CARTAS DE HINDE | Los sentidos de un final

En clave de humor, como diría Woody Allen, “algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno”. Ya tengo separada la lectura de la noche, claro.

Ciudad de México, 7 de octubre (MaremotoM).- En estos días vi una película muy discutida. Bueno, lo digo como si fuera una novedad: todo se discute, no todo le gusta a todo el mundo. Pero es cierto que ahora, eso -el debate sobre un producto cultural, una idea, una medida de gobierno- resulta más efervescente que nunca. Todos nos convertimos en expertos y tomamos posición sobre cualquier tema, todos opinamos sobre todo y hasta buscamos fundamentar nuestra posición, la mayoría de las veces con un copy paste o directamente tomando los argumentos de un otro que nos convenció de que sabe sobre el tema. Es más, hay hasta una exigencia general, si hasta a veces te reclaman que hagas delivery de opiniones, rechazos o escraches sobre el tema del día. Está mal visto que no te pronuncies, digamos que te juega en contra por tibio en la era de la radicalidad. Lo cierto es que este carnaval de opiniones, reseñas y críticas los humanos de este siglo XXI lo llevamos adelante en varios espacios porque ahora, además, todos somos nuestro propio medio y multiplataforma: redes, foros, notas de opinión, blogs, newsletters. Newsletters.

Te decía que vi una película discutida, amada y odiada por igual. Están los que creen que es lo mejor que vieron en sus vidas -he leído que hasta la vieron más de una vez- y, del otro lado, los que ni siquiera terminaron de verla por considerarla un embole atómico. A mí, Pienso en el final, la nueva película de Charlie Kaufman que puede verse en Netflix, me gustó. Pero sobre todo me gustaron ciertos momentos, ciertos diálogos y sobre todo la idea madre acerca de pensar en el final de las cosas, las que se terminan y las que decidimos terminar.

El título original en inglés es I’m Thinking of Ending Things y está basada en una novela del mismo nombre de 2016, escrita por el canadiense Iain Reid. La traducción local se inclina por acentuar la idea de final, el original juega con la idea de terminar ciertas cosas, ciertas relaciones, ¿ciertos sufrimientos?, es decir, con la voluntad de ponerle fin a esas cosas. No te quiero adelantar mucho sobre la trama, solo contarte que el comienzo es un largo diálogo dentro de un auto entre un hombre y una mujer que están juntos hace poco tiempo, llamémosla Lucy a ella y a él, Jake, interpretados por Jessie Burckley -la conmovedora Lyudmila de Chernobyl y Jesse Plemons, a quien seguramente viste en Breaking Bad o en El irlandés, de Scorsese. La pareja está yendo hacia el campo, a la casa de los padres de él. Esto es al menos lo manifiesto, ya que justamente la propuesta es que todo se transforma todo el tiempo y el pasado, el presente y el futuro también son cartas que intercambian y se fusionan.

El diálogo del inicio en apariencia casual -al cual se suma un intenso y profundo monólogo interior de ella- se va convirtiendo lentamente en una deriva por cuestiones existenciales y poesía, con frases y citas que por momentos son más propias de un ensayo filosófico que de una charla distraída en una ruta blanca de nieve y desolación. Pero, y acá vamos, es justamente esto, una suerte de radiografía del pensamiento, lo que me hizo click y me conquistó.

Hay algo en esta primera parte de la peli que me hizo pensar en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos -cuyo guión es justamente de Kaufman-, algo de ese clima sufrido, de un padecimiento que no entendés del todo, cruzado con el espíritu lírico de Paterson, la película de Jarmusch que cuenta la historia de un chofer de ómnibus que escribe poemas en cualquier momento en sus cuadernos, en el estilo de Williams Carlos Williams, un realismo alejado de los símbolos y cercano a la belleza de las cosas. Pero, claro, mientras Paterson es pura luminosidad, Pienso en el final es todo lo contrario a la luz.

La historia tiene claves, secretos, pistas, idas y vueltas y, sobre todo, no tiene una resolución lineal. Hasta me atrevo a decirte que en el final hay tantas interpretaciones como espectadores. Lucy y Jake (¿se llaman así?) van a la granja de los padres de él (Tony Collette y David Thewilis componen dos personajes extravagantes que parecen salidos de un teatro de títeres grotesco), comen allí en una cena teatral e inquietante y emprenden la vuelta a la ciudad. Sin embargo, el regreso no será exactamente al punto de partida y es en esta etapa final del film -que combina el terror de El resplandor con musicales clásicos de Hollywood- donde se consolida el clima perturbador que acecha desde el comienzo.

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Te mareé con citas, la peli está llena de ellas. David Foster Wallace, Robert Zemeckis, Oscar Wilde, John Cassavetes forman parte de esa fenomenal abundancia de imágenes y frases que los personajes de Pienso en el final utilizan en sus intercambios, en juegos.

Pienso en el final
Los cuatro, unidos para el terror. Foto: Cortesía Netflix

Como te dije antes, yo me quedé colgada en la primera parte, sobre todo en los diálogos en el auto que suceden a la ida y en el inquietante viaje de regreso, aunque durante las dos horas y algo que dura la película hay decenas de grandes frases para analizar, registrar y recordar. Te tiro algunas:

“A la gente le gusta verse como puntos que avanzan en el tiempo. Pero creo que es al revés. Estamos inmóviles y el tiempo pasa a través nuestro”.

“Los humanos inventaron la esperanza para lidiar con la certeza de la muerte”

“A veces las ideas se acercan más a la verdad y a la realidad que las mismas acciones. Puedes decir y hacer cualquier cosa, pero no puedes fingir lo que piensas”.

“¿Cómo puede ser triste una pintura de un campo si no hay una persona triste viendo ese campo?”

“¿Y si no es una idea mía, sino que se plantó ya formada en mi mente? ¿Son originales nuestras ideas no expresadas? Quizá siempre lo supe”.

Sobre esta última frase, me gusta pensarla junto con algo que escribió Roger Koza, el gran crítico de cine, acerca de que uno de los logros de la película de Kaufman consiste en “delinear cómo el yo no es otra cosa que un sinfín de palabras prestadas e impresiones ajenas que se adhieren a ese núcleo contingente por el cual alguien es alguien y no otro”. ¿Eso somos, no?

Pienso en el final
¿Estoico o loco? Genial Jesse Plemons en el papel de Jake. Foto: Cortesía Netflix

Estamos desde que empezamos a interesarnos por el mundo y a escuchar o leer la palabra de los otros sumando conceptos, ideas, frases. También anécdotas que luego de un tiempo ya no sabemos ni cómo surgieron y, peor, ni siquiera recordamos fehacientemente si fuimos los protagonistas. La memoria elige, suma y recorta y pasamos por la vida con familia o amigos que funcionan como asistencia al olvido, algo así como, y disculpen la vulgaridad de la metáfora, discos externos que nos ayudan a recrear lo vivido, a rearmar el puzzle del tiempo remoto. Como escribió Julian Barnes -ay, cómo me gusta Barnes-, “La vida es la historia que nos contamos sobre ella”.

“¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero, sobre todo, a nosotros mismos”, le dice al lector Tony Webster, protagonista y narrador de El sentido de un final. “Cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás”, dirá también.

Soy de las que siempre está pensando en el final de las cosas. La angustia porque la felicidad o lo que amo o lo que me hace sentir bien se termine me persigue, diría, desde que tengo conciencia. Pese a la imagen de optimismo inclaudicable que me caracteriza, en mi cabeza la enfermedad, el accidente y la tragedia se combinan cada día para torturarme un poco. Me pone triste pensar que voy a morir, pero eso es casi lo que menos me preocupa. El dolor del final, de todo final de lo que es mío me perturba. El melodrama es lo mío, como ves.

Peleo duro para evitar que esta cabeza que se adelanta todo el tiempo no me impida disfrutar. Afortunadamente lo consigo seguido, con libros y películas que me hablan de otras vidas y con trabajo, mucho trabajo. No es solo voluntad laboriosa la mía, ocurre que el trabajo consigue despistar durante largas horas mi ansiedad y apagar momentáneamente mis miedos. No hay nada de admirable en mi capacidad de trabajo, es pura fuga.

Pienso en el final
Dice la protagonista (Jessie Buckley, inigualable) que los seres humanos somos los únicos que sabemos que vamos a morir y que por eso hemos fabricado la esperanza. Foto: Cortesía Netflix

En clave de humor, como diría Woody Allen, “algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno”.

Ya tengo separada la lectura de la noche, claro.

Hasta la próxima.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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