Apuntes de viaje | Los barcos se pierden en tierra

Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos. Martín Luther King

Ninguna criatura humana es comprendida por criatura humana alguna. Por costumbre, paciencia, interés, amistad, se aceptan o se toleran. Hipólito Taine

Ciudad de México, 15 abril (MaremotoM).- Hay quienes nunca se han subido a uno, quienes desearían jamás haberlo hecho y hasta los que no conciben vacacionar de otra forma. Como quiera que sea, los barcos, después de haber sido el único modo de llegar a ciertos sitios, fueron suplantados por el avión, convirtiéndose en la actualidad en cruceros. Una vacación escogida por muchos, por ser un modo práctico de conocer distintos lugares (sin desempacar constantemente) mientras se disfrutan (o se padecen) las comodidades (y las tantas amenidades) que estas modernas naves ofrecen. La nuestra, a la que nos trepamos después de haber sorteado todo tipo de controles y papeleos, tiene albercas, billar, ping pong, bingo, minigolf, pared para escalar, pista de jogging, cine, teatro, cancha de basquetball, casino, karaoke, gimnasio, spa y una serie de entretenimientos que nunca antes había siquiera imaginado. Sin contar las múltiples actividades organizadas: desde clases de salsa o blanqueamiento de dientes, hasta un curso para doblar servilletas y toallas pasando por una subasta de arte.

De eso y de las excursiones disponibles en cada puerto, me enteré cuando nos sentamos en el impresionante vestíbulo de gran altura a tomarnos el cóctel de bienvenida.

Lo que sucedió después de haber acudido a cubierta a despedirnos de quienes quedaron en tierra, actividad que le trajo a mi madre los recuerdos de su partida de Italia y hasta una lágrima de nostalgia. Ya en el bar nos proporcionaron, además de una extensa carta de bebidas, el menú de actividades, invitándonos a hacer nuestra agenda del viaje. Pero si a lo que vengo es a NO tener agenda, me quejé, mientras “las fieras” (mi madre y su prima) me ignoraron, tan enfrascadas estaban en una discusión acerca de la verdadera edad de una pariente mutua y lejana. Ninguna de las dos estaba dispuesta a concederle la razón a la otra y el irrelevante dato estaba pasando a ser motivo de conflicto. Mi prima y yo, que habíamos hecho voto de no caer en ninguna provocación y de intentar tener la más pacífica de las convivencias con nuestras respectivas progenitoras, nos miramos alarmadas. Tal parecía que nuestras madres iban a encontrar con quien pelear, aunque no fuera con nosotras.

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Mientras tanto, a nuestro alrededor revoloteaban los más diversos personajes, con los cuales íbamos a tener que convivir durante la siguiente semana: desde monjes tibetanos, gordos y sin muchas intenciones de meditar (eso sí, pelones y vestidos de naranja) hasta señoras frustradas, con el firme propósito de tomar clases de yoga, pero con pocas ganas de practicar las enseñanzas de Buda; desde mocosos irreverentes, que a pesar de los regaños de sus padres, tomaron el barco por un salón de juego, hasta parejas aburridas (especialmente de sí mismas) en busca de algún tipo de inspiración, aunque fuera visual; desde elegantes europeos, escandalizados por las fachas de los gringos (determinados a no quitarse los tenis ni para la noche de gala) hasta uno que otro mexicano, de los que viajan con primos, suegros, tíos, incluyendo a la abuelita.

Personas de diferentes credos, nacionalidades, razas y lenguas convertidos en los pasajeros (o en los empleados) de esta ciudad flotante de varios pisos de altura, que me recordó la torre de Babel, tal vez a causa de los inútiles intentos de los viajeros por comprender (o de menos soportar) la mentalidad del vecino, aunque sea durante la convivencia obligada. Eso valía para los desconocidos a mi alrededor, pero sobre todo para quienes estaban a mi lado. Mi propia familia era un enigma. Dos mujeres que quería mucho, pero que por la distancia física poco sabían de mí y viceversa. Y mi madre, quien, a pesar de haberme dado la vida y de haber cohabitado con ella gran parte de la misma, nunca había comprendido demasiado. Ni viceversa.

Conclusión del día: si la distancia no contribuye a la comprensión de las personas, mucho menos la cercanía. Apuntes de viaje | Alaska (parte 2)

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