Enrique Bunbury

Adiós, compañeros adiós: Bunbury cuelga el micrófono

Durante el confinamiento de 2020 y 2021 Bunbury grabó dos discos, varios singles, hizo un recital por streaming que fue publicado como vinilo triple y publicó un libro de poesía. Este último parece ser el camino elegido para el futuro. Pintar y escribir poesía.

 “No volverá jamás a pisar un escenario

Lo verás si es que lo ves, siempre desde la platea
Como un sueño inalcanzable”
No fue bueno pero fue lo mejor – Enrique Bunbury

Ciudad de México, 1 de marzo (MaremotoM).- Un avión sobrevuela unas nubes sepia. En unas gafas se refleja un barco pirata. Un hombre con un estuche de guitarra camina por una ruta que atraviesa un desierto. A los costados se ven ciudades. Algunos símbolos como la Estatua de la Libertad o el Estadio Azteca permiten distinguirlas. “Que no interrumpa lo cotidiano mis pensamientos”, canta el hombre con el estuche de la guitarra. ¿Qué puede ser lo cotidiano para alguien que ha hecho del cambio y el tirar todo para volver a empezar un modo de vida?

Un explorador solitario, que perdió la brújula y el mapa

Las imágenes corresponden al video de “De todo el mundo”, el último sencillo del álbum Las consecuencias de Bunbury editado en 2010. Fue la primera vez que me crucé con él. Mirando un viejo canal de música apareció el video y, de manera un poco irrespetuosa, pensé: “¿quién es este gallego que se hace el Calamaro?”.

Al poco tiempo mi hermano Leuci lo estaba escuchando. Había llegado a él por un tío fanático de la época de Héroes del Silencio. Siempre fui prejuicioso. A decir verdad me pareció un poco cirquero. Con el tiempo descubrí que nadie entra en el Universo Bunbury con facilidad. O al revés, que el Universo Bunbury no te llega con facilidad. Ahora, una vez dentro, es imposible salir.

En mi caso entré a través de El tiempo de las cerezas, el disco que grabó junto a Nacho Vegas en 2006. De ahí a Héroes del Silencio. Después no quedó otro camino que recorrer todas las disquerías de Buenos Aires tratando de completar todos sus discos.

Bunbury siempre fue un desafío. Es la clase de músico que a cada disco le pide a quien escucha que ponga algo de sí. Ese algo se compone por un poco de tiempo y un poco de apagar todo lo que te distraiga durante la escucha: prejuicios, redes sociales, televisión. Poner todos los sentidos al servicio de las canciones. Bucear en las letras, los arreglos y la sonoridad del disco.

La primera vez que sentí más claro ese desafío fue con el primer disco que sacó cuando ya lo escuchaba: Licenciado Cantinas. Un viaje a través de distintos clásicos de la música latinoamericana. De Ushuaia al Río Bravo. En ese álbum Bunbury no solo recopiló las canciones. Las desarmó y reinterpretó. Las hizo suyas. Ese disco no es un conjunto de temas sin más. Puede ser escuchado como la historia de un hombre desde su nacimiento hasta el encuentro consigo mismo entre las montañas. Algo así como el viaje de Zaratustra invertido. Lograr contar una historia en un disco no es fácil. Lograrlo con canciones de otros, menos aún. Lograrlo mezclando a Agustín Lara con Atahualpa Yupanqui, bueno, eso es casi un imposible.

Mon Laferte
Mon Laferte y Enrique Bunbury. Foto: Cortesía

Ustedes me han visto siempre en acto de servicio

Ayer Enrique Bunbury anunció que, al finalizar la gira que está realizando, no volverá a subirse a un escenario. La experiencia parece haberle permito hacer este anuncio sin tener que mandar todo a la mierda. Solo sentándose a reflexionar que tenía que dejarlo. Hace ya diecisiete años había hecho algo similar. Solo que en aquella ocasión abandonó el recital en la sexta canción, separó a su banda y no volvió a saberse de él por un tiempo. Esta vez lo anunció a través de las redes sociales y confirmando que terminará la gira.

Los recitales y las giras de Bunbury no son simples. Requieren un enorme esfuerzo estructural y físico. No es un tipo que se pare frente al micrófono durante dos horas y solo se dedica a cantar. Tampoco es que solo sube con su banda y ejecuta canciones. Todas sus giras tienen su escenografía, su vestuario, su juego de luces y sonido. Sin importar el lugar donde toque, al menos acá en Buenos Aires, siempre se puede distinguir a cada instrumento con claridad. Los conciertos nunca aturden. Al salir de ellos no sentís ese zumbido en la oreja que suelen dejar los grandes recitales de rock.

Su nivel de responsabilidad para con lo que él cree que debe hacerse (esto está incluso por encima del respeto hacia su público) no le permitiría subir a un escenario sabiendo que no puede brindarse al máximo. Por esto, a pesar del dolor de saber que no volveremos a verlo en vivo, es entendible su postura. Aun sabiendo que a él le importa poco y nada si para nosotros es entendible o no su postura.

Dándolo todo, a punto de perder la vida

Su carrera se ha distinguido por lograr un estilo aun cambiando disco tras disco. “Que el cambio sea la constante”, canta en el disco Palosanto. No en vano el unplugged que recorre gran parte de su carrera se llama El libro de las mutaciones. Un guiño al I Ching, el libro en que se basa gran parte de la antigua filosofía china, también utilizado como método de adivinación, pero al mismo tiempo una forma de describir su manera de comprender la música, el arte e incluso el mundo.

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“Estamos muy acostumbrados a que nos digan ‘las cosas son así’, cuando te dicen ‘esto es así y tú estás metido en este cajón’, de repente me sale el huno que llevo dentro, el Atila que llevo dentro y me dan ganas de coger un bate de baseball y destruir ese cajón en el que me quieren meter”, dice en el documental sobre su carrera Porque las cosas cambian. Fue en el año 2011. Se refería al cambio que hizo cuando rompió con El Huracán Ambulante, la banda que lo acompañó desde sus comienzos como solista hasta 2005. Pero también podía aplicarse a la ruptura de Héroes del Silencio. O al anuncio que hizo ayer.

Durante el confinamiento de 2020 y 2021 Bunbury grabó dos discos, varios singles, hizo un recital por streaming que fue publicado como vinilo triple y publicó un libro de poesía. Este último parece ser el camino elegido para el futuro. Pintar y escribir poesía.

Si bien su preocupación por las letras de las canciones es algo que puede verse desde los inicios en Héroes del Silencio, se hizo más marcado con el correr del tiempo. El músico Carlos Ann, con quien compartió la grabación del álbum Bushido y de Leopoldo María Panero, el proyecto en el que musicalizaron a ese poeta español, marca el proceso de grabación de ese disco como un punto de inflexión. “Creo que ahí hay un antes y un después. Antes escribíamos al servicio de la canción. En ese momento, en esa fase, nos dimos cuenta que cada verso es un arma. Cada verso es un cuchillo. Cada verso queda inmortalizado”.

A partir ahí las letras de Bunbury perdieron en estructura pero ganaron en potencia. Ya no era la típica canción de rock con su estrofa, su puente y su estribillo. La música podía tener eso. Pero las letras no. La música sería la que seguiría a la letra, no al revés. “Una vez que tenía el texto, me autoimponía que se iba a cantar desde el principio hasta el final. Eso era la canción. Y el estribillo que pasara por donde pasara”.

Su interés por la poesía lo llevó a fundar una editorial junto al poeta Javier Ojeda en el año 2006: Chorrito de plata. En septiembre de 2021, cuando aún no había anunciado la gira por los 35 años en la música que está realizando actualmente, confirmó la publicación de su primer libro de poemas: Exilio topanga.

Enrique Bunbury
Los artesanos como Enrique sólo saben de calidad. No puede evitarlo, odia la medianía  y eso es lo único que cuenta. Foto: Cortesía

Desnudo como Adán el primer día

Los cantantes de rock, así como los futbolistas y los actores, son los grandes héroes del nuestros tiempos. Aquellos que no se permiten mostrar flaquezas ni debilidades. Íconos en los que solemos buscar reflejo y, a veces, un poco de amparo. El momento en que el futbolista empieza a equivocar los pases o su físico falla; en que el actor olvida el guión o acepta papeles que no le quedan porque su tiempo ya pasó; o el músico desafina, se copia a sí mismo o simplemente exprime hasta el cansancio su propio repertorio; es ese momento donde nos sentimos niños que descubren que Papa Noel no existe. El desamparo de saber que la inmortalidad sigue siendo una utopía y los héroes son personas de carne y hueso que sufren, lloran y se cagan.

Enrique Bunbury decidió correr el velo y mostrar su debilidad. Por una vez dejar de estar en acto de servicio. No debe ser cosa fácil: el cantante al que su salud ya no le permite subir a un escenario. Ahora que todo parece estar terminando, Bunbury volverá a su casa y deberá acostumbrarse a no tener una gira por delante.

Enrique Bunbury
Enrique Bunbury y su disco. Foto: Cortesía

Pero ¿Qué puede ser lo cotidiano para alguien que ha hecho del cambio y el tirar todo para volver a empezar un modo de vida? En su caso, probablemente, lo cotidiano sea andar de hotel en hotel, de avión en avión y de escenario en escenario. Entonces su abandono cobra más sentido. Bunbury vuelve a esquivar lo cotidiano. A dejarlo pasar como un toro en el ruedo.

En aquel video en el que conocí a Bunbury por primera vez en 2010, luego de recorrer la ruta desierta, descubre un camino de tierra que le permite cambiar el rumbo. Ese camino lo lleva a un precipicio rodeado de nubes. El avión vuelve a pasar y se va. De frente y flotando sobre las nubes lo espera un barco pirata. Una forma de mirar de frente su libertad para navegar los mares sin rumbo, pero sabiendo que llegará a alguna parte.

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