El estadio

Adelanto de la novela El estadio, de Oscar Guisoni

Mis amigos me han convencido de que, para poder vencer, dicen, “hay que ser más inteligentes que Ellos”. Y para lograr ese objetivo, me dicen, hay que prepararse, hay, dicen, que pasar por aquí. Por eso me han recomendado que comience a preparar mi mente para lo que ellos llaman “lo que se viene”. Que me vuelva más inteligente, dicen. Es indispensable.

Ciudad de México, 23 de julio (MaremotoM).- Una ciudad fantasmal, mitos, mundos virtuales, explotación con felicidad. La búsqueda de una cancha de fútbol legendaria y gigantesca. Este fragmento de la primera novela (reciencito publicada por Alción Editora) del periodista, escritor y guionista Oscar Guisoni contiene -gratis- altas drogas que fortalecen el intelecto, multiplican la productividad laboral, prohíben la depresión.

Día 1.

Mis amigos me han convencido de que, para poder vencer, dicen, “hay que ser más inteligentes que Ellos”. Y para lograr ese objetivo, me dicen, hay que prepararse, hay, dicen, que pasar por aquí. Por eso me han recomendado que comience a preparar mi mente para lo que ellos llaman “lo que se viene”. Que me vuelva más inteligente, dicen. Es indispensable.

Para ello me han traído unas pastillitas. Varias en realidad.

Piracetam (así se llaman las pastillitas). Mis amigos dicen que son “el abuelito de los nootrópicos”. Sintetizado por primera vez en Bélgica en 1.964 por un señor llamado Corneliu E. Giurgea.  Un señor rumano con un cerebro muy grande. Admirador de Pavlov, exiliado del comunismo.

Me tomo una dosis doble y pienso en Corneliu Giurgea, como si la pastilla me hubiera traído su espíritu. Puedo verlo al tipo, con su cara seria, un señor muy exigente trabajando todo el día en un laboratorio belga, demostrándole a los belgas que es no es menos inteligente que ellos por ser rumano. Sintetizando para ellos la droga de la inteligente felicidad. La que nos da la superioridad que nos hace falta para encarar las exigencias de la vida.

Supongo que he aumentado mi inteligencia porque le gano a Ulises dos partidas de ajedrez una detrás de la otra. Ulises no sabe que estoy drogado.

Mi jefe también se sorprende porque he terminado antes mi trabajo. Pero no me deja salir antes de la oficina. Me da otras cosas para hacer. Quiere que aproveche, “este estado en el que estás”, me dice, “aprovechá que tenés un buen día, pibe y trabajá un poquito más”.

Luego, en casa, vuelvo a tomar la pastilla. Pero siento que no me hace nada. No siento nada, en realidad, que es muy distinto.

Día 3.

Las luces de la ciudad tienen un orden lógico que nunca había captado. Instalaciones para el orden, también para el progreso. Impiden que te vayas fuera del sendero. Las luces de la ciudad cuidan la estructura rígida de la sociedad, establecen dónde está la luz y dónde la oscuridad. Lo permitido y lo prohibido. Hoy he recorrido la ciudad y he guardado en la memoria la secuencia de las luces.

Luego me encuentro con Luisa que quiere que la lleve hacia la oscuridad. “Llevame a la oscuridad” me dice “la luz me mata, me quita todos mis secretos”.

En la oscuridad, Luisa no es Luisa, es todas las mujeres a la vez y es ninguna. Se lo digo, pero no me entiende.

¿Con qué te estás dando?, me pregunta.

800 mg de Piracetam, tres veces por día, le digo.

Quiero, dice Luisa y me besa. En el beso no encuentro inteligencia alguna, sí bastante pasión.

Día 7.

Tengo un ligero dolor en mi cerebro. Dice Luisa que son las drogas, yo creo que es el exceso de trabajo. Luego Luisa me muestra unas telas que ha comprado. Va a hacer unas cortinas que piensa colgar en el ventanal que da al patio de luz. Las cortinas tienen un diseño vulgar pero que encierra un orden lógico inesperado. Marcan el límite de la realidad interior. Dibujos abstractos que nos encierran el pensamiento, son como las luces de la ciudad pero sin sombras. El dibujo se repite, tanto que hasta permite imaginar una infinita continuidad del cortinado. Una cortina que no tiene fin y que da vueltas en torno a toda la casa, luego sigue hacia la casa del vecino, cruza la avenida, sigue por el callejón, pasa por la casa del pobre y por la mansión del rico. En algunos lugares se luce, en otros queda mal. Parece ser siempre la misma, pero el contexto la modifica.

Le explico todo esto a Luisa que me recomienda que abandone ya las pastillas. No creo que deba hacerlo. No lo haré. “Ahora que hablo mejor que nunca, ahora que hablo todo el día, ya no me querés escuchar” le digo.

Luisa se ofende. Ella no siente ningún tipo de simpatía por las pastillas del rumano.

Día 16.

Al final Luisa tenía razón. Tuve que abandonar el Piracetam. Mis amigos me recomendaron que me pasara a la L-Teanina.

L-Teanina más cafeína, me han dicho. En su justa mezcla, agiganta tu concentración y te relaja. Es como estar tenso y relajado a la vez.

Algunos días, si me paso de la dosis, me da taquicardia, pero esto no se lo digo a mi jefe. El está contento con mi nuevo rendimiento, dice, “usted sí que me rinde ahora, Pereyra” me dice y me palmea. Cada vez que me palmea siento que está por darme un aumento, pero últimamente me palmea mucho y no me aumenta nunca.

Estoy tan concentrado que soy capaz de resolver ecuaciones complejas en el aire. Trazo sobre un pizarrón imaginario los números de mi propia perfección.

Se lo demostré a Luisa el otro día pero no logré impresionarla. “No entiendo nada de matemáticas” me dijo “así que me podrías mentir todo lo que quisieras, negrito”.

“Vos sabés que no miento” le digo, y ella me sonríe.

Día 20.

Tengo dificultades para dormir. Pero el tiempo que paso despierto tiene una intensidad tan rara que no me importa. Por fin me aumentaron el sueldo. Aunque también la carga horaria. Ahora trabajo dos horas más por día, pero no me importa.

“Usted es un capo, Pereyra” me dice mi jefe y me usa de ejemplo ante los demás. “¿Ven?” dice “¡Ven que se puede!”

Mis compañeros luego me cargan. “¡Con qué te das, Pereyra!”

“Con té verde” les digo y se cagan de risa.

Día 23.

Imagino que será la cafeína, la cosa es que tuve que dejar las pastillitas de té. Mis amigos, que no tienen descanso, me han sugerido ahora que tome Noopept. Según dicen, “es mil veces más potente que el Piracetam”. “Además” me dicen “a este lo hicieron los rusos, que como ya ha quedado demostrado en la historia de la literatura, son mucho más inteligentes que los belgas y los rumanos”. “Vas a mejorar tu enfoque” me dicen mis amigos, que siempre están muy atentos a mis percepciones mentales.

Algo de razón tienen, porque desde que tomo la nueva pastilla alcanzo a comprender cosas que antes se me escapaban por completo. Capto, por ejemplo, la estructura sensible que sostiene la red transparente que Luisa ha colocado en las ventanas para evitar que los niños se caigan por el balcón. Puedo ver con absoluta claridad dónde puede romperse, aunque no puedo anticipar cuándo. Por eso, cuando estoy en el trabajo, suelo llamar para preguntar si la red sigue en su lugar.

Supongo, también, que los niños captarán tarde o temprano esa debilidad que yo he detectado y que Luisa subestima “me salieron baratas, no te lo voy a negar” me dice “pero no creo que se rompan así nomás”.

¿Los niños tendrán tanta capacidad de abstracción como yo? Es posible, porque todavía no han sufrido la masiva invasión de trivialidades que te deja frito el cerebro en nombre de la ciencia y el conocimiento.

Día 30.

La pastillita rusa resultó ser una cagada. Entiendo todo pero no puedo actuar, no puedo modificar los mecanismos íntimos que ordenan la realidad. Por eso trabajo más que antes y mi jefe está contentísimo con mi iniciativa. Por mi cuenta he añadido dos horas más a mi jornada laboral. Ahora estoy 12 horas en la oficina. Calculo que mi jefe tendrá compasión y me aumentará el sueldo un poquito. Aunque no sé, porque desde que llega a la oficina no para de quejarse. Está enojado con el gobierno que “no entiende a los empresarios” y está molesto por la cantidad de impuestos que tiene que pagar. “Todo para que después se lo lleven esos políticos chorros que nos gobiernan”.

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Día 32.

Ahora mis amigos me han traído una nueva droga. Se llama Aniracetam. Esta sí que parece ser muy buena. Alerta, alerta que camina… Estoy todo el día como un gato. Duermo con un ojo abierto. Comienzo a recordar cosas absurdas, cosas que ya había olvidado hace mucho tiempo. Ayer recordé, por ejemplo, potentes escenas eróticas con Luisa y una de sus amigas. Lo que todavía no recuerdo es por qué me había olvidado de ese episodio.

Mi obsesión por las redes que pusimos en los balcones no ha hecho más que aumentar. Llamo por teléfono a casa cada quince minutos cuando los niños están. Quiero comprobar que todo sigue como debe ser. Luisa dice que estoy enloqueciendo pero en el trabajo las cosas están cada vez mejor. Al final mi jefe me aumentó el sueldo. Poco, pero me aumentó. También me pidió si podía agregar una hora de trabajo más a mi jornada. Le dije que sí. Me lo pidió de tal modo que me dio lástima.

Día 40.

Al final, tenía yo razón. Lo barato sale caro. Una de las redes se rompió y uno de los niños cayó por el balcón. Luisa me atacó con un cuchillo. Presa de la histeria y la desesperación, culpó a mis pastillas por mi falta de llanto.

Entiendo la tristeza, pero no la puedo sentir.

Sé que ha ocurrido una tragedia pero estaba entre las múltiples posibilidades de la vida que eso ocurriera. Menos mal que mis amigos me han traído una pastilla más potente. “Así no te vas a deprimir por lo que ha sucedido” me dicen y me palmean, me abrazan, me dan el pésame…

También entiendo que debería haber sido yo el que atacara a Luisa por haber comprado una red barata, pero está tan mal que me da lástima… ¿qué le puedo decir si ya sabe que la culpa es de ella? Todos mis recuerdos eróticos se han oscurecido y han aparecido recuerdos de otros tiempos que preferiría olvidar.

Día 45.

Atentos a mi deriva, mis amigos ahora me han sugerido que vuelva a cambiar las pastillas. “Probá con el Pramiracetam” me dicen “es mucho más potente”. ¿Dónde voy a ir con más combustible?, me pregunto. No consigo pastillas, así que traje la droga en polvo. Nunca pensé que iba a oler a pescado podrido y a ácido de batería. Me dieron arcadas, dejé todo el balcón con vómitos. El mismo balcón por el que se cayó uno de los niños. Puedo recordarlo todo, pero ya casi no recuerdo su cara ni su rodilla, ni el talón ni el codo. A veces tampoco recuerdo como se llamaba.

Luisa está internada. Me dicen que tal vez sea para siempre. Que se volvió loca. Que con el mismo cuchillo con el que me atacó a mi intentó matar a su padre. Me dicen que delira y canta en su nueva prisión. Poco a poco me acuerdo de todo pero no de la cara de Luisa. Ni de sus pies. Ni de sus rodillas. Dejo al niño que ha sobrevivido con sus abuelos. “Yo no lo puedo criar” les digo “no sé cómo hacerlo, tengo mucho trabajo, estoy drogado, si lo dejan conmigo también se caerá”. Me miran aterrorizados y se quedan con el niño.

Día 50.

La nueva droga, que ahora consigo en pastillas para no tener que soportar el olor, tuvo un efecto secundario que no me esperaba. Ya no me reúno con mis amigos, sólo los veo en Facebook, o por Zoom. A veces me twittean algo, me preguntan cómo va con la pastillita nueva. Me invitan a salir, pero no tengo ganas. ¿Me estaré deprimiendo? No lo creo, porque trabajo cada vez mejor y mi jefe me ha hecho jefe. El me manda y yo mando a los demás.

Cadena de transmisión de la exigencia máxima, los tengo a todos cagando. Laburen, hijos de puta, dejen de rascarse las bolas.

Creo que están empezando a odiarme un poco, pero no me importa. No es esa la memoria que guardo y atesoro. Soy otro en la historia, vivo en mi pasado y por eso no me pesan las cosas que suceden en el presente.

Día 77.

Me cansé del pescado podrido y de estar encerrado en casa todo el día. Así que les hice caso a mis amigos y ahora tomo Tianeptine. Una pastillita nueva que no sólo te concentra y te memoriza, sino que también te pone de buen humor. Ahora canto y deliro desde que me levanto. Cuento chistes en el trabajo. Tengo todo el día sed. Soy el que tiene sed, el que siempre anda buscando agua por los rincones.

Me acuerdo de Luisa. La voy a visitar. Pero ella ya no está en este mundo. Me mira sin ver. Abre la boca como para decir algo pero sólo suspira. Cada tanto se lleva las manos a la cabeza y hace como que grita, pero no le sale la voz. Dice el médico que en esos momentos recuerda la muerte de su hijo. Pienso si a Luisa no le vendrían bien mis pastillas, pero el doctor me ha mirado raro cuando se lo sugerí. “Nosotros sabemos cómo medicarla” me dice. “Se nota” le digo.

Salgo del encierro de mi mujer y me encierro en el mío. ¿Me estaré volviendo loco yo también?

Día 90.

Me pasé a la Cerebrolisina. Basta de pastillas. Ahora me inyecto. Cinco inyecciones por semana. Según mis amigos, es un compuesto milagroso. Es, me dicen, una preparación polipeptídica que estimula la regulación neurotrófica en el sistema nervioso central. No entiendo un pimiento de a qué se refieren, pero ando como una moto. No me para nadie. En el trabajo soy el primero que llega y el último que se va. “Relájese Pereyra” me dice mi jefe, que ya me mira con cierta desconfianza. Debe creer que en cualquier momento me voy a transformar en mejor que él. Debe temer que comience a mandarlo. “Usted es mejor que yo” me dijo un día y luego se arrepintió. Anduvo todo el día con la cabeza gacha. Ya nadie me pregunta “¿con qué te das Pereyra?”

Sentado en mi escritorio nuevo veo pasar la realidad y puedo distinguir su trama, pero ya no soy parte de ella.

Día 93.

Estoy en las redes, cuando me llega el primer mensaje. Irrumpe como un eructo en mi pantalla. Un enlace, un emoticón que me invita. “Ya es hora de que conozcas el Estadio” me dicen. Mi cerebro me dice que lo deseche, pero hay un resto de mí, algo profundo que yace en un lugar donde mi memoria no penetra, que me impulsa a prestarle atención.

Y sin embargo no hay nada. El enlace me lleva a ningún lugar. Sólo hay un cartel con el mismo mensaje que se repite. “Tenés que venir al Estadio”.

Al rato aparece otro mensaje similar: “El estadio te está esperando”.

Media hora más tarde, otro: “Esta es una invitación al estadio”.

Un día me llega un mensaje por el celular. “Prepárese” me dicen “cuando consideremos que usted ya está listo lo iremos a buscar. No responda este mensaje. No lo haga circular. Sienta la satisfacción moral de un acto de libertad”.

Los mensajes se suceden a lo largo de todo el día. Siento que algo está por suceder.

Por fin siento algo.

“Millones quisieran ir donde usted va a ir” dice otro mensaje. “El Terror se basa en la comunicación” dicen.

“Rompa el aislamiento” dice el último.

Quisiera estar en la calle, pero hay demasiado trabajo atrasado en la oficina. Hemos tenido que despedir a unos cuantos rascabolas. En realidad ahora hago casi todo yo. Sólo tengo una secretaria, que me recuerda vagamente a Luisa. Y un cadete, al que de vez en cuando le doy unas cachetadas cariñosas. Mi secretaria dice que eso es maltrato laboral, pero yo sé que al tipo le gusta que le peguen.

Me he vuelto tan inteligente que ya no preciso vivir.

Día 100.

Llevo tres días trabajando sin parar cuando me llega el último mensaje. “Karoshi”. (過労死).

Luego viene hacia mí el ángel de la muerte y me saluda.

Por fin, pienso, me han venido a buscar. Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos.

El Estadio me está esperando.

Fuente: Socompa / Original aquí.

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