Las vacunas

Botana histórica, egoísmo multilateral

Mientras que los países ricos ya aseguraron la inoculación de todos sus habitantes y los pobres esperan la solidaridad internacional, la Organización Mundial de la Salud hace un llamado a compartir las vacunas para evitar una “catástrofe moral”.

Ciudad de México, 2 de febrero (MaremotoM).- Para miles de seres humanos que han perdido a sus familiares como consecuencia del virus, la vacuna llega tarde. Para otras más, que siguen expectantes, es de los acontecimientos más esperanzadores del año. Es casi imposible para las generaciones nacidas a finales del siglo XX recrear la sensación que se experimentó con el fin de la Segunda Guerra Mundial, con la caída del Muro de Berlín e incluso —pensando en México— con el fin de la dictadura priista para quienes somos más jóvenes.

Algo así. Un hito entre generaciones viejas y nuevas. Una marca epocal.

Me imagino que alguna emoción similar evocó en aquel entonces lo que hoy despierta en nosotros las imágenes de las primeras vacunaciones en el mundo: una tensión entre ilusión y desesperanza, entre alegría e impaciencia.

Yo estaba preparando mi desayuno como de costumbre cuando vi a Sandra Lindsay televisada el 14 de diciembre del 2020 recibiendo la vacuna, la primera enfermera en los Estados Unidos en ser inoculada fuera de ensayos clínicos. Me tomó por sorpresa, pero sentí mariposas en el estómago —aún no puedo decir si de felicidad o de qué.

Vacunas falsas
Las vacunas son gratuitas. Foto: Cortesía

Lo mismo me ocurrió en las tripas cuando en México diez días después María Irene Ramírez del Hospital Rubén Leñero y con 59 años encima fue finalmente inmunizada. El miércoles 13 de enero sucedió lo mismo en Guanajuato con Marisol Meza Franco del Hospital General de León ante la presencia litúrgica del secretario de salud Daniel Díaz Martínez.

Hace casi un mes que México recibió su primer lote con 3 mil dosis de la Pfizer-BioNTech y desde entonces han llegado nuevos y más cuantiosos lotes. De aquel primer show nacionalista no sé si despertó más interés el arribo de las vacunas o los lentes y gabardina de Marcelo Ebrard, pero el acto fue televisado en todo el territorio, como era de esperarse, y a todos se nos estrujó un poquito el corazón.

Acto triunfal, pero evanescente, pues en un contexto de desigualdad internacional frente a los contratos de futuro adquiridos con las farmacéuticas que lideran la producción de vacunas, no es de extrañar que la solidaridad geopolítica de la COVID-19 esté mediada por la máxima hobbsiana en la que me resisto creer como explicación moral de nuestras acciones: Homo homini lupus (“el hombre es el lobo del hombre”).

El pasado 17 de diciembre de 2020 —al final del año más sombrío de nuestras vidas— se publicó una investigación en el diario The New York Times, que revelaba que los países ricos, los de siempre, han asegurado entre dos y seis veces la inoculación de toda su población con dosis suministradas por los gigantes laboratorios, mientras que los países de ingreso medio o bajo solo alcanzarán a vacunar al 20 por ciento de su población en el 2021. Si todo va bien, al cien por ciento de sus residentes hasta el 2024.

Te puede interesar:  Ministra de Cultura de Perú resalta las coincidencias entre México y su país

Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, la Unión Europea, Israel y Australia, y uno que otro perdido del mapa, son los países y regiones que, como condición de haber invertido en el desarrollo de la vacuna o de haber realizado pedidos anticipados, tienen sus dosis aseguradas. “Acceso prioritario”, se le llama a lo que en lengua mundana se conoce como vaciar la estantería.

Así que una vez alcanzada la inmunidad, cuando menos estacional, los países acaparadores deberán compartir con la comunidad, según dicen los investigadores del NYT que dice la OMS. Faltaba menos, digo yo.

Como ejemplo baste decir que mientras Israel lidera la vacunación en el mundo, los palestinos bajo ocupación quedarán desprotegidos y fuera del plan de inmunizaciones. Les divide un muro físico y un pasado colonial, y la vacuna se viste de ello con maestría.

“En la actualidad, se han administrado más de 39 millones de dosis de vacunas en al menos 49 países de ingresos más altos. Solo se han administrado 25 dosis en un país de ingresos más bajos. No 25 millones; no 25 mil; solo 25”, condenó Tedros Adhanom Gebreyesus, el director de la Organización Mundial de la Salud ante la Junta Ejecutiva del organismo el pasado 18 de enero.

Señaló la falta de cumplimiento del mecanismo COVAX —política internacional para acelerar el acceso equitativo a la vacuna contra el coronavirus— y dijo que la comunidad de naciones está cerca de un “colapso moral catastrófico”. ¿Cómo? ¿Todavía no lo alcanzamos?

No resta más que pensar que, tontamente, deberíamos haberlo previsto, imaginado o, en todo caso, no debemos extrañarnos. El mundo funciona así, se nos ha dicho hasta el cansancio. No es el capitalismo, ni las relaciones de desigualdad Norte-Sur. Tampoco la colonialidad que mancha con años de injusticia las relaciones entre países “en desarrollo” y países “desarrollados”. Es que así son las cosas, y ya está.

¿El resultado de todo lo anterior? La imaginaria cooperación internacional convertida en souvenir académico y antojito político. Botana histórica, que diga. La vacuna contra la COVID-19, como el agua —que ya cotiza en la bolsa de valores—, los bosques, la felicidad, el amor y el derecho al ocio, no son, ni serán para todos. Disculpe usted, ilusos nosotros.

Fuente: PopLab / Original aquí.

Comments are closed.