Mircea Cartarescu

Cărtărescu, la amistad y el oficio de escribir

La poesía de Cărtărescu ofrece eso mismo: una mirada especial para observar lo ajeno; una mirada que observa desde un insecto, un puente o una ecuación. Para el joven Cărtărescu todo es poesía: la literatura clásica, sus amigos, la ciudad y la memoria.

Guadalajara, Jalisco 28 de noviembre (MaremotoM).- Lo primero que pensé cuando fui invitado a participar en esta mesa fue qué podía yo decir sobre Mircea Cărtărescu. Qué podía, primero, que no se haya dicho ya, sabiendo que es un visitante asiduo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y que este año, además, es uno de sus protagonistas luego de que le fuera otorgado el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.

Como si no fuera suficientemente complicado hablar sobre alguien de quien todo el mundo está hablando, por lo menos aquí en la FIL, la tarea se vuelve todavía más complicada cuando volteo a mis lados y veo a Enrique Redel, su editor; a Marian Ochoa de Eribe, su traductora y a Andrea Jeftanovic, quien comparte con Mircea Cărtărescu el oficio de escribir, pero no sólo eso: comparte con él el hecho de que, gracias a otros editores y otros traductores, su obra se ha ido abriendo caminos inimaginables en otras lenguas.

Mircea Cartarescu
El gran Mircea Cartarescu. Foto: Cortesía FIL en Guadalajara

Pienso que este tipo de conexiones, en torno a una persona, en este caso Mircea Cărtărescu y en un entorno como este, entre cómplices que se confabulan para llevar las palabras a cualquier parte rompiendo las barreras del idioma, entre colegas que comparten el oficio, entre lectores que se constituyen el puerto final a donde llega esa aventura, es una de las más claras manifestaciones de la amistad que pueden ocurrir en un evento como éste, la FIL de Guadalajara. Y entonces puedo afirmar que, efectivamente, soy amigo de Mircea Cărtărescu.

«Una mezcla de amor-odio me une a la ciudad en la que he vivido siempre como a un objeto cualquiera cuya falta de realidad reconozco pero que, sin embargo, existe en lo más profundo de mi cerebro. A veces, ese territorio con edificios y carreteras me parece horrible, como la prótesis que Freud llevó en la boca durante dieciséis años en lugar del paladar; otras veces veo en él un mandala sobre el que me inclino con tanta concentración que siento cómo las antenas de la televisión, del Inter y de la Casa de la Prensa me arañan las retinas».

Así comienza el texto “Mi Bucarest”, que aparece en El ojo castaño de nuestro amor. Lo comparto con ustedes porque creo que entre las personas que escriben y las personas que leen se tejen complicidades a partir de los puentes que conectan las vivencias de ambas partes. El título dice “Mi Bucarest”, pero bien podría decir “Mi Guadalajara”, porque pienso en esta ciudad, la mía, y en la que describe Cărtărescu, tan suya, y es como si ambos hubiéramos recorrido las mismas calles decadentes la madrugada de un día cualquiera para luego asomarnos en ese mandala que nos regresa a nuestro centro de gravedad. Porque así como hay amistades que se forjan en la ciudad nocturna y mística, hay amistades que van tomando forma con el ir y venir de los ojos en la página escrita.

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En “El Mendébil”, que aparece en Nostalgia, Cărtărescu hace un relato pormenorizado de una pandilla infantil. Describe el bloque de departamentos donde vivía, los juegos, las rutinas. Al final, el narrador desconoce lo narrado. Leo la historia del Mendébil y pienso en la torre de departamentos en la colonia Infonavit Estadio de Guadalajara donde crecí, en otra pandilla, en otros Mendébil, y me descubro como el narrador creado por Cărtărescu, desconociendo mucho de lo que la memoria me dice que pasó. A veces los amigos nos cuentan cosas que no pasaron, o nos dicen que eso en realidad no pasó, porque eso es lo que necesitamos. Eso es lo que nos cuentan los autores y nosotros, como lectores, nos dejamos llevar por sus palabras.

Mircea Cărtărescu es hoy uno de los autores más reconocidos de la literatura contemporánea. Pero también fue un joven poeta, miembro del grupo conocido como “La generación de los blue jeans”. Ya en sus primeras obras es posible apreciar aquello que alguna vez dijo T. S. Elliot: “La poesía no es dejar huir la emoción, sino la huida de la emoción; no es la expresión de la personalidad, sino una huida de la personalidad. La emoción del arte es impersonal. Y el poeta no puede alcanzar esa impersonalidad sin someterse completamente al trabajo que ha de hacer”.

La poesía de Cărtărescu ofrece eso mismo: una mirada especial para observar lo ajeno; una mirada que observa desde un insecto, un puente o una ecuación. Para el joven Cărtărescu todo es poesía: la literatura clásica, sus amigos, la ciudad y la memoria.

Por último, recuerdo un poema que dice: “Devorábamos pan con poesía./ Nuestro mundo era el dolor,/ pero también era la belleza./ Y todo aquello que es bello e ideal/ es poesía”. Esta mesa es de amigos de Mircea Cărtărescu y es importante decir que sus amigos siempre están presentes en su obra. Pueden verse afanados en alcanzar esa belleza que, aunque subjetiva, es el horizonte hacia donde camina él y a donde nos invita a caminar a nosotros, su editor, su traductora, sus lectores, sus amigos.

 

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