Diego Maradona

CARTAS DE HINDE | La culpa de haber “matado” a Maradona

Tampoco puedo creer que se murió Maradona, o al menos por momentos no puedo creerlo. Es lo que pasa cuando muere alguien muy cercano, alguien que es familia.

Ciudad de México, 16 de diciembre (MaremotoM).- Tere vuelve con la cera caliente en el jarro de aluminio y mientras la revuelve con el palo de madera me mira muy seria y me dice: lo mataste. Mataste a Maradona me dice y yo, tirada en la camilla, me llevo una mano al corazón y la otra a la boca, para ahogar el grito. Medio que temblamos las dos, Tere y yo, que nos conocemos hace más de treinta años, mientras nos miramos por arriba de los barbijos y no podemos creer lo que acaban de anunciar en la tele.

Unos minutos antes, mientras nos contábamos cómo andaban nuestros hijos y hablábamos, como siempre, de nosotras, me había dicho: parece que Diego se descompuso y que lo está atendiendo un médico vecino. No tenía en mi cabeza ni la idea del barrio cerrado ni la internación domiciliaria; no venía siguiendo en detalle lo que pasaba con él, salvo que lo habían operado de algo en la cabeza y que había insistido en que le dieran el alta antes de tiempo. Acostumbrados a las noticias sobre la salud de Maradona desde hacía décadas y por cómo lo habíamos visto morir y resucitar tantas veces (Diego era un test permanente de los límites humanos), ante el humano comentario de Tere no pude ser más fría e insensible: si se tiene que morir, que sea ahora y no en las fiestas. Eso le dije en el pequeño camarín con todo el hartazgo del mundo; eso dijo a pura especulación emocional la “asesina” de Maradona, la misma que hoy te escribe esta carta y, avergonzada, no puede creer en su propio desdén.

Diego Maradona
Lo lloran en todo el mundo, pero más lo lloran en Fiorito. Foto: Cortesía

Tampoco puedo creer que se murió Maradona, o al menos por momentos no puedo creerlo. Es lo que pasa cuando muere alguien muy cercano, alguien que es familia. Y es eso también lo que pasó cuando al momento de confirmarse su muerte y su salida de escena para siempre muchos y muchas bajamos nuestras decepciones y broncas por sus declaraciones, gestos y canchereadas de décadas y pusimos el acento en la memoria feliz del Diego, aquellos tiempos de belleza y energía, cuando su nombre empezó a girar por el mundo y a convertirse en DNI para todos. En la gracia sin par de su juego, en su sonrisa pícara y en su refranero aturdidor, convertido para siempre en un nuevo Martín Fierro. Si ya era un mito viviente, esos días se consagraba leyenda: todos pudimos ver cómo el Che de las remeras y los graffitis del mundo se corría para dar paso al Diego, un argentino internacional por otro argentino internacional. Hay relatos y anécdotas que prueban que para las nuevísimas (debería poner novísimas pero no me gusta, así que dejo nuevísimas) generaciones, el Che Guevara se ha convertido para siempre en “el tatuaje del diez”.

En unos días va a cumplirse un mes de su muerte y llegarán las primeras fiestas sin él, aunque en sus funerales por momentos parecía que el año mismo terminaba en ese velatorio caótico, riesgoso e innecesario. Con horas y horas en las que en las calles y en la tele y en las redes todos tenían su foto, su anécdota, su análisis de la vida y obra de Maradona. Todos cantábamos a Manu Chao y a Rodrigo en loop; todos hablábamos de él, como hablamos del miembro de nuestra familia más íntima cuando nos deja para siempre. Y todos hablábamos de él “con la aturdida solemnidad propia de los borrachos y de los hombres aterrados”, una frase buenísima que leí estos días en una extraordinaria novela de aventuras, una reformulación del western, que se llama A lo lejos y cuyo autor es otro argentino internacional, Hernán Díaz. (Por favor, anotá este nombre y este título, me lo vas a agradecer)

Parecía, digo, que en ese día de sol infame, llantos, banderas, camisetas y torsos descubiertos, bebés a upa, gritos, órdenes oficiales contradictorias, represión, en ese desborde de sentimientos que dolía de tan argentino, se nos terminaba el año, pero no. Ahora vamos sabiendo que lo que había terminado era una era.

La muerte de Maradona o, más bien, la reacción general a su muerte, provocó discusiones políticas de diversa magnitud y entre esas discusiones estuvo la grieta que se dio entre las mujeres en duelo y las que no dejaron de cuestionarlo ni siquiera en el día de su muerte. Diferencias en los feminismos, se podría decir, sobre todo a partir del tema del (no) reconocimiento de sus hijos y de su lugar como prototipo del machito argentino. Diferencias retóricas y de radicalización que se dan todos los días y que, al menos a mí, ni me asustan ni me quitan el sueño ni me hacen dejar de valorar a otras mujeres que no piensan como yo. Diferencias que tienen que ver con la edad, con el origen social, con las ideas. Con la personalidad, con la paciencia, con los modos de entender la política.

No deja de ser curioso: en cuanto las mujeres comenzamos a hablar en voz alta en la calle y nos apropiamos del discurso público de manera masiva (de ahí el famoso “ahora que sí nos ven”), quienes se oponen a la equidad de género comenzaron a exigir unanimidad de pensamiento. A las miles y miles que peleamos por mayor reconocimiento nos une el objetivo de discutir y hacer valer nuestros derechos pero eso no nos obliga a pensar igual en todo. Se trata de una demanda absurda e incumplible que nunca se le hizo a un colectivo masculino. Es, tal vez, una nueva y ojalá última trampa malsana del machismo.

No me sale bien hablar de feminismo en términos académicos porque no tengo estudios sobre estos temas ni sobre temas de género, apenas aproximaciones, curiosidad y respeto. Tengo, sí, un deseo que comparto con todas las que pelean por un mundo mejor para las mujeres: que en los tiempos por venir nuestras hijas no tengan que pasar por lo que pasamos nosotras, que ser mujer no sea ya sinónimo de loca, tonta, puta, bruja o incubadora para poblar la patria (una de las ideas “brillantes” y ofensivas que siguen expresando algunos opositores a la interrupción voluntaria del embarazo) sino de persona con derechos, capacidades y deseos.

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Mientras pensamos en el lugar de las mujeres en el presente, naturalmente repensamos en el de los hombres, muchos de ellos enojados, otros perdidos, algunos confundidos y, en general los más jóvenes, dispuestos a cambiar el Manual de Estilo que les llega impuesto luego de siglos de predominio masculino. En estos días pude ver online Petróleo, la obra creada, actuada y dirigida por Piel de lava, ese grupo increíble de actrices que trabajan juntas en la experimentación teatral desde hace más de 15 años y que también vienen desarrollando una gran carrera en el cine.

Mujeres en Guanajuato
No me cuidan, me violan. Foto: Marta Silva

Cuatro trabajadores en un pozo de petróleo de la Patagonia conviven en un trailer. Tres de ellos -Carli, Montoya y Formosa- trabajan juntos hace tiempo, no hay discusión de liderazgo ni de rutinas, el líder es uno solo, Carli, quien define qué se hace y cuándo, sin dar muchas explicaciones. El cuarto es Palladino, que acaba de llegar y aunque en un comienzo le toman examen de masculinidad a cada paso y desconfían de sus silencios y sus actitudes -que parece alejadas y hasta contrarias a la tradición del macho- será su presencia y su discurso por fuera de la norma lo que logrará la reconfiguración del escenario congelado en estereotipos. Es notable el modo en que el desarrollo de la obra muestra la desarticulación de las sobreactuaciones que obligan a los hombres a asumir conductas dañinas, una exigencia abrumadora que no solo se manifiesta en su relación con las mujeres sino también con ellos mismos.

La obra no se parece a nada que, al menos yo, haya visto antes. Acostumbrada al travestismo o transformismo de hombres que representan a mujeres -pienso enseguida en la vieja Orquesta de señoritas pero también en la Eva Perón de Copi-, nunca antes había visto un espectáculo en el que cuatro actrices representan personajes masculinos sin caer en la parodia o, al menos, sin tener la parodia como objeto principal de su trabajo.

Dirigidas por Laura Fernández, Pilar Gamboa es Carli, el viejo líder estridente, un decálogo de tics, gestos -se sorbe los mocos cada dos segundos- y terminología (“querido”, “maestro”, “este cristiano”, “vite”, por viste, a cada rato), que conforman un modelo clásico de varón argentino desmesurado. Formosa (Valeria Correa) tiene un cuerpo pequeño y, lejos del juego de músculos, su virilidad pasa por la mirada de ojos bien abiertos y un rockerismo tierno. Montoya (Laura Paredes) es el típico hombre que duda y, sin iniciativa, secunda al líder, mientras esconde sus debilidades y temores para no ser víctima del bullying. Palladino (Elisa Carricajo), el nuevo, es la representación de un nuevo modelo de varón que no le teme a lo híbrido y que exhibe sin complejos una sensibilidad humana que va más allá del sentimentalismo prefabricado del varón tanguero.

El vestuario -con detalles exquisitos- y la música -entre Nazareno Cruz y los Redondos- dicen muchísimo y el espectáculo entero es un derroche de creatividad, humor y reflexión.Todo esto que te digo son palabras de agradecimiento como espectadora con las que intento describir lo que vi; lo que hacen estas verdaderas bestias de teatro es magia pura y tenés la chance de ver la obra, que muchos fans ya vieron hasta dos y tres veces, en una nueva puesta el sábado 19. Es cierto que no es lo mismo que verla en el teatro, pero también es cierto que esta versión te ofrece unos primeros planos que muchas veces en la sala no tenés opción de apreciar. (Amigos, como ven, trato de pensar en positivo, de cara al año que se acerca y a ver si nos sacamos de encima la maldición del 2020.)

Me gustó leer cómo construyeron la obra y también algunas entrevistas que les hicieron, en las que cuentan cómo surgió la idea y cómo les dieron vida cada una de ellas a sus drag kings, sus “hombres” representados en esta obra que se estrenó en 2018. Ellas aseguran que no buscaron hacer una obra “desde el feminismo”, pero son conscientes de que la historia, el presente, habla a través de todos nosotros.También explicaron que la idea de que se tratara de trabajadores en un oficio propio de hombres y trabajando en un ambiente de hostilidad y explotación ayudaba a mostrar el decálogo del machismo en su dramático esplendor.

“Empezamos a hacer un ejercicio en una silla, medio pavo: ‘en cinco pasos volvete un varón’. Mirábamos a las otras y no podíamos concentrarnos. Y cuando aparecieron las barbas y las pijas… era una revolución. Muy arriba. Un carnaval de sentido…Te das cuenta del poder de observación que tuviste durante mil años, mirando a los chabones. No porque imites sólo a uno, sino por lo que has observado a lo largo de toda tu vida”, contó Pilar Gamboa en una entrevista con María Daniela Yaccar para Página 12.

“Lo primero que entendimos es que ellos están más cómodos. Ocupan más espacio. Eso es re importante: son cuerpos que siempre ocupan espacio. Nosotras estamos achicadas; eso lo ves en la calle al toque. Ellos se expanden”, dijo en la misma nota Elena Carricajo. “Nosotras estamos erguidas, metiendo panza, con las piernas cruzadas…”, agregaba Gamboa. “La cabeza se relajaba y era ‘estoy en el mundo, no necesito estar alerta, controlando todo porque si no me la ponen’. Nos daban ganas de ser chabones. Un poco”, casi susurraba Valeria Correa. “Era angustiante también, las primeras veces. Notábamos la energía femenina alerta, pendiente del otro. Era medio atávico, porque todas probábamos y empezaba a aparecer la mirada de un hombre, tan distinta”, reflexionaba Laura Paredes.

Ocupar espacios para sentirse mejor. Olvidarse por un momento del aspecto físico. Dejar de tener miedo al ataque furtivo que puede ir de una agresión discursiva hasta el crimen. De todo esto que hablaban las Piel de lava se componen las ansias de cambio de la orgullosa revolución de las mujeres a la que asistimos, esa imperiosa necesidad de un mundo patas para arriba en el que la equidad deje de ser una ambición imposible.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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