¡Ay, Armando! Sigo escribiéndote y hablándote…

Ciudad de México, 4 de abril (MaremotoM).-  ¡Ay, Armando! Sigo escribiéndote y hablándote como si en cualquier momento fuera a escuchar tu voz diciendo: “Bacha, mi Bacha”. Te fuiste sin siquiera pedir permiso. Y me vas a hacer tanta falta…

Amaba viajar contigo: docenas de ferias del libro en México, además de esos viajes anuales (nos faltó el del 2019): París, Nueva York, Tailandia y Shanghai, Islandia, Miami. Muchas fotos quedan como testimonio de ese amor que tanto nos tuvimos. Y tus crónicas en la revista de Interjet. ¿Recuerdas cuántas veces me hiciste posar, con la pijama debajo de mi chamarra, para esa foto que tomaste de la aurora boreal? ¿Recuerdas el trancazo que te diste, al resbalar en el hielo, cuando salimos del hotel, apresurados, para ver ese espectáculo de luces mágicas?

Te amo, me escribías cada rato. Y yo siempre te contestaba: Yo te amo más.

Qué rico era compartir contigo la mesa, eras todo un sibarita. Cuánto sabías de vinos, aunque yo odiaba lo fresa que eras y me reía de lo pronto que te emborrachabas. Adoraba leer tus manuscritos y necesitaba de tu sabia mirada antes de publicar mis libros. Desde que te conozco, estás en cada una de mis novelas. Talleres impartidos hombro con hombro. Mensajes por el Whats todos los días. Fotos cómplices. Secretos. Me contabas de tus amores frustrados. De las metas que todavía no habías logrados. De tus triunfos y problemas. De cada puerta que se te fue cerrando.

Fui testigo cotidiano de tu enorme amor por Andrés. Ser padre te hizo ver la vida de otra manera. De hecho, la última vez que hablamos, estabas observando a tu hijo mientras tomaba sus clases de natación. En tu voz se transparentaba esa ternura, ese orgullo.

De mis viajes te traía, siempre, algún detalle. “Algo que no cueste más de un dólar y que te quepa en la mano”, eran tus instrucciones de siempre. Lentes rosas y rojos, pulseras, hasta tus primeras camisas de un color distinto al negro. Juntos, compramos dos de tus Ukeleles. Tú me regalaste la magia de tus palabras, de tu amor por la vida, de tus pies bien plantados en nuestra tierra. Me obsequiaste la indignación ante las injusticias. Tu lucha y tu congruencia contra todo aquello que condenabas.

¡Hay tantas cosas que ya no pudimos hacer juntos!
Ser atea, en momentos como este, es un horror. Sé que jamás volveremos a estar juntos. Y sé, también, que siempre siempre siempre cargaré ese vacío que me has dejado.

Pero hoy, con un whisky en mi mano, agradezco tanto haberte conocido.

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¡Ay, Armando! Sigo pensándote en voz baja y hablándote en voz alta, para ver si me contestas.

Eras un poco más alto que yo. Cada que llegabas al restaurante donde nos citábamos (últimamente siempre era La Docena, de la Roma), yo me levantaba para abrazarnos. ¡Cómo me gustaban tus abrazos! Nos quedábamos ahí, muy juntos -más del tiempo normal para dos personas que se saludan- y algunos comensales empezaban a mirarnos, extrañados. Qué rico abrazabas, siempre estabas cargado de una ternura que yo creía a prueba de todo.

¿Recuerdas el hotel de Chiang Mai, en medio de los arrozales? Las fotos que nos tomamos acariciando a los tigres. O la que te tomé yo a ti, mientras bañabas elefantes. Terminaste empapado. Feliz. Una felicidad que se truncó cuando supiste de la muerte de un querido amigo. Lloraste. Llorabas con facilidad, eso todos lo sabemos. Te acompañé a un templo budista cercano. Encendiste incienso y tocaste una campanita para que, con ese sonido profundo y musical, el alma encontrara su destino.

¿Recuerdas la noche en que Adriana, nuestra eterna compañera de viajes, tú y yo subimos más allá del piso 80 de nuestro hotel, para nadar en esa alberca desde la que podíamos contemplar los otros rascacielos de Shanghai? ¿Y el vestido negro, tipo maléfica, que vimos en una aparador de Soho? Te lo tienes que comprar, Bacha, está hecho para ti, me dijiste. Y el arete que buscamos por todo Londres, porque querías estrenar una pequeña arracada de origen británico.

En nuestros viajes acostumbrabas comprar platitos, de ésos especiales para que los turistas adornen sus casas. Se los traías a tu madre. Yo comencé a comprarlos también para que se los regalaras de tu parte. Te va a extrañar tanto.

¿Sabes que a Gayosso llegaron Sergio Arau y Xavier Velasco? Lástima que ya no estás vivo para haber sido testigo de una reconciliación póstuma. Deberíamos aprender a dejar los silencios y rencores para otra vida; en ésta no tendrían que ocupar lugar alguno. En vida. Es una obviedad, pero las cosas hay que hacerlas en vida. Esta carta, por ejemplo, te la debería haber enviado hace mucho.

Son las cuatro de la mañana y tuve que levantarme para escribir esto pues no puedo acallar ese eco que me pregunta: ¿Pudiste hacer algo y no lo hiciste? ¿Acaso no te diste cuenta de que ya tenía una soga en la mano? ¿Hubieras conseguido evitarlo? Estoy enojada conmigo. Y es una furia implacable. Inútil. Estéril.

Muchas voces intentan consolarme, Armando, pero yo sólo quisiera escuchar la tuya. Y tenerte todavía a mi lado.

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