Alberto Ruy Sánchez

Ajmátova: un expediente fallido

En El expediente Anna Ajmátova, Vera es una agente de la policía secreta encargada de vigilar a la poeta rusa, de convertirse en su vecina, amiga, confidente, celadora y delatora, pues Stalin considera que sólo una mujer es capaz de comprender a otra.

Ciudad de México, 13 de abril (MaremotoM).- Tras la publicación del Quinteto de Mogador, Alberto Ruy Sánchez se ha vuelto célebre entre sus lectores por la construcción de un discurso sobre la mujer deseante. La crítica ha visto en esta obra una precisa y bien documentada cartografía del deseo femenino, conseguida gracias a la tarea de entrevistar a miles de mujeres para conocer, de primera mano, sus experiencias en la búsqueda amorosa.

El autor se ve a sí mismo como un documentalista que reporta los resultados de su investigación con los instrumentos de la poesía, otorgando a cada contenido la forma literaria que exigen las propias sensaciones e ideas que la sustentan; una forma, pues, siempre distinta, cada vez única. De este modo, Ruy Sánchez ha construido una abundante obra en varios géneros, entre los que se incluyen un libro de ensayos —Tristeza de la verdad: André Gide regresa de Rusia— y una novela —Los sueños de la serpiente—,con los que pretende desenmascarar la crueldad y el engaño ocultos en el socialismo, una de las grandes ilusiones del siglo XX.

Considerada por la crítica como una novela total, por ser un artefacto literario en el que se entrecruzan todos los géneros, en Los sueños de la serpiente se enfrentan las fuerzas de la Maldad —Lenin, Trotski, Stalin y Beria— con las del Bien, representadas por el Art Brut, Alejandra Pizarnik, Rilke y Oliver Sacks. En medio de tales combatientes, devastados por el radio de influencia ideológica y sociopolítica del socialismo soviético, aparecen los ilusos Silvia Ageloff y Ramón Mercader, las dos víctimas crédulas. Así, a través de un narrador identificado como La Silueta, que ha sido testigo del siglo tanto en México como en Estados Unidos y la URSS, Ruy Sánchez reconstruye el asesinato de Trotski, la puesta en práctica del comunismo en Rusia, la vileza de sus cabecillas, la configuración del engaño y la perversidad del régimen.

Esta mujer, guardia de la fábrica experimental de la Ford en Rusia —puesta en marcha con obreros estadounidenses para implantar el taylorismo en la URSS—, es capaz de bondad pero también de ejecutar bajezas a sangre fría, en nombre de una idea de futuro.

 

A decir de su propio autor, al terminar esta novela se planteó como posibilidad escribir un ciclo basado en los recuerdos de La Silueta —convertido después en Juan, John e Iván—, relacionándolo esta vez no con Silvia Ageloff sino con Vera Tamara Beridze, quien aparece en Los sueños de la serpiente como la mujer policía que, tras enseñarle georgiano y convertirse en su amante, le salva la vida al recomendarlo como maestro de inglés para el hijo de Beria. Esta mujer, guardia de la fábrica experimental de la Ford en Rusia —puesta en marcha con obreros estadounidenses para implantar el taylorismo en la URSS—, es capaz de bondad pero también de ejecutar bajezas a sangre fría, en nombre de una idea de futuro. Justo al marcharse de la fábrica para iniciar su nueva encomienda, La Silueta así lo revela:

 

De lejos pude ver cómo ella misma ordenó atar a doce obreros, todos mis amigos, compañeros de trabajo, cómplices de la utopía, tuercas de Lenin y de Stalin como yo. Los llevó al campo, detrás de la cabaña. Les vendaron los ojos y, con su pistola, Vera les fue dando un tiro en la nuca a cada uno. Y a algunos que le eran especialmente antipáticos, dos.

En El expediente Anna Ajmátova, Vera es una agente de la policía secreta encargada de vigilar a la poeta rusa, de convertirse en su vecina, amiga, confidente, celadora y delatora, pues Stalin considera que sólo una mujer es capaz de comprender a otra. Y Anna Ajmátova lo intriga. Vera es también la voz narrativa principal de la novela, la autora del expediente oculto conformado por cartas, escritas en cortezas de abedul, que tienen como único destinatario a La Silueta. Por medio de Vera el autor configura, además, la voz directa de la poeta rusa, reconstruida a partir de lo que ella le “contó en privado” sobre su relación con Modigliani, de algunas citas textuales y de los archivos de las distintas policías políticas, tanto zaristas como soviéticas, que la vigilaron sin tregua. La tercera voz de la novela pertenece a Nadiezhda (que en ruso es Esperanza) Livanova, la editora que da forma al montón de hojas dispersas trazando una línea temporal no siempre certera, como ella misma confiesa. Así pues, a partir de la ficción de un expediente secreto, Ruy Sánchez compone una historia de las relaciones del poder tiránico con el arte.

Te puede interesar:  La débil mental, un diálogo entre madre e hija que salpica a los lectores buena literatura

En la novela se hace énfasis, además, en sus inicios como poeta en georgiano, nada desdeñables, pues sus primeros poemas, publicados en la más prestigiosa revista literaria de Georgia, fueron celebrados como “la obra más sorprendente de un adolescente con fuego en los ojos”.

Es también una historia de la relación de Stalin con los artistas, de la envidia y la venganza de los poderosos. En Los sueños de la serpiente el joven Iósif, que todavía no se convertía en dictador de la Unión Soviética, es presentado como el solista más notorio del coro gregoriano de su tierra natal. Un prodigio que convocaba al público de todos los pueblos cercanos. En la novela se hace énfasis, además, en sus inicios como poeta en georgiano, nada desdeñables, pues sus primeros poemas, publicados en la más prestigiosa revista literaria de Georgia, fueron celebrados como “la obra más sorprendente de un adolescente con fuego en los ojos”. Sin embargo, el futuro Stalin, que de joven dedicó su lírica a los pájaros y el canto, al mismo tiempo concebía la poesía como un arma punzante, “el otro filo de la daga”, una daga georgiana de doble filo, como él mismo lo fue.

En El expediente Anna Ajmátova, Ruy Sánchez continúa esta línea narrativa, relatando el enfrentamiento —imaginario— entre el Stalin —que todavía no lo era— poeta y los vanguardistas rusos que hicieron mofa del estilo anquilosado de sus versos. Con ello refuerza el lugar común que ve detrás de cada dictador a un artista fracasado, tal como se ha dicho de Hitler, Franco, Mussolini, Gadaffi y Sadam Hussein, por citar a unos cuantos. Pero, ¿fue Stalin un artista frustrado? El mismo Ruy Sánchez explica que concibe su novela como una historia de la envidia del tirano por los artistas más destacados, a quienes admiraba con profundo rencor. Sin embargo, cabe preguntarse si la envidia es un motivo literario de suficiente peso en esta historia. ¿Estaba el alma de Stalin carcomida por el talento ajeno? ¿Envidiaba a Blok, Maiakovski, Mandelstam, Ajmátova y Bulgákov? ¿Los consideraba sus semejantes y sentía que aminoraban lo que para él deseaba?

Aunque Ruy Sánchez se considera un documentalista que lleva a cabo un exhaustivo trabajo de investigación, ello no se ve reflejado en la novela, pues lejos de configurar en toda su complejidad la voz de la libertad y la imaginación enfrentada al poder, se instala en el lugar común, del que no logra apartarse. La causa de ello, quizá, es la obsesión de realizar un ajuste de cuentas con el socialismo soviético desde una perspectiva que ya ha sido suficientemente explorada y documentada, con mejores resultados. Por lo demás, en la novela no se aprecia un conocimiento del contexto literario de la época que vaya más allá de lo superficial, de lo conocido de segunda mano.

El Expendiente Anna Ajmatová
Un libro de Alberto Ruy Sánchez, editado por Alfaguara. Foto: Cortesía

La ficción del expediente se cae de manera definitiva, con todo lo que este rompimiento del contrato entre autor y lector implica para el goce de una obra, en la página 231, en la que Vera ofrece una contextualización, al estilo de Wikipedia, de la Revolución de 1917:

Eso fue la Revolución de Octubre. (Noviembre en el viejo calendario). Golpe de Estado dentro de la Revolución. Todo eso iba sucediendo mientras la ciudad se vaciaba e iba llegando, implacable como siempre, el invierno.

¿A quién, a quiénes, considera necesario Vera explicar que la Revolución de Octubre en realidad se llevó a cabo en noviembre? Nos va quedando claro que estas palabras están dirigidas al lector hispanohablante de nuestros tiempos. Y esto constituye un fallo. Después de la publicación de los expedientes publicados por Vitali Shentalinski, un escritor experimentado no puede caer en tales errores de principiante.  El fallo sería meramente anecdótico de no ser porque desde el inicio de la novela el lector va notando que las voces narrativas son impostadas, que las voces femeninas, tanto la de Vera como la de Anna, pertenecen a un hombre, uno contemporáneo a nosotros, que no logra desprenderse de su propia mirada, de su propia época, de sus propios principios y preocupaciones. Una voz impaciente por mostrarse feminista y moderna a la usanza de nuestro siglo, aunque sus afirmaciones resulten anacrónicas en un personaje del siglo XX. Así, Anna Ajmátova, en menoscabo de su propia complejidad, de sus propias búsquedas, de sus maneras específicas de ir más allá de lo establecido en diversos ámbitos, incluido el del amor erótico, pasa a convertirse en una heroína más del universo sonámbulo y erotizado de Ruy Sánchez, quien, muy a su pesar, estoy seguro de ello, otorga a la poeta rusa una voz dulzona y afectada. 

Fuente: Revista Replicante / Original aquí.

Comments are closed.