Víctor del Árbol

CAPITAL MUNDIAL DEL LIBRO | Los límites de la realidad

El novelista español se remonta a su infancia en la periferia de la Barcelona de principios de los años setenta para reflexionar, en esta conferencia magistral preparada para su visita a Guadalajara, sobre el valor de la literatura de ficción.

Ciudad de México, 30 de mayo (MaremotoM).- Me parece honesto confesarles que, para mí, escritor más de entraña que de método o género, hombre que detesta cualquier clase de etiqueta en la vida o en la literatura, hablar de novela negra no es más que una excusa para hablar de la vida, de la realidad, pero también de la imaginación, de raíces y de emociones. En mi caso, hablar de libros es hablar de resistencia, de subversión contra los estereotipos, de la belleza de estar vivo, y en dicha belleza incluyo, en un papel protagonista, la experiencia del dolor. Tal vez haya sido el dolor, esa forma de exilio íntimo y profundo, mi mejor maestro, el que me ha traído aquí.

Desengáñense, yo no vengo aquí a mostrarles en una clase magistral cómo se construye una historia, un personaje o un éxito editorial. Yo vengo a dialogar con escritores que han reflejado el alma, el espíritu de esta hermosa tierra suya, escritores como Francisco Rojas González, Juan Rulfo o Juan José Arreola. Vengo, si eso es posible, a tirar de una orilla para arropar la otra y acortar lo que el océano ensancha. Porque he aprendido que hay dos formas de entender la escritura: para cavar trincheras o para tender puentes y yo soy mejor caminante que soldado.

Quiero que sepan que mi visión de la escritura es poco complaciente con las exigencias del gusto, de las modas, o de los intereses ajenos al maravilloso acto de crear. De crear, repito, de imaginar una realidad más allá de la que los hechos y la lógica de nuestro siglo aciago nos impone como única posibilidad. Soy un optimista irredento que no rehúye el dolor, como les he dicho, que lo busca, que lo penetra, como si fuera Dante acompañado de Virgilio, seguro de que tras el último infierno aparecerá la luz; como Camus, capaz de ser decente y lúcido aún en medio de las guerras y la zozobra ética, o como Carlos Fuentes, que soñaba con la erradicación de la violencia moral y física, frente a la realidad cruenta que todo tiempo conoce.

Un poco de mí:

En su hermosísimo discurso al recoger el Premio Cervantes, Cristina Peri Rossi, citó a la pastora de El Quijote al decir:

“Yo nací libre y para poder vivir libre, elegí la soledad de los campos”.

Yo no nací en el campo, pero me inculcaron desde muy niño que no hay nada más importante que esa libertad y la responsabilidad que conlleva.

Nací en Barcelona, España, en el año 1968, es decir, cuando la Barcelona que hoy todo el mundo conoce, la de la postal cosmopolita y turística, tenía un tono algo más gris, todavía bajo la dictadura franquista. Nací en uno de los barrios más pobres, en un cerro llamado Torrebaró, un barrio de aluvión, de sueños de emigrados andaluces, murcianos, extremeños, gente del campo que acudía a la urbe en busca de un futuro mejor para sus hijos, un futuro que se erigió sobre penalidades sin nombre, entre chabolas, sin agua corriente, sin servicios. Yo nací, efectivamente, en la Barcelona invisible, la que nadie visita, a la que un grandísimo escritor olvidado, Paco Candel, dedicó su mejor novela bajo el título Donde la ciudad cambia de nombre.

La pobreza es sin duda tierra prolífica para toda clase de mitologías personales, pero yo no la he mitificado. De sus calles, de sus silencios, también de sus miserias y sus luchas, de las esperanzas, a veces ilusorias, se alimenta mi primera novela El peso de los muertos. Muertos son los sueños que perecen y que cargamos desde la infancia.

Junto a mi casa teníamos una higuera, era la frontera con nuestros vecinos, una familia gitana con la que andábamos a palos día sí y día también. Eran nuestros amados enemigos. Porque eran los nuestros y nosotros los suyos, y juntos, en nuestra guerra éramos hermanos de la misma miseria. Si alguna vez teníamos una injerencia externa, uníamos fuerzas para neutralizar la amenaza y luego volvíamos a lanzarnos insultos y piedras. A veces, como el mayor de mis hermanos, a mí me tocaba parlamentar con el epígono gitano bajo la sombra de la higuera, y firmábamos treguas para asar papas en una hoguera.

Víctor del Árbol
La tristeza del samurái, en edición de bolsillo. Foto: Cortesía

Así aprendí, muy pronto, otra de las obsesiones de mi obra, desarrollada en La tristeza del samurái. Que las patrias son sólo geografías emocionales, que el paisaje es sólo mirada. Mi padre, un adusto extremeño emigrado del campo, se quedaba mirando las luces de la ciudad desde el cerro; él me enseñó lo que significa ser un exiliado en tu propia tierra, perder tus raíces, no saber cuál es tu identidad. Sin él saberlo, me preparó para comprender mejor la obra entera de Albert Camus, el desarraigado universal.

A los ocho años, yo podía reconocer el miedo y el silencio en mi familia, también en los otros expatriados del barrio, pero no podía saber, todavía, que vivíamos en una dictadura que había matado física y espiritualmente a miles y miles de personas y hecho huir a otros miles durante cuarenta largos años. Yo veía regresar por la noche a mi padre arrastrando los pies, y a mi madre agotada con las bolsas de comida que los señoritos en cuyas casas limpiaba, le regalaban. Yo les esperaba en lo alto, donde las luces de las farolas se apagaban. Tal vez por eso, y a pesar de tanta miseria, yo consideraba que el cerro era el único lugar seguro, reconocible, libre, alegre, frente a una ciudad a mis pies que parecía albergar todos los males y peligros.

No teníamos nada, pero lo teníamos todo. Correr en calzoncillos en verano, bañarnos en los depósitos del agua municipal hasta un castillo medieval que, años después descubrí, era sólo la veleidad de un burgués que quiso construir una recreación y que dejó a medias para que yo diera rienda suelta a mi imaginación: matar dragones, asaltar almenas, librar batallas épicas, ser moro o cristiano con espadas de madera, mendigos y yonkis, mezclándose con guerreros samuráis y hermosas doncellas.

Y teníamos la biblioteca, un barracón en el fondo de un barranco donde mi madre me dejaba hasta que volvía de limpiar casas, ya entrada la noche. Recuerdo vagamente a la bibliotecaria, la imagino más bien joven, con una cola de caballo que tensaba su cabello y la piel de su frente. Una funcionaria pública, claro, pero de esas que tienen dentro la llama de la esperanza que no se apaga.

Fue ahí donde aprendí que la imaginación difiere de la mentira en un hecho fundamental: la imaginación, al contrario que la mentira, no niega la realidad, sino que la multiplica, la desborda y la vuelve infinita. Al mitificar la cultura, la lectura, al convertir el libro en un objeto sagrado, empecé a larvar la ilusioria perspectiva de que el escritor era el héroe que yo buscaba entre basura y barro. Una especie de ser mágico, capaz de transformarlo todo con las palabras. Me gusta creer que fue en esos años en los que decidí mi voluntad y la perfilé hasta transformarla en mi pasión.

Lecturas:

Son muchos los libros que fundamentan mi experiencia escritora. Uno es el heredero de sus primeras lecturas conscientes. La mayoría de mis personajes, incluso los más embrutecidos, los más viles o los más necios, no pueden resistirse a citar alguna lectura de vez en cuando. Según su carácter se sienten atraídos por Steinbeck, por Lorca, por Dostoievski, por Semprún…

Por cierto, ninguno de ellos autor policíaco, pero todos profundamente oscuros. El protagonista de la que yo considero mi novela más íntima, El hijo del padre, es profesor universitario de literatura. Otro gran personaje que aparece en La víspera de casi todo, Lola la Portuguesa, lee a Thomas Mann y va quemando las páginas de La montaña mágica a medida que las lee, como hacía Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. También arden los libros al final de El nombre de la rosa, de Umberto Eco y eso debe significar algo, algo en lo que abundan mis novelas: ¿Para qué sirve escribir? ¿Por qué buscamos esa inmortalidad que también perece? Desde El poema de Gilgamesh a Pedro Páramo, desde Homero a Borges, desde la primera jarcha arabista al último libro de Miguel Ángel Asturias, no he leído un sólo libro donde no se dirima esa lucha eterna entre el vivir y el perecer. Somos obstinados, nos empeñamos en creer que merecemos un lugar en el Olimpo.

De esa fricción entre la realidad y el deseo nacen novelas como Respirar por la herida o Un millón de gotas. Novelas difíciles de leer, no por su complejidad técnica, sino porque es difícil enfrentarse sin excusas a lo que provoca nuestros sentimientos más contradictorios. Cuestionar los valores, la ética, la moral, la justicia, hay que reconocer que no somos más que ángeles caídos en el Paraíso perdido de Milton. Y al mismo tiempo, entender que hay en nosotros algo de locura, que nos emociona la enormidad de nuestra historia, de sus misterios, el universo, la grandeza, el amor.

Te puede interesar:  Alejandro Rosas describe a la Ciudad de México como un sitio entrañable

A veces perdemos la batalla con la realidad, nos volvemos razonables, esto es, aceptamos que somos como somos y que no podemos cambiar. Que al final, imperará esa pulsión autodestructiva. Pero al leer estalla una chispa de rebeldía, un poco de lucidez, y nos imaginamos que somos un poco quijotescos, que no es Sancho quien tiene la razón, que vale la pena romperse los huesos por una causa que haga el mundo un poco mejor.

Los límites de la realidad:

Así que convertí mi infancia en tierra de ficción, poblé mis personajes con rasgos de esos fantasmas que la habitaron antaño, desfiguré e idealicé a padres, hermanos y amigos. Me hundí en la realidad para superar sus límites a través de la imaginación, utilizando el eufemismo del lenguaje para ir más lejos, más adentro de la experiencia. Pero eso todavía no me convertía en escritor.

Necesitaba algo más: transformar mi experiencia anecdótica en un valor universal. Escapar de mí mismo para encontrar al otro. Fue así como nació Antes de los años terribles, la historia de un niño soldado en Uganda. Ocho años de escritura, de entendimiento, de llanto y frustración para hacer verdad la afirmación de Antonio Tabuchi:

Un libro al que se le pone el punto y final es un universo en expansión.

¿Qué se dirían hoy Shakespeare y Cervantes? ¿De qué dialogarían el Quijote y el príncipe Hamlet? Tal vez ambos estarían de acuerdo en que los hombres seguimos siendo espejismos, estrellas fugaces que creen que brillarán eternamente. Pero coincidirían en que no hay nada más humano que la locura de querer vivirla, como diría García Márquez.

Mis fantasmas:

Memoria histórica y memoria familiar, genética de la culpa, melancolía y amor idealizado, realidad que nos aplasta y necesidad de respirar libres. Esos son mis temas, desde que teniendo catorce años escribí mi primera novela. No sería hasta los 38 que logré publicar, y todavía tardaría diez más en abandonar mis 20 años de policía.

¿En medio? Toda una vida, avatares sin fin, ilusiones que caían y otras que se alzaban, matrimonios, ciudades, oficios, países, y una fe insensata en la palabra que jamás me abandona, la obsesión de vencer mis propios límites, la ingenuidad de aquel niño que inventaba historias cuando no sabía escribir ni leer; la misma fe que me hizo seguir escribiendo cuando nadie quería creerme, la misma alegría que hoy me otorga el privilegio de estar aquí, charlando con ustedes de una vida que, a fin de cuentas, poco tiene que ofrecerles, como no sea un puñado de historias honestas, unos balbuceos frente a la inmensidad, un montón de preguntas sin respuesta.

¿Saben ustedes por qué me apasiona la novela negra? Porque no tiene respuestas, porque no existe una verdad que deba ser revelada.

Yo desconfío por instinto de los profetas, de los que desde el púlpito —laico o seglar—nos gritan que saben la verdad. Yo soy más bien como el sabio Diógenes, que se fía mejor de los que dicen buscar esa verdad. Un escritor junto a los hombres, que siempre preferirá la derrota de Héctor frente a la victoria de Aquiles.

Romper los clichés:

Son los prejuicios, las imágenes preconcebidas por la enseñanza que recibimos desde niños las que marcan los límites de la realidad. Convenciones, valores, ética o moral, y la literatura como creación humana se suma en el esfuerzo de crear esa realidad en la que decimos vivir. Trabajar, ganarse la vida, ser honrados ciudadanos, meter la cabeza en el agujero e ir a la nuestra.

Todo se etiqueta, también la literatura. Todo se opina, todo se juzga. Pero yo he empeñado mi vida de escritor en desmontar esos límites, en cuestionar todos y cada uno de sus estereotipos. Yo no deseo un héroe que me salve, no necesito un mundo que destierre el dolor o el sufrimiento, no me cuento a mí mismo un cuento de la caverna de Platón, adornado por sombras que me cuentan lo que ocurre ahí fuera.

Yo soy más bien como aquellos foceos, marineros mitológicos, que cruzaron el estrecho para adentrarse en el ancho mar sin saber qué había, aquel Parménides que fue capaz de viajar al inframundo para dialogar con la diosa Perséfone. Mi voz es la de un hombre que, valiéndose del eufemismo de la literatura, no se deja engañar por la ilusión de la no vida, como contó Calderón.

Si aceptamos que vale la pena esta vida, aceptemos que existe en la profundidad de nuestro ser una razón más profunda, una realidad que nada le debe a la que perciben nuestros sentidos. Leer detrás de las palabras, ver detrás de los personajes, escuchar detrás de los diálogos. Asumir la enorme responsabilidad de ser libres o aceptar la cómoda esclavitud del lobo flaco. Esa es la opción que yo les planteo con mis novelas. No me compete a mí decir qué es lo correcto, bastante tengo con gestionar mi propio caos.

Yo busco la verdad que me irrita, aquella que no disminuye ni ridiculiza la vida, aquella literatura que no quiere cambiar el mundo, pero lo cambia a su pesar. Aquella que, como en la Rayuela de Cortázar, me libra del delirio, asediados por el éxito, por las explicaciones sencillas, el populismo y la falta de compromiso con nosotros mismos.

Se dirá que desacralizo la belleza, y que tengo una visión trágica de la existencia. Y es cierto. También me acusarán de ser un niño, aquel niño que soñaba ser escritor. Y acertarán de nuevo. Para conservar la libertad frente a los que quieren dominarla yo no renuncio a mis errores, no me  aíslo del mundo que me toca, no huyo de los hombres entre los que soy y escribo.

Tampoco pretendo ser un fingido maldito, ni abandero revueltas meramente estéticas. Yo busco a Maiakovski, a Ajmátova, a veces a Octavio Paz, a Benedetti, o al Neruda de la Isla Negra. Hay que abandonarse, sin importar que los demás clasifiquen, ninguneen, ridiculicen. Hay que ser, como escribía mi amado Sampedro, en la literatura como se es en la vida.

La comprensión manifiesta de la realidad es el territorio de la novela negra, tanto como que puede ser un pretexto de exclusión de aquellos que esgrimen preguntas incómodas. Poco importa. Ser independiente, tener voz propia, ser sospechoso de herejía, es un precio pequeño frente al desafío de pensar más allá de la realidad aparente.

Todo lo viejo vuelve. Las guerras, las dictaduras, la opresión, el hambre y la pandemia. Ahora vienen con otros disfraces, con otros discursos, pero si yo he reconocido un valor en cuantos escritores he citado y en tantos otros que mi pobre memoria ha olvidado, este es el de una lucha secular por los valores humanos fundamentales y fundacionales.

A modo de conclusión:

Leer es un ejercicio de libertad. Desde el entretenimiento o desde la reflexión, como decía Aristóteles en su Poética. Un hombre que lee es un hombre que siente y que piensa en lo que siente. Una parte de la literatura ha servido tantas veces para ofrecer refugio a los acallados y aplastados por el poder. Yo he escrito sobre la dictadura franquista, chilena, argentina, sobre la Argelia francesa, sobre las matanzas en Uganda, y no lo he hecho para denunciar nada. ¿Qué vamos a denunciar si todo es sabido? No, lo he hecho para crear espacios de realidad nuevos, para encontrar las burbujas de resistencia, la belleza, la esperanza, el amor. Porque el hombre, pese a todo, está hecho para vivir, para soñar, para ir más allá. Cuántas veces se ha convertido la literatura en resistencia, cuántos escritores han decidido que valía la pena intentarlo una vez más, en lugar de acomodarse al sueño adormecido de la sociedad. Desde mis libros, y partiendo de mi vida, he intentado ser fiel a esa esperanza sin apartar la cara, sin negar la realidad. Y he encontrado mi camino en la alegoría, en la metáfora, en la escritura.

El compromiso no es un panfleto, ni una bandera que se ondee de forma oportunista. El compromiso es más idea que ideología, es todo: una mirada que ve, un oído que escucha, una voz que habla. A veces el compromiso es algo tan sencillo como abrir un cuaderno y elegir con qué palabra empezar. Poco importa la gravedad de uno mismo. O que a veces el mundo me aterre, o que me sienta ridículo en un esfuerzo que nadie me pide y que nadie espera.

Yo no soy un héroe. No creo en ellos. Si acaso, el héroe era mi padre subiendo la cuesta del cerro con un higiénico que puso en el agujero en la tierra en el que hacíamos nuestras necesidades. O mi madre, que se quitaba las sandalias y metía los pies hinchados de tanto andar en un barreño amarillo mientras yo le leía mis cuadernos. Tal vez todo sea mucho más simple. Quizá siga escribiendo como hice siempre, y ahora lo entiendo, para que ellos no desaparezcan.

Fuente: Camaleón, revista literaria / Original aquí.

Comments are closed.