Mariana Enríquez

ADELANTO | Alguien camina sobre tu tumba, de Mariana Enríquez

Las diecisiete crónicas que se reúnen en este libro —híbridas tocadas por el ensayo personal y el relato de viajes— conforman un álbum de sus visitas a panteones en distintas partes del mundo. Edita Antílope.

Ciudad de México, 27 de septiembre (MaremotoM).- Mariana Enriquez, reconocida autora de inquietantes relatos de terror, es también, como era de esperarse, coleccionista de cementerios. Las diecisiete crónicas que se reúnen en este libro —híbridas tocadas por el ensayo personal y el relato de viajes— conforman un álbum de sus visitas a panteones en distintas partes del mundo.

En Alguien camina sobre tu tumba se narran los encuentros de la autora con una diversidad de últimas moradas: un cementerio inundado, el entierro de un caballo fiel, la sepultura de Elvis, un camposanto cuya belleza radica en su abandono, la tumba de un poeta enterrado de pie, así como lápidas protegidas por perros fantasmagóricos, niños milagrosos y sacerdotisas vudú. Una geografía del descanso eterno que revela la singular filosofía del cementerio de una de las voces literarias más importantes de la actualidad.

Mariana Enríquez
Un libro de ediciones Antílope. Foto: Ediciones Antílope

‍Verde gótico. Cementerio Principal, Frankfurt, Alemania, 2011

Queda al lado de la autopista. Es como un bosque ordenado, lleno de las sombras y los oscuros verdes de los cementerios alemanes: una tranquila solemnidad; por lo menos, al principio. Solemne y oscuro, dos lugares comunes de lo alemán. Acá, en el cementerio más grande de Frankfurt, esa idea tiene sus grietas; no muchas, pero muy evidentes: resquebrajamientos de color entre las hojas plateadas, pinos, enredaderas que se enamoran de troncos, bronces ya verdosos, muchas mujeres cabizbajas y sufrientes con sus jardines de flores blancas y púrpuras.

Estoy con María Rosa, escritora, que recuerda un poco de alemán. Yo no lo comprendo, no lo hablo ni me esfuerzo. Uno de mis mejores amigos es alemán, vino a visitarme en mi breve estadía en Frankfurt, pero ya se volvió a Colonia y, además, dudo de que me hubiese acompañado a un cementerio: está un poco deprimido. Extraño ahora su compañía. Por ejemplo, podría explicarme la prolijísima y extraña catalogación de las tumbas de este Cementerio Principal (“Hauptfriedhof”, en alemán). Muchas tienen clavados en la tierra unos pequeños carteles con algo escrito en este idioma enloquecedor. Los carteles son amarillos o verdes o rojos y parecen indicar diferentes estados de conservación de los monumentos o, a lo mejor, anuncian que… no sé, que pronto la tumba será retirada por falta de pago… No lo creo: en Alemania no parece resonar la crisis europea; en el distrito financiero de la ciudad, enorme porque Frankfurt es una central banquera, apenas hay algunas carpas de indignados montadas al lado de un enorme euro dorado y plateado, una escultura de orgullo y prosperidad que resulta ridícula. Los indignados están muy tranquilos, parecen de picnic y sus consignas tienen una pasmosa ingenuidad. Más temprano di un paseo entre las carpas, no les hablé ni, mucho menos, avisé que era argentina (otros argentinos que están en la ciudad por la Feria del Libro se dieron a conocer y fueron casi secuestrados, acribillados a preguntas, ensalzados como héroes).

La cuestión es que María Rosa no puede descifrar los cartelitos y nos quedamos con la duda.

Mariana Enríquez
Un libro de ediciones Antílope. Foto: Ediciones Antílope

Tratamos de buscar la tumba de Theodor Adorno, que está enterrado acá, pero no podemos dar con él. A mí no me interesa mucho, lo busco con la desgana que le corresponde a un famoso que no me interpela. En cambio, encontramos la tumba de Schopenhauer. Es fácil porque hay una señal verde que, en la calle que lleva a su tumba, dice “Schonpenhauer Grab”. Es una placa de granito que dice su nombre dentro de un amplio perímetro cuadrado de ligustrina, bastante alto, lo suficiente para disuadirnos de pasar. No hay nadie visitando a Schopenhauer a media tarde; sólo nosotras, bajo un sol casi veraniego, entre el fresco verde y las extrañas regaderas que cuelgan en algunos rincones… ¿usarán regaderas en este magnífico bosque?

Nos quedamos un rato con Schopenhauer. No sé si a ella le impacta estar frente a su tumba. A mí no me importa demasiado. La tumba tiene un cartelito gris con palabras incomprensibles para nosotras. Esto se está volviendo un poco desesperante. Y, sin embargo, dan ganas de no dejar nunca este cementerio. Tiene algo hipnótico la caminata de una tumba a otra, sacarles fotos a las letras góticas, a jóvenes semidesnudos entre las flores, a ángeles con un brazo apoyado sobre el mármol.

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Todo es intenso y eterno: los alemanes saben cómo se hace un cementerio. En Chacarita hay un cementerio alemán, cerca del principal. No es tan hermoso como éste, pero tiene la misma calma soñadora, la herencia de cuando el mundo era bosque.

Las grietas en esta idea de cementerio son luminosas. Están representadas por una irrupción de color que podría llamarse “sudamericana” y por el irrefrenable gusto de los nuevos inmigrantes, que no tiene ninguna relación con las plantas trepadoras y los agudos picos góticos de los mausoleos.

La primera grieta que veo es la de la tumba de Brodafka Kowalsi y Bobo Dolinski. Eran pareja. Murieron uno después del otro, en 2005 y 2007. La tumba es barata, de un mármol verdoso, poco elegante. Sobre sus fotos (a color, enmarcadas en un óvalo), hay grabadas dos coronas doradas, muy grandes, de rey y de reina. El perímetro está rodeado de velas rojas, algunas dentro del pequeño templete con cruz en el techo, guardadas ahí —sospecho— para que la llama no se apague. La tumba es amorosa y vulgar: imagino los comentarios de la familia Huth, por ejemplo, cuyo patriarca nació en 1819 y sus restos descansan bajo un obelisco de granito custodiado por una doliente matrona de bronce con el pelo cubierto por una túnica que le deja los brazos al desnudo y se ajusta un poco sobre el pecho de mujerona. Una tumba clásica, la de los Huth. Nada que ver con la bóveda vecina, que tiene tejas, puerta blanca, ventanas y azulejos, todo a modo de casita, incluso con rejas y un jardincito con plantas en las macetas y velas rojas donde debería ir el timbre; es bien latinoamericana esta tumba, es una costumbre tan común en nuestros cementerios reconstruir casas sencillas, conurbanas, prefabricadas, con esos feos azulejos que la asemejan a un baño exterior.

Conviven así hermosas angelitas de piedra que custodian a hombres venerables muertos en el siglo xixcon un estilo nuevo, de moda, terriblemente feo: reproducir en un grabado, sobre el granito, una foto del muerto, de modo que el recuerdo sobre la tumba resulta hiperrealista. Este estilo se popularizó por unas lápidas que representaban, en tamaño natural, a una banda de mafiosos rusos enterrada en el cementerio de Ekaterimburgo, en Rusia.

Pero quizá el contraste más abrumador de este cementerio sobrio y fresco y oscuro se dé en la sección de los chicos. No es muy comprensible. Parece un memorial más que otra cosa; al menos, no se ven lápidas. Es un rincón con la estatua de una madre cabizbaja sobre un banco y, sobre la pared, colgando de los árboles, desparramados por el suelo, hay colgantes que representan a los animales y plantas del fondo del mar, corazones blancos que dicen Alexander o Anita, pelotas, autitos de colección, almohadas, sonajeros… Un cementerio de objetos de bebés, con ramas decoradas por cintas de colores o por fotos, como si fueran adornos navideños.

A la vuelta, María Rosa y yo nos colamos en el tranvía. Si nos atrapa un inspector, la multa es muy cara. Muy. Varios cientos de euros. Confío en que estamos a salvo y llegamos sin problema de vuelta al hotel, como dos adolescentes tontas y rebeldes.

Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) es periodista, escritora y docente. Ha escrito novelas, relatos de viajes y colecciones de cuentos, entre ellos Bajar es lo peor (1994), Cómo desaparecer completamente (2004), Los peligros de fumar en la cama (2009), La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (2014), Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y Éste es el mar (2017). Sus libros se han traducido a múltiples idiomas y han sido publicados en más de veinte países.

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