Arturo Pérez Reverte

Animales como uno: Arturo Pérez-Reverte y los perros que amó

El caso de España, que desde enero de 2022 reconoce legalmente a los animales como “seres sintientes” y, en consecuencia, con derechos plenos y propios, es el pretexto perfecto para recuperar “Una superviviente”, el artículo de Arturo Pérez-Reverte incluido en Perros e hijos de perra (Alfaguara), una recopilación de textos unidos por la devoción del autor a “los perros que amo y amé”.

Por Arturo Pérez Reverte

Ciudad de México, 17 de junio (MaremotoM).- Atrás quedaron los tiempos en que un país podía vanagloriarse públicamente de enviar una perra al espacio sabiendo que iba a morir en soledad dando vueltas a la Tierra. No había entonces leyes que censurasen aquella imagen obediente de Laika sentada en el Sputnik ni demasiados seres humanos decididos a defenderla a viva voz como a un integrante más de la familia. Pero los tiempos cambian: hoy vive al menos un animal doméstico –sea perro, gato o pez, en orden de popularidad– en más de la mitad de los hogares del mundo, y las leyes, que suelen correr detrás de los acontecimientos, empiezan a acomodarse lentamente al nuevo orden global.

El caso de España, que desde enero de 2022 reconoce legalmente a los animales como “seres sintientes” y, en consecuencia, con derechos plenos y propios, es el pretexto perfecto para recuperar “Una superviviente”, el artículo de Arturo Pérez-Reverte incluido en Perros e hijos de perra (Alfaguara), una recopilación de textos unidos por la devoción del autor a “los perros que amo y amé”.

Arturo Pérez Reverte
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Sherlock estaba solo, como les conté alguna vez. Melancólico como Humphrey Bogart en Casablanca. Añorando, aunque no las hubiera conocido en persona, las aventuras de caza y pelea que llevaba en su memoria genética. Así que resolvimos buscarle compañera de su misma raza. Se encargó mi hija, telefoneando aquí y allá. Al fin dio con alguien que tenía un ejemplar hembra. «El problema es que nadie la quiere porque tiene un defecto en la mandíbula —dijo el dueño—. Me he desprendido de sus hermanos, y sólo queda ella». Cuando mi hija colgó el teléfono estaba llorando. «Tenemos que quedarnos con ella absolutamente», dijo. Y fuimos a buscarla. Por el camino decidimos que se llamaría Rumba. Y llegamos.

Ahorraré comentarios sobre la mala impresión que me causó el fulano que la tenía. Su antipatía e indiferencia. Rumba andaba por los cinco o seis meses y estaba metida en un cercado minúsculo: pequeña, sola, sucia y asustada. Una teckel de pelo rizado, que apenas la tocamos se hizo pipí encima, y que al poco vomitó pedazos de un pienso inadecuado, grueso como bellotas. Mi hija volvió a llorar y yo estuve a punto —esas veces en que respiras fuerte y miras hacia otro lado—. La perra tenía, en efecto, una malformación en la mandíbula inferior que la alejaba de los cánones de belleza canina y quienes buscan ejemplares perfectos habían pasado de ella. El dueño, también. No me atrevo a afirmar que le pegara, pero sí que la había tratado mal. Era una perra insegura, temerosa, que gimoteaba y lo ponía todo perdido ante la menor presencia humana. Era obvio que tenía pésimas experiencias de los hombres, fueran quienes fueran. Malos recuerdos. Y que de no encontrar a alguien que la quisiera, habría acabado, en el mejor de los casos, sacrificada.

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Valor de ley

Pagué la perra —ante mi comentario sobre la posibilidad de un recibo, el fulano me miró como si yo fuera gilipollas—. Y Rumba vino a casa. Al principio, Sherlock le montó una bronca de teckel y muy señor mío. Al rato empezaron a llevarse bien. Pero con los humanos fue más difícil. Al menor ruido, a la menor palabra en alto, al menor movimiento o sombra que la asustase, Rumba daba un respingo y se apartaba con el rabo entre las piernas, temerosa, escondiéndose como si esperase un golpe. Eso me hizo pensar que habría recibido más de uno. Costó mucho tiempo, mucha paciencia y mucho amor darle cierta seguridad, hacer que nos aceptase tranquila. Sherlock se subía al sofá a ver la tele y ella se quedaba aparte, en un rincón, desconfiando de todo y de todos. Ni siquiera se atrevía a comer cuando estábamos allí. Al fin, poco a poco, al cabo de semanas, se fue acercando. Fue aceptando palabras y caricias. Atenuó sus recelos y sus miedos.

Han pasado dos años. Ahora Rumba, con su graciosa mandíbula inferior inexistente, es una perra feliz. Creo. La primera en buscar caricias, la más rápida acomodándose en el sofá. La que se tumba patas arriba en tu regazo para que le acaricies la tripa. A Sherlock, como perspicaz hembra que ella es, se lo trajina como quiere. Le hace putadas enormes, que el otro —una fiera corrupia cuando algo no le gusta— acepta, resignado y bonachón. Es, y tuve varios de estos bichos a lo largo de mi vida, la perra más rápida y lista que conocí jamás. Cuando Sherlock se pone metafísico y tarda en zamparse la comida, ella se desliza en su plato como en una incursión de comando, rápida y mortal, y se lo deja limpio.

Por la calle, cuando salimos a pasear y él va a lo suyo, despistado, cabeza baja, husmeando rastros y rumiando nostalgias, ella va erguida y pizpireta, alta la cabeza, con trotecillo casi saltarín. Es la primera que lo ve todo, y ladra antes que nadie: el gato, el señor que pasea, el coche que se acerca. Una noche, un jabalí despistado estuvo mirándonos en la oscuridad sin que Sherlock se enterase de nada —miraba a todas partes con cara de panoli, preguntándose qué pasaba—, mientras que Rumba había localizado al verraco, poniéndose en guardia, un minuto antes. Y, por supuesto, lista y rápida como es, dando un veloz rodeo para situarse exactamente detrás de nosotros. Por si acaso.

Fuente: Revista Lengua / Original aquí.

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