Luisa Valenzuela

“Carlos Fuentes nunca retrocedió ante los lúgubres luga­res”: Luisa Valenzuela

Luisa Valenzuela recibió el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en idioma español 2019, por su genialidad narrativa y reflexiva que vincula sus novelas, cuentos y ensayos con la sociedad, por medio de su sentido lúdico y creativo. Fue el pasado 9 de diciembre donde dio este discurso impresionante.

Ciudad de México, 24 de diciembre (MaremotoM).- El comienzo del prodigio que culmina en esta feliz ceremonia puedo situarlo en 1983, cuando la generosa atención de Carlos Fuentes se posó sobre mi novela Cola de lagartija , recién publicada en Nueva York.

Con Cola de lagartija , aporte indirecto a las novelas de dictadores, me metí de lleno en una narrativa barroca, iconoclasta y esperpéntica. Inventé a gusto, para descu­brir mucho más tarde que varios de los supuestos inven­tos resultaron premonitorios, gracias quizá a las antenas activadas por la escritura que captan emociones dispersas en el aire. ¿Cuántas veces durante la redacción de dicha novela creí no tener manera de escapar del laberinto que yo misma iba trazando? ¿Cuántos nudos argumentales creí imposibles de desenmarañar? Sin embargo, los nudos fueron encontrando su desenlace natural… He ahí la aventura de escribir ficción, su exultante atractivo que nos mueve a repetir el desconcierto y la inseguridad en la siguiente obra.

Creo que esta aproximación salvaje al acto de crear fue lo que atrajo la siempre bien dispuesta mirada del gran Carlos Fuentes, lector omnívoro. Mucho más ade­lante, en una entrevista que le hice para un periódico porteño, habló de su acercamiento a la ficción:

Siempre empiezo una obra sin saber dónde voy. Me la paso de sorpresa en sorpresa, por fortuna, porque si no sería muy aburrido. Me sorprendo de las cosas que salen sin saber de dónde vienen, si del sueño, de la pesadilla, de la inconciencia. Sólo en el principio hay una planifi­cación, luego empiezan a suceder cosas muy inespera­das. En la noche tomo algún apunte, me duermo, y luego cuando escribo en la mañana sale algo imprevisto.

Las afinidades electivas nada tienen que ver con compa­raciones y respetan las jerarquías. Por eso mismo puedo permitirme hoy el lujo de entablar una especie de diálogo con el enormísimo escritor, maestro de maestros, que fue y siempre será Carlos Fuentes .

Luisa Valenzuela
Tiene muchos premios y mucha obra. Foto: Cortesía

E invoco su espíritu, que late en cada uno de sus muy numerosos libros, rogándole que desde el más allá me contagie valentía para encarar una posible nueva novela que me tiene paralizada. El tema de base de dicha no­vela es el mal, omnímodo, ¿y quién mejor que Fuentes para abordarlo? Nunca retrocedió ante los lúgubres luga­res, esos mismos que a decir de George Steiner “están en el centro del panorama. Si los pasamos por alto, no puede establecerse ninguna discusión seria sobre las potenciali­dades humanas”.

Carlos Fuentes se asomó a esos abismos de mil mane­ras distintas. Tomo sólo dos como ejemplo. La primera: apelando al sentido del humor.

Al leerlo nos topamos de improviso con su agudísimo ingenio. Así, el último capítulo de Terra Nostra, novela magistral y totalizadora, transcurre en un futuro enton­ces lejano donde los personajes principales del célebre boom de la literatura latinoamericana (Oliveira, Buendía, Cuba Venegas) se entregan entre otras chanzas a un jue­go de naipes muy cortazariano, la Superjoda.

Lo mismo ocurre, en inesperados momentos, en esa póstuma obra muy nietszcheana que es Federico en su balcón, en la cual diálogos sin marca pautan los sucesos históricos que se despliegan a sus pies. Rescato el si­guiente diálogo:

En serio. Cuando lees un libro titulado, por ejemplo, Federico en su balcón , tienes que tener fe en la ficción que te cuentan y dar por descontado que ha habido y habrá varios lectores de un mismo libro.

Profunda reflexión que alude al eterno retorno, a la cual su interlocutor responde, desacralizándola de un plumazo: “Súper-Duper-Gary-Cooper” .

El humor, el erotismo y los juegos de palabras se cue­lan sin aviso en la ficción de Fuentes. Y se cuelan todo a lo largo de Cristóbal Nonato, novela cuyo protagonista (cero años) empieza narrando su propia concepción, cuando en la playa su futuro padre se acerca a la que será su madre (y cito):

[…] diciendo coño origen de los dioses y de las diosas, arrastrándose como culebra, ceba, culea, celebra, cerebra, el sexo no anda entre las piernas sino dentro del coconut grave que produce más hormonas que cualquier otro planeta de nuestro afrodisíaco cuerpo solar.

Cambiando de óptica, permítaseme destacar en segunda instancia otra muestra del insuperable genio fuentiano. Escritores fatuos, que los hay y en abundancia, alegan darles voz a los que no tienen voz. A los que no la tienen, bien lo sabía nuestro autor, lo que hay que darles son he­rramientas para que la cultiven y la expresen, no poner­ les palabras inventadas en la boca.

Para eso, para sembrar a los cuatro vientos palabras inventadas, están aquellos que en verdad no tiene ni por asomo la posibilidad de encontrar una voz propia. A me­nos, claro está, que Carlos Fuentes se haya preocupado por ellos y les traduzca lo que jamás habrían sabido que querían narrar antes de ser narrados, narrándose. Y así, hablan el feto de Cristóbal Nonato, el cadáver en proceso de descomposición de Apolo, ese actor en decadencia que había salido en alegre navegación sexual con las putas, habla la cabeza cercenada de Josué Nadal en La volun­tad y la fortuna , el fantasma corpóreo en Una familia lejana , y algunos más que ustedes sabrán descubrir en sus felices lecturas.

Todos ellos hablan y narran su historia y la historia que los rodea, para ofrecernos una mirada nueva sobre el mal.

Y es precisamente ante este término, el mal, que me detengo y retomo el principio.

Luisa Valenzuela
Con el fallo, Luisa Valenzuela se convierte en la primera mujer en ganar el Premio Carlos Fuentes. Foto: Cortesía

La lejana Cola de lagartija fue mi primera incursión en el anegadizo territorio del Brujo, disfraz de aquel que supo llamarse López, Lopecito, José López Rega, secreta­rio de Perón en sus últimos tiempos, que llegó a ser mi­nistro de bienestar social y creó la Triple A, la Asociación Anticomunista Argentina, e inauguró en mi país, en los años setenta, la atroz pesadilla de torturas y “desaparecidos”.

El sólo nombrarlo me da escalofríos, me enferma, lo sé desde aquella primera novela que lo tiene de pro­tagonista, imaginándole una vida futura que retornó (me retornó) treinta décadas más tarde en una segunda instancia.

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Fue el año de 2012 cuando llegué a Cerdeña en pos de carnavales y de máscaras. En la cena previa a la in­cursión a los mundos secretos del centro de la isla afirmé con convicción que no pensaba escribir más novelas, ya había cumplido mi cuota. A la tarde siguiente me pusie­ron -todavía no me daba cuenta o no aceptaba- una novela en las manos. Y otra vez el Brujo asomando sus tentáculos. Y una vez más hube de darle la palabra aun­ que de manera intermitente, superpuesta con otras.

En La máscara sarda, el profundo secreto de Perón volví a carnavalizar a José López Rega desde un lugar más realista, con verdaderos carnavales apotropaicos y respondiendo a una antigua convicción sarda de que el recurrente mandatario argentino había nacido en realidad en el pueblo de Mamoiada.

¡Obra del infierno! El nefasto López Rega parecería habi­tarme, como un karma, y yo abomino de él.

Quizá sólo escribiéndolo pueda por fin exorcizarlo. Y no lo quiero escribir. Al menos no en una obra de ficción, que suelen ser las más verídicas.

A la novela en espera -informe, protomorfa, aún­ no la quiero ni pensar.

Sería un camino de indagación, como suele ocurrirme en estos casos, algo que vengo planteándome desde hace tiempo. Y no quiero enfrentarla. Me resisto, y la nonata novela insiste.

¿Qué habrá detrás de esta necesidad mía de internarme en el corazón del mal, por más mal que me haga?

¿Qué estaré indagando(me) y a la vez ocultando(me)? El Brujo.

No atino a abrirle las compuertas y permitir una vez más que se lance al galope.

Pero nuevamente una fecha y un nombre se imanta­ ron y me pusieron -en unos pocos días del año último­ a orillas de esta nueva novela que esperaba ser escrita, completando así una Trilogía del Mal.

Ficción al borde del abismo.

¡Cómo me comprendería Carlos Fuentes!

Cierro los ojos y veo ondular al viento las negras banderas de San la Muerte, allá en su gran santuario a la vera de la ciudad de Mercedes, provincia de Corrientes. La tierra de mis mayores.

Mis mayores desvelos.

Años atrás pesqué el nombre que habría de despertar­me las ganas de novelar: Victoria Montero.

Victoria Montero, mujer santa y sanadora que supo ser la maestra de López Rega en artes esotéricas. Según narran los testigos, el futuro Brujo llegó a ser su discípu­lo favorito, tenía manos curadoras. Hasta que empezó a desbarrancarse por los caminos del mal, primero escri­biendo fatuos libros sobre secretos arcaicos, desaten­diendo la prohibición, y más adelante -imperdonable pecado- metiéndose en política.

Fue entonces cuando Victoria Montero lo echó para siempre de su venerada casa, allá en Paso de los Libres, a orillas del río Uruguay, su casa que era un templo del bien, y el camino de López Rega se desvió a los infiernos, arrastrando con él a la República Argentina, prefigurando la dictadura militar.

Fueron ansias de poder en su más loca expresión, coto de caza literaria del maestro Fuentes.

Yo por ahora sólo tengo una latencia de la historia, y un par de títulos que vienen a ser el mismo, desdoblado: El camino del infierno o Las buenas intenciones.

¿Qué me convocará a hurgar en las miasmas para intentar comprender lo inconfesable?

Me estoy resistiendo a la aventura. Pretendo poner los patitos en fila, como quien dice. ¿Quién dice? No hay sistema probado ni escudo contra la desazón. Quiero y no quiero escribir, sólo apenas ir metiendo la punta del pie en estas aguas ominosas. ¿Ominosas? Así lo espero, si bien con punta de pie como único instrumento de penetración muy lejos -o mejor dicho, muy hondo- no voy a llegar.

Excusas para nada divertidas, en el mejor y más complejo sentido de la palabra divertida, allí donde la fiesta y el apartarse del buen camino se dan la mano para enseguida soltarse y sálvese quien pueda.

Puesto que hoy por hoy me aterra mirar al mal de frente, surge la imposición de al menos mirar de frente al miedo.

Una nueva aventura.

He aquí la trampa que el conocido filósofo italiano Giorgio Agambem nos tiende, al proponer que aventura no es sólo vivir la experiencia innovadora, es vivirla y narrarla. Simultáneamente quizá. Poner la aventura en palabras para reconocerla como tal e in­ tentar comprenderla.

El poeta es el trovador, dice Agamben, y trovar es trouver, “encontrar” al mejor estilo de Fuentes. Encon­trar la voz. Y entonces la aventura reside en narrar lo acontecido más que lo acontecido en sí. Sólo que si de narrar se trata, no necesariamente hay acontecimiento previo. O quizá sí lo hay, en ese no lugar insustancial donde nacen las historias y donde yacen a la espera de ser narradas.

¿Y el tiempo desdoblado? Me entusiasma esta teoría de la microfísica planteada por Jean-Pierre Garnier Ma­let, si bien otros físicos alegan que, como todo lo cuán­tico, no es aplicable en el mundo macro. ¿Pero en qué mundo se gestan las ideas? El tiempo desdoblado …

Luisa Valenzuela
Si hasta me parece oír la voz del maestro conminándome con su ejemplo a no cejar, a encontrar el lugar exacto para lan­zarme a escribir aquello que se resiste a ser escrito. Foto: Secretaría de Cultura

Lo hablamos con Fuentes en aquella entrevista, a raíz de su Edad del tiempo. Y el creador de la saga comentó:

No creo que exista un solo tiempo lineal, creo que hay múltiples tiempos con existencias simultáneas, rever­sibles, futurizables, circulares, espirales. Limitarnos a una sola idea de tiempo es empobrecer enormemente el concepto de la historia, de la imaginación y de la perso­nalidad humana.

El tiempo y la escritura que letra tras letra va gestando el milagro de una historia que no estaba allí antes.

Es en busca de ese prodigio que un reclamo interno nos conmina a ingresar una vez más en ese estado que titila en los confines de la mente, el “estado de novela”. Estado que Carlos Fuentes, creador deslumbrante y gene­roso que desdeñaba los límites, conocía a fondo. Lo ha­bitaba casi a diario, como un poseso, y escribía, escribía. Ficción en lo posible, aun quizá por encima de su arduas luchas sociopolíticas o de sus obligaciones sociales.

Carlos Fuentes ubicuo. Siempre estará entre noso­tros, más allá de su nombre que da lustre especial a este prestigioso premio con el que hoy me honran. Lo recibo con devoción y con perdurable agradecimiento. Si hasta me parece oír la voz del maestro conminándome con su ejemplo a no cejar, a encontrar el lugar exacto para lan­zarme a escribir aquello que se resiste a ser escrito.

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