This is us

CARTAS DE HINDE | Mi vida por un buen teleteatro con alfajorcitos de maicena

La risa, la payasada y también el dolor que se calma en una montaña humana de cosquillas.

Ciudad de México, 19 de noviembre (MaremotoM).- Hola, ahí. Sigo obsesionada con los recuerdos; con aquello que queda para siempre a flor de piel y con todo lo que se queda en el camino, ya porque no tuvo efectos emocionales de relevancia en nosotros o porque, por el contrario, provocó tal conmoción que elegimos guardarlo bajo llave, en el cuarto oscuro de la memoria.

Después de años de escuchar a mis amigas hablar de la serie This is Us y mirar hacia otro lado, finalmente sucumbí. Y, sí, sabía que es un melodrama y no tengo ningún problema con el género salvo la adicción… Soy ex adicta a los teleteatros, un género que consumí desde siempre, al que me resistí y me resisto todo lo que puedo pero en el que, con cierta regularidad, recaigo. Sé que puedo no ver una novela y sobrevivo, pero sé también que, si empiezo y me engancho, no quiero hacer otra cosa. ¿No se llama adicción eso?

El tema es que estoy ahí, abducida por esas historias familiares que nos llevan hacia atrás y hacia adelante en el tiempo y no hay capítulo en el que no llore y no me ría. Bueno, lloro más que lo que me río, para qué me voy a engañar intentando un falso equilibrio. Pero llorar a veces hace bien. Lo que hace mal es apropiarse de las angustias de otros, que ya bastante tenemos con las propias. Y para eso soy mandada a hacer. “Nada de lo humano te es ajeno”, sentencia mi marido bastante seguido.

Si miro para atrás me doy cuenta de que mis etapas de teleteatro son como los momentos de mi vida en los que caigo más bajo. No tengo excusas, dejo de hacer otras cosas para dedicarme a estas historias de amor, frases hechas, niños abandonados y recuperados, debilidades humanas, celos y adicciones. Sí, hay adictos, como yo. A lo largo de mi vida, las telenovelas me dieron más o menos culpa, en función de qué dejaba de hacer para sumergirme en la tele y también en función de a quién tenía que hablarle de mi pasión por Migré, supongamos.

El momento más placentero fue el puerperio luego del nacimiento de mi hijo mayor. Era verano, yo tenía apenas 25 años, no tenía compromisos laborales, mi vida transcurría entre la teta y la almohada, como decía un amigo entonces, y por la tarde la tele estaba siempre encendida. Estaba el bebé, estaba la tele y estaban los alfajorcitos de maicena, tapita con tapita y dulce de leche para acompañar el melodrama ajeno. (Ay, dios, regresame ahí por un ratito, negociemos).

Vuelvo al temita de This is Us. Veía el otro día el capítulo de la segunda temporada que tiene a Sylvester Stallone como invitado y no pude evitar apropiarme de una de sus frases (que, por lo que vi luego, es una de LAS frases de la serie). Es aquella que Stallone le dice a Kevin (uno de los “trillizos” Pearson), cuando en pleno set de filmación intenta que el muchacho hable sobre la muerte de su padre y libere sus emociones. Kevin, el duro baby face que quiere que lo reconozcan por su talento y no por su aspecto físico, dice que no tiene nada para contarle, que es algo que pasó hace mucho tiempo. Y Rocky Balboa le responde: “En mi experiencia, Kevin, no existe tal cosa como ‘hace mucho tiempo’. Solo hay recuerdos que significan algo y recuerdos que no”. Chan.

Creo que una de las cosas que más me gustan de esta serie, además de Jack Pearson con bigote, con barba, sin bigote y sin barba, los ojos y la voz ronca de Kate y todas las etapas de vida e inteligencia de Randall, son los momentos pavos. Las escenas chiquitas de pareja o de familia, eso que permite pensar en el propio álbum personal colmado de momentos que, ya mientras los vivimos, sabemos que van a quedar en el centro de los recuerdos. No son trascendentales, no hablo de eso sino de las breves epifanías, una felicidad modestísima que puede nacer en un desayuno, un viaje o un paseo. O en la cama en la que se acuestan dos y se despiertan cuatro, con los dos mayores casi expulsados a patadas de su territorio. Las palabras mal pronunciadas que te matan de amor. El abrazo que llega justo para ahuyentar el miedo, la explicación de un padre que evita la desesperación, el disfraz para el acto escolar, la tarea resuelta con ayuda. Carcajadas de a dos, de a cuatro, de a seis. La risa, la payasada y también el dolor que se calma en una montaña humana de cosquillas.

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This is us
Creo que una de las cosas que más me gustan de esta serie son los momentos pavos. Foto: Cortesía

Eso tiene esta serie y por eso me gusta, porque al tiempo que me muestra las fotos de mis tristezas también me reconcilia con todos esos momentos en que la felicidad estuvo ahí, en ese ratito. Porque, vamos, los tiempos de los Pearson coinciden con mis tiempos, sus 80 fueron los míos. Y su música.. Tienen también al musicalizador de mi vida, por lo visto, y eso me desarma.

Hablando de música, el músico de la serie -hay cantantes, también- es un hombre mayor, en el estribo de su vida. La droga lo dejó afuera del éxito y lo alejó de la posibilidad de una vida buena. Pero hay una redención final y una frase que también podría estar en uno de los posters que ilustraban las paredes de la habitación adolescente que compartíamos con mi hermana en nuestra casa de San Justo.

“No he tenido una vida feliz. Malos momentos. Malas decisiones. Una vida llena de ‘cosas que pude haber tenido’. Algunos dirían que todo esto es triste, pero yo no. Porque las dos mejores cosas en mi vida fueron la persona que estuvo en el principio de todo y la persona que está al final. Y eso es algo bastante bueno, creo”, dice William Hill, que también fue poeta y vivió los años duros del racismo, la segregación y también los años poderosos de la revolución de los derechos civiles en Estados Unidos. Es posiblemente el personaje más literario de la serie.

En 1968, un año clave de esa revuelta fenomenal de la comunidad negra en busca de sus derechos, el año en que asesinaron a Luther King y al senador Bobby Kennedy, el fenomenal Thelonious Monk (1917-1982) dio junto con su famoso cuarteto un concierto insólito en Palo Alto. Monk estaba atravesando un momento duro de su vida, uno más, cuando un chico de Palo Alto, California, fanático del jazz, buscó cumplir un sueño y le envió una propuesta a su agente, para que Monk tocara en su escuela secundaria. El cachet era de 500 dólares. El joven promotor del show se llamaba y se llama Danny Scher y consiguió reunir a un público interracial que ese domingo de octubre escuchó durante unos 50 minutos a uno de los monstruos del jazz en un show histórico exclusivo y que, hasta ahora, no estaba documentado.

El disco se llama Palo Alto y salió unos meses atrás: Scher mantuvo la cinta guardada por 52 años. En realidad, en su momento la guardó en el desván y la descubrió por casualidad hace unos 15 años. Fue grabada por el conserje de la escuela, que pidió hacerlo a cambio de afinar el piano en el que tocó Thelonious. Hay temas clásicos y, aunque hay algunas desprolijidades, transmite la emoción y la vitalidad de una música extraordinaria desplegada en un contexto también extraordinario. Hoy existe y es accesible la reproducción de una música maravillosa que es, además, un documento histórico inesperado.

Días atrás hablaba a través de la pantalla con mi hijo, el bebé que estaba junto a mí en aquella época desaforada de alfajorcitos y teleteatros. Es historiador y actualmente trabaja en la recuperación de archivos de disidentes soviéticos en Francia. La conversación giraba alrededor de la creación de los archivos y la dinámica de la catalogación, así como sobre las guías para determinar qué documentos ameritan formar parte de cualquier archivo. Aunque hay protocolos generales, hay también siempre deseos, ideologías y propósitos humanos detrás de los documentos y también detrás de los archivos que reúnen una colección determinada de documentos. Crear un archivo es acuñar una versión de la historia. ¿No es maravilloso? Crear un archivo puede ser también una forma de manipular la historia. ¿No es inquietante?

Me obsesionan los recuerdos, lo que queda, lo que se desvanece y lo que vuelve cuando nadie lo espera porque aparece un documento que por alguna razón, voluntaria o involuntaria, se mantenía oculto. Creo que pocas cosas me importan y me conmueven más.

Tal vez los teleteatros, me quedo pensando.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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