Acapulco

Breve y parco texto de lo que NO escribí en el relato de mi último viaje a Acapulco

Aunque muchos otros autores se inclinan por la acepción de tripalium: la fatiga después del viaje, equivalente a la fatiga que deja el trabajo. Otros dicen que de trípode: un sostén que te permite más allá de tus capacidades humanas. En fin, el trabajo es un sacrificio y algo que detesto. Mientras, reposo en la hamaca.

Ciudad de México, 29 de marzo (MaremotoM).- En la terminal de Taxqueña y, por segunda ocasión, se me acerca un joven que me dice: Madrecita… e inventa cualquier pretexto que no acabo de comprender, porque le extiendo un billete de 50, antes de alcanzar a leer el papel que me intenta mostrar. Se despide agradecido y con mi frase favorita: que Dios la bendiga. En la tienda de la terminal, me compro un sándwich previamente empacado de jamón de pierna y queso, junto con una Modelo. Horrible, pero es que no desayuné más que café para curarme la cruda. Lo consumo en una banca al sol, en el estacionamiento y me fumo el último cigarro. Aunque en el autobús existen baños, prefiero no tener que tambalearme sobre la bacinica y meto una moneda de cinco pesos en las puertas rotatorias de los amplios baños de Taxqueña, para toparme con los excusados más limpios que he visto en mucho tiempo, mi casa incluida.

Una vez acomodados los pasajeros en nuestros cómodos asientos, las autoridades se toman el tiempo para desinfectar el equipaje, los pasillos y los cuerpos de los viajeros que aceptamos la precaución sin renuencia. En Chilpancingo hay una orden para que la Estrella de Oro se detenga para contar a los pasajeros, desinfectar los pasillos y para que el chofer vaya al baño y yo afuera a fumar un cigarro. Por lo que entiendo, la película en la pantalla es acerca de una mexicana (Kate) en Los Ángeles, trabajando de muchacha en mansiones de ricos, aunque sin permiso y con un hijo que no entiendo en dónde está, aunque es amigo de Eugenio Derbez. Una vez regenerada por una serie de siestas, me aburro de las montañas amarillas y abro el libro que me compro en la terminal, en un puestito idéntico al de los libros usados, afuera de la facultad de filosofía y letras. No me gusta leer en el transporte en movimiento –excepto en un avión-, aunque me adentro en la historia de Venedikt Eroféiev, donde el protagonista se prepara para un viaje en el tren eléctrico.

El poema en prosa inicia una vez despierta la semiconciencia del autor, después de una noche de borrachera. Se levanta del portal donde mal durmió, para llevar a cabo su misión: abastecerse de todas las botellas de vodka que quepan en su maletín, para arribar a la estación de Petushkí, a escasos 125 kilómetros de Moscú. Después del recuento de los diferentes vodkas que ingiriera el jueves por la noche, Eroféiev se lamenta de la terrible cruda que lo acecha. ¡Ay, ese peso matutino en el corazón!… Y se cuestiona qué es lo que más molesta, ¿la parálisis o la náusea, el agotamiento nervioso o la tristeza mortal, el pasmo o la fiebre?

Las reflexiones ebrias de Eroféiev, se acompañan de las mejores recetas para mezclar el vodka con otros efluvios, como agua de colonia o barniz de uñas, junto con misteriosos pasajes en los que alecciona sobre Dios, a quien llama respetuosamente el Señor, y advierte que, desde la cruz, Jesucristo nos llama a ser compasivos unos con otros. Cuando ya no hay más vodka que beber, se lamenta que, cuando la borrachera se va del corazón, aparecen el miedo y la fragilidad y el frío y la aflicción no te permiten despegar los labios. Y antes de sucumbir a las alucinaciones por la supresión alcohólica, llora y grita que, si tuviese un trago, no estaría tan hecho pedazos. Le pregunta a Piotr, su ayudante, ¿se nota mucho que estoy hecho pedazos?

En cuanto llego a mi destino en Acapulco, antes de hablarle a mi marido o a mis papás, informándoles de mi exitosa llegada, me sirvo un vaso del vodka que me compro en el Oxxo, pues el taxista no tiene cambio de 500. Ya es casi de noche, así que no puedo nadar en el mar. Me dedico a leer, a ver la tele y a beber. A la mañana siguiente, como es de suponerse, después de mi baño matutino entre las olas, voy a la clínica del condominio para visitar al doctor y con una falsa modestia, le confieso que no puedo dejar de vomitar por el exceso de alcohol en mi cuerpo. Me receta carnotprim que me quita las náuseas y me permite tumbarme en la playa con un Bloody Mary. Esta segunda noche, el mayordomo del condominio me manda un whatsapp diciendo que debe colocarme la pulsera color azul que indica que puedo hacer lo que quiera y consumir lo que me dé la gana, durante los días de mi estancia. Viene, me pone la pulsera y, sin pena alguna, se sienta en el sofá junto a mí, para ver el partido de tenis. Yo bebo vodka, pero me dice, sí que le gusta el tequila, eh?, yo hago caso omiso, pero me río al pensar que si alguien me viera con el chico moreno y guapo, en el sofá, discutiendo casualmente los puntos del tenis, y yo con un vestidito sin ropa interior, caray, qué bueno que nadie me ve.

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Me receta carnotprim que me quita las náuseas y me permite tumbarme en la playa con un Bloody Mary. Foto: Cortesía

Me da vergüenza confesar que cuando veo jugar a Stefanos Tsitsipás, no nada más admiro sus proezas sobre la cancha, su imponente primer servicio y la capacidad de enfurecer al contrincante con sus dejaditas, cerca de la red, sino que siento una pedófila atracción hacia él. Me fascina su cuerpo con los mejores glúteos de Europa, aunque con piernas feas, su cara casi perfecta con nariz aguileña, su pelo coronado por hermosos rizos más güeritos, sus ojos color chocolate y sus labios, siempre entreabiertos. Si yo fuera hombre, ya me habrían acusado por indecente, por decir lo menos, pero como soy mujer, puedo libremente decir, sin temor alguno, que a Tsitsipás no le decía que no.

Como se me olvida empacar los anteojos para ver de lejos, me acerco a la tele y, como también olvido los de ver de cerca, busco algún libro con letras grandes. Tengo muchas opciones en la biblioteca de Acapulco, pero todo significa relectura. No me importa y escojo al guanajuatense. Me dan risa muchos de sus relatos, que actualmente serían absolutamente incorrectos, pero son una delicia. No me ofendo, en lo más mínimo, cuando confiesa su estado de confusión al no entender que, cuando una mujer al volante saca la mano izquierda, no significa que va a dar la vuelta, sino que se está secando el barniz de las uñas. No me molesta, para nada, que llame a las secretarias guapas o ineptas o eficientes, lo mismo dice de los hombres. Lo que más llama mi atención es cuando Ibargüengoitia relata su aprendizaje que le dejan las antiguas salas de cine. No me sorprende la hermosa selección de cine de arte que se daba en ese entonces en diferentes ubicaciones, sino el precio de las entradas. Aun, cuando yo era adolescente, si el novio andaba pobre, me invitaba al cine, ahora ese esparcimiento dista mucho de ser económico.

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Denton Welch nace en Shangai, de mamá estadounidense y papá inglés, en 1915. Foto: Cortesía

Oh, no, un poco de relajo en la palapa. Después de un rato y no queriendo ser chismosa, le pregunto a mi mesero de confianza qué ha sucedido. Me dice que una chica muy guapa está sentada en las mesas. Yo, sin darle mayor importancia, veo en mi celular diferentes periódicos para situarme un poco en la realidad: más desaparecidas. La violencia en contra de las mujeres. Otro tópico ineludible. Una debe unirse. Aunque yo, ¿qué hago? Soy de las pocas afortunadas que no tienen nada que ver con las estadísticas. Y, de eso, debo estar agradecida. Aunque, ¿por dónde puedo empezar a ayudar a otras? Más tarde, me entero que la guapa de la palapa es una ex miss Perú, guapísima. Después de la siesta, a la que mi hermano le llama jetita post-alimentum, tomo un clásico y me deshago de placer leyendo a Parménides García Saldaña, quien se adentra en los entresijos sociológicos y decide que el verdadero desarrollo de México, se encuentra en el cambio del lenguaje: cuando se incluyen en el habla común de los jóvenes, los vocablos, expresiones, apodos, insultos y, en general, cuando se modifica la manera de hablar y todo lo coloquial y callejero pasa a formar parte del habla de la clase media alta, ahí es cuando se puede considerar que México (la ciudad) deja de ser decimonónica, para convertirse en el brazo más importante del río pleno de agua que llevan los Estados Unidos de América. Cuando un adolescente escucha el trasfondo en las canciones de Bob Dylan y cuando se derrite ante los voluptuosos movimientos pélvicos de Mick Jagger, cuando las chavas en minifalda se alocan y dejan plantados a sus novios fresas, cuando las mamás se escandalizan por la melena de sus pimpollos, es cuando verdaderamente se siente que México está cambiando, de ser una provincia más, a ser una capital más de los USA. Street fighting man es infinitamente más directa, más cruda y más llegadora que Me cansé de rogarle, PGS dixit.

Después de un reconfortante masaje en la terraza, me tumbo en el colchón de playa para leer a Welch, quien confiesa que cada vez que medita sobre la palabra melancolía se imagina una plumífera coliflor blanca y pura contra un cielo atronador de tormenta púrpura. Denton Welch nace en Shangai, de mamá estadounidense y papá inglés, en 1915. Su obra maestra In Youth is Pleasure, se publica en 1944. James Tully nace en Ohio, de papás irlandeses, en 1886. Su libro Beggars of Life, sale a la luz en 1924. Tully viaja en tren, en calidad de vagabundo por el medio-oeste de Estados Unidos; Welch, con poco dinero en el bolsillo, por el sur de Inglaterra, a pie. Tully mal duerme entre los vagones traseros de los trenes, entre otros vagabundos, calentándose alrededor de una triste fogata y compartiendo una botella de ron barato, mientras se guardan de que la policía no los descubra. Welch duerme sobre cómodas camas en hostales para jóvenes que generalmente están cerca de alguna iglesia o son capillas medievales adaptadas para recibir a forasteros que meriendan y reposan por una sola noche.

Ambos relatan travesías de algún momento de su temprana adolescencia: Welch cuenta con 15 años, mientras Tully huye de su casa con apenas once años. Tanto en el bucólico relato de In Youth…, como en la autobiografía del vagabundo, el paisaje no nada más es la escenografía en donde se llevan a cabo las actividades de los muchachos, sino parte integral de la estructura narrativa. El clima, el cielo, el sol y los árboles contienen cada uno una deliciosa descripción y encarnan una personificación en ambas historias. Welch se deleita en los detalles de las construcciones victorianas, así como en los restos de los muros o las capillas medievales. Tully en los puentes de los grandes ingenieros estadunidenses, y en las vías del tren, sin olvidar los maravillosos ríos y planicies del mid-west. Una notable diferencia es que Tully hace una apología de la pobreza, mientras que Denton Welch se sabe rico y, aunque tiene un presupuesto ajustado, sabe que lo pecuniario no será un impedimento para sus jornadas de aventura veraniega. Tully viaja para escapar y sobrevivir; Welch lo hace por placer, antes de que empiecen sus cursos en la academia de arte. Tully padece hambre y frío y alcoholismo desde muy chico; Welch todavía tiene la esperanza de encontrar algo más allá de su fatiga física por las intensas caminatas que emprende y que son recompensadas con una cama y una cena caliente cada noche. Tully pierde la inocencia desde muy temprana edad, Welch conserva la mirada limpia de alguien no corrompido todavía por el vicio o la tentación. Tully conoce el hambre de días, mientras Welch la satisface a las horas acordadas. Tully tiene constantes encuentros desagradables con la policía, que Welch ni siquiera nombra salvo cuando siente miedo de haberse bañado en un río en una propiedad privada y otro chicuelo le hace notar que lo pueden aprehender por haber tomado el sol en esa parcela de tierra. Tully no paga sus pasajes en tren; Welch deja una pequeña propina en cada establecimiento en donde pasa la noche. Tully vive en un orfanatorio por seis años y, aunque eventualmente tiene algo de suerte trabajando para Chaplin en Hollywood, también escribe para el periódico local y como sus textos se basan más en su odio por las personalidades más que en sus logros, fue rápidamente rechazado y corrido.

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Balanceada en la hamaca de algodón, estoy tranquila, me siento bien, como casi siempre. Foto: Cortesía

Balanceada en la hamaca de algodón, estoy tranquila, me siento bien, como casi siempre. Sin nada que hacer, me adentro en una reflexión acerca de lo que significa la ociosidad y por qué es tan denostada y vilipendiada en nuestro siglo XXI. Me río al pensar que, si de eso se trata, Dios es el primer ocioso, pues en el Génesis, se le muestra tranquilo, relajado, seguramente aburrido, ocioso, y de la nada dijo, que se haga la luz. Y su hijo, Jesús, también odia el negocio, la contrapartida del ocio.

Antes, viene Aristófanes quien, desde antes de la era de Nuestro Señor, declara que la acumulación del dinero, producto del negocio, es lo que hace envilecer al ser más bueno y dedicado al bienestar de los otros. La palabra ocio viene del latín otium que significa descanso, facilidad. También se refiere a la actividad de hacer algo en el tiempo libre, hacer algo sin ninguna recompensa, tiempo de reposo, de inacción, hacer algo por el simple placer de entretenerse. Al contrario de la palabra negocio que significa ocupación, trabajo, actividad, función, cargo, deber y empresa o asunto que implica un trabajo.

La palabra trabajo viene de muchas raíces e interpretaciones, pero la que más me gusta es la que proviene del vasco, del euskera, neketzale: trabajo rural, de la raíz neke- dolor, cansancio. Y tzale: afecto, tener afición, partidario, o sea, aficionado al dolor o al cansancio. Aunque muchos otros autores se inclinan por la acepción de tripalium: la fatiga después del viaje, equivalente a la fatiga que deja el trabajo. Otros dicen que de trípode: un sostén que te permite más allá de tus capacidades humanas. En fin, el trabajo es un sacrificio y algo que detesto. Mientras, reposo en la hamaca.

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