Carmen Boullosa

Carmen Boullosa: Me resta mucho glamour ser mujer

Esta entrevista la hice hace algunos años para la revista Playboy y salió en mi libro La última entrevista a Roberto Bolaño y otras charlas con grandes autores (Axial). Ahora la vuelvo a publicar, en homenaje a una autora que ha recibido el premio por su extensa trayectoria, por ser prácticamente la primera en hacer literatura con la migración y tratar de tender puentes entre Estados Unidos y México.

Ciudad de México, 11 de marzo (MaremotoM).- La escritora mexicana Carmen Boullosa es la ganadora del Cuarto Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura de la Universidad de Guanajuato (UG), con el que se reconoce su destacada trayectoria dentro del género de novela.

Esta entrevista la hice hace algunos años para la revista Playboy y salió en mi libro La última entrevista a Roberto Bolaño y otras charlas con grandes autores (Axial). Ahora la vuelvo a publicar, en homenaje a una autora que ha recibido el premio por su extensa trayectoria, por ser prácticamente la primera en hacer literatura con la migración y tratar de tender puentes entre Estados Unidos y México.

Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954), llega al restaurante San Angel Inn y algo, inmediatamente, se transforma en el aire. Su sencillo traje azul, su pelo recogido, parecen doblegarse ante esta mujer hermosa, que se autodenomina “persona dura, con la lengua larga, cargada de mole”. Tiene los ojos más bellos del mundo, que se encienden en una entrevista cordial, no exenta de rispideces, en la que la autora de La otra mano de Lepanto y El Médico de los piratas, entre otras, presenta su reciente El Velásquez de París (Siruela).

–¿Cómo es de menso un ruido?

–Para mí es evidente cuando un ruido es menso, es un juicio de poeta y depende, porque hay ruidos que en un contexto son inteligentes y otros donde son ruidos mensos. Porejemplo, en cierto contexto ni siquiera es ruido,a veces es como una palabra y dicho en otro momento es un ruido menso.

–A veces no sé si el ruido del tráfico puede ser menso o violento…

–Depende desde dónde lo oigas y depende cuál. Por ejemplo, los camiones del transporte cambian de sonido en cada ciudad y hay lugares donde tienen un ruido bastante insinuante o agresivo o bien, simplemente menso.

­En El París de Velázquez esa es un poco la idea, no sé cómo llamarla, pero tal vez peregrina o aventurera, de derrotar ese mito de “Ciudad de las Luces” que se le atribuye a París, ¿no?

­–Sí, yo le hago mi des-homenaje (risas), que en realidad la ciudad no se merece del todo porque el yo que hay ahí, en realidad no soy tan yo. Cuando estuve ahí ese semestre que me invitó la Sorbona, me la pasé bastante bien; aunque sí, también me dieron ataques de tristeza, que le dan a cualquiera en cualquier sitio. En realidad, no se lo merecía París. Pero sí, no es la “Ciudad de las Luces” y ya no sé si hay ciudad de las luces.

–Estamos en un mundo en el que todo tiende a morir y a desaparecer y a recalentarse…

–Sí, la única luz que hay es la luz interior de cada uno. Como cuando éramos jóvenes, bueno, tú no porque acabas de nacer, pero cuando yo era joven había una luz colectiva que te jalaba, había como una especie de alegría en la que caías gracias a los otros y ahora no hay eso. Hay un vacío.

–Es un lleno.

–Exacto, hay una especie de abundancia y hay un ráscate con tus propias uñas que lo único que puedes tener si te expones a él, es alimentarte de lo que está pasando en el aire que es oscuridad y tristeza.

–Esa soledad y esa tristeza están dadas por la poca eficacia que tiene el sonido de palabras que en sí son vacías, como la solidaridad, la lealtad, la paciencia, la tolerancia. Realmente son palabras vacías…

–Francamente sí, pero fueron los llamados valores morales que nos sostuvieron socialmente en otros tiempos. Hay una especie de manoseo, que de tanto desnudarlas, usarlas y andarlas acarreando se han perdido.

–¿Somos almas en pena?

–Yo no sé si seamos almas, la verdad. Algunos no somos ni siquiera eso. Somos cuerpos en pena, vestidos con ropa que es una pena usar, todos esos jeans que ahora se usan, a todas les sacan llantitas, hasta a las más flacas. Hay un síntoma como de aprisionar el cuerpo, un retorno a la faja pero también a no usarla y toda esta pasión por la comida sana, que también es un retorno a la faja y al castigo del cuerpo. Somos cuerpos en pena…

–Encorsetados.

–Por corsés que pretenden no serlo y en pena colectiva.

–Hasta que leí su libro, no me había dado cuenta que las mujeres no nos miramos sino que nos auscultamos. Me dio mucha risa cuando la rusa de su novela se da la vuelta y usted dice que se dio cuenta que la estaban auscultando…

–Bueno, yo creo que los doctores auscultan y los novelistas también. Ahí están los hombres miranalgas y hay quienes miran otras partes del cuerpo; y las mujeres también miran, aunque suelen hacerlo menos. Auscultan los médicos, los novelistas, la gente dura como yo, hacemos de todo un objeto de cirugía. Retratamos un personaje con el que me gustaría no tener absolutamente nada en común, no tengo mucho en común con el narrador de la novela, pero desgraciadamente ese que usa la palabra ausculta y yo somos el mismo y no es lo mejor de mi persona (risas). Yo sí ausculto, no miro.

Carmen Boullosa
Que a mis 65 me den un premio de la Casa de Américas, la verdad fue una experiencia preciosa, fue regresarme a mi propio yo. Foto: Cortesía

–¿Está convencidísima de que este libro es una novela?

–¿Qué no es una novela? Que alguien me explique en realidad qué no lo es. Sí, por supuesto que es una novela. Arranca como una falsa memoria, confundiendo mi persona con la del personaje, arranca viviendo ese París y esa escena que yo, Carmen Boullosa, nunca vi. Además, ese personaje es el que va a imaginar esa novela que nos va a contar. Hay una novela adentro de esas falsas memorias que no son del todo ciertas. Hago mis homenajes a hombres que he amado y a amigos muy queridos, son homenajes personales. No homenajes a algo colectivo, sino a personas. Y le doy a mi personaje como un pedazo de esto para que haga un espacio en ellas, para eso me sirven estas falsas memorias, para hacer un caldo donde pueda empezar una novela que quiero que tenga ese sabor del caldo. Porque el hecho de decir que hubo un lienzo que no estaba perdido, sería una novela de aventuras, y no, esa es la novela metida adentro de la novela. Sí, evidentemente es una novela.

–¿Cómo nació?

–Como nacen todas las novelas y como sucede con el buen mexicano, de chiripa y porque la novela anterior que uno escribe siempre tiene una cola que es la siguiente, siempre queda la cola del diablo ahí meneando. No tengo ideade dónde nació, dónde vi ese lienzo de Velázquez, dónde me lo imaginé. Probablemente leyendo alguna de susbiografías y vi que existía este lienzo de él que en realidad no existe porque se quemó en el Alcázar. Me imaginécómo era y me imaginé qué hubiera ocurrido si alguienlo hubiera salvado, y me imaginé todo lo que hay y además me imaginé a Velázquez pintando. Cómo podía ser el pintor más grande, según algunos, de todos los tiempos y de pronto se convirtió en publicista de un acto tan espeluznante como fue la expulsión de los moriscos y no hacía mucho que había ocurrido. La memoria estaba muy fresca. Lo que Cervantes vio con sus propios ojos y que de un día al otro ya lo llevó a la decisión final y ésta era que se expulsara a los moriscos. A Velásquez, el rey lo comisiona, bueno no a él, a que armara un plan para pintar esta historia y él que es el más joven y el recién llegado a la Corte, pintaba con una velocidad prodigiosa y en dos semanas acabó un lienzo inmenso, mientras que los otros no tuvieron tiempo más que de hacer un croquis. Pero, lo que me asombra no es la rapidez con la que lo pintó, sino esta posición del artista, dónde ponía su ojo Velázquez, cómo contaba esta historia y podía contar con todo detalle y tomar el partido del Rey. Y lo que había pintado en ese lienzo, porque en los cuadros de Velázquez todos los personajes están parados en ningún sitio. Mi obsesión, cuando me encontré la historia de este lienzo, era saber dónde es que se para la obra de arte. La verdad es que la obra no tiene alas y no es un angelito, es en realidad un acto de propaganda de las buenas costumbres y de la moral, siempre es como una sirena mitad mala y mitad de cuestionamiento del bien. Eso es de lo que yo quería hablar, vaya lo que me inquietó era eso.

–México es uno de los países donde hay mayor cantidad de escritores que toman partido por el Rey, ¿no?

–Depende los bolsillos del Rey. Nuestro Rey ha tenido unos bolsillos bien grandes y por supuesto que ha habido muchos escritores a los que la cartera del Rey se los ha comido, porque hay tan pocos lectores aquí. De qué vive un escritor en México sino es de la cartera del Rey, es por eso. Octavio Paz lo llamó de una manera muy elegante, el oro filantrópico.

–Ese oro filantrópico es cada vez menos filantrópico…

–No sé si lo de oro lo haya perdido, pero lo de filantrópico sí lo está perdiendo, por desgracia.

–¿Cómo es su relación con los escritores que hoy son funcionarios? Como Jorge Volpi, que dirige el Canal 22. Para comenzar, ¿considera a este gobierno mexicano como legítimo?

–Me estás haciendo dos preguntas absolutamente diferentes. En México, un escritor y funcionario ha habido desde hace mucho tiempo. Muy pocos han escapado a ese fatal destino, incluso Octavio Paz fue embajador y trabajó años en Relaciones Exteriores; Carlos Fuentes, igual. Muy pocos hemos escapado de eso. Entonces, no puedo tener reticencia por esa figura. También ha sido para bien. Eso es en relación con tu primera pregunta. Añadiría que yo no soy un animal sociable, no me sé llevar muy bien con la gente. Con Volpi me llevo bien porque él se sabe llevar bien con todo el mundo. Tiene una enorme sabiduría social, yo no la tengo porque yo ausculto y tengo la lengua muy larga (risas), siempre cargada de mole. Ahora, sobre si el gobierno es legítimo, sí lo es. Este sí es legítimo, aunque él (Felipe Calderón) no lo sabe, por eso está intentando ganar su legitimidad con formas bastante absurdas e ilegítimas. La guerra contra el narco que alguien me la explique de otra manera. Existe porque él cree que con eso ganará la legitimidad y con eso solamente está perdiendo lo que busca. Hemos tenido gobiernos ilegítimos. Carlos Salinas de Gortari sí fue un presidente ilegítimo, ahí no me cabe la menor duda de que nos robaron las elecciones, aunque por supuesto queda el margen de duda. Aquí no fue igual, fue un conteo problemático y fue un acuerdo al que se llegó. No pienso que Felipe Calderón sea, como lo piensan muchas de mis amigas, un usurpador. Sí lo fue Carlos Salinas. Calderón no ha sabido conquistar la legitimidad que él creyó que había perdido a los ojos de muchos, no tiene esa astucia. Aunque sí es astuto buscar escritores para funcionarios, porque eso todos sabemos que da legitimidad.

–¿Cuántas veces viene a México?

–Vengo muy seguido porque tengo dos hijos aquí. Este es un país donde el libro tiene un valor más metafórico quereal. Se habla mucho, se lee muy poco. Los libros tienenun valor muy grande y los escritores en teoría son personas muy importantes, pero poca gente lee sus libros.

–¿Dónde está viviendo?

–Vivo en Brooklyn, en Nueva York. Allá el 30 por ciento de los neoyorquinos son hispanos y las cifras oficialesindican que hay 300 mil mexicanos. Vivo como en unacolonia más de la Ciudad de México.

–Si alguien pudiera describir la soledad de principio desiglo lo haría mediante un viejo hablando de un cuadro de Velázquez a dos adolescentes. No sé, me partióun poco el corazón esa escena…

–¿Al pensar en este vejete de mierda?

–Sí

–A mí también se me partió el corazón y es una escena que hemos visto todos, pero no pienso que sea soledad. Al final de la novela encontramos a su esposa, es un hombre muy bien acompañado. La soledad no es su problema, para nada. Yo creo que su problema es que él sí es dueño de un cuadro de Velásquez, que él es el único espectador de ese cuadro atroz y terrible. Un cuadro muy bello, pero un cuadro donde la línea divisoria entre el mal más extremo y el glamour del imperio más grande del mundo están totalmente insertados. Entonces, él sólo carga con esta visión tremenda.

–¿Cómo es el lugar dónde escribe?

–Escribo en la cama donde duermo porque dormir es algo que hago muy mal. Escribo por la mañana, tengo mis almohadas detrás de mí…

–Y la computadora portátil adelante…

–No, yo escribo a mano…

–¿A mano?

–Sí, todavía tengo mis libretas, después paso todo a la computadora y es cuando la pongo en mi cama. De todas maneras la tengo cerca porque la uso para los correos y consultar los periódicos o por si quiero ver alguna cosilla aquí o allá. La red es una maravilla, es como esa especie de biblioteca flexible que tiene uno para consultar cualquier cosa, entonces mantengo siempre cerca la laptop.

Carmen Boullosa
Otros hilos que recorren su obra son el proceso de la creación literaria, el mundo de la metaficción y el cómo estructurar los recuerdos en el ejercicio escritural. Foto: Cortesía

–¿Cuándo escribe una novela, también escribe de otras cosas?

–No, sólo escribo de esa novela y cuando estoy terminando esa novela, ya estoy pensando en escribir otra porque no tengo ganas de vivir la vida en seco. Tengo adicción por

escribir novelas, entonces siempre estoy pensando en la que viene.

–¿Tiene una adicción o es un deseo?

–Pienso que es una adicción porque sí necesito de ese viaje.

–¿Cuándo comenzó esta adicción?

–Empecé escribiendo poemas. Son adicciones diferentes. La adicción de escribir novelas empezó en 1983, cuando terminé mi primera novela, pero ahí no fue adicción porque la acabé y la guardé. Escribí mi segunda novela dos años después y desde entonces no he parado, siempre estoy pensando en la otra o preparándome para la otra.

–Sus ojos son cuatro o seis…

­Sólo tengo uno y ausculto (risas)

­A mí me parece que son como diez y que podría uno perderse ahí para siempre

­Tengo un ojito y con ese mismo hago cosas muy sucias, diría mi abuelita. Siempre pienso en ella queriendo agradarla, sabiendo que todo es inútil y que aunque ella me adoró cuando era niña, no puedo creer que una mujer como yo le fuera siquiera a arrebatar algo.

­­–Pero sí se lo habrán dicho los hombres que la amaron, que sus ojos van primero y luego viene usted, ¿no?

–No, lo que pasa es que tú eres mujer y no un hombre queme amaba (risas). Se me hace que tú también estás en elclub de las que auscultan.

–No, para nada. Creo que seguramente hubo muchas razones para amar a Roberto Bolaño, pero la que mejor lo explica es cuando la llama Boullosa, ¿no? O sea,uno puede amar a alguien, pero no a cualquiera se le llama por el apellido.

–Mira, de Bolaño no me enamoré. Con él tuve una intensa amistad literaria. Diría que fue una relación apasionada por la literatura, pero no diría que me enamoré de él, ni él de

mí. No fue una relación carnal, de ese tipo. Fue como un flechazo literario, que para mí fue muy comprensible porque los dos veníamos de ese mundo, de una generación de la que él habló con mucha claridad, no sólo en Los detectives salvajes. No teníamos la ilusión de las siguientes generaciones que creen todavía en esa cosa que se llama el mercado y el éxito. Nosotros no, nosotros estábamos entre los despojados del 68. Además de esto, Bolaño vivió el exilio, digamos que era un exilio, encima de otro exilio, encima de otro exilio. Yo viví la orfandad, mi mamá murió cuando era niña, me quedé sin casa, sin familia, tuve un mundo personal muy difícil. Después me incorporé a esta generación de escritores que éramos los despojados, los de después y que habíamos llegado un poco tarde. De inmediato lo que me tocó vivir de los que Bolaño se salvó, fue ver cómo perdimos la ciudad con la construcción de los ejes viales, que entre el 77 y el 78, cuando Bolaño dejó la Ciudad de México, Carlos Hank González, que además de ser gran ratero era un pésimo urbanista, hizo el trazo de los ejes viales y se aventó a construirlos todos a la vez fracturando gran parte de los barrios de la ciudad. Entonces, aquella ciudad en la

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que yo fui a la universidad en tranvías por Av. Revolución y había palmeras y se sentía una cosa de pueblitos y de barrios, desapareció en un chasquido de dedos. No es que con el tiempo se sintió el efecto de la construcción de los ejes viales, sino que perdimos una ciudad de un día para otro.

–No me refería al amor de pareja, sino al cariño con alguien a quien uno lo llama por el apellido, porque no a cualquiera se le llama así. Por lo menos me pasa a mí, no cualquiera lo hace…

–Claro, además que en mi caso es más afortunado llamarme por mi apellido que llamarme Carmen, porque Carmen es una persona más dulce que yo y Boullosa que es casi como un ladrido, pues qué lástima por mi papá, como anillo al dedo.

–Con esa voz tan dulce.

–De niño que engaña.

–¿Usted es así, una niña que engaña?

–No, no soy una niña. Nunca lo fui.

–¿Cómo conoció a Roberto Bolaño?

–Lo conocí en los 70 en México, todos queríamos ser poetas. Así como los jóvenes de ahora, todos quieren hacer cine, nosotros soñábamos con ser poetas. Llevábamos, en verdad, una intensa vida literaria, hacíamos un montón de lecturas, íbamos a los mismos cafés, íbamos a escuchar a los escritores que hablaban, Octavio Paz hablando de Sor Juana Inés de la Cruz. Todos éramos iguales, nos vestíamos igual, éramos como una especie post graduada de hippie, todos éramos como una masa de poeta, todos muy similares, pero creíamos que estábamos divididos en dos bandos: nosotros llamábamos a los del otro lado stalinistas y adorábamos a Octavio Paz; los del otro bando adoraban a Efraín Huerta. Yo estaba del lado de Octavio Paz, creíamos que éramos muy finos, en realidad todos usábamos huaraches y camisas de Oaxaca. Los del otro bando creían que éramos unos burgueses porque todos usábamos las mismas cosas. Entonces conocí a Bolaño en la bola, leí su poema que le había publicado Juan Pascoe, su primer poema, también me publicó a mí un poema largo. Lo conocí en grupo pero les tenía miedo porque eran muy mal portados: intervenían la lectura de poemas, abucheaban a la gente, hacían guerras. Lo volví a ver 20 años después cuando me lo encontré en Viena, íbamos de invitados para hablar del exilio, yo no sé por qué acepté, en realidad no hablé de exilio sino de que ahora cualquiera es forastero. Él tampoco habló del exilio, leyó un texto muy suave acerca de la novela y ahí fue que nos hicimos muy amigos. Eso fue en el 98 o 99.

– ¿Hoy la poesía mexicana sigue siendo para usted Octavio Paz?

–No, hombre. En realidad no lo era tampoco entonces. No había una división estética tan clara. Eran como bandospara sentir que pertenecíamos a nuestros propios clubes, lo cual es normal que lo hagan los jóvenes poetas. Ahora, en la poesía mexicana, por suerte, ya no hay reyes. Hay más variedad en ese sentido.

–Yo no puedo prescindir de lecturas diarias de Xavier Villaurrutia, que me parece el gran poeta mexicano…

–Ah, me parece una maravilla, pero para mí sabes quién es el grande, Juan Manuel López Velarde, es la maravilla absoluta. Es un poeta extraordinario. Hay otro que es Jorge Cuesta; y hay otro que es José Gorostiza, que es grande también. Yo los frecuento mucho, también a Octavio Paz y a Tomás Segovia. Frecuento a los españoles y a los latinoamericanos porque necesito leer poesía siempre. Es una necesidad y es la única manera en que un novelista o poeta tiene el oído vivo.

–Usted que tiene la lengua larga y está en la categoría de escritora que se ha creado con tanto ver y con tanto vivir, ¿le costó o fue un dilema ser escritora?

–Tuve suerte porque cuando entré al mundo literario a nadie le cabía duda, en la Ciudad de México, de que los buenos escritores de entonces eran las mujeres. Coral Bracho; Verónica Volkov en sus primeros poemas; estaba Elsa Cross que entonces comenzó a publicar sus mejores poemas; Inés Arredondo todavía escribiendo su segundo libro de cuentos, una maravilla; murió Rosario Castellanos que también dio cosas buenas; Elena Garro estaba en el exilio y Marguerite Yourcenar publicaba aquellos libros…

–Bueno, no sé si Marguerite Yourcenar tenía ese trato de mujer hacia la literatura…

–Tan mujer como yo, como Inés Arredondo, honestamente. Creo que siempre hay una cosa andrógina necesaria, no lo sé. Mientras más andrógino mejor, creo, todas las fórmulas son ridículas pero no está mal la andrógina. Lo que pasó es que cambió la mirada hacia la mujer, hubo más mujeres, tuvieron demasiado éxito novelas que eran más de fórmula, que literarias, digamos. El éxito, más que la calidad de las novelas, causó un escozor enorme en el medio. Hoy es totalmente diferente, ahora sí es un medio muy misógino. Ahora sí me resta mucho glamour ser mujer, creo que me miran diferente a como debieran verme por el peso de mi obra porque soy mujer, pero no fue así cuando empecé.

– No lo creo así. En el contexto de México si alguien tiene una categoría como autora, que incluso no llegan a tener otras de sus colegas que le llevan muchísimos años, es usted.

–No lo sé. Pero sí hubo un momento en México en que decías escritora y era una marca de calidad y ahora lo dices y es casi una marca de infamia. Hueles a cursilería, a cocina, y nosotras no olíamos a eso, bueno no huelo, Dios me agarre confesada.

–¿Tienen vigencia los textos de Rosario Castellanos?

–Algunos, es una escritora un poco desigual, pero sus cosas buenas son de primera línea. Hace un año y medio escribí un libro sobre Rosario Castellanos que todavía tengo en el cajón porque me gusta mucho guardarlo, me siento millonaria, es lo único que sé acumular, me encanta guardar mis inéditos y luego ya los saco. Lo hice en el 2003 y se trata de un estudio comparativo de la especie de autorretrato que hace ella frente al padre y el hermano en el Balún-Canán; con los que hace Sofonisba Anguissola, la pintora cremonese española predilecta de Felipe II, en los que aparece con su familia y ocurre exactamente lo mismo que en Balún-Canán: la historia del padre que ama al niño, mientras las niñas están por el círculo del afecto, pero que es un afecto que consume. El libro se llama La falda de Minerva, porque la hermana se llama Minerva y la falda tiene retratado lo mismo que vemos en la ventana, ella tiene los pies en el mundo, un cuadro maravilloso. Después metí algunas autoras latinoamericanas, la romántica Dolores Veintimilla que es una maravilla y me encontré un cuadro que pintó de ella Bolívar, donde está ella con el padre, y hay un rollo muy literario en el que pongo el retrato de la escritora, la artista y el padre.

–¿No hay fricción para usted entre el mundo oral y el mundo escrito?, por lo que se explica entre ambos.

–No, yo sólo tengo una capacidad sensorial y no distingo lo que oigo de lo que veo, de lo que huelo. Soy de la selva (risas).

–¿Y Carmen de la selva cuándo aprendió las buenas costumbres, las reglas de educación básica?

–¿Tú crees que las conozco? (risas) Tuve una relación muy intensa con mi abuela y con mi mamá, más con mi abuela porque para mí entrar al mundo cultivado fue entrar a su mundo. Me enseñó todo, fui aprendiendo de convivir con ella, de ella viene mi aprendizaje de las cosas bellas. Me dejaba dormir con ella, que es lo más importante que hizo porque en la noche me daba miedo y mis papás no me dejaban pasar a su cama, cosa que hasta ahora no les perdono y mi abuela sí; olía riquísimo. Ese cuerpo fue para mí el ejemplo de la belleza perfecta y yo la conocí de niña gracias a ella.

–Una belleza que puede prescindir de la mirada ajena, que se construye a sí misma.

–Sí, así era.

–¿Ahora la mirada ajena le importa tanto como cuando cuenta que le decían que era bonita?

–No me importaba, pero fue una lección terrible. De ese ser llamada güerita, pasé al momento en que los comentarios vinieron acompañados de toda una ola de violencia. Un día me agredieron y nadie me ayudó. Gritaba porque me querían meter a un coche y sólo oía las ventanas abrir y cerrarse, hasta que una señora detuvo su coche y traía a su chofer, quien se bajó a ayudarme. Cuando me subí al auto con ella llorando, toda rasguñada, la señora me dijo, “es tu culpa, cómo te dejan salir así”. No era mi culpa, por supuesto. Fue una lección muy dura. Le tengo mucha cólera a la Ciudad de México por ese hecho; le tengo pasión y amor, pero le tengo cólera porque es una ciudad terrible. Ese momento me hizo extranjera, no sé cómo explicarlo. Tengo miedo de caminar en la calle y me gustaba hacerlo y llegó un punto en que uno sólo encontraba problemas.

–¿Tiene hijos?

–Tengo una hija que es actriz, estuvo en Las niñas mal. Es una chulada, es preciosa, grandotota, se apellida Aura y se llama María. Y tengo a otro hijo que es otra chulada, Juan.

–¿Y usa las faldas muy cortas?

–Sí, ella sí es bonita profesional, no como yo que me enseñan un cepillo del cabello y no sé de dónde se agarra y cómo se usa (risas).

–¿Cómo es su vida ahora?

–Ya no tengo niños, ni tengo abuela, entonces he perdido dos veces ese paraíso, ¿no? El paraíso debió ser la niña con la abuela o de haber tenido mis hijos durmiendo en mi

cuerpo así entre la barbilla y la pierna. No tengo eso, pero tengo otras cosas, tengo un marido maravilloso.

–¿Él escribe?

–Sí, pero es historiador de la ciudad de Nueva York, escribió un libro en el que se tardó 24 años, está acabando el volumen dos y hará el volumen tres si le da la vida. Vivo en un barrio y vivo sin tener un lugar, ando mucho de viaje. Me gusta la vida doméstica pero tengo alma de gitana también. El barrio lo que me da, es que aunque tengo una

casa muy estructurada, muy ordenada, cuidada y toda la cosa, estoy en un lugar que es la frontera de al menos siete países. Veo a las mujeres árabes; y dos pasos a lado están los haitianos con todo lo que son, vestidos de colores, con poca ropa y un paso más allá los puertorriqueños, luego los cubanos, luego los mexicanos y me muevo un poco más y está la comunidad negra, todos son diferentes. Estoy en el borde donde pasan todos los que van y vienen hacia quién sabe dónde. En un lugar muy pequeño y aunque no es la idea, tiene sus pactos de convivencia, es una cosa que me fascina. Todo tiene una cosa de vértigo y de movimiento.

–¿Con el apellido de sus hijos y el nombre Alejandro armas un rompecabezas?

–Alejandro es el papá de mis hijos.

–Alejandro Aura (ex Ministro de Cultura del Distrito Federal fallecido en 2009).

–Sí, es el papá de mis hijos.

–Y nosotros que empezamos hablando de los funcionarios

–Sí, pero Alejandro cayó tarde sabes, porque nunca había tenido chamba de gobierno, nunca lo quiso hacer pero por nuestra proximidad con Cárdenas, aceptó. Me parece que en mala hora. Aunque hizo cosas buenas, por eso digo que es importante que los escritores se metan, pienso que entró tarde.

–Cuénteme cómo fue que conoció a Adolfo Bioy Casares…

–Siempre le escribía cartas a Silvina Ocampo, a quien leí por consejo de Christopher Domínguez. Así que cuando fui a Argentina, marqué el número de teléfono de su casa y me presenté como la chica mexicana que le envía cartas a Silvina, para entonces debo confesar que ya le había mandado como cuatro y el que me tomó la llamada fue Adolfito y me invitó a comer.

–¿A su casa?

–A la Biela. Me dijo que Silvina ya no entendía nada, que el Alzheimer la había dejado totalmente desconectada de la realidad y nos hicimos muy amigos, luego vino a México, volví a Argentina, nos carteábamos. Lo admiro y lo admiraba desde antes de conocer a Silvina. Le hice un homenaje en mi novela anterior.

–Dichoso el editor que se encuentre con todas sus cartas, ¿no?

–Bueno, si alguien es capaz de cruzar la valla protectora de mi desorden (risas).

–Pero, ¿no guarda todas sus cartas?

–Claro, tengo muchísimas, pero espero no publicarlas nunca en vida porque si tengo enemigos, más tendré.

–Este amor por la literatura, por Bioy, por Bolaño, por los libros, las cartas…

–A Bioy y a Bolaño sí los amo, a la literatura no estoy tan segura, es una cosa como ambivalente, ¿no?

–Sí, pero a lo que voy es a esto, ¿no le genera interés transmitirlo? Porque a veces decimos que no hay ambiente literario, pero tampoco solemos generarlo, ¿no?

–Sí, yo creo que hay que generarlo. Ahora que estoy viviendo en Nueva York con otros escritores que escribimos en español allá, nos hemos empecinado en enseñar que hay una tradición literaria en español en Nueva York. Hemos estado haciendo lecturas, no sabes qué cantidad de gente va a las lecturas que hacemos o a las pláticas de los escritores que han estado ahí. En México tenía alrededor todo mi mundo literario, mis amigos estaban todos ahí, todos lo siguen siendo, a algunos los perdí en algunas batallas o sin ellas, pero casi todos siguen siendo mis amigos. No estoy con ellos a diario, es una cosa muy íntima la literatura y esas amistades son muy apasionadas, tienen que ser muy intensas. Entonces, ahora estoy allá y no estoy aquí. Ya volveré.

– ¿A quién extraña de acá?

–Extraño la terraza de mi casa de la que ya me había mudado cuando estaba aquí, extraño el Parque Hundido miserablemente, extraño a mis amigas mujeres que no son todas escritoras, extraño a Juan Villoro. Extraño otra cosa, a la gente con la que antes tuve mundos muy intensos. Los hombres con los que viví, me ha dado por eso. Los amigos que se han muerto de camino. Cuando dices la palabra extraño me suenan muchas campanas que antes no me daban, cuando viví en Berlín un año en el 95 y me preguntaban esto, yo decía que no y era verdad, no extrañaba nada. Ahora sí extraño muchas cosas, creo que es la edad o que llevo tanto tiempo afuera, no lo sé. Extraño lugares, personas.

–Debe de ser la edad porque yo también extraño.

–Pero si tú eres mi nieta.

–Me gusta la historia del brasileño Gilberto Gil, quien cuando cumplió 50 años, se juntaron todas sus ex mujeres –que son muy amigas entre sí– y le organizaron una fiesta.

–¿Tú crees que eso le pueda pasar a una mujer?

–No lo sé, pero me gusta soñarlo.

– A mí me encantaría que me ocurriera, pero te puedo garantizar que ninguno de mis ex, ya no te digo que me compraría una velita de cumpleaños y si me enviara una velita de cumpleaños me daría una bomba, para que a la hora en que la encienda la Boullosa por fin desaparezca.

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