Aladji Djakissam

Acerca de La Sanguijuela: metáfora de la opresión francesa sobre la vieja África

El brillo de este libro, desde un punto de vista latinoamericano, reside, quizá, en que inopinadamente sabemos de colonización, profesamos con cierta pasión la angustia y el éxito de nuestros propios héroes y estamos cada vez más cerca de hermanarnos con todo aquel que reclame su derecho a alzar la voz mirando el cielo o avizorando un paraíso que rezuma la arrogancia de no hacerse presente, más que como metáfora, en este plano terrenal que damos por llamar casa, nación, país, pueblo o ciudad.

Ciudad de México, 27 de mayo (MaremotoM).- He rumiado desde hace meses, durante la contingencia que asola la mayor parte del mundo, el poemario de Aladji Djakissam. Encuentro verdades en él, grietas que la palabra inefable de la poesía goza de inaugurar. Es un compendio que sangra conforme transcurre su paulatino peregrinaje conformado de sesenta poemas divididos en tres categorías aglutinantes: La colonización, Héroes y Los hermanos.

El brillo de este libro, desde un punto de vista latinoamericano, reside, quizá, en que inopinadamente sabemos de colonización, profesamos con cierta pasión la angustia y el éxito de nuestros propios héroes y estamos cada vez más cerca de hermanarnos con todo aquel que reclame su derecho a alzar la voz mirando el cielo o avizorando un paraíso que rezuma la arrogancia de no hacerse presente, más que como metáfora, en este plano terrenal que damos por llamar casa, nación, país, pueblo o ciudad.

Recuerdo un poema titulado “Mi sangre” que hace muchos años recitaba en los concursos de provincia; el nombre del autor se me ha olvidado, es cierto, pero no así lo que me transmitía. Los versos conjuraban con cierto aplomo la combinación de tres tipos sanguíneos: el indígena, el español y el africano. Desde entonces, profundamente anclado en el inconsciente, siento reverberar un secreto prohibido a los incrédulos, cuya llave, seguramente, se halla palpitante esperando al valiente que la destrone de su tumba en alguna parte del continente africano.

La Sanguijuela
Poemario escrito por Aladji Djakissam. Foto: Cortesía

Digo todo esto para demostrar, con pruebas, que sé muy poco sobre la situación de África y de sus habitantes. Por suerte, en medio de tanta tecnología, uno de ellos, que no sólo estudió literatura hispanoamericana, sino que habla, escribe y piensa en español, me brindó la mano de su amistad a distancia. He de recorrer los planos, las cartografías, los llanos y parajes de su lugar de nacimiento: Camerún, que ahora sólo conozco virtualmente por fotografías.

Es en este contexto sesgado de información que leer “La Sanguijuela” no puede ser sino la revelación de que la poesía que en nuestro continente escribió, digamos, un Roque Dalton, y que cantó, digamos, un Víctor Jara, sigue y seguirá escribiéndose a lo largo del siglo XXI. Poesía de combate o poesía combativa. Reclamo y angustia. Tropel y danza de caballos desbocados. Literatura dura. Desazón y muerte. Alabanza al espíritu primitivo. Epopeya de los siglos que nos circundan. Un llamado al levantamiento de consciencia.

Un hombre, rodeado del pavor producido por la injusticia y la deshonra, ve cómo se desmoronan a su alrededor los edificios de la paz, de la independencia, de la soberanía y de la dignidad; se erige y clama, por medio de lo único que tiene a su alcance: la palabra, y valiéndose de ella canta las penas y los quebrantos de ese su sin-lugar en el mundo; este hombre no puede ser sino aparición, espectro, fantasma que deambula buscando la complicidad de un lector del nuevo continente. ¿Estaremos dispuestos a escuchar sus plegarias?

La vieja África canta a través de las palabras de uno de sus hijos predilectos, más valientes y arriesgados. Aladji confiesa que, incluso, teme por su vida. Teme ser succionado por la temible sanguijuela que tiene el tamaño de un animal semejante al que se ve en la película Tremors, de 1990[1]: estos seres que viven en el subsuelo, pero que, a diferencia del film original, los imagina uno asomarse eventualmente por los diversos y surrealistas escenarios, a veces groseramente maravillosos, del país que presenta la película Medianoche en París, de Woody Allen.

La Sanguijuela
Contraportada deLa Sanguijuela. Foto: Cortesía

África es la potencia mundial del espíritu humano. Y lo demuestra este intenso poemario. De eso estoy seguro. Y no voy a decir, con petulancia, que la palabra de nuestro poeta me ha iluminado, no; en realidad, me ha oscurecido más el alma. Una oscuridad que de pronto, en mis sueños de angustia, veo convertirse en una extensión territorial imaginaria que envuelve, como una servilleta a una manzana, el palpitante planeta que habitamos. Quizá sólo sean sueños de ciencia ficción. Pero me veo como el hermano de una miseria infinita.

Sabemos de las carencias materiales que vive el viejo continente. Sabemos por las campañas. Sabemos por la cantidad de paquidermos, felinos o aves celestiales que sobreviven a base de esfuerzo constante. Hemos visto, a veces con indiferencia o escepticismo, los documentales de National Geographic. Pero sobre todo nos hemos negado a ver algo más que no sean nuestros propios ombligos.

Y, sin embargo, como dije, sabemos de colonización: intentamos despojarla. Sabemos de heroicidad: la apostrofamos mediante estatuas o la deconstruimos mediante libros que nos aclaran quién fue, en realidad, Simón Bolívar, Pancho Villa o Mahatma Gandhi. Y sabemos, finalmente, de hermandad: porque confío en que cada vez estrechamos más la mano de los desfavorecidos, de los humillados, de los ofendidos o de los squatters.

Los que viven del otro lado de la moneda, del otro lado del peso, del dólar o del franco CFA, en este caso, nos regresan la razón vital del porqué seguir insistiendo en estar vivos, en luchar, en repararse ante las catástrofes que ciñen la circunspecta y diabólica cintura del mundo. África es el continente que despierta de la letanía que la propia historia le ha construido como bozal y anteojeras al perro y al caballo, respectivamente.

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Pero la verdadera historia aún no acumula el suficiente número de likes en las redes sociales de la vida. Tras siglos que ocultan un mundo en ruinas, la poesía vuelve a despertar la conciencia aletargada del ser humano. Pero cuidado de afirmar que en esta obra se hable únicamente de denuncias con tintes políticos. En realidad, se habla sobre el género humano. Sobre el despertar de un espíritu oprimido por una guerra a veces silenciosa. Porque nadie sabe, en realidad, lo que le ocurre a un niño africano. Sueño los ojos de ese niño africano del futuro que mira un mundo que quizá, sin esperanza, no terminaremos de construir ni de entender nunca, pero que puede ser mejor de lo que es actualmente; aunque afortunadamente Aladji Djakissam ya ha empezado por poner la primera piedra para edificarlo.

[1] Terror bajo tierra, en América Latina; Temblores, en España.

Algunos poemas de La Sanguijuela

africano

 

Discípulo de Jesucristo no soy

porque un negro no puede ser papa.

 

No soy discípulo de Buda

porque no le conozco.

 

Tampoco soy discípulo de Muhammad

porque a él le gusta mucho ayunar y rezar.

 

No soy discípulo de un blanco

porque a él le gusta la conquista.

 

Soy negro

y discípulo de África

porque a ella le gusta

la paz,

la igualdad

y la concordia.

A Dios no le gustan los negros

 

Es verdad,

a Dios no le gustan los negros

porque un negro no puede ser papa.

A Dios sólo gustan papas blancos.

 

Si a Dios gustaran a los negros,

la esclavitud del negro no existiera,

el neocolonialismo tampoco.

 

Si a Dios gustaran a los negros,

una nación negra ganaría la copa del mundo de fútbol.

 

Si a Dios gustaran a los negros,

no existiría la dominación,

la dominación de la Sanguijuela en África negra.

No existiría tampoco la pobreza,

la corrupción,

la confiscación del poder en Gondwana.

 

Si a Dios gustara África,

existirían las cumbres,

Níger-Europa,

Gabón-Europa,

Ghana-América del norte.

 

Si a Dios gustaran los negros de África,

el CFA no sería fabricado en Clermont-Ferrand.

Colonizados hasta el nombre

 

No somos libres,

continuamos bajo la opresión.

No queremos liberarnos de la dominación occidental.

A nosotros nos gusta ser esclavos de Oriente.

Alguien dice que lo que estoy diciendo no es más que locura,

que tenemos presidentes

y que no tenemos nada que ver con Europa.

 

¡Claro que sí! Seguimos bajo la colonización

empezando por nuestros nombres.

Un Guiziga se llama FRANK DERICK.

¿Qué significa este nombre?

Nadie puede contestar salvo el padre del niño:

FRANK DERICK es un actor de cine

tengo admiración por este actor

y doy su nombre a mi niño.

 

Un verdadero Tupuri

cuyo nombre es ABDOULAYE ROGER,

es un Tupuri espiritualmente dominado

por Occidente y Oriente,

no tiene nada en su nombre

que pertenezca a su origen Tupuri,

los espíritus de sus antepasados

le niegan desde su nacimiento

hasta el día que cambie

su nombre a DAMO LINKREO.

 

MOUHAMOUD ALSHARIFA,

el nombre de un Mafa,

es ajeno a su lengua,

un nombre de oriente,

un nombre de colonización lingüística.

 

Africanos, ¿por qué el occidente

no puede dar un nombre Baoulé a su niño?

¿Por qué un asiático no lleva un nombre Musgum?

Porque a ellos no les gustan nuestros nombres,

porque se consideran superiores a nosotros.

 

En cambio, en África,

tener un nombre africano es una vergüenza.

A nosotros nos gustan los siguientes nombres:

DIEUNEDORT, BEN RAUF, GODBLESS, SEBASTIÁN…

 

Africanos, después de siglos de colonización física,

continuamos con la colonización en nuestros nombres.

Dar nombres africanos a nuestros hijos es un orgullo,

es una manera de tener nuestra independencia total.

 

Africano,

tu nombre es

Kuame y no Johnson,

Koné y no Albert,

Tongoïna y no Abdallah,

Ankuma y no Angelina,

Karnou y no Barthélémy

Sop y no Bismark.

 

Africanos, estamos dominados

hasta en los modos de vestirnos

y en nuestros platos.

Queremos vestirnos con destroy o taille basse,

en lugar de llevar kaaba.

Nos gusta comer pizza o hamburguesa.

Nuestros platos también son deliciosos,

el ndolé es riquísimo,

el foléré con mijo rojo es un plato de reyes.

 

Africanos, ¿qué es lo que nos queda?

Somos dominados en la política,

no tenemos voz en la ciencia,

estamos dominados en nuestros platos,

la dominación en la vestimenta es una realidad,

nuestras religiones son sofocadas,

no tenemos nombres propios.

 

Africanos, ¡ojo!

Si no los orientales y occidentales

nos tragarán para siempre.

 

Agradecemos a Ezequiel Teodoro, director de https://www.avanteditorial.com/, que nos permitió la reproducción del siguiente prólogo y un adelanto del libro La sanguijuela (2022), del poeta africano Aladji Djakissam.

Adquiere el libro en formato físico o digital en el siguiente vínculo: https://www.amazon.es/dp/8419197068/ref=cm_sw_r_awdo_0PEC2331SA3HXBHM564K

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