Javier Marías

Bardo y el día que Javier Marías vio el cine de Iñárritu

En el último día, de la segunda semana del mes de septiembre de 2022, murió por una neumonía bilateral provocada por la Covid, el brillante y polémico escritor español Javier Marías (1951-2022); en esa misma semana Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (México 2022), de Alejandro González Iñárritu, perdió en la competencia por el León de Oro, en el Festival Internacional de Cine de Venecia, 79. La lamentable coincidencia tiene una extraña relación, pues alguna vez Marías escribió sobre Babel, película de Iñárritu, que tildó como: “una película tonta”.

Ciudad de México, 15 de septiembre (MaremotoM).- En el último día de la segunda semana del mes de septiembre murió a los 70 años en Madrid, por una una neumonía bilateral provocada por la Covid, el brillante y polémico escritor español Javier Marías (1951-2022); en esa misma semana Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (México, 2022), perdió en la competencia por el León de Oro, en el Festival Internacional de Cine de Venecia, 79, del cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu. Esta coincidencia tiene una extraña relación, pues alguna vez Marías escribió sobre Babel, otra película de Iñárritu y no le fue muy bien con el feroz novelista.

En el espacio Tribuna del País Semanal, del 20 de abril de 2007, el autor de libros como El hombre sentimental, Corazón tan blanco, Tu rostro mañana, entre otros, le dedicó algunas líneas a la película del cineasta mexicano, con el título de: «Debo preocuparme». La versión publicada del texto de Javier Marías, en la revista mexicana Replicante en el número 12, de agosto a octubre de 2007, con un dossier sobre cine, en donde hay además textos de Andrés de Luna, Alberto Chimal y una entrevista con el crítico de cine Jorge Ayala Blanco realizada por el escritor Naief Yehya, entre otros, fue más contundente y salvaje: «Babel: una película tonta».

Aquí van algunos fragmentos:

«Cada vez entiendo menos, pero no me falla. Sin duda el que debe preocuparse soy yo: tendré el gusto estragado, o anticuado; quizá ni siquiera sea un escritor, y es del todo imposible que sea un intelectual. Lo cierto es que cada vez que hay una película que mueve a los escritores e intelectuales a ocuparse de ella espontáneamente, a entusiasmarse, a ver en sus imágenes y en su guión profundos y complejos mensajes, caigo en la trampa, voy a verla y, casi invariablemente, a mí me parece una tontada pretenciosa y hueca, cuando no algo peor. Me pasó con las películas de Von Trier en general, y en especial con aquella en la que la cantante Björk hacía de ciega seráfica durante tres horas, entre canción y canción. Me pasó con American Beauty, de Mendes, de la que por suerte se me ha olvidado todo menos la escena digna de spots –e imitada por tanto en los spots– en que sobre el cuerpecillo de una joven caía una lluvia de pétalos rojos con cursilería insuperable. Hasta me sucedió con Mystic River, del otras veces admiradísimo Eastwood, que me resultó poco creíble, amanerada y con un Sean Penn para darle de pescozones, que por lo demás suele merecer en casi toda ocasión. Me ocurrió con Crash, de Haggis, en la que los buenos no lo eran tanto ni los cabrones tampoco, qué lección. Pero nunca escarmiento y siempre pico, así que este año me fui a ver, tan esperanzado (bueno, miento: su afamado guionista me había dado ya algún disgusto, Peckinpah mediante), la celebradísima Babel, de González Iñárritu.

Bardo
Daniel Giménez Cacho y Griselda Siciliani protagonizan Bardo. Foto: Cortesía

Todo con una música pedante y envarada, a la que en vista de eso se le ha concedido el Oscar este año. Todo me resultó falso, gratuito, huero, mal hilado y artificial. Eso sí, acompañado de mucha intensidad postiza por parte de guionista y director, de un solemne gesto de «genialidad».

Bien, según numerosos críticos de diferentes países, según la Academia de Hollywood, según escritores e intelectuales sin cuento (desde Carlos Fuentes hasta mi gran amigo Manuel Rodríguez Rivero, al que mucho rodríguezvenero y respeto más), la película es efectivamente genial, como todas las otras que he mencionado. Ya lo he dicho al principio, está claro: aquí el único que debe preocuparse soy yo».

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Lo cierto es que cada vez que hay una película que mueve a los escritores e intelectuales a ocuparse de ella espontáneamente, a entusiasmarse, a ver en sus imágenes y en su guión profundos y complejos mensajes, caigo en la trampa, voy a verla y, casi invariablemente, a mí me parece una tontada pretenciosa y hueca, cuando no algo peor.

Nos quedaremos con la duda acerca de que podría pensar Javier Marías de la última «comedia dramática épica mexicana» de Alejandro González Iñárritu. Éste último ha dicho, después de que su filme se vio en Venecia, el 1 de septiembre, que las «críticas negativas» a su película Bardo son «racistas».

En una entrevista para Los Angeles Times expresó: “Esta película es una carta de amor a mi país, y tengo el privilegio de poder usar mi voz para hablar no solo por los mexicanos, sino por cualquiera que se sienta desplazado. [Bardo] no es autorreferencial. Esto no es narcisista. No soy yo. Así que quiero que alguien me explique por qué no tengo derecho a hablar de algo que es muy importante para mí y para mi familia». (Alejandro González Iñárritu acusa racismo en críticas negativas contra Bardo, nota de Luis Ángel H. Mora en revista Premiere).

Agregó que si él fuera de Dinamarca o sueco «sería un filósofo», pero, subrayó: «como lo hice de una manera poderosa visualmente, soy pretencioso porque soy mexicano”. Iñárritu advirtió que: “te puede gustar o no, esa no es la discusión. Pero para mí, hay una especie de trasfondo racista en el que, como soy mexicano, soy pretencioso [y] si no entienden algo, no necesitan culpar a nadie». Así que: «chicos, tómense un poco de tiempo y vean todas las capas. Todo artista tiene derecho a expresarse de la manera que quiera sin ser acusado de ser indulgente consigo mismo. Espero que alguien pueda deshacerse de esa narrativa, que es muy reduccionista y un poco racista, debo decir”, concluyó el cineasta.

En este contexto de los racismos, no puedo olvidar aquello que dijo el crítico de cine Jorge Ayala Blanco, sobre esa película que no le gustó a Javier Marías, sí, Babel. Esto fue en diciembre de 2006, en un programa de radio: «Babel es una película asquerosamente racista, para recomendarle a los norteamericanos que no dejen a sus hijos con sirvientas mexicanas, porque seguramente son tan cretinas que los van a dejar en el desierto y se van a deshidratar los niños y que no viajen los norteamericanos al extranjero, porque seguramente van a entrar en manos de cualquier niño visceralmente terrorista, porque se trata de un árabe. La película más racista de la historia. Las películas más racistas de la historia son las que les gustan a los norteamericanos y son las que van a premiar con Globos de Oro.»

Regresando a Javier Marías, ese escritor que, tristemente, se nos fue al más allá y aprovechando el tema cinematográfico y las críticas «negativas», habrá que recordar que su novela Todas las almas fue llevada al cine, en 1996, por la cineasta Gracia Querejeta, bajo el título de El último viaje de Robert Rylands, pero al novelista no le gustó lo que vio. Explicó en su artículo titulado: «Novelista va al cine«, publicado el 2 de noviembre de 1996, en el diario español El País que: «todo es melodramático y más bien solemne, la historia parece salida de un culebrón de sobremesa, con sus paternidades secretas, sus sexualidades triangulares y su viril eutanasia. El humor y la ironía de la novela están ausentes.»

Marías deshizo la película y señaló al final que: «Después de esta primera experiencia, dudo que permita que ninguna otra obra mía sea «adaptada» al cine: nadie me aseguraría que el padre y el hijo de Corazón tan blanco no fueran a cometer incesto o que el narrador de Mañana en la batalla piensa en mí no fuera a querer acostarse con el niño de dos años en vez de con su madre, Marta, y quedara convertido en un pedófilo. Demasiado riesgo para estos tiempos».

Sin llorar, pues, y sin dramas, son gajes del oficio.

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