Arturo Rivera

Arturo Rivera: “Si tienes ojos de artista en cualquier parte hay arte”

Me esperaba sentado en una silla desplegable, al lado de una banca de la galería en la que no se sentó porque carecía de respaldo. Bebía coca cola.

Zacatecas, 2 de noviembre (MaremotoM).- El café me supo amargo ese día, no sé si porque era muy malo o por los nervios que traía sofocándome el cogote antes de la entrevista, pero supo amargo.

El pintor realista Arturo Rivera iba a ser mi entrevistado. La cita estaba pactada para el medio día en el mismo sitio en el que su muestra “Expiación” seguía pasmando al visitante. Rivera, me habían dicho un día antes, es un “cascarrabias maravilloso”, por lo que parte de mis nervios se debía a tal aseveración pues ignoraba cómo iba a conducir una entrevista entre un monstruo de la pintura y un apenas conocedor de su obra.

Arturo Rivera
Llegué minutos antes, aún con el café amargo en la mano y repasando rápido con la mirada algunos de sus cuadros colgados. Foto: Alejandro Ortega Neri / Cortesía

Llegué minutos antes, aún con el café amargo en la mano y repasando rápido con la mirada algunos de sus cuadros colgados en ese lugar que una vez fue un convento agustino, además de unos apuntes con letra apresurada que traía en mi libreta. La idea de la jornada era que el artista daría una serie de entrevistas a varios colegas que nos reuniríamos ahí. Pensaba mis posibilidades; si iba primero no me daría chance de revisar la exposición completa de nuevo, si me esperaba al último, quizá lo encontraría cansado y entonces conocería a ese “cascarrabias maravilloso”.

Pero ante la inexistencia de los demás reporteros no quedó más remedio que ser el primero. Había estado en la inauguración, sin embargo el cúmulo de gente aquella ocasión imposibilitaba apreciar la colección de buena manera, aun así pude verla en su mayoría sorteando al gobernador y sus secuaces y me dejó impresionado.

Arturo Rivera nació en la Ciudad de México en 1945. Estudió en la Academia de San Carlos para luego viajar a Londres en los primeros años de la década de los 70. Trashumante inquieto, viajó luego a la ciudad de Nueva York en la que vivió ocho años en donde, para sobrevivir, desempeñó trabajos disímiles como albañil, ayudante de cocineros y trabajador en una fábrica de pinturas. Es ahí, en la calle Madison, que el pintor alemán Max Zimmerman ve una obra del mexicano y lo busca para invitarlo a una ayudantía en Munich, Alemania lugar donde Rivera encontraría su estilo.

Arturo Rivera
Me esperaba sentado en una silla desplegable, al lado de una banca de la galería en la que no se sentó porque carecía de respaldo. Foto: Alejandro Ortega Neri / Cortesía

Me esperaba sentado en una silla desplegable, al lado de una banca de la galería en la que no se sentó porque carecía de respaldo. Bebía coca cola.

“Me gusta su Expiación” le solté. “Yo no se lo puse” me contestó riendo, porque hasta el momento  ignoraba quién tituló su muestra en Zacatecas, aunque reconoció que le gustaba el título, pero me dijo que no hizo la exposición ex profeso, sino que estaba conformada por distintas exposiciones y que imaginó que la curaduría ha de haber sido difícil, sobre todo para encontrar el hilo conductor, pero concluyó que estaba bien hecha.

Hablando de hilo conductor, fue en ese sentido mi primera pregunta, pues le dije que me interesaba saber de las temáticas de su obra, “¿Cuáles son las temáticas?” Me preguntó: la oscuridad de la mente, lo apocalíptico, lo bíblico, lo terrible, contesté. “¿En qué época vivimos?” volvió a preguntar y ante el silencio que provocó darme cuenta que yo estaba siendo el entrevistado, contestó él mismo: “en una época terrible […] vivimos en una época terrible, y no lo hago deliberadamente –repitió-. Eso sale solo”

En un mundo en el que el bombardeo de las imágenes está comandado por la fotografía, que dicen, vino a liberar a la pintura de llevar la pesada carga de representar la realidad y en el que el arte se ha reducido a una caja vacía o a un montón de ropa, ¿por qué sigue haciendo pintura realista, surrealista y crea mundos así? Le pregunté.

Rivera recordó cuando regresó de Alemania y el realismo no era muy bien visto en México, “(Vicente) Rojo me criticaba mucho” dijo, pues quienes estaban haciendo abstracto no creían posible que volviera la academia, lo que sí cree es que con su pintura abrió una puerta a los jóvenes que vieron la posibilidad de que sí hay realismo y de que nunca va a morir.

Arturo Rivera
Rivera recordó cuando regresó de Alemania y el realismo no era muy bien visto en México, “(Vicente) Rojo me criticaba mucho”. Foto: Alejandro Ortega Neri / Cortesía

Respecto a sus paisajes, sus composiciones, me dice que no sabe si son surrealistas pero sí tiene la intención de crear metáforas, “comienzo con un rostro y sale una concha”, dice, para reiterar que deliberadamente no hace nada, solo planea. En lo que sí pensaba Arturo Rivera es en la objetividad en la paleta, en la composición, pero es difícil de explicar lo que hace, reconocía , sólo sale como lo iba sintiendo, que al fin en eso reside el valor del arte para el que lo crea como para el que lo aprecia.

Pero observo que el pintor no quiere hablar de su obra. En la conversación salió por ahí un concepto que se elevó sobre nosotros como una pluma impulsada por el viento: “arte contemporáneo”.

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El arte contemporáneo se roba la palabra

“El arte contemporáneo se roba la palabra” me dice, pues recuerda que en su juventud, contemporáneo y moderno era lo mismo, tan es así que cuando Rufino Tamayo le puso a su museo de “arte contemporáneo” ahí “se jodió el arte” lamentó, porque comenzaron a poner en sus salas  “la caja vacía, la piedrita, la basura”  y eso que Avelina Lésper ha llamado el arte VIP (Video, Instalación, Performance).

“Esto del arte contemporáneo está en todo el mundo. Todos los museos de México están secuestrados, no hay posibilidad de exponer en ninguno y eso me da mucha tristeza con los jóvenes, porque cuando yo era joven pude exponer en museos de arte moderno dos veces. Los de ahora no son aceptados en ningún lugar, tienen que irse a provincia o algún otro lado. Yo expongo en provincia porque no puedo exponer en México”

Y continúa: “Esto del arte contemporáneo seguirá vivo hasta que el mercado le siga redituando. Es un lavadero de dinero, es algo impresionante. Pero hay jóvenes que están protagonizando un renacimiento del realismo y me cuenta de pintores españoles y de China. Busca en su celular imágenes que tiene guardadas para enseñarme. Me dice que se ponía a investigar y que las compartía en un portal de Facebook que ya no existe porque lo censuraban a cada rato. Pero se dio cuenta que en todo los lugares hay una renacimiento del realismo.

“A los mexicanos del arte realista no los conocen, no les abren las puertas” denuncia. “La Secretaría de Cultura me odia porque les digo la verdad, mano. Qué bueno que yo no viva del presupuesto del gobierno, de becas, porque la libertad les molesta”.

Río porque recuerdo la inauguración de la muestra, cuando en vez de acompañar al gobernador a un recorrido por la obra, como se supone dicta el protocolo, se salió del recinto para irse a la mesa de los bocadillos y platicar con la gente ahí reunida.

¿Yo qué hago con el gobernador?, pregunta mientras se pone a imaginar la escena: “a ver, explíqueme esta: es una señorita, recargada en una silla con un perro”  ¿Qué le digo? Vuelve a preguntar, “si todo es un lenguaje visual que no puedes explicar oralmente, qué le dices, de todos modos no sabe nada. El arte se siente, no lo entiendes” sentencia mientras sigue jugueteando con la botella de coca cola entre sus manos.

Y hablando de que el arte se siente yo insisto con su obra y creo que el arte también extrae la estética de donde parece que no la hay y las obras de Arturo Rivera son eso, “la belleza de lo terrible” como han dicho, una frase que no es nueva ni directamente para él, pero que aplica a la perfección. “Si tienes ojos de artista en cualquier parte hay arte”, me dice.

Quien vea la pintura de Arturo Rivera será difícil que permanezca impasible, no sólo por la técnica que es eximia, sino también por la temática, pues el artista parece que disecciona los rincones más oscuros del pensamiento, de los sueños, las pesadillas.  Los paisajes que poblaban su cabeza son sórdidos, sus personajes inquietantes, y a veces, en algunos cuadros se autorretrataba no como el pintor, sino como un personaje más de una lóbrega escena.

En Londres, Nueva York y Munich como en todas las metrópolis mundiales hay también rincones en los que reina la decadencia, le pregunto a Rivera ¿si en sus estancias en esas ciudades vio imágenes que le influyeran a la hora de crear? Me dice que fue en Alemania donde encontró su lenguaje, donde empezó a hacer dibujos y algunos autorretratos.

Pero no solamente las calles de esas ciudades marcaron al artista, él, como todos los que se dedican a crear, es, como dijera Roland Barthes, una caja de resonancias. ¿Cuáles son esas resonancias? Pregunto antes de finalizar la entrevista.

“Un chingo –contesta rascándose la cabeza-. Muchos. De joven fue Van Gogh, Rembrandt. En el cine la época francesa y la italiana de Fellini y Pasolini. Toda la pintura alemana. Me jodió mucho pero de algo me sirvió. Culturalmente tengo algo de alemán. Ahí encontré mi lenguaje. Cuando encuentras tu lenguaje eres original. Lo original no es cuando encuentras lo que nadie ha hecho, sino un ejercicio de introspección en que seas tú y no te parezcas a nadie. Soy original”, concluye.

Extraigo de mi mochila la cámara y le señalo el lugar en el que imaginé hacerle un retrato. Al segundo disparo su incomodidad es notable. Me dice “ya, ya” y nos despedimos.

Arturo Rivera murió la semana pasada, a los 75 años.

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