Alejandro Calva

Alejandro Calva: “Los seres humanos podemos confundir el amor con dolor, con abuso”. Se estrena Blackbird

Katina Medina Mora trata el tema del abuso, con la obra Blackbird

David Harrower escribió esta pieza precisamente para el teatro, al menos así lo dice el actor Alejandro Calva, quien la presentará junto a Casandra Ciangherotti el 9 de agosto en la Gruta del Teatro Helénico.

Ciudad de México, 6 de agosto (MaremotoM).- Blackbird es una obra de teatro escrita por uno de los dramaturgos escoceses considerados entre los mejores del mundo.

En su lugar de trabajo, Ray se sorprende al ser visitado por Uma. Los dos participan en una larga y difícil confrontación que involucra la continua lucha de Uma para comprender sus emociones intensamente conflictivas.

Ray, intranquilo, está tratando de olvidar el pasado y eludir las preguntas sobre un suceso que ocurrió hace más de 10 años y que los marcó para siempre.

David Harrower escribió esta pieza precisamente para el teatro, al menos así lo dice el actor Alejandro Calva, quien la presentará junto a Casandra Ciangherotti el 9 de agosto en la Gruta del Teatro Helénico.

Lo dice porque no podemos dejar de compararlo con el australiano Ben Mendelsohn, quien protagonizó la película Una, dirigida por Benedict Andrews, basada en el libro.

A lo mejor, es más probable que se parezca un poco más a Jeff Daniels, quien junto a Michelle Williams, la presentó hace dos años en Broadway.

Lo cierto es que más allá de los parecidos y que si la obra debe ser hecha en el teatro y no en el cine, es que Alejandro Calva es uno de los actores con más trayectoria que hay en México y como bien dice este es un personaje más de esa colección que tiene en su haber.

“Es un caramelo para cualquier actor”, decía la directora Katina Medina Mora la semana pasada cuando la entrevistamos y Calva no la desmiente.

Alejandro María Calva, nació el 31 de mayo de 1968 en la Ciudad de México. Estudió en la Escuela de Artes “Frida Kahlo” y en el Departamento de Drama de la UNAM. Ganó un premio a Mejor Actor en 1999, por su interpretación de Oscar Wilde en Gross Indecency. Es miembro fundador de la Academia Mexicana de Arte Teatral (AMATAC).

Su experiencia en teatro incluye las obras, The Hole Show. El agujero, La pareja dispareja, Los corderos, The Pillowman, Los productores y Las obras completas de William Shakespeare.

Ha trabajado mucho en cine, la película reciente es Una mujer sin filtro (2017) y ahora ha regresado a la televisión con su personaje Batman a La reina del sur.

Alejandro Calva
Uno siempre busca estos tesoros escondidos, estas joyas. Foto: Cortesía

–¿Te dio por pensar si hacer o no este personaje, Alejandro?

–Uno siempre busca estos tesoros escondidos, estas joyas, para mí descubrir personajes que tienen una dimensión como te abisman, que te encuentras con una parte que no conocías tuyas, que puedes vislumbrar estas oscuridades, es maravilloso. Tengo una colección de personajes complejos, complicados, oscuros, bastante grande. Te hablo de Los arrepentidos, Los congelados, es uno más de la colección.

Alejandro Calva
El personaje lo que tiene es una gran culpa, carga a sus espaldas un gran pecado de mediana edad. Foto: Cortesía

–Este personaje claro lleva un poco esta condena social del abuso…

–El personaje lo que tiene es una gran culpa, carga a sus espaldas un gran pecado de mediana edad. No se puede liberar de esa carga, no tiene las herramientas, ni el valor, ni la complejidad para poder procesar esto. Se enfrenta con alguien que sí está haciendo ese trabajo, que sí busca sanar, que no puede con la carga y con esa historia. Son dos problemas tratados o no tratados de distinta manera.

–Vi solamente la película y me pareció el personaje Ray, de Ben Mendelsohn, un poco débil

–Creo que esta obra está escrita para el teatro. Poner a los personajes en un lugar cerrado, donde hay archivos de memoria, donde hay basura, hay cosas que no han sido limpiadas y revisadas durante mucho tiempo. Esa atmósfera asfixiante, esa cárcel de las emociones, es muy buena para la obra. Creo que la película no tiene esa atmósfera asfixiante, cuenta sólo la anécdota. Me parece que la poética del texto no trasciende dentro de las imágenes de la televisión y que en el teatro se escucha mucho mejor. No es un texto lineal, es un texto que gira, que regresa a los lugares. Es muy difícil de aprender, tiene reglas muy precisas, David Harrower es un maestro.

–En el teatro uno sale dudando, en la película uno tiene un juicio de valor…¿Es así?

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–Yo no estaría tan seguro. Lo que plantea el autor es que le da voz a los dos personajes, los deja hablar, los deja justificar sus hechos y los deja tratar o intentar salvarse. El espectador muchas veces puede dudar, pero lo que no podemos olvidar es que es una niña de 12 años. Tú no puedes como adultos justificar ninguna acción con una niña de 12 años, por más adulta que parezca.

–¿Cómo fue ponerte en manos de Katina Medina Mora?

–Maravilloso. Katina es una directora inteligente y sensible. Entendía la envergadura del texto y de la empresa que había emprendido. Confía mucho en los actores, tuvimos un trabajo de laboratorio, donde hubo mucha libertad y ella concertaba de alguna manera. Nunca sentí esa mano rigurosa, pero a veces tienes esa actitud paternalista de decir dime por dónde porque me pierdo, Katina no te decía por dónde. Lo que te decía era por dónde le gustaba y por dónde no le gustaba. No te lo decía específicamente, por eso el trabajo de laboratorio fue muy intenso, muchas pruebas, mucho ir por allá y regresarse. En ese manoseo del texto surgió algo mucho más complejo.

–Tenías también tú mucha confianza con Casandra, ¿fue así?

–Sí. Yo a Casandra la conocí a los 12 años. Por alguna extraña razón siempre coincidimos y tenemos una profunda empatía. Siempre acabamos hablando de teatro, es una persona muy clavada con la interpretación. Tenemos una personalidad muy parecida. En el trabajo, cuando finalmente confluimos y empezamos a explotar nuestro quehacer, llegamos a un muy buen término. Es mucho más cercana ahora y hay una relación mucho más entrañable.

–Dice Katina que hay una historia de amor entre estos dos personajes. ¿Lo ves así?

–Siento que los seres humanos podemos confundir el amor con dolor, confundir el dolor con abuso, si no tenemos esa experiencia. Hay una expresión de la gente que se dedica a los animales y es cuando un animal nace y no nace en el entorno animal adecuado, los humanos lo tienen en cautiverio, se dice que el animal “se impronta”. Creo que eso pasa con los seres humanos, cuando emancipamos a un niño. Los niños son seres sexuales, pero hay un proceso de su sexualidad que tiene un cauce y un final a partir de su maduración. Si nosotros lo hacemos antes, el niño queda improntado. Entonces no sabe, él cree que eso es amor, que el sexo, dar sexo, es amor, que el sexo le va a garantizar el amor y se vuelve hipersexual cuando madura o cierra la posibilidad al sexo. Este es un caso extremo, pero cuántas parejas conocemos que ves que no hay amor en eso. Hay muchas cosas, pero el amor no existe. Un ciclo de abuso, de dolor y los seres humanos confundimos el amor con otras cosas.

–Eso del chico improntado lo veo en el documental de Michael Jackson

–Exacto. Hay otro documental maravilloso que se llama The paedophile next door, que habla de la incapacidad que tenemos nosotros como sociedad para asumir el abuso. Nosotros queremos tapar el sol con un dedo y condenarlo y quemarlo en la hoguera, expulsarlo de nuestra sociedad, pero resulta que el abuso sexual es algo muy común, muy normalizado en todas las sociedades. Entonces tenemos que hablar de pedofilia, del pedófilo y de las preferencias. Hay hombres que les encantan los niños. No hay más, hay que entender cómo hacer para que ese hombre entienda que no está bien abusar de un niño.

–Últimamente el teatro parece ser el gran estandarte para saber lo que pasa en México. ¿Siempre ha sido así?

–El teatro siempre ha sido así. Los discursos artísticos que he abanderado, que he retomado mi cuerpo en ellos, mi quehacer escénico, siempre han tenido que ver con discursos contemporáneos. Siempre hay una lectura contemporánea, a pesar de que sean clásicos y siempre hay una persona que va a prestar su oído por lo menos para cuestionar las cosas. Blackbird nos dice al oído muchas cosas que tenemos que escuchar y el público es un elemento esencial para que la obra funcione. Es una obra muy emotiva y necesitamos espectadores con los oídos grandotes para que puedan oír y conmoverse.

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