Jorge Alberto Gudiño

Ahora vuelvo a mis novelas reflexivas, en las que me interesa tratar problemas mayores que la resolución de un crimen: Jorge Alberto Gudiño

Me parece que hoy en nuestros días hay un interés en definir a la persona por la fuerza de su pasado, pero también con sus deseos y expectativas. Eso no me parece que esté mal, el problema es que de todo eso no hay evidencia. Sólo tenemos evidencia del pasado.

Ciudad de México, 1 de agosto (MaremotoM).- Le digo a Jorge Alberto Gudiño que probablemente esta novela sea la más poética de su producción, teniendo en cuenta que es un escritor muy eficaz y que saca libros cada dos años. Uno de ellos, Con amor, tu hija, obtuvo el Premio Lipp de Novela, entregado por primera vez en México y de gran tradición en Francia.

En 2014 publicó Instrucciones para mudar un pueblo; en 2015, Justo después del miedo y en 2016, Tus dos muertos, primera entrega de la serie policiaca del comandante Zuzunaga, que prosiguió en 2017 con Siete son tus razones.

ENTREVISTA EN VIDEO A JORGE ALBERTO GUDIÑO

Historia de las cosas perdidas (Alfaguara) plantea una historia de misterio, tal vez una historia negra pero no policial y al mismo tiempo tratar de encontrar las cosas perdidas de la literatura.

“El teléfono de Roger comienza a sonar en la madrugada; sólo pueden ser malas noticias o, acaso, sea Denise, su ex, quien está arrepentida y quiere volver. Eso es todo lo que piensa mientras intenta rescatar el aparato que cayó debajo de su cama. Lo que no espera es que le estén llamando del hospital para pedirle autorización para amputar el brazo de Andy, su jefe. Él sabe que la llamada no es común, pero el sueño y la sorpresa lo obligan a dar una respuesta precipitada”, es la sinopsis de una novela que se dará vuelta al medio y que permite avizorar otros enigmas, otras preguntas sin resolver.

“Esta parte negra que se va desarrollando poco a poco en la novela, que no es policial, pero sí hay un misterio por resolver y a la vez, una de mis intenciones era tratar de buscar cosas perdidas por doquier. No sólo objetos, sino cosas perdidas que tengan que ver con las relaciones”, dice Jorge Alberto Gudiño en entrevista por zoom.

“A fin de cuentas, a partir de la novela, uno se define a partir de lo que cuenta, pero también a partir de lo que pierde”, agrega.

–Es un libro muy parecido a Instrucciones para mudar un pueblo, en el sentido de que esta novela destaca tu carácter más reflexivo, tu compromiso con la literatura más que con el misterio

–Esto que dices de lo reflexivo me interesaba mucho, porque cuando saqué Tus dos muertos, yo decía que no era un autor policial, pero cuando tuve las otras dos no podía decirlo, porque era el autor de una saga. Entonces hice una pausa y todos me preguntan si hice una pausa de lo policíaco, pero en realidad, ahora vuelvo a mis novelas reflexivas, en las que me interesa más a fondo tratar problemas mayores que no son sólo la resolución de un crimen.

–Ahora bien, las etiquetas de la literatura tienen más que ver con lo de afuera que con lo de adentro

–Eso es verdad. Siempre me daba mucho trabajo diferenciarlo, probablemente por el detective, pero como mencionaba Ricardo Piglia, en varias novelas donde no hay un detective sí hay un misterio y las leemos para averiguar qué es lo que pasa. A veces sí me resultan bastante pegajosas esas etiquetas.

Jorge Alberto Gudiño
Sólo tenemos evidencia del pasado. Foto: Cortesía Facebook

Historia de las cosas perdidas nos recupera la fuerza del pasado

–Me parece que hoy en nuestros días hay un interés en definir a la persona por la fuerza de su pasado, pero también con sus deseos y expectativas. Eso no me parece que esté mal, el problema es que de todo eso no hay evidencia. Sólo tenemos evidencia del pasado. De pronto con personas que no veo desde hace 10 o 20 años, tengo que actualizar los referentes. Está también todo lo que ocultamos y en Historia de las cosas perdidas, está la vida oculta de Andy. Me parece que todas estas evidencias del pasado permiten esta investigación que va a terminar contando una historia completamente desconocida.

–Por otro lado esta nostalgia de Denise, ¿no te da la idea de que hay momentos que uno no quiere hacer nada, sólo estar y permanecer?

–Claro, porque a todos nos ha pasado en algún momento de la vida. Todos sabemos lo que significa cuando una relación termina. A veces se acaba, aunque sea la historia más común del mundo, cuando uno lo vive y lo experimenta, es el dolor más tremendo. Uno quisiera quedarse y que nada cambie, pero no es así.

Historia de las cosas perdidas plantea un sistema de sorpresas todo el tiempo

–Sí, es algo que planteé hacer desde el principio, contar la historia de Roger de una manera tangencial, lo que le va pasando son historias que le tocan a otros pero que a la larga los va a involucrar. Esa transformación del personaje me interesaba mucho, para plantear un protagonista poco clásico, en un sentido estricto.

–¿Esta sería tu novela más poética?

–Podrá ser. Eso siempre será decisión de los lectores, pero me interesaba mucho trabajar con el lenguaje y con las palabras. Una de las cosas que debe de aprender es ir aprendiendo de lo que escribió antes. Estas pequeñas cosas perdidas, planteo la desaparición de palabras, esa aproximación con el lenguaje era muy importante.

–Participas muy poco de los debates literarios, ¿cómo ves a la literatura mexicana y cómo te ves tú dentro de ella?

–Participo poco de los debates, porque soy más metiche que chismoso. Me gusta más leer que escribir. Puedo pasar un buen rato en redes sociales, leyendo, pero difícilmente me voy a poner a pelear. Me causa más curiosidad lo que los otros dicen. Creo que la literatura mexicana está en un momento sano dentro de sus propias limitaciones. Es un problema que no he alcanzado a resolver que tiene la literatura mexicana hoy. México que tiene 120 millones de habitantes, una tradición literaria muy larga, sólo ha ganado un Premio Nobel. No tiene ningún best seller de literatura. Eso es una pregunta que me intriga mucho. Hay best seller italianos, pero no mexicanos. Estos parámetros en Latinoamérica funcionan poco. Funcionaron solo con Gabriel García Márquez. No nos va bien con esos dos parámetros, pero las nuevas generaciones traen mucha frescura y mucha potencia narrativa. Son como una bocanada de aire fresco que nos pone contentos. Lo que le falta a la literatura mexicana es crítica.

Jorge Alberto Gudiño
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Fragmento de Historia de las cosas perdidas, de Jorge Alberto Gudiño Hernández, con autorización de Alfaguara.

El principio. Siempre es mejor comenzar por el principio. Una historia adquiere su sentido al ser contada en la medida en la que es capaz de conducir a quien la atestigua del punto A al punto B. Ése es el trayecto conjeturado que precisa un inicio, aunque éste se escape de nuestra conciencia. Baste pensar que un viaje en carretera puede ir de una ciudad determinada a otra pero siempre, al menos si no se nació en ese automóvil durante ese traslado, hubo otras rutas que cubrir antes de arrancar el coche y manejar con el sol de frente. Así funciona el inicio de esta historia, como subir las maletas en la cajuela, acomodarse con calma e introducir la llave en el encendido; existen muchas cosas antes, otras paralelas y consecuencias de todo tipo. No importa, hay que empezar por algún lado.

Ese sitio es Roger. Dormido. En su cama, no en la carretera.

Que suene el teléfono de madrugada, sin ninguna previsión, sólo puede implicar un equívoco o una emergencia; es sabido. Y fue esa angustia, sumada al sobresalto, la que provocó el tanteo de su mano sobre el buró; la caída del aparato; la suya propia que fue más el deslizamiento colina abajo a través del tobogán de las sábanas. El descenso le permitió desechar los demonios de la alarma, la noticia ominosa, la anticipación del llanto, para sustituirlos por una idea más ingenua pero mucho más atractiva, a saber cómo hay quienes pueden desembarazarse de la tragedia a golpes de deseo: la de que su interlocutor, ahora bajo la cama, no era otro sino Denise, llamándole a estas horas para anunciar su arrepentimiento y prevenirle por su inminente retorno. La conjunción de sosiego espiritual, la fantasía y un deseo manoteando contra las cobijas.

Roger, diría Denise, porque ya anticipaba la voz de su ex. Apresuró el espabilamiento, tanteando sobre la duela para dar con su teléfono. No fuera a ser que Denise, desairada por la espera, elucubrara en torno a su tardanza, abandonando la idea de la apoteósica reconciliación. El estado de ansiedad desplazaba a los del sueño que, quizá, aún preveían las posibilidades siniestras de una llamada a deshoras.

“Es duro aceptar que uno está destinado a una existencia mediocre”. Andy solía repetir esa frase cada tanto. Un golpe de efecto que le funcionaba al buscar a nuevos clientes, al hablar en una junta o si quería impresionar a su auditorio durante alguna de sus conferencias motivacionales.

De Denise, Roger debería confesar que la odiaba profundamente. Tanto, como sin duda la seguía amando. No hay contradicción en la idea ni en los sentimientos. Fueron noches enteras de despertares inciertos tras su partida. No conseguía paliar la ansiedad que le provocaba imaginarla con otro, besando a otro, teniendo sexo con otro. A Roger ni siquiera le bastaban sus propias fantasías para consolarse. Imaginarse con otra, besando a otra o teniendo sexo con otra no atenuaba la zozobra. Son esas racionalizaciones infaustas que no curan. Se dedicaba a pensar en cómo, cuando estaban juntos, también se pensaba con otra, besando a otra o teniendo sexo con otra. Y se negaba a concederle la prerrogativa de fantasear del mismo modo en que él lo hacía. A veces, la ruptura de un pacto de felicidad conjunta basta para que el amor se trasmute en odio o para que cohabiten. Ellos también pueden ser el otro.

Uno siempre hace lo mejor que puede.

—¿El señor Rogelio Ibarra? —preguntó una voz profesional, sin emociones. Dejándolo indefenso porque eran contados quienes usaban su nombre completo, mucho menos acompañado de su apellido. Y resultaba ridículo que fuera una llamada bancaria. Una cosa es que dieran lata hasta el hartazgo, otra que lo hicieran en la madrugada. Roger se sintió incómodo frente a la seriedad de su interlocutor al visualizarse, sentado en el suelo, en ropa interior.

Sólo podía ser una mala noticia. Respiró profundo, preparándose para el mandoble.

Si pensar en Denise lo había espabilado, el triunfo de los pronósticos del sueño sobre la candidez de sus fantasías terminó por adormecerlo. De ahí que la pregunta se repitiera del otro lado de la línea.

—Sí, soy yo —respondió cubriéndose las piernas con la esquina de la sábana, pudoroso. Alejó el teléfono de su cara. Vio desplegado un número desconocido, con terminación doble cero, típica de conmutadores. En una de ésas, sí es un call center y buscan ofrecer un servicio bancario, pensó.

No fue así. La voz le hizo saber que Andrés Covarrubias había sufrido un accidente grave. Roger tardó en asociar el nombre al de Andy, su jefe, amigo y mentor. Quiso preguntar por detalles pero volvió a perderse en su batalla contra la tela que se multiplicaba, pues su cama la escupía cual telar. Su tardanza fue interrumpida de nueva cuenta, con urgencia, pues mientras en un quirófano intentaban salvarle la vida, los doctores se veían obligados a tomar una decisión radical: amputar un brazo o arriesgarse a que muriera. Los ecos de algún término médico se estancaron en el pantano de sus propios conocimientos hipocráticos, casi nulos, llegados, como todos los de los integrantes de su generación, por la vía de las series televisivas: ¿sepsis?, ¿gangrena?

La idea de una muerte apareció en los linderos de su conciencia. No era original, sino el resultado obvio de la llamada nocturna, del sobresalto, del aviso trágico, de la idea de una consecuencia fatal en caso de no tomar una decisión apresurada. Se han escrito bibliotecas relacionadas con el final de la vida. Coinciden en que lo inesperado es lo más doloroso, lo más traumático. Sin embargo, no hay muerte inesperada. Si de algo estamos seguros es de ésta. La sorpresa juega el papel del amplificador, haciendo que sus gritos resuenen por doquier. Los del duelo, los del incrédulo que asiste a la noticia en una noche similar a la de Roger de llamadas a deshoras y vestimenta inadecuada.

¿Se podría suponer, acaso, que antes del peligro que entrañan todas las consultas médicas a Google, el riesgo de que alguien aventurara un diagnóstico parcialmente atinado, podría imputarse a todos esos programas televisivos? Si el buscador no equivale al título médico, como sostiene la taza de cierto pediatra, E.R., Doctor House o Grey’s Anatomy mucho menos.

La voz le explicaba a Roger sin gradaciones, quien comenzaba a escucharla desde dentro de una tubería. Gigante. Reverberaba y adquiría ecos metálicos. Desfasaba su sonoridad respecto a su contenido, multiplicándolo. Se quedaba suspendida sin que él terminara de entender alguna cosa. Una pregunta se irguió por sobre las demás.

—¿Por qué yo? —interrumpió alguna de las explicaciones médicas que seguían su curso.

—¿Perdone?

—¿Por qué me está preguntado todo esto a mí? —reformuló sus inquietudes—. Sí, conocía a Andy, incluso le tenía cariño, pero había personas más competentes para recibir esa clase de llamada: la madre de sus hijos, Ástrid, sus propios padres, amigos de toda la vida, Jerry, el dueño de Vestigios… —Roger alargaba la retahíla cargada de explicaciones que a nadie debían interesar.

—¿No es usted Rogelio Ibarra?

Le dieron ganas de responder que no. Renegar de su propia identidad para crear un hueco, un resquicio donde guarecerse de ese huracán que estaba a punto de absorberlo.

—Sí.

—¿Conoce a Andrés Covarrubias?

—Sí —aunque, a esas alturas, quería lanzar una filípica en torno a lo que implicaba conocer a alguien. De nuevo se le arrebujaban en la boca los trozos de nombres y parentelas.

—Viene su nombre en la tarjeta de emergencia que encontramos en su billetera —la voz adquirió una naturalidad casi grosera, como si corroborar algo que para ellos era más claro que para Roger sólo significara una pérdida de tiempo.

Quizá lo fuera.

No es difícil visualizar el pedazo de cartón que carecía de cualquier poder vinculante. Hubo una época, cuando se hicieron campañas para promover la donación de órganos, en que regalaban esas tarjetas por doquier. Uno manifestaba su consentimiento para ser donador, su tipo sanguíneo e incluía un teléfono y un contacto de emergencia con la esperanza de que el tiempo no emborronara las buenas intenciones.

Entonces eso era: una tarjeta de papel sin valor y la idea de un enemigo formándose en la mente de Roger. Si la voz hacía preguntas imposibles, él las había dotado de pluralidad. Ya no era uno el interlocutor sino varios. Los responsables de arrancarlo del sueño. De ponerlo en una encrucijada varias veces imposible.

De cualquier modo, a Roger no le quedaba claro por qué Andy había puesto su nombre en la tarjeta. Habiendo tantos. Roger habría recurrido al de sus padres. Quizá al de Denise, si los tiempos de llenado hubieran coincidido con su vida común. Entonces tendría que cambiar de tarjeta o delectarse con la idea de que, en alguna emergencia ulterior, cuando ella ya lo hubiera olvidado, una llamada a deshoras interrumpiere su sosiego. La venganza ideal: volverla responsable del destino de aquél con quien no quiso compartir el futuro.

En ciertos planos amorosos, no suele tener cabida la reciprocidad. Sobre todo, en el de las fantasías.

La arqueología de las billeteras (¿espeleología?). Otra de las múltiples ramas del estudio de la basura. ¿Cuántos papeles y pequeños objetos no se ocultan ahí por años? ¿Quiénes se toman el tiempo de depurar los contenidos cada tanto? ¿Quiénes se limitan a trasladarlo todo cuando la piel o la tela terminan cediendo, resquebrajada la primera, deshilachada la segunda?

¿Alguna vez han tomado una decisión impulsiva? Todos lo hemos hecho. También lo opuesto. Hemos postergado, con base en ponderaciones y argumentos, el acto de optar por uno u otro camino. ¿Qué se hace cuando se le obliga a uno a elegir siendo consciente de la trascendencia de esa respuesta? Si no hay camino correcto, entonces todos son errados. Peor aún: no hay un destino idealizado a la espera de nuestro arribo.

Hay quienes disfrutan del control de daños, quienes sienten el ramalazo de adrenalina que proviene de arreglar algo bajo toda la presión. Aun ellos, no se dedican a procurar el equívoco.

La voz comenzó a regañarlo. Primero, con condescendencia. Entendía que era una decisión muy fuerte porque cambiaría el rumbo de la vida de un ser querido. Roger sentía el corazón desbocado. La torre de bloques inestable, impelida por todas las dudas. Hasta pensó que habría sido mejor que le llamaran para que decidiera sobre alguien importante: sus padres, su hermana, la propia Denise. Pero tampoco sería sencillo. El reflujo atacó su esófago. Su respiración era la de quien jadea.

—Si no decide, el señor Covarrubias morirá y usted será el único responsable.

¿En serio le estaban hablando así?

De nuevo el asomo de la muerte.

—¡No lo sé! ¡No lo sé! —buscaba asirse a una esperanza—: ¿usted qué haría? —no ponderaba las opciones racionalmente.

—Amputaría —el silencio era una burbuja protectora. Terminaron todas las distorsiones. El goteo dentro de la tubería. Ya no reverberaba.

—¿Es usted doctor?

—Sí —la voz adquirió la solemnidad propia del título.

—Entonces hágalo —cedió Roger con una serenidad desconocida. Hizo suya la respuesta para no cargar con ella.

—¿Amputamos?

—Sí, amputen —confirmó.

Los meandros del sueño le pesaban de nuevo en los párpados. Los cerró como quien claudica. Andy nunca lo iba a perdonar pero, al menos, no era ese ser querido.

Los desechos orgánicos también son basura.

—De acuerdo.

La realidad se activó de nuevo. Roger escuchó el nombre del hospital. Algo lejos. También, o eso creyó —son crueles las jugarretas del inconsciente—, el sonido de una sierra.

—¡Espere! —gritó, pero ya no había nadie al otro lado de la línea.

El cuerpo de Roger temblaba a fuerza de incomprensión. ¿Y si fuera una broma? Andy tenía un lado macabro, el de su humor. De seguro marcaba en unos minutos para burlarse. ¿Y si no? Más que un bromista, solía poner a prueba a las personas a través de experimentos mentales. ¿Y si no? ¿Qué acababa de suceder? Roger se descubrió llorando. Seguía en el piso, sobre las sábanas avalancha, recargado a un costado de la cama-telar. El teléfono en su mano. La pantalla negra reflejando el movimiento de sus labios, con el sonido atrapado en la garganta: no lo sé, no lo sé, un susurro, lo único cierto.

“Uno siempre hace lo mejor que puede”, otra frase de Andy, suspendida en la conciencia enturbiada de Roger.

“No lo sé, no lo sé”, un eco que reverberaba de nuevo en la tubería.

Bajó las escaleras sin hacer ruido para no despertar a los vecinos. Jeans, tenis, sudadera, su uniforme de todos los días. Vestirse siempre igual tiene sus ventajas. Dudó al llegar a la planta baja. En el sótano guardaba la motoneta, pero no le pareció buena idea conducir en ese trance.

Durante el trayecto en taxi, no dejó de pensar en la llamada. Ya no en las reverberaciones de su presencia dentro de la tubería gigante, sino en los ecos multiplicados de sus breves palabras. Dos, en concreto. Separadas por una pausa pero con la contundencia de su desesperación.

Sí, amputen.

El taxista tenía ganas de platicar pero se contuvo. Quizá una expresión, quizá una mueca. Así que no hubo cómo comunicar sus miedos. Al día siguiente debutaría como luchador semiprofesional. Estaba cansado pero era preciso seguir manejando. Aún no juntaba la cuota de Arnulfo, ese promotor desmadejado. Sólo podría pelear si pagaba. Era el costo necesario para llegar a los cuadriláteros donde cobraría. La fama oculta tras una máscara. Volteretas, llaves y contorsiones eran sus acompañantes en las noches recorriendo la ciudad, transportando a pasajeros como Roger. Si supiera que, al día siguiente, perderá no sólo la pelea sino la movilidad en las piernas. Y que no será por el desvelo sino porque su oponente será mejor pero no lo suficiente como para cuidarlo a la hora de golpear su espalda contra la rodilla. Si supiera eso, no estaría preocupado por conseguir un poco más de dinero ni por dormir mal.

Pero nunca nadie ha podido conocer el futuro.

Y las ondas se expandieron en círculos concéntricos. El marcador indeleble con el que trazarán la línea donde la extremidad se convertirá en muñón. El aturdimiento de despertar tras el accidente. Andy ávido de respuestas. Una nueva incomprensión se sumaría a su mundo cuando, tras el repaso de su propio ser, se topare con la ausencia. Otro círculo. Preguntaría entonces. Una y otra vez. Como si la reiteración alterara lo sucedido. Preguntaría de nuevo, buscando arrancarle razones al sinsentido de su futuro, a la idea de que lo insoportable exista. No tendría que lidiar con la noción del enemigo abstracto: el destino o la mala fortuna, algún dios si es creyente, la desventura. Tampoco con sus propias fallas: distracción, negligencia, irresponsabilidad… no se sabe qué causó el accidente. No tendrá que hacerlo porque antes de que la atenuación disuelva el golpe de la piedra sobre la superficie del agua y desvanezca su oleaje la última de las circunferencias, aparecerá un nombre. Rogelio Ibarra. Roger. No habrá más responsable. Andy estará manco y Roger será el único responsable.

Hay viajes que no incluyen un camino correcto. Otros no contemplan destino alguno. Son empujar un enorme bloque de hielo, con todo el esfuerzo mediante, cuesta arriba en pleno estío.

Uno siempre hace lo mejor que puede. La frase la utilizaba Andy durante las primeras sesiones de su taller de liderazgo. Era una provocación en varios niveles, le explicó a Roger, cuando se quedaron discutiendo en la cafetería afuera del auditorio en torno a dicha sentencia.

En primer lugar, dijo, la mayoría de los asistentes apenas reparaban en ella. No sólo porque casi nadie escucha lo que se le dice sino porque la frase es muy parecida a muchas otras que, de seguro, han oído a lo largo de sus vidas. Y justo en eso radica el resto de la provocación.

Tardó en habituarse al atrio del hospital. Ese no espacio definido por el sufrimiento y la esperanza, acaso por la dicha y la desolación. Estaba casi vacío. Un par de fumadores que inhalaban sus derrotas familiares sentados en sendas bancas. Un doctor expeliendo humo con la espalda contra una columna. Fumar le pareció una buena idea. No traía cigarros. El consuelo de un placer efímero a cambio de una noticia funesta. No es un buen trato pero amortigua la realidad, la suspende durante algunos minutos.

Le pidió un cigarro al hombre mayor; nunca se debe interrumpir el sufrimiento de un médico, acostumbrado como está al dolor, su desesperanza es la de la humanidad entera. Le ofreció fuego. Roger agradeció, retirándose antes de iniciar un diálogo de dolientes. Las primeras caladas atemperaron su ánimo pero la idea de los círculos concéntricos persistía. Jaló con más fuerza. Un pensamiento infausto lo sorprendió: sería mejor que Andy muriera. Dudó sin saber si la idea procedía de la compasión o del escrúpulo: no merece vivir mutilado, no quería cargar con la culpa.

El cigarro cayó entre dos adoquines, ajustando su silueta al trazo. Entró decidido al hospital para conjurar todos sus miedos, los de entonces, no el resto. Lo peor que podía pasar es que fuera, en efecto, el culpable. Perdería un trabajo agradable y un amigo a quien apreciaba más de lo que Andy a Roger. Sólo eso. Sus extremidades intactas. Entonces no eran todos sus miedos. Siempre se exagera. Tendemos a generalizar nuestros males, a permitir que se esparzan cual bacterias en la caja de Petri de nuestras pequeñas batallas cotidianas.

En realidad, no había esperanza ni desconsuelo. El hombre acude cada noche a fumar a un patio hospitalario. No tiene muchos argumentos. Si acaso, le gusta convencerse de que es en esos ambientes donde le saben mejor los cigarros. Hay quien asegura que el primer cigarro del día es el más sápido, o el que sigue a la comida, o el que se fuma cagando. A este hombre le parece excepcional el que conjuga a la madrugada, al aire libre y a esa sensación de vaciamiento a las afueras de un hospital de urgencias.

Analizada en un estricto sentido semántico, se nota el peso de los dos adverbios. Son demasiado contundentes en tanto abarcan absolutos. La temporalidad perpetua, la cualidad máxima: siempre, mejor. Claro que en la explicación había una trampa, pues mejor bien puede considerarse un adjetivo y lo mejor hace las veces de un sustantivo, dependiendo cómo se utilice. Andy solía minimizar, sacudiendo las manos, una precisión como ésta. Aducía que, si bien podía ser adjetivo, también funcionaba como adverbio y así le gustaba más. Se rehusaba, pues, a una discusión lingüística, un terreno en el que no tendría demasiados argumentos. En cambio, aseguraba, al despojar a la frase de los dos modificadores, se convertía en otra cosa.

Tampoco es que los asistentes a sus conferencias y cursos fueran demasiado exigentes en terrenos lingüísticos. No podrían serlo. Ya los había clasificado en dos grandes grupos: a quienes sus empresas les pagaban por un curso de varias sesiones o una conferencia única; quienes estaban convencidos de que sus vidas cambiarían sólo por escuchar a un sujeto que, más que una gran verdad, solía tener bastante tino para los casos prácticos, para ejemplificar usando situaciones cotidianas con las que era sencillo identificarse. Como todos los coaches de vida, Andy sabía bien que era un impostor.

“Uno hace lo que puede”, vaya redundancia. Verdad de Perogrullo, donde las hay. Más, si se le despoja de ese uno que suele ser quien emite la sentencia. “Se hace lo que se puede”, suena ya a justificación. También si se le reincorpora el sujeto arrebatado. Es la excusa perfecta para los errores, los trabajos mal hechos, la incompetencia y la mediocridad. Si uno hace lo que puede, entonces no es justo exigirle nada más.

Valiente provocación para un grupo de estudiantes universitarios que fueron convocados a una serie de pláticas fuera de la currícula. Si hasta hubo una discusión del consejo técnico de la licenciatura. Para muchos catedráticos resultaba ofensivo lo que se le pagaba al coach, facilitador o charlatán en turno. Como la mayoría de sus compañeros, Roger fue, pues así acumulaba créditos que necesitaría para poder titularse. Uno de los tantos engaños de la academia.

Desde ese día, cada tanto, a Roger le había dado por pensar que es poco lo que ha podido…

En la recepción le preguntaron el nombre del paciente.

—Andrés Covarrubias.

La luz azulada del monitor hacía resaltar los gestos de la recepcionista. El ceño fruncido por la concentración. Joven, bonita. De seguro principiante. Por eso el turno de la noche. Los prejuicios de Roger.

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—Lo siento, no está ingresado.

Los siguientes minutos fueron un estira y afloja entre la insistencia de Roger y los resultados que ella leía en la pantalla. La gelatina que alimenta a las bacterias. Incluso le relató los pormenores de la llamada. Los enunció con soltura, confiriéndoles el tono de la anécdota.

—Ése no es un procedimiento habitual —respondió un tanto extrañada, ¿incómoda?—. No está en el reglamento.

Ahí está, su inexperiencia no es tanta, se afirmó Roger sobre sus prejuicios. Las bacterias seguían multiplicándose exponencialmente. Un nuevo cansancio se añadía a los previos. Consideró la posibilidad de pedir la presencia de un supervisor. Exigirla. Se conformó con insistir de nuevo:

—¿En el sistema de ingresos por urgencias? —se refugió en el descarte, en no dejar cabos sueltos.

Ella respondió didáctica. Una sonrisa desplegada apenas sobre las horas que le restaban al turno de la noche, contagiando a Roger. Le agradeció con alivio, sus prejuicios hechos trizas. Las bacterias comienzan a canibalizarse cuando se termina el alimento externo. De lo contrario se multiplicarían al infinito. Ya está. ¡Vaya broma! A la larga, también terminan con ellas mismas. ¿Ellas? Roger tendría que pensar en una venganza aunque, para ser justos, la broma de Andy fue casi una genialidad. Lo que le daba pereza era la sospecha de que su amigo aprovecharía el trance para darle una lección de ésas de superación personal o de crecimiento interior. Incluso los farsantes deben mantenerse en forma.

En realidad, ella tenía el turno de la noche por así preferirlo. Sí, estudiaba como muchas, pero lo hacía por las tardes. Lo que buscaba evitar era su casa en las noches. Un tío borracho, una madre complaciente y viuda. Detestaba los escarceos entre ambos, el tufo y los eructos. Así que dormía en las mañanas, aprovechando que el pariente obeso se iba al taller mecánico donde comenzaba a abrir cervezas a media tarde, cuando los taxistas llegaban. Jugaba rayuela con los carretes de manguera, en el baldío de al lado. Salía con poco dinero y llegaba a casa. Su madre, desesperada por las ganas, lo atendía solícita, esperando sacarle una noche de pasión a ese despojo humano. No, ella no era una recepcionista novata. Si estaba en el turno de noche era para ahorrar lo más posible y largarse cuanto antes. También para dormir durante las horas tranquilas de la mañana. Ojalá le alcanzara la sonrisa para resistir lo suficiente.

En el taxi de regreso ya no hubo ondas de agua ni bacterias en su encierro gelatinoso. Tampoco amagos de historias de luchadores. Apareció, en cambio, la idea de Denise. Ella estaría furiosa de seguir con Roger. Furiosa por la broma y por su respuesta blandengue. ¿Cuál respuesta? La que de seguro tendría. De nada le valía el alivio, clamaría para que fuera en ese mismo instante a armar un escándalo a casa de Andy, con estas cosas no se juega. Roger sonrió frente al vidrio de la ventanilla sólo para desvanecer la sonrisa un segundo más tarde. Un escándalo con tambora incluida. De poco le valía el recuerdo, la certeza de que así reaccionaría su ex. Ya no estaba a su lado y la huella que le dejó desaparecía igual que esos círculos concéntricos sobre el agua: sin que algo pudiere hacerse para retenerlos.

Roger había mordido el anzuelo, a diferencia de sus compañeros de curso. No es excesivo suponer que esa primera plática con Andy, cuando se armó de valor acercándose hasta el pódium, sentó las bases de su futuro. Tal vez nunca hubiera llegado a Vestigios de no haber sido por su interés por la frase, en los juegos que su entonces profesor le propuso. Poco le atraía la idea de la excelencia, de los pasos a seguir en busca de la felicidad o de algún otro discurso motivacional. Sólo se ocupaba de la frase.

Ponle uno sólo de los adverbios. Verás qué pasa.

“Uno siempre hace lo que puede”, suena aún peor. Es la mediocridad en su plenitud. En cambio “Uno hace lo mejor que puede” abre ciertas posibilidades. Sigue estando en el terreno de la excusa pero también se orienta en el sentido opuesto. “Uno hace lo mejor que puede”, responde la atleta que ha ganado una medalla olímpica cuando le preguntan sobre el sacrificio que implican los entrenamientos. Hasta se perciben tonalidades de soberbia. Ese mejor habla de una superioridad. Yo me sacrifico en mis prácticas porque puedo y eso es lo que me permite derrotar a mis rivales.

Eso sí, al incluírsele este adjetivo transformado en adverbio y viceversa, la frase entra a un terreno que, si no es peligroso, sí resulta desagradable: el de la superación personal. Andy dejó de lado muy pronto su impostura. Tal vez porque descubriera en Roger a un interlocutor valioso. De seguro, uno de esos libros que se han vendido a pasto y hecho millonarios a sus autores contiene un enunciado similar. Frases motivadoras, las dicen y las venden como mantras posmodernos para los ingenuos. Hasta parecía estar burlándose de sí mismo, aunque Andy no había escrito ningún libro. Al señor, oficinista frustrado, que ante el maltrato de su jefe o frente a su incapacidad de procesar bien los datos que le han enviado se encierra en un cubículo del baño para repetirse, una y otra vez la frase encontrando un acicate en ello, se le debería recordar que también significa lo opuesto. Más que motivación, el sujeto necesita una excusa pero se niega a aceptarlo porque desea una vida mejor. Vaya desastre, una mediocridad aspiracional.

—Desde cierta perspectiva, eso lo queremos todos —reviró Roger para meterse en un nuevo brete: ¿qué es una vida mejor?

Antes de dormirse, Roger marcó el número registrado en el teléfono. No llegó de vuelta la voz imperativa. Tampoco el consabido registro de la línea inactiva, la voz de la recepcionista sorprendiéndose ni algún aviso disuasor. Se limitó a llamar, una y otra vez, sin que nadie atendiera a la insistencia durante varios minutos. La paciencia de Roger duró casi menos que su cansancio.

Supuso que había terminado por convencerse de la broma, su fragancia estancada en el ánimo. No fuera a ser que la mutilación de la que era responsable tuviera menos valor que su vaciamiento espiritual.

¿Qué ha sido de las decenas de números telefónicos que acumulamos en nuestra memoria, ya sea la física, ya la ampliada por un dispositivo de almacenamiento? Es claro que no todos están actualizados. La gente cambia de número, migra. La secuencia de siete dígitos de la casa paterna sumó una cifra más al inicio, cuando se acabaron las líneas disponibles. Después vino el reacomodo de la telefonía móvil que obligaba a digitar con diferentes secuencias dependiendo de dónde se llamaba. Así llegaron los prefijos por doquier. Se requería cierta templanza para saber cómo llamar y desde dónde. La homologación vino más tarde. Diez dígitos para todos los números del país. Muy bien. Hubo quien actualizó sus listines telefónicos por medio de aplicaciones automáticas. Otros lo fueron haciendo conforme marcaban secuencias más largas, dejando en el limbo a contactos de antaño. La suerte de esas secuencias numéricas es la del olvido.

Peor aún, la del nombre de los muertos. Desde que no reescribimos directorios telefónicos gracias a ciertos rudimentos informáticos, conservamos contactos inexistentes. Celular tras celular, tras la nube, tras el respaldo, tras la reactivación de cierta cuenta, esos campos relacionados de una base de datos que incluyen un nombre, uno o varios números telefónicos y, quizá, algún otro dato, descansan en ese conjunto virtual en desuso que no es sino el cajón repleto de cosas inútiles en la casa del acumulador en potencia. Junto con los muertos, los números de nuestra infancia, la secuencia para buscar el consuelo de una abuela o para platicar con el amigo de la primaria. Cadáveres que, sin pudrirse, llenan nuestras gavetas.

Los domingos eran los peores días. El tedio se sumaba a una imbricada sensación de estar perdiendo el tiempo. Echarse en la cama, ver televisión, revisar redes sociales, renegar del esfuerzo requerido para salir a dar una vuelta o comprar un café. Resignarse e ir por cigarros. Abrir una lata de atún o salir a un restaurante cercano; el debate de los solitarios. Después, recibir a una nostalgia anticipada al llegar el crepúsculo. Suspirando porque el domingo no ha sido suficiente y mañana es lunes.

Todo tan distinto a cuando Denise habitaba ese mismo espacio. El departamento dominical que era palabras e historias inventadas. Si algo tenía ella, además de esos muslos luminosos que dejaba ver sin tapujos los domingos de apenas camisetas y calzones, eran palabras. Le encantaba contar cosas, fantasear. ¿Cuántas veces no se asomaron por la ventana para que ella le inventara historias a un par de transeúntes? Como Roger no era tan bueno a la hora de fraguar destinos ni de construir personajes, la abrazaba por atrás. Y ella se dejaba hacer, renegando un poco, pues ya estaba llegando al asunto del relato cuando él le alzaba lo suficiente la camiseta para entrar en ella que, con el aliento entrecortado, seguía narrando aunque, poco a poco, insertaba diálogos imposibles que le daban a Roger la indicación precisa de lo que debía hacer.

Hacia la tarde también había algo de nostalgia pero ésa se curaba fácil, pues era sencillo acomodarse juntos para ver una película, ordenar algo de comer y acariciar, de nuevo, los muslos o la cintura ahora que Denise se sentaba sobre la cama, con las piernas cruzadas y ojalá haya suerte.

Así que son nostalgias suficientes. La una es por el desperdicio, por la desidia que le ha impedido a Roger, durante las últimas semanas, armarse de la fortaleza suficiente como para reactivar su vida social convencido, como está, de que no podrá reemplazar a Denise. La segunda es porque la tregua se termina y deberán volver a sus actividades cotidianas. Podría parecer mucho más grave, toda vez que la pérdida es más clara. Sin embargo, una pareja como la que ellos conformaban bien podía mirar por la ventana la tarde de un miércoles cualquiera y contar una historia con frases que son caricia y enhorabuena.

Malditos, pues, todos los domingos como ahora.

Hay números que siguen funcionando décadas más tarde. El de la información gubernamental, el de la hora, el de casa de los padres. Un dígito más o un prefijo mediante, pero llaman al mismo edificio, al mismo conmutador o a la misma persona que, años después, seguirá respondiendo del mismo modo.

El lunes amaneció con su inquietud a rastras. Los vaivenes emocionales causaron sus propios estragos. Roger caminó hacia el trabajo como parte del ritual que le permitía un estilo de vida diseñado al detalle. La ruta era la prescrita: un café en la esquina, el bullicio del ancho camellón con un croissant en la zurda, el parque con su fuente que se transforma en asiento para el primer cigarro del día tras sacudirse las migajas, la colonia saturada de cánidos de paseo, la mantequilla de la pasta hojaldrada adherida a los dedos, la servilleta doblándose una y otra vez por la mitad.

Las pausas están hechas para rellenar el vacío de nuestros pensamientos. Quienes aspiran a la genialidad les vierten ideas; un cuenco con el líquido oscilando a la espera de sublimarse, de endurecerse o de irse envuelto de ventisca. El resto se limita a sus obsesiones, sus miedos o su entusiasmo. ¿Qué es más pernicioso? A Roger le inundaba el vaso la inquietud. Ignoraba cómo respondería a la carcajada de Andy, a su seriedad al preguntarle por su fin de semana, a su palmeo en la espalda cargado de conmiseración, al exceso de saludarlo con uno de esos brazos desprendibles típicos de Halloween. ¿Qué haría si se ponía didáctico o mayéutico, si planteaba preguntas o buscaba explorar en sus sentimientos? Peor aún, ¿cuál sería su reacción si Andy se quedaba callado sin hacerse de la autoría de la broma? Si le fuere a reclamar, le daría pie para continuar negándolo todo, por ejemplo.

Sólo en una ciudad como ésta, en un país como éste, donde secuestran, mutilan, matan y disuelven a tantos cada año, se pueden conseguir extremidades de tela y plástico para poner en las cajuelas de los coches. La imagen de éstos colgando, con un presunto rapto que los justifique, habla más de la basura que generamos que del humor ostentado. O, quizá, sean dos caras de la misma cosa. Como que la imagen de civilidad a la que acudimos hoy en día sea a la de dueños de mascotas recogiendo excretas con bolsas de plástico mientras platican balanceándoles (¡hay quien las cuelga de un mosquetón que pende de una presilla de sus jeans!). Hace no mucho, los perros cagaban en sus casas. Como todos. Cualquier día las personas comenzarán a hacerlo al aire libre y luego se enorgullecerán porque también cargarán sus heces en bolsas ecológicas.

La oficina de Andy estaba un piso más arriba que la de Roger, así que no era imperativo pasar frente a ella. Más que oficina, el suyo era un cubículo colindante con la fachada del edificio, sin puerta pero con dos paredes que se había ganado a pulso. Repartió los buenos días a los empleados que se acomodaban en el centro del piso, donde son las mamparas las que definen fronteras. Lo hizo rápido, desatento. No más que de costumbre, para ser sinceros. Si acaso, fijó la vista en Paula, al otro lado del mundo. Una nueva becaria, suspiró. Como tantas. Universitaria, muy linda, más arreglada que el resto, con la clase que no sólo da el dinero. A ver cuánto dura.

La computadora lo recibió con varios pendientes. También con un correo de Andy. De la tarde del sábado. Como Vestigios es una empresa de avanzada, obliga a la activación del sistema que permite demorar la entrega de correos enviados fuera de horarios laborales. El tiempo personal no debe utilizarse para cuestiones de trabajo. Eso no le impide a muchos desbloquear la restricción en sus teléfonos, pensando en congraciarse con sus jefes haciendo lo opuesto al espíritu de la compañía. ¿Será Paula una de ésas? No es probable. Debe estar cumpliendo el requisito de las prácticas profesionales para obtener su título y luego dedicarse a otra cosa.

Revisó de nuevo la fecha: el sábado por la tarde. Si Andy en verdad había tenido un accidente, escribió el correo apenas unas horas antes de sufrirlo. En una de ésas, sonrió Roger malicioso, esas letras fijadas a su monitor fueron lo último que escribió con su mano antes de ser amputada. Su testamento. Las letras que seguirá sintiendo como consecuencia del síndrome del miembro ausente. Vaya cosa. La noticia de que había cerrado un trato con una empresa de marketing para que se le diera seguimiento a la dispersión geográfica de los embalajes de los productos de uno de sus principales clientes.

La gente colecciona mucha basura. Vaya si lo sabe. A eso se dedica Roger. ¿Qué impediría que Andy fuera de esos fetichistas? En el hipotético de la pérdida de su mano o de su brazo —no sabía a qué altura fue la presunta amputación— podría congraciarse con él ofreciéndole su correo electrónico bellamente enmarcado. “No te puedo devolver tu mano”, le diría, “pero sí lo último que escribió”.

Se burló de sí mismo por lo absurdo de su pensamiento. Al sonreír, se quitaba de encima el estremecimiento que, en otras circunstancias, le provocaría su proceso mental.

La información del correo era rebuscada a más no poder, pero así iniciaban las investigaciones serias en torno a los intangibles de la basura: una sospecha o una duda sembrada por alguien como Andy y luego un ejército de recolectores ofreciendo pingües propinas a los operarios de los camiones de basura o de los centros de redistribución de ésta para obtener esos datos. Pasos más tarde, información valiosa. Hay quienes se sorprenden de que, tras una búsqueda inocente en su navegador, un caudal de anuncios inunde sus redes sociales. Los algoritmos para conseguir esa invasión a la privacidad son sencillos si se les compara con todos los procesos de análisis que se le podrían hacer a la basura. Y los resultados son los mismos: saber qué desea un consumidor potencial que ignora que comprará algo.

Roger pasó las siguientes horas embebido en inmensas tablas con números. Lo suyo era el modelado. Diseñar una estrategia que permita, primero, extraer los datos de manera confiable y, después, convertirlos en información: el maná de nuestros tiempos. Todos los pasos intermedios no dependían de él.

Disfrutaba con las fórmulas y con los números pero, cada tanto, se dejaba llevar por la ilusión de poder trasladarlos a otra clase de lenguaje, el de las oraciones encadenadas, el de una anécdota. Una falsa traducción; un deseo. Concretar la metáfora que permite articular la realidad a partir de hechos aislados. Podía calcular, a partir de un buen número de restricciones, cuántas personas tiran a la basura un objeto por error. Es un porcentaje que se vuelve infausto al reducirse, en tanto ahora representa a un objeto valioso. Era capaz de estimar qué tan probable era que dicho objeto fuera único, cargado de un valor depositado no sólo en su materia sino en su significado. También podía llegar al pequeño porcentaje que indicaba la minúscula probabilidad que existía de que tal objeto fuera encontrado por alguien entre el momento en que fue arrojado a la basura y su pérdida definitiva: la más cruel de las fracciones. Aún más, la ínfima posibilidad de que fuera devuelto a su propietario original, si asumimos que éste es quien lo dejó caer en un descuido en el tacho de basura de su entorno. Era capaz de realizar todos esos cálculos a partir de ciertos grados de libertad; de demostrar, incluso, que no vale la pena el esfuerzo por recuperarlo. El bloqueo llegaba después, cuando pretendía contar la historia. Se quedaba estancado en el lugar común de los ejemplos y terminaba conformándose con la anécdota de la anciana quien, la misma tarde en que volvió del sepelio de su esposo, perdió la sortija de compromiso, engastada con un valioso diamante cuyo registro alcanzaba alguna dinastía centroeuropea y sus avatares incluían el tránsito a través de varias guerras.

¿Qué extraño pudor fue el que le impidió pedirle ayuda a Denise? Si a ella le encantaba contar historias y él poseía los datos necesarios para plantear su andamiaje, ¿por qué no lo hicieron juntos? Quizá para no descubrir que, como en casi todo, ella acabaría superándolo. No quiso ser prescindible en un mundo que le era propio. A veces uno prefiere no compartir algo que le gusta para no terminar siendo relegado en sus propios terrenos. ¿Cuántas historias sobre amigos de amigos que terminaron traicionando a quien los presentó?

Alzó la vista. Sentía la tensión en el cuello, en la mandíbula. Roger intentó localizar a Paula sin éxito, el remanso al que acudir. Sabía que, de quedarse en la empresa, su nombre terminaría contrayéndose para crear la ilusión de igualdad.

Jerry lo sorprendió bloqueando la puerta del cubículo. Tras él, Roger alcanzó a percibir el paso de la becaria. Su jefe, el jefe de todos, mirándolo con asombro. De la imagen que podrá rescatar de los escombros del pasado, se quedaría con “atónito” como el adjetivo que lo describía. Jerry tardó varios segundos en recuperar el movimiento. De pronto volvió a respirar, aunque aún lo sostenía algo imposible de definir.

—¿Sabes algo de Andy? —su pregunta tuvo la carga eléctrica que se precisó para alertarle, el aliento entrecortado.

—No, no lo he visto —respondió intentando que no se notara emoción alguna. Si acaso, una indiferencia no calculada. ¿Podría ser Jerry parte de la broma?—. Me mandó un correo el fin de semana y estoy trabajando…

Manoteó. Negando con la cabeza. Interrumpiendo.

—Parece que se murió —soltó antes de dejarse caer en la silla que quedaba libre frente a él.

El parece quedó flotando en la conciencia de Roger tanto como la pregunta que inició el anuncio. Algo no estaba bien. Y no, no era una broma. Jerry no podía ser tan buen actor.

El diálogo transcurrió entre pausas. La película quemada de un rollo viejo para cine. Jerry venía de colgar el teléfono. La mujer de Andy. Bueno, Ástrid. Con quien pasaba las noches del viernes al domingo desde hacía varios años. Más huecos. Un accidente nocturno. Una ambulancia a baja velocidad con paramédicos ineptos. Tendemos a culpar a quien se puede. La arteria axilar cercenada. Bastaba con… Primeros auxilios. Torniquete o taponamiento. Entonces fue en la zona del hombro, un muñón inservible. Llegó exangüe al hospital. ¿Ese término utilizó Ástrid? Ése. Justo ése. No pudieron salvarlo. ¿La noche de ayer a hoy? No. La del sábado al domingo. Los recuerdos de otra llamada aciaga creando borbotones de lava en el cerebro de Roger. ¿Por qué te avisó hasta hoy? Ridículo. Hay explicaciones ridículas. Ástrid no tiene mi número. Tan común que es eso. No nos comunicamos con las parejas de nuestros amigos. No con las de todos. ¿Para qué tener sus datos? Tardaron en devolverle el celular de Andy. Dio lo mismo. No ha podido desbloquearlo. Fue más sencillo buscar el teléfono de Vestigios. No trabajamos los domingos. La secretaria del director general filtra llamadas. Jerry acababa de colgar con Ástrid. Luego bajó con Roger. No sabía por qué. Sabía que Andy lo apreciaba. Necesitaba decírselo. A él. A alguien. El nombre de una agencia funeraria. A unas cuantas cuadras de distancia.

Jerry se incorporó. Fue hacia las escaleras. Se giró para ver a Roger. En sus ojos un rastro de locura. Quizá también encontrara lo mismo en la mirada que le llegó de vuelta.

Andy estaba muerto.

Repitió Roger.

Y no había nadie para escucharlo.

También es interesante el sujeto de la enunciación, aseguraba Andy. Que sea uno y no yo se relaciona con esa perniciosa tendencia por no hacerse responsable de lo que uno dice y con una generalización que podría no ser grave.

Para el primer caso, solía dar el ejemplo de esa absurda moda de hablar en segunda persona cuando el hablante se refiere a sí mismo. Si ya era molesto que hablaran en plural, lo de ahora se vuelve un sinsentido. Porque el nosotros buscaba la empatía, compartir el relato y la experiencia (y desembarazarse del perjuicio individual). El , en cambio, abre la puerta a absurdos lingüísticos que Andy evidenciaba con cierto humor durante sus conferencias:

Asistente (mujer): Es que cuando vas con tu novio.

Andy: ¿Yo?

Asistente (sin darse cuenta): Sí, cuando vas con tu novio.

Andy: No tengo novio, no por ahora.

Auditorio: Risas.

Algo similar pasaba con los embarazos. Sólo que, ni queriendo, Andy podría estar embarazado y cabía la posibilidad de que tuviera un novio.

Andy prefería el uso de esa tercera persona mayestática para referirse a sí mismo que el inconveniente de la segunda. Al menos, el narrador ensoberbecido es menos grave que el absurdo.

Más allá de lo anecdótico, le interesaba la segunda posibilidad. Ese uno impersonal que “siempre hace lo mejor que puede” implica una generalización interesante. Sobre todo, porque apuntala a los dos modificadores absolutos. Si ya no soy yo, ni tú, ni él, ni nosotros, sino todos, la frase comienza a ser digna de atención.

Todos hacemos siempre lo mejor que podemos.

Roger se dio cuenta de que más que a una muerte accidental, él le temía a una muerte ridícula. Uno puede morir desangrado en el fragor de una batalla, la pierna deshecha por un obús enemigo; no puede quedar exangüe, en cambio, por la mordida de un perro mediano que alcanzó, con sus colmillos, la femoral. Lo heroico se vuelve ridículo cuando no hay causa o enemigo serio. Si ya la muerte inesperada (o accidental, para no seguir con la discusión) resulta traumática, más lo es aquélla que provoca risa en lugar de dolor.

Durante años circuló la anécdota del sujeto que, habiendo su esposa encontrado un bicho en su escusado, lo roció con insecticida antes de jalarle. Más tarde, al llegar él del trabajo, según rezaba su costumbre, se fue a refugiar a tal sitio. Como su digestión era precisa, siempre cagaba a esa hora y, por supuesto, complementaba el placer con un cigarro cuya colilla lanzada entre sus piernas explotó con la sustancia inflamable del insecticida, quemándolo hasta los extremos del dolor. Por si no fuera suficiente, la causa de su deceso fue la risa que la explicación de la esposa le causó al camillero quien, incapaz de contenerse, permitió la caída por la escalera del herido. Terminó tendido en el rellano, medio desnudo, boca abajo, con los testículos en carne viva y las nalgas renegridas. Sobra decir que la anécdota se propagó una y otra vez provocando las delicias de ágapes y borracheras durante varios meses seguidos. Si acaso, alguien hacía la mueca al imaginar en carne propia el flamazo, pero era ese ligero lapso de empatía el que suscitaba, segundos más tarde, la estruendosa carcajada.

Si ya uno va a abandonar el mundo, al menos que sea con algo de decoro.

Los niveles de confianza existentes en una pareja podrían medirse a partir del acceso que los integrantes de ésta tengan respecto al teléfono del otro. Esa caja de valores que es la depositaria de la estabilidad emocional de tantos. No es lo mismo, sobra decirlo, tener acceso al aparato que manipularlo cotidianamente. Rara vez Roger tomaba el teléfono de Denise, pero sabía desbloquearlo en caso necesario. Denise, en cambio, utilizaba el de Roger para entretener el tedio. Ella nunca quiso anegar de jueguitos su dispositivo. Así que muchas tardes en que el fin de semana adquiría densidad, después de una salida a comer, pero antes de la hora de las películas, ella le arrebataba el teléfono y se ponía a alinear joyas o a conducir un automóvil con la yema de los dedos.

Llama la atención que Ástrid no tuviera la contraseña del teléfono de Andy. No digamos su cara o su huella registradas, tan sólo la contraseña. ¿Y si, un buen día, mientras él manejaba a una cena con ella como copiloto, necesitaba hacer una llamada? Es imprudente no contemplar las emergencias. Se contenía para no evidenciar esa restricción al espacio personal. Ya ni hablar, entonces, de dar una respuesta adecuada en sus redes sociales o de hacer una transferencia electrónica a través de la banca digital.

También cabe suponer que el shock por la noticia del accidente de Andy fuera tal que Ástrid olvidara la contraseña. Eso no le pareció muy verosímil, pero bien podría suceder. ¿Quién sabe? Las otras opciones le sonaban más lógicas. Hay quien interpone normas diferentes a las nuestras en la intimidad.

Roger detestaba los velorios. Le parecía un tanto absurdo rendirle homenaje a un muerto cercano. Mucho más, hacerlo por medio de ese ritual consistente en buscar una serie de frases que sirvieran de consuelo a sus deudos. No creía en la vida eterna, tampoco en que una ceremonia masiva sirviera para paliar el dolor. Si acaso, estaba de acuerdo con…

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