Bob Dylan

Bob Dylan entrega otra obra esencial: Rough and Rowdy Ways

Su primer disco de canciones propias en ocho años. “Contengo multitudes”, avisa de entrada el cantante, que hace de la variedad, la versatilidad y las contradicciones el material para un álbum notable.

Ciudad de México, 19 de junio (MaremotoM).- Fue a fines de marzo, en los primeros días del aislamiento social, mientras había menos discusiones y mas challenges por TikTok. En ese momento, Bob Dylan quebró un silencio de ocho años sin canciones nuevas propias con “Murder Most Foul”. La canción se convirtió en el primer single del ganador del Premio Nobel de Literatura en liderar los charts, lo cual no sería extraño si no fuera porque:

A) el hombre tiene 60 años de carrera y pergaminos de todos los colores, además de una tonelada de himnos.

B) el tema en cuestión dura casi 17 minutos, en los cuales Dylan revisa las bases de la cultura angloamericana de la segunda mitad del siglo XX con un magnicidio como punto de partida (o punto final): “Fue un día oscuro en Dallas, en noviembre del ’63 / Un día que perdurará en la infamia / el presidente Kennedy la estaba rompiendo / Buen día para estar vivo y un buen día para morir / Ser llevado al matadero como un cordero sacrificial”, canta.

Después de “Murder Most Foul”, que parecía desarmarse y rehacerse en el fluir de la memoria del cantante, el enfático blues “False Prophet” llegó junto con la confirmación de que habría un nuevo álbum de Bob Dylan . Y ahora Rough and Rowdy Ways acaba de llegar a todas las plataformas. Aunque la cuarentena continúa, en el medio algunos sucesos modificaron buena parte del panorama de Estados Unidos: mientras cuarenta millones de personas pedían el seguro de desempleo como consecuencia de la pandemia, George Floyd era asesinado por policías de Minneapolis y las reacciones populares hacían temblar al país. Los caminos duros y tumultuosos que Dylan había anunciado desde el título de su álbum estaban ahí nomás, a mano de cualquiera que quisiera mirar. ¿Profético? “No soy un falso profeta/ Sólo sé lo que sé/ Voy donde sólo van los solitarios”, canta Dylan, como si hubiera necesitado desmarcarse una vez más de tener que dar respuestas. Al fin y al cabo, siguen soplando en el viento…

Luego, en el orden de los adelantos, llegó la canción que abre el álbum, “I Contain Multitudes”, en la que Dylan se compara con Ana Frank, Indiana Jones y los Rolling Stones, antes de decir que canta “canciones de experiencia como William Blake”. Pero, ¿será el cantante el que blande como un manifiesto esa primera persona tan ambigua? ¿O, en todo caso, cuál de esa multitud de personalidades que se le conocen? “Soy un hombre de contradicciones/ soy un hombre de muchos estados de ánimo/ contengo multitudes”, canta, antes de decir que duerme “con la vida y la muerte en la misma cama”. La Parca aparece aquí y allá en Rough and Rowdy Ways, claro, porque se trata de un disco de Dylan y porque Dylan tiene 79 años. Pero quizá sea otra asunción que haya que revisar. “Pienso sobre la muerte de la raza humana”, explicó en la única entrevista reciente que hizo, con Douglas Brinkley para The New York Times. “El largo y extraño viaje del mono desnudo. No es por ser demasiado liviano sobre el tema, pero la vida de cada uno es muy efímera. Cada ser humano, no importa cuan fuerte o mítico sea, es frágil cuando se trata de la muerte. Pienso en ella en términos generales, no de un modo personal”.

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Además de “False Prophet”, hay otros dos blues en el disco: “Goodbye Jimmy Reed”, una suerte de homenaje al maestro del género y “Crossing the Rubicon”, más cercano al R&B. Como si hubiera encontrado una nueva voz ahora que se acerca a los 80, Dylan los canta con una autoridad y una versatilidad notables. De hecho, en todo el disco sus palabras suenan claras y elocuentes, a veces como si estuvieran talladas en mármol y otras con la liviandad de una brisa refrescante.

Esas sensaciones se cruzan en la balada “Key West (Philosopher Pirate)”, en la que alguien nacido “en el lado equivocado de las vías del tren” pone dirección hacia el sur de Estados Unidos en busca de un lugar para vivir. O morir, que parece parte del mismo trayecto. En un álbum sin fisuras, la canción es el punto más alto. Allí, mientras el acordeón de Donnie Herron suaviza las dificultades del camino, el cantante se ilusiona: “Key West está bien y es lindo/ si pierdes la cabeza, vas a encontrarla ahí”.

Bob Dylan
La contradicción es inevitable en un artista que contiene multitudes. Foto: Cortesía

En “My Own Version of You”, Dylan se monta en lo más parecido a un “tema Bond” que ha compuesto, aunque la letra sea más parecida la versión personal de Frankenstein que a una de espías. “Voy a darle electricidad a mi creación para que viva/ Quiero traer a alguien a la vida, regresar los años/ hacerlo con risa y hacerlo con lágrimas”, cierra su raid necrófilo en busca de partes para construir un “comando robot” que incluya al Pacino de Caracortada y al Brando de El padrino. Pero tanto revoleo de tripas y ansiedades -quiere que su criatura toque el piano como Leon Russell, Liberace y el apóstol San Juan- es para poder preguntarle a ese ser si “hay luz al final del túnel”.

A lo largo de todo el disco, la banda se luce precisamente por no buscar los reflectores: las guitarras de Charlie Sexton y Bob Britt, además de las del cantante, están puestas al servicio de las canciones, igual que pianos y teclados de los invitados Alan Pasqua, Benmont Tench y -¡sorpresa!- Fionna Apple. La base de Tony Garnier (bajo) y Matt Chamberlain (batería) es lo suficientemente hábil como para sostener las multitudes que contiene Dylan. En “Black Rider”, por ejemplo, se viste de Leonard Cohen por un rato -no hay laúd, pero las guitarras por momentos buscan ese sonido- y mantiene una conversación con la muerte, y en “I’ve Made Up My Mind to Give Myself to You” baila un vals que es una oda amorosa (aunque también puede interpretarse como una entrega a sus seguidores). Y en “Mother of Muses” reflexiona con dulzura sobre los misterios de la canción.

En la entrevista con The New York Times, Dylan dijo que había escrito la mayoría de sus canciones recientes “por instinto, casi en un estado de trance”. “Las letras son lo real, lo tangible, no son metáforas. Las canciones parecen conocerse a sí mismas y saben que puedo cantarlas, vocal y rítmicamente. Es como si se escribieran a sí mismas y contaran conmigo para que las cante”. En ese flujo incesante de ideas, referencias e imágenes, el cantante construye una obra esencial para tiempos duros y tumultuosos, una suerte de enciclopedia que en lugar de respuestas ofrece nuevos dilemas. Al fin y al cabo, la contradicción es inevitable en un artista que contiene multitudes.

Fuente: Página 12 / Original aquí.

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