Fernanda Melchor

“Analizar la raíz de la violencia sexual forzosamente implica analizar la sexualidad masculina”: Fernanda Melchor

“Uno siempre escribe con los escritores que admira, incluso con los que odias, porque no quieres ser como ellos o porque te quieres burlar de ellos, pero siempre escribes acompañado.”

Ciudad de México, 9 de noviembre (MaremotoM).- Prácticamente corro sobre la 3 Poniente y la torre de San Agustín termina de asfixiarme. Perdí la poca condición física durante el encierro: la pandemia se terminó para los poblanos. Las calles están repletas de personas con cubrebocas, mal puestos en mayor o menor medida.

Temporada de huracanes, Aquí no es Miami y Falsa Liebre. Las nombro en sentido cronológicamente inverso porque esa fue la fortaleza del impacto de cada una, la primera ha arrasado prácticamente con el mercado literario. Reconozco de todas maneras tener una fijación literaria con sus libros y no soy el único. La prosa de Melchor está diseñada para llevar al lector a su límite, tal es su narración, la vitalidad y los hechos de su obra.

Los motivos por los cuales uno puede entrevistar a un ídolo literario son demasiados, pero ¿a poco sí íbamos a perder tiempo en la polémica del tweet? Esta es una entrevista prácticamente improvisada. Sé de la presencia de Melchor en la librería apenas unas horas antes. No tengo preguntas preparadas, todo se desenvuelve al calor de la conversación. Mi único respaldo es la lectura previa de sus libros.

Sale de la biblioteca, donde tuvo una sesión fotográfica y afirma que es una de las más atractivas que ha visitado. Promete volver. La acompaña la fotógrafa Maj Lindström, quien arma un archivo fotográfico relacionado únicamente con escritoras, hasta donde comprendo.

Fernanda Melchor acepta la entrevista. Se sienta frente a mí y se retira el cubrebocas. “¿No te molesta? ¿Te dan miedo mis bichos? Además, sí me anda doliendo un poco la garganta.” Le digo que no mientras ella sonríe. Comienzo por donde sé que se puede desenvolver una charla.

–¿Cómo es el tratamiento de la violencia en tu literatura?

–Esa es una pregunta que los escritores somos muy malos respondiendo. Al menos en mi caso, jamás me propongo hablar de temas, porque es algo que nace en abstracto. Siempre pienso primero en personajes; incluso antes que una anécdota, me imagino a alguien enfrentando algún tipo de conflicto. Por supuesto, mis libros están basados en cosas que yo he visto, o cosas con las que me topé en Veracruz cotidianamente. En el caso de Falsa liebre, estos chavos que se reúnen en parques, con pocas perspectivas de un futuro y que forman parte de una generación a la que yo pertenecí. Yo también me juntaba a malandrear y a chupar caguama en una banqueta. Falsa liebre es una novela que deja constancia de esa época. La terminé de escribir cuando tenía treinta años, sentía que si no la escribía, esa historia se iba a evaporar porque estaba cambiando como persona. La quería escribir desde que tenía veinte. Me tardé diez años en averiguar cómo se escribía una novela. En Temporada de huracanes ya se había consolidado el género y los retos fueron otros, el del lenguaje, por ejemplo. Dije “ya conté la historia, ahora quiero encontrar una forma chingona de contarla”. Para mí eso fue

Temporada de huracanes
Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Temporada de huracanes, una experimentación en cuanto a la forma, la estructura y el lenguaje.Hasta dónde yo podía llevar lo vulgar, lo basto, lo coloquial, el registro oral a lo literario. Hasta dónde podía soportarlo lo literario. Ahora, con Paradise, la novela inédita, es una condensación de todo. Se trata de una historia con la misma densidad emocional de Temporada… pero que avanza todavía más rápido y con menos puntos de vista, una historia más corta. Hay dos personajes principales y con menos perspectivas, sólo una. Si Temporada… es una especie de viaje al corazón del oscuro Trópico, Paradise es más una carrera acelerada, en un auto que avanza con las luces apagadas por una carretera a oscuras. Algo muchísimo más trepidante. Y tienen que ver sin ser forzosamente una trilogía: las tres novelas hablan, pasan en Veracruz, aunque no se indique con precisión. Paradise sucede explícitamente en Boca del Río, el municipio gemelo de Veracruz. En las demás está un poco más difuso pero todas pertenecen al puerto, a las zonas aledañas, a este imaginario con el que crecí y que me he inventado. La mayor parte de ellas fueron trabajadas aquí en la ciudad de Puebla, con esa distancia que a veces nos permite la geografía; esa distancia emocional de trabajar algo que no estás cotidianamente viendo sino que ya está registrado en ti.

–Hay un imaginario muy potente, que quizá sólo se observa en el istmo. ¿Qué es lo que te atrae del imaginario veracruzano y que permite desenvolver tu literatura?

–Es muy vasto y desafortunadamente –o afortunadamente, para mí– no estaba muy presente en la literatura mexicana. Veracruz siempre es el lugar donde los personajes van a cotorrear o tienen recuerdos de cuando eran chiquitos. Estos estereotipos del Trópico siempre están presentes: el lugar cálido, caluroso, donde tiras una semilla y sale un árbol de papaya, donde las mujeres son exuberantes y calientes y los hombres están todo el tiempo abanicándose en una hamaca. Como todo estereotipo, tienen un dejo de realidad pero guardan muy poca relación con la experiencia de quienes vivimos ahí. Fuera de –por ejemplo– Luis Arturo Ramos, Juan Vicente Melo –aunque él no escribía propiamente del Trópico–, o un poco más Sergio Galindo, el puerto no estaba representado como tal. Yo no veía que mis vivencias estuvieran en la literatura. Crecí en Veracruz con un pie adentro y uno afuera. Nací ahí, pero mi familia no y no tiene esa raigambre cultural de los jarochos. Eso te permite ver cosas y extrañarte de que sean así. Por ejemplo, fui fanática de las leyendas, de los cuentos de los chaneques. Me gustaban muchísimo desde niña esas historias. Además, la manera en cómo se practica la religión católica también provoca curiosidad: creencias como la existencia de espíritus y posesiones de la gente; que si mueres con violencia, también tu ánima estará en pena. Son muy padres y son una realidad para muchas personas. Antes no lo veía como literatura. Y si lo llegaba a ver, recaía en lo folclórico. Sinceramente, me siento muy orgullosa de ser de Veracruz. Es algo que te inculcan, que no es cualquier lugar. Hay quienes incluso me dicen “haces ver como si nacer en Veracruz fuera nacer en la realeza”. Siento que tenemos ese orgullo, ese aprecio por las raíces, que a lo mejor en otros lugares hasta las ocultan. En cambio a los jarochos nos da mucho gusto.

–Además, en muchas ocasiones ese imaginario habita más el lenguaje del jarocho y no tanto sus costumbres. Por ejemplo, al menos en los Tuxtlas el veracruzano no pone ofrendas en noviembre sino un camino de velas para recibir el difunto, no se trata de un desborde de festividad. O pienso incluso en cómo se observa desde el Centro: “insultas como jarocho”. ¿Cómo se dan entonces los préstamos lingüísticos en tus libros?

–A mí siempre me llamó la atención la forma tan expresiva que tienen los jarochos de contar las cosas. Un jarocho siempre te va a hablar con las manos. Y un jarocho de pura cepa, además, te va a actuar las cosas: no se limita a contarte un relato en tercera persona, va a imitar también las voces de los personajes que intervienen. Y hay como una suerte de conocimiento intuitivo de la mímesis y la diégesis. Es muy complejo. Crecí maravillada de la capacidad del jarocho. Y no sólo del jarocho, yo diría que del mexicano, sin embargo el jarocho es un tipo de mexicano muy expresivo que, además, no le teme a la vulgaridad. En Veracruz la forma de decir las cosas no resulta terrible, no te condena socialmente si las dices. Al contrario, causa risa. Y tenemos una manera de decir hasta las peores palabras de una forma cálida y graciosa. Sí tiene que ver con un tono que se cultiva pero le subyacen muchísimas más cosas. Hay una poética en el veracruzano. Y se da en todo el país pero, como se nos impone el idioma español, hay una necesidad de torcerlo. El albur es un ejemplo de esto, variaciones que todo el tiempo estamos haciendo con las palabras. En lugar de decir “uno, dos, tres” decimos “uñas, donas y tripas”. O en lugar de decir “yo”, digo “Johnny Weissmüller”. Ese tipo de cosas son difíciles de traducir y, sin embargo, hablan de considerar al lenguaje como un juego, algo que no es de verdad, moldeable a nuestra conveniencia y con lo que nos podemos divertir. Eso es consecuencia de la cultura colonial: tomamos este idioma y le hicimos lo que quisimos. Adicionalmente, hay demasiadas palabras con raíces indígenas e incluso afromestizas. Yo no podría escribir de otra manera, para mí es la forma más honesta de escribir. Desde muy chica pensé en la existencia de más de dos españoles, incluso antes de saber que los argentinos y los españoles tenían acentos distintos. Cuando leías las traducciones de Tom Sawyer o de La cabaña del tío Tom leías una traducción hecha para España. Se me hacía maravilloso cómo los libros hablaban de una manera y en mi casa se hablaba de otra. Lo veo como un acto reivindicatorio. Y cuando uno empieza a escribir es uno muy afectado, usa estas palabras que sólo existen en los libros. Mis libros han logrado hacer y pensar que mi lenguaje jarochito también es literario, tomar este material vasto y hacer arte con él. ¿Por qué no?

–Y aún con ello te enfrentaste a la condena.

–Siempre habrá gente con la certeza de que escribes puras vulgaridades. Es gente que está en otro rollo, espera de la literatura cosas muy distintas. Esperan de la literatura un lenguaje exquisito o, peor, una historia edificante, donde puedas hacer una moraleja. Mis libros no están hechos para eso, sino para entrar en este viaje y en este mundo particular que yo creé para ellos. Están hechos para tomarlos de la mano y que me acompañen y se aventuren en este mundo oscuro. En este trópico contrastante con la realidad y al mismo tiempo con una metáfora de la desesperación y de la soledad vivida por muchos de nosotros a temprana edad.

–Pero se logra la exquisitez, Temporada de huracanes es una novela con una estructura casi sin párrafos. El capítulo entero podría ser un solo párrafo. ¿De dónde nace particularmente este estilo de la novela?

–No sabría decirlo. Corrijo mucho en voz alta. Me gusta que la literatura tenga ritmo y no sólo por la cuestión de “escucharse bien”. Un buen ritmo lleva una historia, de esta forma los momentos difíciles de leer avanzan rápido. Es decir, se trata de una cuestión involucrada con la narrativa como tal. Lo leí muchísimo en voz alta y quería que sonara así. Tomé un material vasto: las groserías, las maldiciones, las obscenidades y me propuse convertirlas en una cosa incluso sinfónica. Por ejemplo, pienso en Nortec, tomaban las grabaciones de “vendo tamales oaxaqueños…” y hacía rolas. Es un poco eso, construir algo eufónico con sonidos considerados poco agradables en nuestra lengua. Incluso hubo partes que quería sonaran como rap, me gustaba ese sonido. Hay una cosa poética ahí detrás, no en el sentido de la narración, sino en el sentido del lenguaje. No me atrevería a aseverarlo como poesía, pero hay elementos que me gustan mucho de sonido y de ritmo. ¿De dónde viene? No sabría bien decirlo. El primer capítulo le debe mucho a Hijo de Dios, de Cormac McCarthy. De ahí en fuera, hay muchísimo del Boom. Por ejemplo, Gabriel García Márquez, quien tenía una prosa bien chingona y era capaz de escribir groserías y que sonaran increíbles. Te sientes ameno, como si una tía te contara algo. Una tía muy culta, por supuesto. En cuanto a lo coloquial… en algún momento leí mucho a Manuel Puig, me encantaba su mezcla. Con un tango creaba un personaje y toda una historia. Tomaba el habla real de la gente y lo combinaba con un lenguaje más elevado, cinematográfico, casi clásico. Le debe mucho también a José Agustín y su novela Se está haciendo tarde (final en laguna). Me encantaba cómo podía narrar un cotorreo entre cuates, todos hablando al mismo tiempo con música de los Rolling Stones sonando atrás y de todas maneras te hacía ahí presente: en los intercambios, en los albures, en las bromas, en los momentos vacíos y luego cómo volvía al interior de los personajes. Yo quería hacer algo así, como cotorrón. Esos serían como los préstamos del lenguaje. Temáticos, hay muchísimos. Ahí reconozco algunos: periodistas en Veracruz, como Josefina Estrada y su libro Señas particulares o Carmen Lyra y sus cuentos infantiles, de donde salió “domingo siete”. No puedo meterlo todo, nunca, pero sí son préstamos muy específicos, sí quise mencionarlos. Lo demás ya sabes cómo es, cuando uno escribe siempre está imitando o corrigiéndole la plana a alguien a quien se admira mucho.

Fernanda Melchor
Fernanda Melchor escribió Temporada de huracanes. Foto: Especial

Quisiera tocar ahora tres temáticas específicas de tu obra. La primera, el aborto.

–Aunado al embarazo infantil, además. En la novela Norma tiene trece años. De hecho, la novela existe y todo pasa porque Norma decide no ser mamá a los trece años. Entonces se desencadenan un montón de cosas. Su historia, aunque parece la más lejana, es central en la novela. Jamás ha sido mi intención decir “¡ah!, el tema del embarazo infantil está de moda, voy a escribir sobre ello”, pero sí es una realidad en México. Según la OCDE, somos primer lugar en embarazo adolescente e infantil. En sexto de primaria nos llevaron de recorrido a un hospital, es una de las cosas que más recuerdo de la primaria. Un doctor nos dijo que había dos niñas con un bebé en la sala de maternidad. Tenían doce años, la edad de nosotras, y fue un trauma para todas escuchar eso. Yo no lo lograba dimensionar. A lo mejor el aborto no fue lo primero que me pasó por la mente como la posibilidad, pero sí me horrorizó esta realidad. No obstante, como mujer lo he experimentado. Es decir, he vivido esa lucha. He sentido en carne propia las desigualdades, desde la crianza, luego de acoso en la calle cuando somos niñas, de abuso de poder cuando somos más grandes, en la universidad, con los maestros, jefes, compañeros; tantísimas cosas que aprendemos a considerar como normales. La escritura de Temporada… y mi consciencia de la necesidad de asumirme como feminista y también de informarme más y tratar de apoyar un poco la causa, vienen de la mano. En lo personal, antes de haber leído a alguien, la experiencia fue determinada por el hecho de haber sido madrastra de una niña: de cuidarla, criarla y darme cuenta de que yo no quería que ella viviera esas cosas o se considerara un ciudadano de segunda, como a veces nos educan a las mujeres. Para mí siempre es vivencial. La novela surge no sólo de esta preocupación, también de este horror descubierto cuando una empieza a maternar y de lo frustrante –y horrorizante– que pueden ser los hijos. Al mismo tiempo, también, lo bonito, lo tierno, lo amoroso en su totalidad, lo emocionalmente fuerte. Lo vivo y lo veo a mi alrededor, lo viven amigas y mujeres conocidas. ¡Y los hombres también! Porque el libro no habla nada más de lo sufrido por las mujeres, también de lo que el machismo le hace a los hombres y lo horrible y lo duro de odiarse a uno mismo por sentir un deseo sin poder aceptarlo porque es socialmente reprochable. Luchar con eso a mí me parece algo espantoso. Se tocan ambas partes. Y debería ser normal tocarlos juntos. No pretendo hacer una crítica, hay muchos tipos de feminismos. Pero decir que el “feminismo dice esto” es ridículo. Hay tantos feminismos como mujeres, como tantas autoras también. Pero obviamente debemos incluir a los hombres ahí. La idea de que sólo las mujeres somos víctimas me parece importante recalcarla en ciertos aspectos, pero también debemos recordar que las mujeres podemos ser victimarias de la peor calaña. El libro también habla de eso, de cómo las mujeres reproducimos la violencia en nosotras y en quienes cuidamos, criamos y cómo esto puede ser una fuente de sufrimiento.

–Precisamente esa es la segunda temática: la masculinidad y la hombría. Pero antes quisiera hacer un puente: ¿la cuestión amorosa y sexual es diferente en el trópico?

–A pesar de la universalidad del hecho, sí hay especificidades culturales. El trópico es una suerte de doble cara, se pretende liberalidad. “En el trópico somos bien calientes y nos vale madres y todos contra todos.” Al mismo tiempo hay una moral muy fuerte, sobre todo machista. Pienso en estas festividades donde es permisible que los hombres se vistan de mujer como burla: se disfrazan de mujeres, no sólo porque abrazan su lado femenino –que lo hacen–, pero el chiste es ridiculizar a las mujeres. Es decir, ¿qué hay más ridículo que vestirse como una mujer? Pero no permiten a las mujeres travestirse. Además si aparece alguien que es gay, verdaderamente, y jotea demasiado, también se castiga. Sólo se le permite al varón. También depende mucho de la clase social. Yo he visto en Veracruz relaciones poliamorosas desde hace cincuenta años en clases medias para abajo. Cosas que ahora serían súper cool, en Veracruz ya pasaban, pero no en las clases media para arriba –quienes no le piden nada a los poblanos en cuanto a mochitud. No hay un solo Trópico, hay varios enclaves. Y sí, todavía hay una muy fuerte resistencia a incluir a la mujer en más espacios. En algunos casos la mujer se ha dado cuenta de que no va a ser incluida, entonces se incluye a la de a huevo. Eso está súper bien. Conozco a muchas chavas dedicándose al activismo; se ponen a escribir cada vez más, les vale madre; buscan espacios, se abren espacios, en la universidad, sobre todo. Poco a poco, pero es muy diverso. No podría decir que hay una sola forma. Así, la masculinidad termina interesándome mucho como tema porque como mujer quieres entender. Me junté mucho con vatos, por mi carácter me sentía más cómoda entre hombres, la amistad de los hombres me gustaba más. No hay como tener amigas, me encanta, pero es algo que tuve que aprender. Y siempre fui muy Tomboy, muy marimacha. Algo me acercaba más al mundo de los hombres, me fascinaba. A lo mejor porque representaba lo otro, lo diferente, lo que yo no era. Entonces es muy natural para mí hablar de hombres y tratar de entender lo que pasa por sus cabezas.

–Es impactante la fuerza con la que se cuestiona –para mí fue así– la masculinidad. Por supuesto, desde el punto de la violencia organizada y los roles del género, pero recuerdo estas escenas en las cuales un adolescente lucha con el deseo de tener sexo oral con otro hombre y la tensión lo obliga a abandonarlo. ¿Cómo llevas a cabo este cuestionamiento?

–Más que cuestionarla es tratar de verla. A veces me dicen algo que hacen parecer como un elogio pero que es machista: “¿cómo le haces para saber lo que un hombre piensa?” ¿Por qué no pensar que las mujeres también podemos imaginarlos? Es decir, si Flaubert escribió Madame Bovary, ¿por qué una mujer no podría escribir hondamente sobre personajes masculinos? Muchas de las cosas que pensamos inherentes a un género, a un sexo, en realidad son universales, si nos abrimos a esa otra experiencia. Viene entonces de observar a personas que conozco, amigos que he tenido, hablar con ellos y tener una idea de lo que pasa por la mente de uno y hacia dentro de mí. Cuando creas ficción trabajas con tus propios sentimientos, emociones y recuerdos y los extrapolas a otros egos experimentales que son los personajes. ¿Quién no ha sentido esa contradicción provocada por los deseos? De hecho, eso es ser humano, eso crea la cultura, según Freud: la imposibilidad de realizar todos los deseos que en realidad tenemos. En la nueva novela, Paradise, los personajes principales también son dos chavos. Durante el proceso de la novela me cuestioné a mí misma. No hago las cosas de manera gratuita. Siempre pienso “chin, otra vez estoy hablando de vatos, ¿no? Pinches vatos”. Pero me interesa porque analizar la raíz de la violencia sexual forzosamente implica analizar la sexualidad masculina. O analizar la sexualidad femenina a través de la masculina, el cuerpo deseable de la mujer a través de la mirada masculina. Es innegable. Muchas veces, cuando una mujer hace algo horrible, siempre salen weyes a decir –casi siempre son hombres– “ya ven, las mujeres también son unas culeras”. Sí, las mujeres somos capaces de cosas horribles pero, si sacas una estadística de quiénes ejercen violencia sexual, la gran mayoría son hombres. Plantear preguntas con una historia. Esa es la manera en que la vida me condujo a pensar. Hay una canción de Alejandro Sanz titulada Amiga mía. Una parte del coro dice: “Esta es mi manera de decir las cosas / No es que sea mi trabajo, es que es mi idioma”. Para mí la novela es mi idioma. La narrativa es la forma en la cual expreso lo que a mí me importa. Los argumentos, y todo, son los personajes y las preguntas que se plantean están en el desarrollo dramático de los acontecimientos. Por eso a veces las entrevistas son muy difíciles. Hay quienes adoran su propia voz, pero la verdad de todo eso está en el libro.

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–Sin embargo, a pesar de los estereotipos, el macho del trópico suele ser silencioso.

–Tienes razón. Se agarra las nalgas con otro macho pero siguen siendo machines. Son diferencias de performatividad. Incluso está el dicho: “no es joto, es jarocho”. No es abierto a otro tipo de sexualidades, es que su cultura le permite un poquito más de lo permitido en otras regiones. Y mucho es broma, desmadre. Esa es otra cosa de la que no hemos hablado, la cuestión del relajo, de la fiesta, que en Veracruz se pinta muy bien. Guarda relación directa con la carnavalización. “Soy un wey bien plantado pero me visto de mujer porque en un cierto tiempo y espacio se me permite volverme algo que no soy”. Yo te decía, se visten de mujeres para ridiculizarlas, pero unos aprovechan para encaminarse a ciertos deseos telúricos que sienten en el fondo. En la medida en que haya más espacio, no nada más la fiesta, se nos permitirá expresarnos de otras maneras. En las generaciones más jóvenes voy viendo expresiones difícilmente vistas en la generación anteriores. Ahora se permiten, esa es una apertura genial, pero la gente debe abrirse más, poco a poco. No hay nada más horrible que mantener la propia identidad, la propia preferencia sexual, oculta. No puedo imaginar algo más doloroso, la penalización de la sociedad a tu forma de expresión. Por ejemplo, en cuanto a lo trans en Veracruz hay una presencia muy grande y son muy aceptados, pero hasta cierto punto. Las señoras de la colonia sin problemas pueden ir a cortarse el pelo con el “joto del barrio”, con la chava trans, que está vestida totalmente de mujer, que su actitud es totalmente de mujer, que se siente mujer, pero siempre va a ser el “joto del barrio”. Además, sólo puede ser mujer si obedece todos los estereotipos del género. Por el contrario, sigue habiendo hostilidad hacia las lesbianas butch, de rasgos muy masculinos. No son tan aceptadas como las mujeres trans muy producidas. O las identidades intermedias, o fluidas. En Veracruz todavía son algo que no encuadra o son desplazadas a espacios muy específicos, como la fiesta, el carnaval, el antro y sanseacabó.

–Enlazada a esta carnavalización está la violencia a escala social, mi tercer punto. En Aquí no es Miami se observa con más detalle. Incluso salen a relucir nombres como el de Fidel Herrera, quien de alguna manera causó la escalada de violencia.

–Esa violencia ya existía. Sin embargo, Fidel Herrera abrió los brazos a los Zetas y les dio un lugar en la sociedad. Todavía entre 2008 y 2009 tenían cierto prestigio, había una admiración por estos personajes, por ostentar poder, drogas y dinero. El crimen organizado en Veracruz existe, al menos en el puerto, desde la colonia: llegaron los españoles y con ellos el tráfico de mercancías. Siempre hubo mafia. Y, si hay algo en este mundo que nunca se puede acabar, es la mafia, ese poder alternativo que aprovecha los espacios que el poder deja para hacer sus trueques y negocios. Ya estaba ahí. Llega Fidel Herrera pero antes llegó Fox, llegó el PAN al gobierno y cuando llega el PAN hay un acomodo totalmente distinto. Luego Calderón quiere subsanar con su guerra a la delincuencia y terminó siendo también una cosa terrible. Cuando esto ocurre hay una degradación en la vida del veracruzano en todos los sentidos. El espacio público, tan caro para el veracruzano, ir a bailar danzón al zócalo, ir a chupar al bulevar, las señoras con sus mecedoras afuera, los niños ya no pueden jugar en la calle… todo decae porque ya no es seguro. Le teníamos miedo a quien venía de afuera, empezamos a cerrarnos hacia dentro. Es algo muy contrapuesto al carácter veracruzano. La fiesta también sufre, por supuesto. Los carnavales, los antros, cualquier tipo de vida llevada a cabo en público, sufren. No sé si de hecho algún día se repondrá.

–Pero, ¿se le enseñó al veracruzano a ser sangriento?

–El veracruzano ya sabía ser sangriento. Pero el estereotipo gana: se nos dice que somos un pueblo de sangre caliente, por ejemplo. Incluso en los pueblitos, cuando es día de paga o de cosecha, o es el mes de agosto y hace mucho calor, la gente se agarra a machetazos. El carácter del jarocho es irascible y de mecha corta, inestable. Así se nos conoce a los veracruzanos. No sé si nos habrán enseñado los narcos. Hubo una naturalización, nos empezó a valer madre, nos empezó a parecer cotidiano. Y, cuando nos parece cotidiano, es fácil empezar a culpar al de afuera. “La culpa es de los Zetas, que son tamaulipecos”. “La culpa es del cartel, de Jalisco”. Y cuando agarran a cualquier Zeta o cualquier Jalisco, todos son jarochos. Entonces, se nos dio permiso. Ya nada nos asombra, ahora hasta parece concurso. “Encontraron una fosa” “¿Cuántos?” “Veinte cadáveres” “Ah, no es nada. La de allá tiene cien y la de allá fueron doscientos”. Asistimos a este proceso de adormecimiento, donde con que no sea yo, con que no sea mi familia, ya no nos preocupa. Y cerramos los ojos cuando vemos las marchas de las madres, le echamos la culpa a los de afuera. O el clásico “pues en algo malo andaban para que les pasara”. Cuando sabemos que es ridículo, en Veracruz ha desaparecido gente sin nada que deber ni temer. Se le suma el caciquismo –cultura del PRI: “antes que decidir e informarme, mejor le doy todo el poder a un wey y confío en que algo me va a tocar”. Un poco la cultura de cuando ganó López Obrador. La gente estaba muy contenta, pero la idea es “él va a resolver todo”. Y es imposible, por muy buenas intenciones que tenga. Tenemos ese reflejo: “en caso de crisis, delégale el poder a alguien que tome todas las decisiones y nosotros no nos preocupamos por nada”. Es un problema de la democracia, también.

–¿Veracruz cambiará en ese sentido? Porque parece relegado de las políticas nacionales

–Hasta hace poco cambió de partido con Yunes. Antes, en la gubernatura, siempre había ganado el PRI. Ésa es una de las pruebas también de que en Veracruz, en realidad, la gente es bastante reaccionaria y conservadora. Prefirieron votar por lo conocido en lugar de aventarse a experimentos. La excepción es Xalapa, que sí había votado por la izquierda, es lo más progresista de Veracruz. Sin embargo, hay otra corriente de resistencia desde los movimientos sociales. Veracruz ha sido riquísima en cuanto a sindicatos. Hace cien años incluso hubo un sindicato de inquilinos. Las rentas eran carísimas en los años ‘20. A alguien se le ocurrió sublevar a las prostitutas: les cobraban un dineral por los cuartuchos inmundos, hasta por los colchones que usaban para ejercer su oficio. Entonces, hicieron una quema de colchones, una rebelión y por eso en Veracruz hay una calle con el nombre “Víctimas del 5 y 6 de julio” porque ahí acabó la rebelión. El ejército mató a un montón de gente y a los demás los metieron a la cárcel, y en la cárcel hicieron el único sindicato de presos que ha habido en México. Existe esa historia de resistencias y de movimientos. Si tú vas al puerto de Veracruz, todavía en el zócalo hay una mesa donde hay unos viejitos con una piñata de Carlos Salinas de Gortari con cuernos. Son gente que todavía protesta por la riqueza del puerto, cuando lo privatizaron y dejó de ser una empresa gubernamental. Sin embargo, en Veracruz la protesta se disuelve en desmadre.

–También en la línea de Aquí no es Miami, cabría hablar precisamente de cómo al barrio se le ha negado el acceso a la escritura.

–Escribir no es una fuente de estatus social en Veracruz. Dedicarse a escribir es ñoño y ridículo, estar encerrado cuando todo el mundo está en la calle. La escritura requiere de mucha lectura y mucha soledad. Eso es un poco extraño en una cultura que busca lo gregario, lo exterior y la vía pública. ¿Qué da prestigio social? Ser pedote, saber contar historias, contar chistes, ser gracioso, cagado, aventado, ser peleonero, darse tiros, jugar futbol bien. Esa es la gente admirada en Veracruz. Pero escribir no es uno de ellos, se desdeña la cultura escrita. La gente prefiere hablar y las cosas no queden registradas. No sé, ojalá alguien hiciera un estudio sobre la popularidad del mensaje de voz en Veracruz. Entre tus amigos, entre la banda, entre el barrio y todo, siempre hay historias que se cuentan una y otra vez a los nuevos miembros…

–La misma familia.

–¡De familia! Y siempre hay alguien que sabe contarla bien, que la adorna y mejora. Es más, hay gente especializada en eso. La poesía más apreciada de Veracruz es la hecha al calor del momento: la décima improvisada. O entre los más jóvenes, quien se para y reguetonea o rapea. Eso es fuente de gran prestigio, la agilidad verbal y el ingenio. Aquí en Puebla hay una cultura escrita más fuerte pero viene de otro lugar. Tradicionalmente, en Puebla la gente ha sido más educada. Aquí hubo escuelas públicas antes que en cualquier lado. O sea, el poblano es una persona educada. Hay un aprecio mayor al libro y a la palabra escrita.

–Pero encarar a un narcotraficante para hacer una crónica

–Uno debe desarrollar una intuición de cómo son las formas. Obviamente cuando estaba ahí, no tenía una grabadora, ni estaba con una libreta, “a ver, repíteme lo que dijiste”. Yo estaba ahí pachequeando y cotorreándola y nada más parando la oreja. Después cambias los nombres y los apodos pero tratas de capturar la vivencia. Esa es otra cosa: cómo se nos enseña en Historia a ver a la gente como próceres, estatuas cagadas por las palomas. Tendemos a olvidar que también son personas. Cambia cuando uno se va al otro lado, con los narcos, ahora los antihéroes por excelencia. Pienso cómo retratan a Escobar o al Señor de los cielos en estas series de Netflix, son casi como héroes, semidioses o gente excepcional. Pero en realidad es gente común y corriente. ¿Quién no conoce a alguien que se metió de Zeta y que tú jamás lo verías como te pintan en la tele a un sicario? Es una persona con sus filias y sus fobias y que, además, posiblemente está ahí porque tomó una decisión lo más racional posible para él. El caso del Fito era ese: “Se cayó el techo de mi casa, no tengo trabajo, pues me meto a trabajar de eso, porque es trabajo honrado”. Te convences. ¡Y cuánta gente no está así! O cuántos chavos no están ahí buscando una aceptación familiar, una fraternidad, una guía moral que no tienen en casa y acaban ahí en el narco.

–¿Hay una conjunción entre esta parte del barrio y la parte de la escritura que te permite hacer periodismo gonzo?

–Una de las cosas que más me gustó del periodismo como oficio es que te saca a la calle. Ahora no sé cómo estuvieron haciendo periodismo en la pandemia los periodistas, pero hacer periodismo por Zoom debe ser la cosa más triste del mundo. Necesitas estar ahí, necesitas ver la gente a la cara, a los ojos, porque hay muchas cosas que no se ven en la pantalla, que son mudas, y necesitas estar ahí para capturarlas. Del periodismo me gustaba que me sacaba a la calle, pero yo no considero haber crecido en un barrio. Crecí en el fraccionamiento Virginia, un fraccionamiento de clase media. Por la calle pasan muchos camiones, no tuve una vida de barrio, de juntarme con niñas y niños en la afuera de casa. Más bien fui una niña de interiores. Crecí viendo la tele, leyendo libros y cómics, y con mi hermano y ya. En la escuela socializaba pero no me considero haber sido una morrita de barrio. Más grande, como a partir de los dieciséis años, me gané el derecho a salir y estar en la calle. Ahí sí me junté con toda clase de gente y sí siento que viví un poco más. Y también la universidad, también el ejercicio del periodismo me hizo salir. Pero es lo que me gusta del periodismo, que tienes que estar en la calle a fuerzas para hacerlo. Las historias están ahí, tú tienes que ir a cazarlas. Y estás ahí para hilar esos hechos y encontrar una mejor manera de contarlos.

–¿Será que por todas estas cuestiones antes mencionadas no hay tantos escritores de cepa veracruzana?

–¡Te van a colgar si dices eso, porque hay un chingo! Pasa que se queda en un asunto de hobby. Todo mundo sabe que no se puede vivir de escribir, o esa es la creencia. Claro que se puede, cuesta mucho trabajo, pero se puede. La mayor parte de la gente lo ve como una cosa lateral: “vivo de mis rentas pero escribo cuentos”, “soy abogado pero escribo una novela”, “doy clases en la UV…”. Como nunca es la actividad primaria, entonces uno no puede hacer este esfuerzo que requiere la creación de una obra. A mí el asunto de las becas me ayudó muchísimo. Desde que me gané la primera PECDA en Veracruz, para mí fue un impulso, con ese poquito dinero me permitía comprar horas para dedicarme a leer y escribir, justo lo que necesitas. No escribí la gran obra, muy probablemente lo primero que escribí con la primera PECDA y el primer FONCA que me dieron no acabó en nada, pero necesitas pasar por eso. Los libros no se escriben sentándome e inspirándome con las musas. Se escribe con muchísimas horas de trabajo e invirtiendo recursos, por eso son necesarias y sobre todo en un lugar como Veracruz que no lo propicia de otra manera.

–¿Y la estructura geográfica ligada a la social dificulta la escritura? De Xalapa a San Andrés Tuxtla o a Catemaco son cinco o seis horas de distancia. Y casi no hay universidades por esa zona.

–El acceso a bibliotecas es básico. Para ser escritor tu primera tarea es ser lector. No puedes escribir si no eres lector crítico de ti mismo y eso se desarrolla leyendo. Además, como te decía, uno crea las obras. Decía José Emilio Pacheco, “uno siempre está acompañado de los que fueron, los que son y los que vendrán”. Uno siempre escribe con los escritores que admira, incluso con los que odias, porque no quieres ser como ellos o porque te quieres burlar de ellos, pero siempre escribes acompañado. Lo que pasa es que en nuestro estado la condición de las bibliotecas es tristísimo y eso es una cuestión que el gobierno no ha podido resolver, y nos importa tan poco como para exigirlo. Exigimos mil y un madres, “ah, que quiten el toque de queda para que podamos irnos de antro”. Pero no exigimos, “oye, ¿por qué no hay una biblioteca de barrio?”, “¿por qué no hay un lugar climatizado para que los niños vayan?” No se le da importancia. Pero eso pasa en todas partes de México, la cultura siempre es un bien secundario. Hasta que pasa la pandemia y entonces todos queremos que nos entretengan, nos informen y nos saquen de esta realidad tan angustiante y horrible.

Llegados a este punto, reconozco sí haberle preguntado por el tweet. “¡Ya sé, cabrón! Qué desmadre.” Hace unas semanas, en menos de 120 caracteres Melchor pide no difundir su libro en PDF. Mejor “regalen las nalgas”, tuiteó. La polémica no se hizo esperar. No hubo personaje del medio que no diera su opinión y, sinceramente, también me sentí arrinconado por el tweet: he leído mucho en PDF. Pero, respecto al lenguaje, no es cosa que deba extrañar: en Veracruz casi todo repara en las nalgas, la felicidad, la tristeza, el odio. Son el centro de casi cualquier expresión coloquial. “Dijeron que yo estaba en contra de los pobres, ¿de dónde sacan eso? Si hasta es un honor que me lean en PDF. Incluso, en presentaciones de libros, he firmado libros piratas, de chavos y chavas que reconocen no poder comprar el original.” El libre acceso a la cultura fue el tema recurrente durante esa semana. Y entre si sí o si no, Melchor reconoce haber ido a terapia, porque pensó “que su carrera había terminado”. “Finalmente, encontré un pretexto para irme de Twitter. La banda nada más entra a tirar harto hate ahí. Por cualquier cosa se arman las revueltas. Me mudé a Instagram, donde todo es más bonito y puro amor.” Afortunadamente no se mudo de país, pues, por alguna razón, El Universal dijo que Melchor vivía en Europa.

Sí, la polémica ya está olvidada. Y, como pudieron leer más arriba, pronto saldrá Paradise, su más reciente novela. Las escritoras Berenice Aguilar y Judith Castañeda extienden sus ejemplares y los firma. Me firma también los míos. En Aquí no es Miami queda el lazo geográfico: “van estas mentiras verdades de nuestra tierra”. Yo nací en San Andrés Tuxtla. Ella en Boca del Río, en 1982.

Fuente: Neotraba / Original aquí.

2 Comments

  1. If you want to use the photo it would also be good to check with the artist beforehand in case it is subject to copyright. Best wishes. Aaren Reggis Sela