Oso de Cotsco

¿Alguien quiere que le regalen un osito? 

Si el Costco lo mantiene en exhibición después de tantísimo tiempo es porque se vende muy bien el condenado. Se los juro: Costco nunca juega a perder y si lo exhibe es porque lucra con él  (la foto que yo tomé es de un alegre comprador que el pasado domingo  lo paseaba orgulloso por el estacionamiento dentro del carrito cuyo espacio ocupaba en su totalidad).

Ciudad de México, 10 de agosto (MaremotoM).- Colegas: este extraño mundo nuestro está repleto de acertijos e indescifrables enigmas sin resolver. Uno de los más complejos es el de la terca persistencia del  gigantesco oso de peluche del Costco. ¿Ustedes se lo explican? Yo no.

A estas alturas de la vida, podemos afirmar que ese descomunal plantígrado es ya un clásico de clásicos. Un regalo de época. Ni siquiera es vintage, porque sigue más actual y vigente  que nunca. Los años transcurren, las generaciones se renuevan  entre boomers, X, millenialls, centenials,  Z  y déjenme les digo que el pinche osote sigue ahí,  tan quitado de la pena, exponiendo con desparpajo su estorbosa grandilocuencia.

Si el Costco lo mantiene en exhibición después de tantísimo tiempo es porque se vende muy bien el condenado. Se los juro: Costco nunca juega a perder y si lo exhibe es porque lucra con él  (la foto que yo tomé es de un alegre comprador que el pasado domingo  lo paseaba orgulloso por el estacionamiento dentro del carrito cuyo espacio ocupaba en su totalidad).

Oso de Cotsco
Oso de Cotsco. Foto: Cortesía de Daniel Salinas Basave

Ya en serio, colegas:   ¿quién toma la compleja y trascendental decisión de invertir su capital en ese burdo ladrón de espacio? ¿Hay alguien que caiga seducido por ese animalejo irreverente?  Porque barato no es el jijo de su pinche madre. Algo me hace pensar que si compras ese oso es para regalárselo a alguien, no para ti. El detalle perfecto de San Valentín entre novios adolescentes. Acaso haya quien vea en las desproporcionadas dimensiones  del peluche una prueba de amor. La ecuación algebraica se reduce a esto: mi pasión por ti, amada novia mía, es tan enorme y desbordada como ese peluche que ahora robará tres cuartas partes de tu cama. Vete a dormir al piso, que ahora el muñeco se apropió de tu lecho.

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Marie Kondo se corta las venas y el minimalismo japonés muere de un síncope al ver eso. Ahora el novio que te regaló semejante adefesio bien puede decirte: Cada que veas esa mastodóntica monserga (y es absolutamente  imposible no verla e ignorarla) pensarás en mí y solo en mí. El amante se materializa en la monserga.  Una declaración de guerra al minimalismo y al ahorro de espacio. Que vaya y chingue a su madre, Marie Kondo.

El osito equivale a unos cien libros, a más de media cama matrimonial, a un sillón de la sala. Antes de un mes acumulará toneladas de polvo y será hogar de miles de bichos, pero el osito socarrón te seguirá mirando petulante desde el espacio que impunemente te ha robado. Ese pinche plantígrado insolente es como traer un habitante más a la casa. Y ahora la pregunta del millón es: Una vez que acaba el romance con el novio que te regaló el peluche ¿qué chingados haces con semejante monserga? ¿La regalas? ¿La quemas en un ritual de desamor? ¿La conviertes en colchón para huéspedes  o piojos? ¿La regresas como señuelo mafioso y con un mensaje de despecho  a las puertas de la casa del amante con el que rompiste? ¿Qué mierdas haces con tantos kilos de peluche cuando todo se ha ido directito y sin escalas  a la chingada? ¿Lo conviertes en cama del perro? ¿Por favor, dime qué haces con eso? Tengo curiosidad. ¿Alguien quiere que le regalen un osito?

Más dudas que certezas, colegas.

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