezó a sonar?

Exa. Yo tenía una payola prioritaria, tocaban alrededor de ocho o nueve veces mis canciones. Fueron hits. Toqué por todo México, fui a Europa, o sea, sí me estaba yendo muy bien, pero algo no estaba cuadrando. Ya en el segundo disco quise darme a conocer como era, hice la “Güera Televisa”, “La descarada” y obviamente a la disquera no le gustaron. Me dijeron: “No puedes sacar esto, ¿esto qué? ¿Por qué estás tan enojada? Queremos otro ‘Metrosexual’”. Ahí vino la debacle y acabamos peleadísimos porque yo ya no tenía libertad en nada. Ya casi no dormía, eran unas friegas, a veces teníamos que tomar helicópteros, me hicieron tocar en todas las ferias Exa, en todas las ferias del pueblo. No tenía tiempo ni de cambiarme la ropa; estaba agotada y todo el tiempo me sentía agredida por la prensa y por los comentarios de YouTube.

Mucha gente piensa que el rock es puro glamur, pero son friegas de a las tres de la mañana en el aeropuerto y al día siguiente igual…

Empecé a sentirme muy harta. Extrañaba muchísimo a mis amigos. Extrañaba muchísimo a Artemio, a Guillermo.

¿Cómo reaccionaron ellos?

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Mal. Una vez tuve una conversación con Guillermo y me dijo: “Lo único que no te vas a perdonar va a ser despertar un día y sentir que perdiste tus ideales. Tú puedes hacer lo que se te dé la gana, puedes salir con Cepillín si quieres, pero no puedes ser desleal a tu visión”. Y dije: “Sí voy a hacer esas canciones”, pero lo que yo no sabía era que ellos, la disquera, tenían derecho sobre la opinión creativa. Si el disco no les gustaba te pedían que hicieras otro. O te congelaban.

¿Lo que dices es que te quieren por lo que escucharon en principio pero luego quieren forzar las cosas?

Sí. Lo que pasa es que cuando ya hay un éxito y dinero hay demasiadas personas opinando. Eso fue lo que a mí me hizo decir: “Yo me voy de esta disquera”. ¡Pero tenía un contrato de cinco discos! Traté de salirme de una buena manera y no se pudo porque me estaban pidiendo una locura. Entonces enloquecí y fue cuando hice ese video en YouTube donde exigí la carta de retiro.

En ese video se ve a Amandititita de 27 años en un video de 8:08 minutos en el que explica las razones por las que exige a la disquera que le dé su libertad.

Me salí de la peor manera. Me metí en un broncón con la industria en general, porque Sony es una disquera muy poderosa, se me cerraron las puertas de cien mil cosas. Sí me disculpo en ese sentido porque yo era muy visceral, hice las cosas de una manera muy pública, pero para mí era la única forma de hacerlo. Y lo logré. Me salí y me quedé sin trabajo dos años. Después empecé a trabajar con Balbi, el mánager de Café Tacvba y desde ahí hemos ido como que limpiando mucho. Ya no aparecía en programas como Sabadazo. Fue increíble cómo fue cambiando la percepción de la gente, los comentarios: todo, todo, todo, todo, todo.

Claramente tus actos tuvieron una factura emocional, profesional y económica, pero algo hiciste bien, porque te mantuviste firme en tu lugar.

Balbi ha sido el que me ha dado ese lugar. Él fue el que me metió al Vive Latino. Yo estaba segura de que me iban a bajar pero me fue increíble. Nos bajamos llorando.

Era muy arriesgado, porque no estábamos acostumbrados a algo que no fuera estrictamente rock en español en el Vive Latino, ¿no?

Sí, ahora ya hay mucha apertura, pero la verdad es que sí ha sido un camino muy enredado. Yo siento que si hubiera hecho las cosas de una forma más tranquila, sin pelearme con tanta gente, sin haberles aventado el micrófono un día a los de La Oreja, sería distinto.

¿Cómo? ¿Les aventaste el micrófono? ¡Qué joya!

Sí, es que llegan y te preguntan cosas que te chocan y pues les avientas el micrófono, ¿sabes? Algunas cosas me las debí de haber ahorrado, pero bueno. Estás tan cansada, tienes tanto sueño, estás tan harta, recibes tanta violencia, vienes de entregar estampitas vestida de crinolina, pues ya no puedes. Yo me sentía como una especie de Tatiana endemoniada, o sea, me mandaban a los festivales del Día del Niño y yo bajaba del escenario vestida de la Mataviejitas ¡y venía subiendo Barney!

Me cago de risa, pero para ella no es gracioso.

Fue horrible, en las giras los rockeros iban en un camión, los poperos en otro y yo iba en medio sola. No tenía ni banda. Y me sentía muy pequeña. En esa época, por ejemplo los taxistas me decían: “¿Por qué ya no estás en la radio, ya no te está yendo tan bien?”, y a lo que se referían con “bien” para mí había sido lo peor que he vivido en mi vida. Lo peor. Estaba cada vez más herida. Ya no estaba ni escribiendo ni leyendo nada.

¿Y qué cambió?

Me casé y me fui a vivir a Los Ángeles. Vino la feria del libro [LéaLA] y me puse a platicar con Andrés Ramírez [editor de Penguin Random House] y me dijo: “Enséñame lo que tienes escrito”. Y ahí empezamos a armar el libro. Volví a retomar todo.

Algo muy valioso de ese libro, Trece latas de atún, es: uno, tu honestidad y, dos, que hay trabajo literario muy importante. Tengo entendido que no quisiste que Fadanelli te ayudara en él.

No se lo quería dar a Fadanelli porque no quería que pensaran: “Claro, Fadanelli le hizo el paro”. Él ha sido de verdad de las personas más importantes para mí. Y no lo digo sólo por los consejos, en la época en que mi mamá se murió, él iba a platicar conmigo, a acompañarme y a hablar de todo ese proceso. Tuvo actos conmigo de una generosidad muy de padre, yo no sé por qué. Para mí, huérfana, él fue esa persona que estuvo conmigo.

¿Te ha tratado bien el mundo literario?

Cuando firmé con Andrés yo le preguntaba: “¿Y luego? ¿Qué? ¿De cuántos libros estamos hablando?”. ¡Y él sólo hablaba de uno! Por eso creo que la literatura es más noble, siempre te puedes ir. No tienes a miles de estas personas persiguiéndote, ni te obligan a escribir novela rosa.

¿Hace cuánto te casaste? ¿Siempre pensaste que te ibas a casar?

No. Fue hace once años.

¿Tienes hijos?

No. Eso sí siempre lo tuve claro, que nunca querría. Me tocó una infancia muy complicada, yo tuve que hacerme cargo de mi hermano, soy ocho años más grande que él. Y también de mi mamá, que era alcohólica, entonces fue crecer contra la corriente y cuidar a un niño completamente desatado y a una mamá que… imagínate. Tengo muchos problemas de ansiedad, entonces dije: “No quiero estar sufriendo, no quiero, no se me antoja”. Veo a algunos amigos que ahí andan entre medio pedos o pachecos y cuidando a los hijos y no me late. A mí me gusta de repente agarrarme una peda, me encanta despertarme tarde, me encanta mi trabajo, me encanta leer en las noches.

Pero eso parece que para muchos no es suficiente razón.

Es bien chistoso, a veces siento que la sociedad no te cree cuando es una decisión de adentro y que no te duele, que te gusta. Hablando de esa época de prensa, muchos encabezados eran: “Amandita no va a tener hijos”, ¡cuando les estás presentando un disco!, ¿sabes?

Chingan mucho, ¿verdad?

Sí, y ellos no te los van a mantener, nadie va a estar contigo en las épocas difíciles. Antes de conocer a Fadanelli era bastante tranquila. Cuando lo conocí y a toda esa banda, me encantó ese tipo de vida, la libertad, la desvelada; dije: “Yo no quiero ser como el resto de mis amigos, no se me antoja”. Además eso de que nunca vas a sentir un amor tan grande, ¿tú cómo sabes?, ¿dónde está el cronómetro del amor? Tú no le puedes decir a nadie que nunca va a sentir un amor tan grande.

Tampoco te dicen que nunca vas a sentir una angustia tan grande.

Exacto. Nunca vas a estar muerto de miedo porque está enfermo el bebé o son las cinco de la mañana y no ha regresado el adolescente. ¡Y en este país!

Amandita se pide una michelada con mucho limón y brindamos. Le pregunto cómo ha sido su relación con las chicas en el mundo de la música.

Hay buena vibra pero no hay tanto apoyo. La mujer que ha sido más cariñosa, hermosa y que siempre se preocupa mucho por mí, obviamente, es Cecilia [Toussaint]. Fue amiga de mi papá. Como dice Ximena [Sariñana], que también es mi amiga, como que ya no está de moda “tirarse mala onda”. Tengo bonitas amigas. Yo a Natalia [Lafourcade] la admiro mucho y de repente hasta me sorprende que aun cuando se ha vuelto tan popular sigue teniendo detalles bonitos conmigo. Mi mejor amiga en Los Ángeles es Ceci Bastida; es la única persona con la que puedo sentarme a platicar de cosas que tenemos en común.

Ahora, tampoco te puedo decir que existe un apoyo femenino así muy fuerte. Cuántas veces he intentado hacer cosas. Por ejemplo, ahora después del temblor [19S], yo quise hacer un concierto aquí, en la Ciudad de México, y pues no fue tan fácil conseguir talento. Ceci Bastida y yo lo estábamos organizando y no recibimos muy buena respuesta de las chavas ni de las actrices. Pero sí logramos hacer un concierto en Los Ángeles para ayudar a las víctimas.

El 19 de septiembre del 2017 a las 13:14 horas, a treinta y cinco años del terremoto que sacudió al Distrito Federal en 1985, en el cual Rockdrigo González, el papá de Amandita, perdió la vida, volvió a temblar. Una nueva tragedia en la ahora llamada Ciudad de México.

Sé que no vives en México pero obviamente te afectó saber del temblor. ¿Cómo lo viviste?

Imagínate, después de diez años de vivir en Los Ángeles, tenía un vuelo del 18 al 20 de septiembre de 2017 a la Ciudad de México. Yo tenía que estar el 19 a la 1:00 de la tarde en la Condesa, en un edificio que estuvo al lado de uno que se cayó, un edificio afectadísimo. Me agarró la peda el día anterior y luego la cruda ¡y no llegué! Pero fue a partir de eso que empecé a tomar conciencia de lo que significaba ese tipo de muerte y ese tipo de tragedia. Han pasado muchos años desde el 85. Mi papá se murió cuando yo tenía seis. Sé que se murió horrible. Pero nunca quieres pensar en eso y de pronto estás viendo y entendiendo, y desde ahí, desde el 19 de septiembre del 2017, me hice consciente de muchas cosas y de muchas heridas que estoy trabajando. Yo creo que a partir de ahí me puse a escribir cosas de mi pasado. Ha sido muy catártico. Lo único que me ha hecho sentir un poco mejor después del terremoto fue haber hecho ese concierto.

¿Heredaste la rebeldía de tu papá?

Sí. Me acuerdo que si mi mamá me decía: “No comas cacahuates garrapiñados”, él me decía: “¡Come, come con la boca abierta! ¡Haz lo que quieras!”. Él siempre me decía: “Haz lo que quieras, que no te importe lo que está diciendo la sociedad”.

De lo poco que me tocó vivir con él, eso me dejó una semilla muy profunda. No lo veía mucho porque mi mamá estaba muy loca y él trataba de mantenerse lejos, pero cuando lo veía era una persona muy generosa, todo el tiempo cuidándome y dándome instrucciones… como si hubiera sabido que iban a ser pocas.

A Amanda se le llenan los ojos de lágrimas y yo quiero cambiar el rumbo para que no sienta ella que soy Orijel, pero no atino a decir nada que sea mínimamente inteligente y me quedo callada.

Sí. Fue fuerte.

No quiero que nos pongamos tristes, cuéntame, ¿qué estaciones de radio escuchabas o recuerdas?

Me tocó ir Radio Educación por mi papá. Cuando llegué a vivir a México con mi mamá a los seis años, después del terremoto, ellos querían entrevistarla por lo de mi papá. Ella andaba como alrededor de mi papá, y que en paz descanse mi mamá, pero hubo y ha habido mucha ave de carroña alrededor de su obra. Que si las regalías, que si los homenajes. Siempre estábamos como haciendo promoción mamá y yo, junto con otros amigos medio rupestres que andaban también ahí en la bulla. Y era algo que a mí nunca me latió. Mi papá fue una persona muy importante y todo, pero, como que está raro vivir tu vida alrededor de alguien que está muerto. Yo no tengo sus regalías porque me las quitó una tía y me da mucha paz sentir que yo pude desarrollarme independientemente de eso y no estar ahorita en el metro Balderas haciéndole un homenaje. Mi amor por él y mi herencia está en la percepción y en mis recuerdos.

A mí me gustan mucho tus letras y me pregunto qué pasa con una rola como “La muy muy”, donde dice cosas como “zorra parada, cada vez estás más aguada” —no puedo evitar reírme, una, porque soy una simple y, dos, porque creo en la naturaleza transgresora del humor— en estas épocas de la exaltación de lo políticamente correcto.

Incluso “La Mataviejitas”, ya casi no la toco. O sea, la toco, pero ya me está haciendo ruido. Antes hacías las cosas más viscerales y no era tan consciente de toda la problemática. Con Fadanelli he tenido mucho esa discusión, dice que lo peor que le puede pasar a una artista es cortar esa inspiración.

Claro, no creo que un día alguien se levante y diga: “Tengo ganas de matar a una viejita” sólo por escuchar tu canción.

Son reflejos sociales bien dolorosos y bien fregados. Bueno, el narcocorrido, ya ves que lo han censurado en muchísimos lados y no me fascina tampoco, pero es lo que es y tampoco puedes censurar a todos los grupos.

Pero vete más atrás, ve un programa de Chespirito, ahí bulean al gordo, al pobre, a la vieja, se golpean en la cara, si nos ponemos puristas, es muy incorrecto.

¡Sí, los vi hace poco! ¡En canales mexicanos sigue pasando Chespirito todos los días a las diez de la mañana! Oye, pura violencia familiar.

¿Cómo se lidia con los egos y con las y los groupies en una pareja de músicos?

Nuestra relación es muy libre. Una de las cosas por las que no mucha gente sabe que estoy casada es porque él anda por su lado y yo por el mío. Es un compromiso de vida, es un amor muy grande, o sea, el amor más grande de mi vida. Además yo sólo tengo groupies gays y chavas. Las mujeres no tenemos a cien mil hombres detrás de nosotras como los hombres. Nunca vas en una camioneta y se te tira un güey guapísimo: “¡Ah, quiero contigo!”. Jamás. Nunca. ¡Qué coraje! [Risas.] No es como que voy a terminar en una fiesta llena de hombres heterosexuales y guapos dispuestos a salir conmigo. Eso no me pasa, eso nunca me ha pasado y no les pasa a mis amigas que se dedican a esto…

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