Adiós, General Horacio Fontova

El pueblo más feliz del mundo –porque era un pueblo que cantaba- lo había elegido como uno de sus representantes. Todos tuvimos un disco de Fontova. Todos fuimos alguna vez a un recital suyo. Todos recordamos una anécdota, un episodio.

Ciudad de México, 20 de abril (MaremotoM).- La primavera democrática posdictadura atravesó demasiados obstáculos.

El permanente hostigamiento del poder militar, que no estaba desactivado ni mucho menos y que se agravó cuando Alfonsín dispuso el Juicio a las Juntas Militares.

El flagrante golpe de estado económico, propiciado por un establishment que estúpidamente temía perder sus privilegios (que ya los tenía consagrados, como antes y como siempre) y que atenazaba a las instituciones a través de cimbronazos con el dólar y la inflación, que –hay que reconocerlo- crecía a niveles inimaginables, aun bajo la perspectiva del engañoso “riesgo país” de hoy.

Los exabruptos sindicales, que bajo la sacrosanta consigna “paz, pan y trabajo” (como si cualquier ciudadano biempensante pretendiera lo contrario) generó numerosas huelgas, manifestaciones, marchas, paros y asambleas, procurando, más que instaurar la paz social y la armonía, un protogolpe con beneficiarios inciertos aunque jamás defensores de los derechos ciudadanos.

Pero el pueblo cantaba.

Si el barómetro –una palabra abandonada en los confines del siglo pasado- del humor social hubiese sido la canción, podríamos haber sido elegidos como el pueblo más feliz del mundo.

Cantaba con sus cantores populares, que cada fin de semana llenaba los teatros. Populares de Mercedes Sosa a Guillermo Guido; de Horacio Guarany a Pimpinela; del Cuarteto Vocal Zupay a Antonito Tarragó; de León y Víctor –que de tanto andar juntos fortalecieron una hermandad a toda prueba- a Facundo Cabral. Sin dejar de lado el movimiento rocker, claro. El mainstream y el under, Ferro y Cemento.

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Entre todos ellos, el que mejor representaba y unificaba todas las movidas y los géneros, del folk al rock y de la canción de autor al estribillo de cancha, era el General Fontova.

De formación clásica (de familia de alcurnia), había conocido los sótanos y también las luces de Corrientes. Los menos avezados lo reconocían por su cuasi gag “Me tenés podrido” (aunque muy poco después contradijo la humorada con “Me siento bien”).

El pueblo más feliz del mundo –porque era un pueblo que cantaba- lo había elegido como uno de sus representantes. Todos tuvimos un disco de Fontova. Todos fuimos alguna vez a un recital suyo. Todos recordamos una anécdota, un episodio.

En la primavera neoliberal, bajo la fachada de una falsa estabilidad (alguna vez habrá que revisar quién nos hizo creer la equiparación de un peso con un dólar, quién fomentó la campaña sistemática de las entrevistas al siniestro ministro de Economía que eran tapa de los diarios principales los domingos), se mostró la cara menos deseable de la sociedad. Fue desocupación, cierres de fuentes de trabajo, hambre. Los ingenieros manejaban remises. Los metalúrgicos tenían maxikioscos. Los universitarios abandonaban sus carreras.

Fontova se reinventó. Como todos. Buscó la veta humorística-escatológica. Fue la válvula de escape de un pueblo que había dejado de cantar. O peor: había dejado de sonreír.

Un poco como hoy, donde todos estamos un poco más tristes y más huérfanos.

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