Campari

Amarga lección

Y, claro, el que enseña a beber –y no sólo martinis– a los dos hermanos cuyo padre ya no está aquí para iniciarlos en los secretos de la dipsomanía controlada (y por tanto elegante).

Ciudad de México, 10 de noviembre (MaremotoM).- La decisión más importante que debe enfrentar una pareja después de algunos años de matrimonio puede resumirse en una dicotomía líquida: biberones o martinis. De un lado, la indignidad emasculadora de la pañalera con estampado de ositos; del otro, la libertad –de gastar, de viajar, de dormir (o de no dormir, pero por gusto), de profanar cada rincón de la casa sin presencias entrañables pero, ¡ay!, inoportunas– aunque también una pequeña aunque inexorable sensación de vacuidad, de inutilidad incluso.

Mi mujer y yo optamos hace años por la segunda vía y no nos arrepentimos, si bien algunas pequeñas compensaciones a nuestro yermo destino de elección hemos debido por fuerza procurarnos. Tenemos perro y gato. Ella es psicoanalista y, según confiesa, alguna maternidad sustituta deriva de su devoción a los menesterosos de alma. En cuanto a mí, me he decidido tío universal, que acaso sea la mejor manera –cuando menos la más comodina, lo reconozco– de ejercer la paternidad. Soy, pues, un cliché pero uno feliz y pródigo. El que regaló la primera corbata. El que explicó el talante hierático pero querendón de su padre a la hija de su amigo (de paso la introduje a la filmografía de Don Fernando Soler). El que dispensa cigarros prohibidos no bien mamá se da la media vuelta. Y, claro, el que enseña a beber –y no sólo martinis– a los dos hermanos cuyo padre ya no está aquí para iniciarlos en los secretos de la dipsomanía controlada (y por tanto elegante).

Un domingo de primavera escolto a los sobrinos adolescentes a La Lagunilla. Atestiguo su compra de ropa de diseñador de dudosa procedencia con la mirada reprobatoria que merece tal práctica. Predico con ejemplo triple de moralidad, frugalidad y osadía y no adquiero para mí más que un anillo –un pinkie ring– de discreta montura art déco con una piedra entre azul y verde. (Será mi anillo de Scarface, les anuncio, y así los introduzco a DePalma y a Pacino, pero también a Hawks y a Paul Muni.) Antes de despedirnos, les invito un trago en mi bar personal, mueble preciado que heredé de un abuelo que algo tenía de David Niven (pero en venezolano). Tanto es el calor que amerita un Campari.

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Campari
Tanto es el calor que amerita un Campari. Foto: Cortesía

Mientras les muestro cómo se cubre el fondo del vaso old fashioned con una rodaja de naranja y cómo se corona ésta con tres cubos de hielo (no más: se aguadaría), les explico que el Campari está hecho de chinotto–cítrico chinesco– y de hierbas, que es un aperitivo y por tanto abre el apetito no sólo de viandas sencillas pero sabrosas, sino sobre todo de tardes de café romanas o venecianas, con corbata pero sin calcetines, consagradas a un dolce far niente sólo interrumpido por la observación de esas caderas femeninas que se bambolean piazza abajo, perchadas sobre tacones de vértigo. El rojo que vierto parece estimularlos –están en la primera edad del Ferrari; yo en la antesala de la segunda–; el amargor inesperado, sin embargo, los desazona.

Tres estrategias para corregir los asquitos juveniles. La informativa: aclarar que la subcategoría de aperitivos a que pertenece el Campari es la de los bíters, apreciados por sus propiedades digestivas. La de madurez: exhortar a la educación del paladar para los sabores complejos, cuyo encanto deriva de la administración de dos o más estímulos contradictorios al paladar. Y la filosófica: en esta vida, chicos, lo amargo viene con lo dulce y lo uno no puede ser significado sin lo otro.

(En efecto, ser el tío cool no me exime –¡ay!– de ser también el tío cursi.)

Fuente: Blog de Nicolás Alvarado / Original aquí.

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