Bajo el manto de las ruinas

Juan Carlos De Brasi, mi maestro de filosofía, solía invitarme a observar que la idea de la memoria es menos vigorosa que la idea del recuerdo. Que mejor que memorar es recordar. Que el peso de la memoria tiende a debilitarse, cuando no a diluirse, bajo las emanaciones de lo que se extiende demasiado, pero que el peso del recuerdo, no. El peso del recuerdo, de un recuerdo, es espeso, específico, vertical. Cae a plomo.

Cada año, decía, hacia finales de marzo recuerdo con nitidez el 1 de abril de 1982 y con menos nitidez recuerdo el 2, porque el pescado grande de lo que me convocó, de lo que me convoca, de lo que persiste en convocarme, sucedió el jueves 1 de abril del 82.

¿Qué hacía yo el jueves 1 de abril del 82 a media tarde?

Anoticiaba a mis compañeros de la Revista Estadio de que a la madrugada siguiente las tropas argentinas recuperarían las Malvinas y Puerto Stanley pasaría a llamarse Puerto Argentino.

-¿Qué tomaste, pibe?

Así me espetó el director de Estadio, Carlos Poggi.

Después enarcó las cejas y buscó aprobación en la mirada de los diagramadores y los redactores, ya perplejos por unanimidad.

No hesité, no retrocedí.

-No tomé nada. Allá, en Télam, los sabemos todos. El presidente de la agencia, el coronel De Piano, se lo comentó a mi jefe. Lo ordenó Galtieri. Dice que ya es hora de recuperar Malvinas y que los soldados ingleses no van a animarse a venir.

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De aquellos días y de todos los días que estuve en la Agencia Télam durante marzo de 1979 y abril de 1984 dispongo de un anecdotario copioso que ahora no viene al caso. A grandes rasgos, para condensar sin faltar a mi verdad sensorial, los viví como años maravillosos y terribles.

Maravillosos en la medida que abrazaron el vendaval de energía, de alegría, de anhelos cumplidos o por cumplirse que se abrían como una flor de mi travesía vital.

Terribles por el imperativo de dolores conscientes o sobreentendidos que tallaban a fuego la ausencia de personas amadas que habían desaparecido, el desencanto por la caída de acciones políticas en cuya fecundidad había creído y la impotencia de no avizorar una salida más o menos inmediata de un insospechado, inusitado, profundo pozo de horror.

Hacia abril de 1982 en Télam había de todo. Viejos animales de redacción, maestros, sabios de la tribu, ascendentes periodistas de mediana edad, aspirantes, cortacables, mediocres, apadrinados, servicios de inteligencia y secretarios de redacción que daban consejos aterradores: “Vea Fernández, veríamos como un gesto de buena voluntad que usted se rasure la barba. ¿Me entiende?”.

Y también estaba yo, un módico redactor de fútbol y boxeo que un día antes de la presunta epopeya estaba al tanto como quien puede estar al tanto de lo más banal.

Un pibe de 23 años que vivió de primera mano, testigo accidental y vivencial, la cruel madeja de esa guerra hija de puta.

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