Ramón Córdoba

Adiós a Ramón Córdoba, ese editor amado por todos, ese escritor admirado por muchos

“Rasposo como papel de libro viejo, suave como barniz del cuché”, así dijo el escritor Alejandro Páez de Ramón Córdoba. Así era él y mucho lo extrañaremos.

Ciudad de México, 22 de junio (MaremotoM).- Ayer te vi. Tus manos duras y grises mostraban unas uñas largas, como de guitarrista. Parecía que dormías. Tus hijas llorando en los rincones, tu ex esposa cuidando tu velorio, tantos amigos que iban y venían diciendo: ¡No lo puedo creer!

Alejandro Páez muy compungido, la periodista Daniela Barragán lamentando tu partida, Beatriz Rivas dolida porque se iba el amigo y su diablo guardián, en un huracán tremendo porque hace tres meses se había ido Armando Vega Gil, su otro gran amigo.

Ana Clavel, con su vestido floreado y siempre envuelta en una vida definitiva pensaba: “¿Te das cuenta, morirse así, sin darse cuenta? El mundo está tan feo que me gustaría morirme así”.

Ramón Córdoba amaba las palabras y amaba ese estar siempre en el fondo de los libros, como vigilando su desarrollo, siendo amigo –muy- de muchos escritores, a veces dejando el desconcierto. ¿Por qué no él mismo no se adelantaba y era exactamente el gran escritor que todos pensaban que era? Sacaba el trabajo grueso de Penguin Random House y hacia cada escritor del que se convertía en editor, terminaba siendo un gran amigo.

Basta ver todos los mensajes en Twitter y en Facebook, partías a los 61 años, que festejaste unos días antes: “Rasposo como papel de libro viejo, suave como barniz del cuché”, dijo Páez. La pinche tristeza de perder anoche al amigo, al cómplice, al lector, el editor, al capitán. A quien tengo demasiado que agradecerle”, escribió Maruan Soto Antaki. “Acaba de morir mi querido editor Ramón Córdoba, apenas ayer me envió una foto de uno de mis libros que acaba de salir de la imprenta. Buen viaje, entrañable veterano de las Guerras Psíquicas” (Jordi Soler)

“Ramón Córdoba pasó ligero por el mundo haciendo lo que le gustaba: editar libros. No necesitaba ni pedía nada, salvo tiempo para leer. Alfaguara fue su casa pero también su obra. La primera vez que me dijo “contramaestre” entendí que abría el portal de su amistad. Qué honor”, fue el lamento de su jefe, Ricardo Cayuela.

No fuimos amigos, no editaste ninguno de mis libros y por eso pude relacionarme contigo de manera profesional. Siempre decías, cada vez que me veías, que te encantaba que yo te hiciera notas. Hoy recuerdo tus uñas largas, como si fueras guitarrista, tus bigotes anchos y saber que nunca más me hablarás de la edición, de la palabra, de la novela. Esta es la nota que te hice para SinEmbargo y la tomo prestada a mi antiguo medio para recordarte.

En Cada perro tiene su día, un hombre aún joven, cuya intensa experiencia de vida lo ubica más allá del bien y del mal, se da a la tarea tan prescindible como caprichosa de liberar, de devolverle a una peculiar azotea su aspecto original a fuerza de golpes de marro y cincel.

Ramón Córdoba
Fuera de broma, me gusta hablar ante el público, por eso doy cursos en forma frecuente, no tengo ningún problema con eso. Foto: UANL

El trabajo físico extenuante, sus reflexiones y confesiones son una expiación, un ajuste de cuentas con su inmersión total en toda clase de estimulantes y sustancias tóxicas, en narcóticos con los que ha empedrado el camino y una larga temporada en su infierno: el lado más oscuro de la existencia a la vez que la más intensa lucidez.

Para Ramón Córdoba, editor amado por los escritores de Alfaguara que someten a su arbitrio de experto las historias que verán la luz en forma de libro, es la segunda oportunidad en que se “pasa de banqueta” y presenta una novela.

La primera fue Ardores que matan (de ganas) y “creo que a los reporteros se les pasó de noche”, dice quien fuera editor durante 12 años de Carlos Fuentes, desde La silla del águila hasta las dos obras póstumas del autor fallecido en mayo del 2012.

“Como todo estudiante de Letras, de repente tenía mis devaneos literarios. Escribía sonetos con gran métrica y rima, sonetos perfectos, ¿eh?, como cuatro; algunos poemas, algunos cuentos, textos propios del oficio como notas, reseñas y hasta un reportaje sobre putas”, cuenta en entrevista.

–¿Siempre contento con la edición?

–Sí, la verdad que sí. Pero hace aproximadamente unos ocho años, escribiendo una cuarta de forros, me gustó una idea que había ahí. Decía más o menos algo como que hay quienes confían en que sus actos tienen alguna influencia en la salvación del mundo. Que hay quienes creen en la vida perdurable. Y pensé que esa era una idea que yo tenía que desarrollar en un ensayo. Cuando empecé a escribirlo, comencé a alucinar durísimo y derivó en un cuento, pero tampoco me alcanzaba para todo lo que quería decir y se convirtió en la novela que acaba de salir.

–¿Y qué sientes ahora que tienes la novela en tus manos?

–Que soy un inconsciente. Que al principio me pregunté qué pensarían mis autores y todo eso, pero de todos modos decidí mandar la novela a imprenta, así que soy un inconsciente. Ya está publicada, así que ¿ya qué?. Modestia aparte, lo único que puedo decir al respecto es que sé juntar una palabra con otra.

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–¿De qué va la novela?

–De amor, de Dios y de drogas. Y si va de esas tres cosas, lo que está por detrás es el vacío. La verdad es que no sé si existe la gente sin vacío, esas personas autosuficientes que no requieren de nada, pero no es el caso de mi personaje. En un principio me propuse hacer el “Highway to hell”, la famosa canción de ACDC, con historias de la vida real que he escuchado con mi oído de radar y que incluyen incesto, necrofilia, pedofilia, sicariato…pensaba mandar mi personaje a quemarse en el infierno, pero finalmente se enamoró, algo que para mi hija, que es una gran lectora, era obvio. Yo, en cambio, estuve durante un buen rato tratando de evitar que este pendejo se enamorara. El enamoramiento cambia todo y creo que terminé haciendo “Star to heaven”.

–¿Cómo fue el proceso de escritura?

–La verdad es que tengo poco tiempo para dedicárselo a la escritura. Edito. Leo mucho. Doy talleres de narrativa. Tengo una vida social. Tengo una vida amorosa, en fin… En ese contexto, lo primordial fue aceptar que tenía que escribir a diario, poco o mucho, pero todos los días. Así, establecí una rutina infalible: en el taxi, camino de la oficina, un trayecto que puede durar aproximadamente unos 30 minutos; y al revés, en el taxi, de regreso a casa. Voy anotando cosas en una libretita y cuando tengo suficiente material lo transcribo y así se fue haciendo la novela.

–Y tú, que como editor me imagino que te costará convencer a tus autores de cuándo deben poner punto final a sus historias, ¿cuándo encontraste tu punto final?

–Quedó claro casi dos meses antes de que terminara la escritura. Fue cuando el personaje se enamoró y comencé a pensar en un final clásico, bien de cliché, con los personajes en la playa, con un beso apasionado…

–¡Claro! Así tendrían que terminar todas las novelas, ¿no crees?

–(risas) Y uno se imagina que viven felices para siempre, que nunca vivirán las tormentas de los celos, las tarjetas de créditos…todo eso lo obviamos. Pues así termina mi novela. Pocas veces me pasa eso de que presume mucha gente: el arrebato de la musa. Pues esas cuartillas finales fue como si alguien o algo me las hubiera dictado.

–Creo que la oscuridad es la verdadera esencia de la vida. ¿Qué es para ti la oscuridad?

–Bueno, al principio mi novela se iba a llamar Oscuridad, influido por un poema de Lord Byron, “Darkness”. Sabía que mi personaje iba a entablar un debate interno, se iba a preguntar muchas cosas en torno a la existencia o no de Dios…lo cierto es que uno se levanta, desayuna, sale a la calle, piensa que está a salvo, que el mundo es estable y que esto que llamamos realidad es algo real. Pero no. Vivimos en un mundo de incógnitas, son pocas las verdades fundamentales establecidas, priman la incertidumbre y la inseguridad. Y los monstruos, incluso aquellos que habitan en nosotros y nos negamos a ver. La escritura sirve para ver esos monstruos. La vida es oscuridad. Lo que pasa es que como título de una novela a Oscuridad le faltaba fuerza…

–¿Cómo quedó entonces Cada perro tiene su día?

–Hace algunos años una novia que tuve me enseñó un video que ella produjo, “Todo perro tiene su día”. El grupo musical se llama La Vieja Estación, tiene un aire a blues. Y eso me encantó.

Ramón Córdoba
En su juventud pensaba en ser sacerdote, pero se decepcionó de la iglesia y nunca más fue. Foto: Especial

–¿Crees en Dios?

–Yo estaba encaminado a ser sacerdote. Estudiaba en un colegio religioso y a edad muy temprana comencé a darme cuenta de que esas personas que tanto respeto les tenía suelen ser mucho peores que aquellas que no son curas o monjas. Fue una decepción muy grande para mí y no regresé a la iglesia, pobre de mi madre.

–¿No pensaste en publicar tu novela en Alfaguara?

–Nunca lo pensé, creo que hubiera sido como cortejar a mi prima. Me parece que me mirarían con sospecha. Algo padre en Alfaguara es que reciben muy bien esas situaciones con las que uno busca precisamente no generar conflicto de intereses. Además, todos apoyan y tanto lo hacen que la primera novela, Ardores que matan (de ganas), saldrá en e book y en Bolsillo este mes.

–Así que vas a tener dos libros en el mercado…¿te vas a esconder debajo de la mesa?

–No, ¿cómo crees? Mira, como editor me toca ser la sombra del guerrero. Deja tú, ya me verás en la temporada de promoción de la novela propia. Seré protagónico, mamón, vanidoso…¿no es que así somos todos los autores? (risas) Fuera de broma, me gusta hablar ante el público, por eso doy cursos en forma frecuente, no tengo ningún problema con eso.

En octubre saldrá la novela póstuma de Ramón Córdoba.

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