Apuntes de viaje: Alaska (Parte I)

Ciudad de México, 16 de marzo (MaremotoM).- Este viaje comenzó cuando olvidé el cumpleaños número sesenta de mi madre. Un cumpleaños que para colmo de males, iba a festejarse con una gran comida. Afortunadamente sonó la alarma de mi teléfono celular para recordármelo, pero ya no había tiempo para comprar un regalo adecuado. Fue entonces que miré angustiada a mi alrededor a ver si encontraba algo que me sacara del apuro. Lo único que hallé, en la pila de peluches que por razones que desconozco la gente sigue obsequiándome, fue un pequeño alce. Y tuve una idea.

Cuando mi madre, en pleno festejo, sacó el bicho de la envoltura reciclada donde lo había colocado, me miró con desaprobación. Sus amigas, que ese día se habían esmerado en consentirla, ni se diga. Yo me defendí prontamente: “Mira la tarjeta, es un viaje a Alaska. Tú y yo.” Mi mamá, que hace tiempo me había manifestado el deseo de volver a viajar en barco, pues no lo hacía desde que, de niña, cruzara el Atlántico para emigrar a Argentina, cambió su semblante y me sonrió satisfecha. Le había cumplido de un solo tajo varios de sus anhelos, en especial modo el que más ansiaba: tiempo con su única hija. Así fue como conseguí que un irrelevante peluche se convirtiera en una ilusión y un bienintencionado viaje, en una pesadilla.

Exageré. Tal vez no. Lo cierto es que la convivencia con mi madre nunca fue sencilla, por lo que me alivió enterarme, por medio de la agencia de viajes, que el único período en el cual es posible ir en crucero a Alaska, es en el verano. Mi madre nació en diciembre así que faltaban, de menos, seis cómodos meses. Durante ese largo periodo y en un afán por hacer más llevadero lo que se perfilaba como una ardua prueba de paciencia, la cualidad de la que más carezco, se me ocurrió invitar también a mi prima en segundo grado, que vive en Italia y es una de mis más queridas amigas, con su madre, que es prima hermana e íntima de la mía. Será un convivio de madres e hijas, le dije al teléfono… Sí, iba a ser una reunión familiar, de las que yo, miembro de una familia particularmente desunida, desconocía por completo.

Convencí a mi pariente sin mucho esfuerzo, tal parecía que ella también necesitaba cumplirle una cierta cuota de cariños a su progenitora, una mujer igual de fuerte y difícil que la mía y prefería hacerlo acompañada. Así que después de averiguar fechas y modalidades, nos dimos cita para el 31 de julio en Vancouver, desde donde zarparíamos en dirección de la última frontera: el Estado número 49 de la Federación Norteamericana.

Este viaje comenzó cuando olvidé el cumpleaños número sesenta de mi madre. Foto: Cortesía

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Mi prima y su madre llegaron desde Milán, procedentes de Udine, lugar de origen de mi familia materna y nosotras en un vuelo non-stop proveniente del entonces Distrito Federal, amada ciudad en la que mi mamá y yo vivimos, ni juntas ni revueltas. Por fortuna. Nos citamos ambas partes en un hotel del centro de la ciudad, tan impersonal y anónimo que no hace falta mencionarlo y el primer encuentro estuvo lleno de emoción y buenos auspicios. En la armonía del comienzo, nos dimos al descubrimiento de una ciudad desconocida para las cuatro. Lugar que acogió en el pasado una gran emigración del norte de Italia, que escapaba la miseria de su tiempo y más recientemente a muchos compatriotas del norte de México, que huyen de la violencia que nos prueba a todos, pero en especial modo a ellos.

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Vancouver se desplanta en una península pequeña, para ser la tercera ciudad más poblada de Canadá, apenas después de Toronto y Montreal. La cuestión es que hacia cualquier lado de su ordenada cuadrícula que caminamos, el resultado fue el mismo: nos topamos con agua. Un océano pacífico, de nombre y de espíritu que, según leí en la guía turística de mi prima –publicaciones éstas que detesto usar porque prefiero que los sitios me sorprendan– le otorga al lugar un clima llamado precisamente oceánico. Es decir: templado para los fríos de su latitud. Por lo que el nuestro fue un paseo por Downtown, en agradable temperatura, la que pronto subió hasta tornarse en conato de pleito.

“Las fieras”, desde niñas así bautizamos mi prima y yo a nuestras madres -bestiacce, en italiano o purchitas en la lengua de nuestra región- comenzaban a retomar las fuerzas perdidas por el viaje y a ejercer su autoridad materna que, con la edad, se ha convertido en capricho otoñal. Mi mamá quería ver la nave en donde al día siguiente nos embarcaríamos o de menos el puerto alrededor del cual se desarrolla una gran parte de la vida de la ciudad; su homóloga recién llegada de ultramar quería ir a los Totems de Stanley Park, pues alguien le había enseñado una foto de los árboles esculpidos y pintados con símbolos y leyendas, convenciéndola que eran lo más representativo de la cultura canadiense. Y nosotras, que no por nada somos hijas de fieras, queríamos lo nuestro: mi prima, visitar Granville Island, una islita conectada a la ciudad por un puente, convertida en un parque de diversiones para adultos con galerías de arte, tiendas, mercados y entretenimientos varios y yo quería seguir descubriendo la sobria y elegante arquitectura de los Heritage buildings, la mayoría construidos en estilo Decó durante el Imperio Británico, aunque restaurados y modernizados más recientemente.

Pregunta del día: ¿cómo vamos a llegar al fin del viaje sin tirarnos por la borda unas a otras o, en el mejor de los casos, sin brincar al mar por voluntad propia?

Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros.

Cicerón (106 AC-43 AC)

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Gobernar una familia es casi tan difícil como gobernar todo un reino.

Michel de Montaigne

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