Cartas de Hinde

CARTAS DE HINDE | No es instinto, es deseo

No voy a contarte más; vale la pena que leas la novela, un libro breve y por momentos espeluznante en su relato de la impotencia y la orfandad social.

Ciudad de México, 21 de octubre (MaremotoM).- Leí en estos días El acontecimiento, una novela de la francesa Annie Ernaux que es una bomba, o al menos así lo sentí, como una bomba de racimo, esa que contiene un dispositivo que al abrirse libera un gran número de pequeñas bombas. Ernaux es una autora que trabaja su obra en clave autobiográfica y es capaz de revisitar momentos durísimos de su vida con un estilo que curiosamente se percibe desapasionado, como si objetivara sus sentimientos hasta disecarlos. El resultado es abrumador y deslumbrante a la vez.

El acontecimiento cuenta la historia de un embarazo no deseado y de un aborto clandestino en la Francia de comienzos de la década del 60. Estudiante de Filología en Ruan, la autora descubre que está embarazada luego de haber tenido relaciones sexuales con un joven que no es su pareja. Está sola con el problema, porque desde el vamos es eso, un problema y así lo consigna en su agenda.

“Estoy embarazada. Es horrible”. Eso escribe. Lleva un diario y una agenda. Cada vez que se refiere al embarazo la protagonista habla de “eso” o “la cosa esta”. No hay bebé para la joven de 23 años; esa palabra no aparece nunca en su discurso, y aquí es donde radica un punto central de un tema tan áspero. La palabra clave es deseo: no se puede obligar a una mujer a ser madre. (A veces escucho o leo a personas que dicen defender la vida y creen que hay que “acompañar” o “persuadir” a una mujer que rechaza un embarazo -por las razones que sean- hasta que entienda que debe seguir adelante. Es tan elemental, pienso mientras lo escribo, que me cuesta entender que alguien piense lo contrario)

Vuelvo a la novela. La confirmación del embarazo es para la protagonista apenas el comienzo de la pesadilla en una Francia que aún no había legislado el aborto y en una sociedad que miraba para otro lado. Llegan semanas de oscuridad, de búsqueda desenfrenada y a hurtadillas de presupuestos accesibles y también del dinero para llevar adelante la práctica prohibida y de riesgo. El desamparo que transmite la historia es proporcional al miedo que sienten los médicos por terminar presos y a la desesperación de las mujeres que no quieren morir por un aborto mal hecho pero que se resisten a vivir siendo madres por imposición. “Las chicas como yo estropeábamos el día a los médicos (…) todos debían de pensar que, aunque se nos impidiera abortar, encontraríamos al final una forma de hacerlo. Frente a la perspectiva de una carrera truncada, la imagen de una aguja de hacer punto dentro de una vagina carecía de peso para ellos”, escribe Ernaux.

No voy a contarte más; vale la pena que leas la novela, un libro breve y por momentos espeluznante en su relato de la impotencia y la orfandad social. La autora cuenta que demoró mucho tiempo en sentarse a escribir sobre este episodio dramático de su vida y en un momento justifica las formas, por momento brutales, de su narración. “Es posible que un relato como este provoque irritación o repulsión”, escribe Ernaux, “o que sea tachado de mal gusto. El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, otorga el derecho indescriptible de escribir sobre ello. No existe una verdad inferior. Y si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo”.

El clima de El acontecimiento me hizo recordar una película que en su momento me pareció extraordinaria, tal vez la conozcas. En castellano el título era El secreto de Vera Drake y la dirigió el británico Mike Leigh, el mismo de Secretos y mentiras, un verdadero artista en el tratamiento de aquello de lo que no se habla. La película cuenta la historia de una mujer trabajadora de clase baja que en la década del 50 pasada practica abortos clandestinos sin cobrar a cambio y que luego de un incidente termina detenida. Al final de esta carta está la foto de la gran actriz que hacía de Vera, Imelda Staunton.

También, por supuesto, recordé una de las más grandes novelas del estadounidense John Irving, Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, que narra la historia del doctor Larch, el director de St. Cloud’s, un orfanato que a mediados del siglo pasado se ocupa de criar a niños abandonados tanto como de practicar abortos a mujeres desesperadas que llegan hasta allí. A lo mejor viste la película con Michael Caine y Tobey Maguire. La novela fue adaptada por el propio Irving, quien en el año 2000 ganó un Oscar por esta adaptación.

Te dije que la novela de Ernaux me pareció una bomba y es, creo entender, por el particular tratamiento de un problema que aún duele de este lado del mundo. Porque aunque en Francia hoy las mujeres ya no pasan por la misma situación que cuenta la escritora, en Argentina y en el resto de la región, sí. La legislación sigue en deuda y lo que está legislado -aquellos casos en los cuales el aborto es no punible-, por diferentes razones y arbitrariedades no siempre se cumple.

Todo el tiempo leemos historias desesperantes de nenas obligadas a parir. En la Argentina, cada tres horas una chica de entre 10 y 14 años se convierte en madre, según Unicef, que en su informe advierte además que en el 80% de los casos el embarazo es producto de abuso sexual intrafamiliar. ¿En serio vamos a seguir hablando de instinto materno?

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Para quienes exhiben argumentos religiosos en contra de la legalización del aborto, siempre es bueno recordar el discurso del francés Valery Giscard D’Estaing, cuando debió abordar la despenalización en su país, en 1975, y al mismo tiempo enfrentar los reclamos de la Iglesia durante el papado de Paulo VI y también luego, con Juan Pablo II.

“(…) Yo soy católico pero soy presidente de la República de un Estado laico. No puedo imponer mis convicciones personales a mis ciudadanos (…), lo que tengo que hacer es velar porque la ley se corresponda con el estado real de la sociedad francesa, para que pueda ser respetada y aplicada. Comprendo, desde luego, el punto de vista de la Iglesia Católica y, como cristiano, lo comparto. Juzgo legítimo que la Iglesia pida a aquéllos que practican su fe que respeten ciertas prohibiciones. Pero no es la Ley Civil la que puede imponerlas con sanciones penales, al conjunto del cuerpo social. Como católico estoy en contra del aborto, como presidente de los franceses considero necesaria su despenalización”.

Soy madre de tres hijos ya adultos y formo parte del afortunado elenco de madres que desearon la maternidad. Sé que ciertas frases corren el riesgo de transformarse en consignas y hasta de vaciarse de sentido, pero no siento que el deseo sea en este caso una frivolidad sino que lo pienso como aquello capaz de definir no uno sino dos destinos. En el caso de la maternidad, es el deseo lo que marcará para siempre -para bien o para mal- dos biografías, pienso.

Me resulta inquietante que muchos de quienes se autoproclaman defensores de la vida entiendan ese concepto solo en relación con el sentido más físico de un ser humano y no en las variables amorosas y psicológicas que pueden darle a una persona la razonable seguridad de base que lo ayude a buscar la felicidad o, en el otro extremo, pueden convertirlo en alguien marcado para siempre por la tragedia de un rechazo de origen.

En los últimos años, como muchas de las mujeres que manifestamos nuestro apoyo al proyecto de ley de aborto seguro y gratuito, recibo con cierta regularidad agresiones en diferentes espacios como foros o redes sociales, como si no fuera compatible haber querido tener hijos con pensar que son las mujeres quienes deben decidir si quieren o no ser madres. El maltrato verbal suele provenir de personas que hablan en nombre de la vida pero que sin embargo no titubean a la hora de desearles los peores infiernos a quienes no piensan como ellos.

Se trata de hombres y mujeres muy preocupados por el destino de los embriones pero de manera selectiva. Así es como no parecen inquietarse por los embriones que esperan ser trasplantados en tratamientos de fertilidad pero sí por aquellos que están implantados en cuerpos de mujeres cuyas cabezas dicen no. Como dijo Claudia Piñeiro  en medio del debate legislativo por el proyecto de ley en 2018: “No hay caravanas de gente por la calle pidiendo úteros para plantar esos embriones que van a terminar siendo desechados en gran parte”.

A lo largo de mi vida conocí a mujeres que debieron abortar en el mayor de los secretos, algunas incluso a una edad temprana y que, lejos de cualquier castigo divino, tuvieron una saludable vida como madre de hijos que llegaron cuando ellas mismas decidieron que era su hora de la maternidad.También tuve compañeras en la escuela secundaria que quedaron embarazadas a los 15 y eligieron dejar el colegio porque el aborto no era opción para ellas y conozco historias de amor intenso en familias en las que una menor decidió seguir adelante con un embarazo. En todos los casos hubo una elección -dejo afuera en esta ocasión los condicionamientos sociales que sostuvieron cada una de esas decisiones- aunque las únicas que corrieron riesgos físicos y penales fueron las que abortaron.

La ley no va a obligar a nadie a abortar en contra de su voluntad pero sí va a permitir que se den las condiciones para que cada mujer elija su destino. Sé que es un tema sensible y no me interesa provocar a quienes no piensan como yo. Sin embargo, hay algo que me importa más que eso y es hacer todo lo posible para que las próximas generaciones de mujeres no tengan que vivir lo que vivimos nosotras.

Algunas personas exhiben como argumento en contra de la legalización su temor a que se convierta en una vía legal para una suerte de sexualidad irresponsable. Pensar así parte del mayor de los prejuicios y hasta de cierta forma de la perversidad: francamente no conozco a ninguna mujer que haya pasado por un aborto como si se tratara de un tratamiento de conducto.

No profeso el fanatismo, pero no puedo evitar algo que me ocurre cada vez que alguien se opone a la legalización del aborto con palabras encendidas de hipocresía o ignorancia. Es entonces cuando pienso qué sentirían si pudieran sobrevolar esas salas clandestinas en las que cada día tantas mujeres solitas se apagan con la anestesia mientras piensan que la vida es una mierda y que nunca más van a volver a ser felices. Qué bueno sería saber, me digo, si después de presenciar una experiencia así de traumática, siguen siendo capaces de maltratar o de ensañarse con aquellas mujeres que decidieron abortar avergonzadas y muertas de miedo porque no quieren, porque no lo buscaron, porque no pueden, porque no.

No es instinto, es deseo.

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