El melodrama

CARTAS DE HINDE | Puig y Chavela: el melodrama como arte mayor

No sé cuánto de mi propia historia como lectora me sigue atando a Puig, tampoco me importa. Sé que en estos días de recuperación de su obra por los 30 años de su muerte tuve ganas de releerlo y de volver a ver escenas de las películas que, con mayor o menor justicia, llevaron sus historias al cine. Busqué los ejemplares de sus libros, los quise sentir cerca, anda a saber qué quiere decir eso además de tener entre las manos algo que fuiste y sentiste, ¿no?

Ciudad de México, 22 de julio (MaremotoM9.- Es como si la estuviera viendo. Mi amiga estaba en la puerta de Puán, seguramente salíamos de algún seminario en la facultad, a lo mejor nos habíamos encontrado después de dar clases; no recuerdo eso, lo cierto es que la veo ahí, abrumada, conmovida -los lectores podemos ser muy sensibles con todo lo vinculado a la vida y la muerte de nuestros escritores favoritos- moviendo con desconsuelo las manos mientras buscaba las palabras hasta encontrarlas.

No había redes sociales, vaya a saber cómo nos habíamos enterado de que había muerto en Cuernavaca, México, de una complicación inesperada en una operación de vesícula, uno de nuestros autores más queridos y leídos. Tenía 57 años y su muerte terminó siendo un melodrama que él mismo pudo haber escrito. Fue entonces, cuando con una mueca de dolor y decepción y con las palmas dadas vueltas hacia el cielo de invierno de esa noche de julio me dijo:

–Te das cuenta, ya no vamos a tener nuevas novelas de Puig.

Y me desarmó.

Mi primer Puig llegó cuando tenía trece años recién cumplidos y fue medio de contrabando. Creo que nadie se daba cuenta de qué estaba leyendo; o, al menos, mis viejos no tenían idea. Me había llevado a casa Boquitas pintadas prestado de la casa de mis tíos. Me lo leí de un tirón durante la semana de duelo patrio por la muerte de Perón, también en julio, pero de 1974. Antes de ir por el Puig, había leído a escondidas Las Tumbas, de Enrique Medina. Es posible que las escenas de sexo de ambas novelas hayan sido entonces lo más perturbador para una chica de mi edad y, por eso, seguramente lo más interesante.

La lectura de Boquitas llegó el mismo año del estreno de la película de Torre Nilsson, se hablaba mucho de la película -que no vi entonces sino mucho después- y creo recordar que incluso había publicidad en la tele, de modo que siempre para mí Nené tuvo la cara de Marta González, Juan Carlos, la de Alfredo Alcón, Mabel, la de Luisina Brando, la Raba, la de Leonor Manso y podría seguir de memoria asociando personajes con actores, así como muchos fanáticos del fútbol recitan de memoria la formación de cierto año del club de sus amores.

Sabes qué: mientras escribo esta carta -justo una carta que habla de Puig, mirá si hubiera conocido los newsletters-, acabo de poner en youtube la música que Waldo de los Ríos compuso para la película y llega en un video que alguien amorosamente editó, un pantallazo de aquella historia fascinante de pueblo chico y maledicencia grande. Las cejas depiladísimas de las muchachas, la polera del tísico Juan Carlos, los peinados de bigudíes marcados, los sueños de amor eterno, el resentimiento de clase, los amores imposibles, los chismes de pueblo, todo está ahí. Todo estaba ahí, en esa sociedad y en ese General Villegas que Puig parió con el nombre de Coronel Vallejo a partir de La traición de Rita Hayworth.

Ese artista que fue rechazado en los círculos de prestigio por dedicarse a lo que se consideraba entonces arte menor -Vargas Llosa dijo que escribía como Corín Tellado-, cuando no por homofobia, hizo vanguardia con el habla de la gente común, el melodrama, la trama infinita del deseo y los desechos de la industria cultural tiene un lugar asegurado para siempre en la historia de la literatura argentina.

No sé cuánto de mi propia historia como lectora me sigue atando a Puig, tampoco me importa. Sé que en estos días de recuperación de su obra por los 30 años de su muerte tuve ganas de releerlo y de volver a ver escenas de las películas que, con mayor o menor justicia, llevaron sus historias al cine. Busqué los ejemplares de sus libros, los quise sentir cerca, anda a saber qué quiere decir eso además de tener entre las manos algo que fuiste y sentiste, ¿no?

Me encanta esta frase que está al comienzo de La moda camp en la Argentina, un artículo que Ana Basualdo publicó en 1971 en la revista Panorama y que acaba de ser recuperado en su precioso libro El presente, publicado por Sigilo. El que habla es Manuel Puig y lo que dice es aquello que en cierto modo define su proyecto literario:

“El gran objeto camp es la cursilería de la clase media argentina. Es enorme. La primera generación de hijos de inmigrantes careció en sus casas de un modelo de conducta e inventó, entonces, un lenguaje y un modo de actuar calcados del cine, la radio o las revistas femeninas. Al proponerse esos modelos -inalcanzables, por irreales- cayeron en una emulación que los deja a mitad de camino. En vez de finos, son cursis”

Como escribió Beatriz Sarlo a propósito de la obra del autor de El beso de la mujer araña: “Hizo del lugar común cultural un espacio donde él y sus lectores se desplazaban con una legitimidad igualitaria. Gran nivelador, Puig enamora a los cultos por la forma en que se ubica en una cultura otra, borrando el esfuerzo del pasaje del bolero al folletín, del cine a la novela”.

Te puede interesar:  EL NOMBRE DE LA ROSA | La novela emblemática de Umberto Eco

*

Tómate esta botella conmigo

y en el último trago nos vamos.

Quiero ver a qué sabe tu olvido

sin poner en mis ojos tus manos.

Esta noche no voy a rogarte,

esta noche te vas de adeveras.

Que difícil tener que olvidarte

sin que sienta que ya no me quieras.

Nada me han enseñado los años,

siempre caigo en los mismos errores,

otra vez a brindar con extraños

y a llorar por los mismos dolores.

(“El último trago”, de José Alfredo Jiménez)

“Soy la primera mujer en México que se ha atrevido a cantarle a una mujer”. La frase es una de las tantas que pueden escucharse en Chavela, un documental que puede verse en Netflix y que recorre la vida de la gran artista Chavela Vargas (1919-2012), una mujer cuyo destino era, pese a su talento y popularidad, el de cantar en ambientes pequeños y reservados y no en los grandes teatros porque la suya no encajaba con la imagen que de una mujer se tenía por entonces. Ella era “la más macha entre los machos”, que bebía a la par de los hombres y más, una persona incómoda por lesbiana pero además porque conseguía enamorar las novias y esposas de políticos y empresarios de su tiempo. Seguramente no habría mayor humillación en el machismo recalcitrante del México del 40 y el 50.

Chavela, la misma que había dicho que el amor no existía, que era apenas un invento de las noches de borrachera, en este documental dice que “el amor eterno no existe, sólo dura un rato”. La película de Daresha Kyi y la cineasta Catherine Gund es muy hermosa y emocionante. De llorar, sí.

Provoca fascinación seguir los pasos de esa vida, de esa voz y de esa fuerza que, incluso, la llevó a abandonar el alcohol en lo que fue una coda de una vida destinada a terminar temprano y que se prolongó hasta cruzar el puente de los 90. Casi podría decirse que el documental refleja todas las contradicciones humanas en una mujer, una artista de un calibre fenomenal.

Desde su nacimiento en Costa Rica, el rechazo de sus padres por sus preferencias, las dificultades para transmitir una imagen de mujer convencional en el mundo del espectáculo, su preferencia por los pantalones antes que por las polleras y los tacos altos hasta sus amistades, su relación con Frida Kahlo, las noches eternas de alcohol y fiesta salvaje -en una de las cuales, según cuenta, amaneció con Ava Gardner- su romance turbulento siendo ya mayor con la abogada Alicia Elena Pérez Duarte, mucho más joven que Chavela -la llamaba Nina y ella llamaba a Chavela “la señora”- y quien terminó rompiendo el vínculo al no poder resistir tanta inestabilidad: de todo esto trata este documental sobre la vida de una artista única, que llegó a pasar muchos años en el olvido, al punto de que muchos ya la pensaban muerta.

Si la película tiene un superhéroe, es el superhéroe que rescató a Chavela en la vida real de ese olvido injusto y le entregó teatros a su colmados de admiradores en el mundo, a su medida. Se llama Pedro Almodóvar y es quien a través de sus películas y su pasión por su arte consiguió ubicarla en el espacio del mundo del espectáculo que Chavela merecía. Los testimonios de Almodóvar son sentimentales y profundamente conmovedores.

Manuel Puig fue uno de los fundadores del Frente de Liberación homosexual en 1971 y hacia el final de su vida dijo en un artículo de la revista El Porteño que no creía en los guetos sino en un futuro sin represión sexual y con integración. “Yo admiro y respeto la obra de los grupos de liberación gay, pero veo en ellos el peligro de adoptar, de reivindicar la identidad ‘homosexual’ como un hecho natural, cuando en cambio no es otra cosa que un producto histórico-cultural, tan represivo como la condición heterosexual. La formación de un gueto más no creo que sea la solución, cuando lo que se busca es la integración. Y por esto me parece necesaria una posición más radical, si bien utópica: abolir inclusive las doscategorías, hetero y homo, para poder finalmente entrar en el ámbito de la sexualidad libre. Pero esto requerirá mucho tiempo. Los daños han sido demasiados.”, escribió en lo que es un manifiesto durísimo, inteligente y hasta visionario contra el patriarcado.

Chavela Vargas fue una mujer libre que llevó el amor entre mujeres a los escenarios y el melodrama en rancheras y boleros a todas las casas pero no fue una militante por los derechos de su comunidad. Sobre el final de su vida hablaba del tema y de su experiencia personal y hoy es la gran gurú de las lesbianas en México y también más allá. Una jugosa entrevista recorre todo el documental homenaje y puede escucharse a Chavela hablar de su vida, lo que llama las traiciones de seres queridos y su pensamiento, en general. La frase que cierra la película es su despedida de la charla y en sus palabras, como en el caso del texto de Puig, puede leerse un manifiesto delicado y también una refinada advertencia a ese mismo patriarcado:

“Va todo mi respeto y todo mi amor para todas las mujeres del mundo, me llamo Chavela Vargas, que no se les olvide”.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

Comments are closed.