El Grito

¿Adónde vas a dar el grito?

¿Adónde vas a dar el grito? se convirtió en una pregunta que ya forma parte de un actividad similar a la de cenar en año nuevo. Y así había sido hasta que apareció la pandemia global del SARS-COV-2.

Ciudad de México, 16 de septiembre (MaremotoM).- Finalmente me convertí en esa clase de señor que aunque no va a celebrar a las plazas públicas El Grito, lo ve por televisión. Es en esas transmisiones donde los ciudadanos podemos observar el manejo político de los símbolos construidos por la oficialidad. La locución frente a cámaras y micrófonos de quienes hacen la cobertura en Palacio Nacional ha sido un espacio donde se cuida con esmero la simbología oficial, en donde se censura o se abren otras posibilidades de re lectura sobre esos constructos sociales llamados patria, bandera, presidente, héroes nacionales y un largo etcétera; al menos desde los tiempos en el que usa el espectro radio eléctrico para esos fines en una fecha como el 15 de septiembre.

Dejé de echar desmadre el 15, no así para otros días. Soy de esos desencantados del cuento de pacotilla llamado nacionalismo, un logro más de las costumbres de señor pasado por la educación pública universitaria, por la lectura de periódicos, el consumo de cine y la contracultura. ¿Significa eso que no sea entrañables los lagos, volcanes, viejos y niños del país donde nací? Pues claramente no tiene nada que ver cuestionar al primo hermano del racismo: el nacionalismo. Es acaso porque quiero a mi gente, porque me duele la desigualdad, que también he vivido en carne propia, que cuestionar una inocente banderita y huapango de Moncayo, me parece necesario.

Siendo realistas el grito no es más que una fiesta que deja en segundo plano la historia de monografía, los héroes de los que conocemos sus aproximadas figuras y retratos, pero nada más, en un país en el que hay fiesta debajo de las piedras. ¿A dónde vas a dar el grito? se convirtió en una pregunta que ya forma parte de un actividad similar a la de cenar en año nuevo. Y así había sido hasta que apareció la pandemia global del SARS-COV-2.

Este año miles de familias que dependen de la economía de los festejos patrios se quedaron sin ingresos o tuvieron que dedicarse a otras actividades. Para un país que ve en el 15 una festividad tan importante como la cena de navidad resulta de una tristeza tan grande y vacía como el zócalo frente al cual Andrés Manuel López Obrador dio el grito. Es claro que hay pueblos y personas a los que la celebración del 15 les da como cualquier otro día, pero al final resulta como todas esas festividades que resultan coercitivas, porque aunque no lo festejes, no hay manera de escapar completamente de ellas, pues siempre habrá alguien con una bandera colgada en sus casas, un pozole o “antojitos mexicanos” o sencillamente como una borrachera épica digna de los machos más célebres del cine de oro nacional.

Los nacionalismos son un mal de la modernidad y de la emergencia de los Estados-Nación. Si con Bolívar la idea de América Latina como región resultaba como una idea profunda de unión entre los pueblos, con los nacionalismos se fragmenta en límites la ayuda. Los nacionalismos permiten las creencias del tipo, los mexicanos son unos bad hombres, criminales, drogadictos; los centroamericanos son pandilleros, etcétera.

La celebración del 15 de septiembre, más que el festejo de la Revolución, ha sido una fecha importantísima para los que vivimos en este país, y lo ha sido por razones históricas, 200 años de historia hacen que la gente se identifique con la bandera, con el escudo, con el son de la negra, los sombreros de charro, las aguas de horchata y los sopes, por mencionar de manera arbitraria parte de esta parafernalia patriótica. En el 15 siempre se juegan políticamente los símbolos.

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El festejo de este 15 fue excepcional pues el presidente de la república Andrés Manuel, dio un grito frente a un zócalo vacío de gente y con una instalación de luces que formaron el actual territorio de los Estados Unidos Mexicanos, así como una llama nombrada como “de la esperanza”. Como señor que mira las formas culturales de “El grito”, cabe destacar que en éste, algo raro pasó en la transmisión, quizá un error de comunicación, la falta de coordinación. Me explico, faltando uno minutos para las 11 de la noche los cadetes militares hicieron honores a la bandera que entregarían al presidente, tal cual se sigue el protocolo de otros tantos gritos. Recuerden ese episodio en el que un cadete le entregó a Peña Nieto la bandera de una forma algo ruda y éste al recibirla se tambaleó por el peso del asta.

En esta ocasión, cuando terminaron los honores a la bandera, hubo un corte a la plaza seguido de un largo silencio. Los televidentes esperábamos a López Obrador y pasaron fácilmente 30 segundo para que apareciera a cuadro junto a su esposa Beatriz Gutiérrez Müller con un vestido largo blanco y sobrio, en tonos capuchinos con algunas mariposas estampadas, ambos flanqueándose hombro a hombro con cierta distancia. A esto siguió un minuto de silencio. Los locutores callaron, no dieron explicación alguna, usualmente en todas las transmisiones los silencios son llenados por la narración de los periodistas, con algún dato histórico o bien alguna anécdota, pero en esta ocasión solo se pudo entender a destiempo que ese minuto de silencio estaba dedicado a los muertos de la pandemia. Si Huemantzin Rodríguez, periodista cultural del canal 22, no hubiera aclarado ese silencio, la mayoría de los televidentes nos hubiéramos quedado con esa rareza silente televisada tan propia de las películas de David Lynch.

Propiamente ya en el discurso, lo que presidente dice y grita mientras toca la campana, en mi opinión el presidente desaprovechó el momento para mandar un poderoso mensaje a la nación a propósito de las condiciones que no permitieron el grito. No hubo una sola mención a los héroes actuales que están al frente de la pandemia: el personal médico. Y si hubo una alusión bíblica confesional: el amor al prójimo. AMLO insiste como buen señor de su edad, como este que escribe, en empecinarse con su credo ante un país laico. En el grito observamos su estilo personal de gobernar, su concepción de la historia, los simbolismos que a alguien de su generación se vieron reflejados en el espectáculo de fuegos artificiales y el popurrí musical que aprobó o escogió para esta ocasión. Para usar un calificativo que tanto le agrada al presidente: esta celebración fue conservadora y desaprovechó la oportunidad para resignificar ciertos símbolos que no permiten avanzar en la democracia del país, pues sigue siendo una visión nacionalista rayana en el chauvinismo, el folclorismo, atávica y peligrosa para el verdadero reconocimiento de la autonomía de los pueblos indígenas.

Aunque sobrio y sencillo fue un festejo que se queda corto, al menos en términos de la transmisión de mensajes audiovisuales y políticos para una compleja realidad contemporánea y sus diversas problemáticas que afronta el país: crimen organizado, desempleo (de suyo anterior a esta administración), falta de oportunidades educativas y laborales, pobreza, desigualdad de género, feminicidios, ausencia de una reforma fiscal redistributiva.

¿No hay alguien en la presumida Cuarta Té, que le diga al presidente, señor presidente aquí tenemos la oportunidad de mandar un mensaje potente a la nación frente a esta coyuntura? Quizá sí, pero es mejor así, trajes típicos, jarabes tapatíos, fuegos tricolores, honores a la bandera y algo una pizca de “creencia religiosa, porque así firmemente lo creo y así lo voy a hacer y para algo soy el presidente”.

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