Belfast

Belfast: por los que se fueron, por los que se quedaron

Belfast, la última maravillita de Kenneth Branagh, es la historia de los que se quedaron, de los que de verdad se querían quedar y de los que no les queda otra opción que irse. La dedicatoria de la cinta es conmovedora: para los que se quedaron, para los que se fueron y para los que perdimos.

Ciudad de México, 10 de febrero (MaremotoM).- Dos mujeres platican en la calle. Una teme por la seguridad de su familia, quizá ha llegado el momento de irse de Irlanda. La otra: “Los irlandeses nacimos para irnos. ¿Si no, cómo habría pubs en el resto del mundo?”.

Belfast, la última maravillita de Kenneth Branagh, es la historia de los que se quedaron, de los que de verdad se querían quedar y de los que no les queda otra opción que irse. La dedicatoria de la cinta es conmovedora: para los que se quedaron, para los que se fueron y para los que perdimos.

15 de agosto de 1969, Belfast, Irlanda. Decenas de niños juegan en las calles, algunos son protestantes, otros son católicos. No importa, en realidad, cuando se trata de patear un balón todos quieren tener gol, hasta los que juegan de porteros. Buddy es fanático de los Spurs y de las historias de vaqueros mezcladas con las de caballeros de espada y escudo. Una cuadra donde la división que ha hecho sangrar a Irlanda en su historia es algo de lo que los niños apenas conocen.

Es una tarde tranquila. Hasta que ya no lo es. En la esquina una turba de enmascarados comienza a golpear a los adultos, avienta bombas molotov, rompe las ventanas de las casas. Son protestantes. Como suele suceder con los integristas culturales, solo quieren destruir a sus rivales en la pureza de su raza o religión. Odian a los católicos y los católicos los odian de vuelta.

Buddy (Jude Hill, extraordinario) es un pequeño Tom Sawyer a la irlandesa. De familia protestante, mira el mundo partido en pedazos y entiende poco. No es que los adultos entiendan más, pero cuando sus padres susurran en la cocina, a Buddy solo le queda especular. Su padre (Jamie Dorman) trabaja en Inglaterra y viaja cada dos semanas a ver a su familia “del otro lado del agua”. La madre (Caitriona Balfe) tiene miedo por el futuro de sus hijos, pero sobre todo tiene miedo de perder su hogar, del desarraigo de vivir teniendo siempre el corazón del lado de otra frontera.

Belfast es el recuento en primera persona de la era del terrorismo separatista en Inglaterra, esa época aciaga que los irlandeses conocen como “Los problemas” (The troubles). La violencia vio nacer a los paramilitares protestantes siempre enfrentados al Ejército de Liberación Irlandesa, católico, en una guerrita por un pedazo de tierra al norte de Irlanda en la que importa quién va a confesarse—los católicos, claro, que maravillan a Buddy: uno puede portarse tan mal como quiera y solo con ir y contarle a un padre, puff, Dios todo lo perdona— y quién solo va a la iglesia a que lo regañen, como pasa en las celebraciones protestantes.

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Judi Dench y Ciarán Hinds aparecen como los abuelos de la familia. ¿Hay algo que estos dos actores de miles de batallas no hayan actuado? Con una sola mirada, dame Judi Dench nos conmueve. Su escena final, un corto acercamiento prácticamente en silencio, es para dejar frío a quien mira. Hinds y Dench están nominados como actores de reparto en los próximos premios de la Academia hollywoodense. Sean justos y denles ya la estatuilla.

Kenneth Branagh escribe el guion con mano de maestro, pero su dirección deja algo que desear: el blanco y negro que eligió para narrar la historia se siente un tanto cuanto pretencioso, las tomas largas, los contrapicados y los close ups son un tanto forzados. Pero que eso no los detenga de verla, verán que el lenguaje cinematográfico va creciendo hasta volverse casi natural.

Belfast
Belfast, la película personal de Kenneth Branagh. Foto: Cortesía

La siguiente comparación puede parecer igual de forzada, pero me resultó imposible no empatar el drama de Irlanda del Norte con el que viven millones de latinoamericanos hoy en día. Como los irlandeses, ser latinoamericano y pobre significa irse. No es posible vivir en un entorno de violencia, olvido gubernamental y horror. Entre la corrupción y el crimen organizado, no queda otra que agarrar lo poco que se tiene y emprender la marcha hacia el norte, del otro lado de las aguas.

Buddy ve a su padre como una especie de cowboy que apenas se mantiene en pie, pero que siempre es valiente. Vaya que se necesitaba valor para imponerse a los colegas protestantes que lo intentan involucrar a él y a sus hijos en la inquina contra sus vecinos católicos, puro odio sin sentido.

Puede sonar a que Belfast es solemne: no lo es. Es divertida, cálida. Debe ser el trabajo más afectuoso de Branagh, quien creció en Belfast y vivió de cerca la violencia de Los problemas. Como Buddy, el día del motín del 15 de agosto del 69 el director tenía 9 años. Belfast queda como una nota alta en el repertorio de por sí brillante de Branagh.      

 

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