Cartas de Hinde

CARTAS DE HINDE | Relatos sobre el fin del amor y más allá

¿Cómo se cuenta la ruptura amorosa? ¿Cómo se escribe sobre el colapso de una vida y un proyecto en común? Las novelas Despojos, de Rachel Cusk, y Los llanos, de Federico Falco, buscan contar ese duelo.

Ciudad de México, 11 de febrero (MaremotoM).- La verdad es que, cuando ocurrió, para mi hermana y para mí fue una sorpresa pero también un alivio. No lo hablamos entonces y no fue una sensación que nos acompañara en lo inmediato, pero significó para las dos el fin de las discusiones feroces de los viejos, el clima tenso, el desamor a la vista. A fines de los 70, que tus viejos se separaran traía, junto con las incomodidades económicas y prácticas, alguna incomodidad social y familiar; todavía no había ley de divorcio, además, por lo que ni siquiera existía esa figura para poder encuadrar los hechos. Eras hijo o hija de padres separados y eso, de por sí, generaba inquietud en los demás.

También era un momento durísimo y tormentoso para la pareja que rompía, sin dudas. Y un dolor enorme, como lo sigue siendo; nada de eso cambia más allá de las formas en que el afuera reciba y procese la noticia de la ruptura porque los protagonistas son siempre aquellos que dejan de pensar en un mundo de a dos. Se termina la localía en la vida del otro y te convertís, para siempre, en visitante. Esa distancia que alguna vez imaginabas ajena aparece entonces con aquel o aquella a quien no podías imaginar fuera de tus ojos. Y esa presencia única se convierte en el relato que otros te hacen de su figura, de su vida, de sus cosas. O que te hace él o ella, pero ocurre que él o ella ya son otros, también.

Ahora -creo- si bien el dolor y la tristeza forman parte indisoluble de todo episodio de separación, al menos no existe el escándalo por la disolución de lo que debía durar hasta la muerte, hay parejas divorciadas y parejas que rompen su vínculo ahí donde mires y ser hijo de padres separados ya no aparece como una anomalía sino como un hecho posible, me atrevo a decir que en todos los entornos sociales.

Otra novedad es el modo en que las rupturas se reflejan en las redes sociales. A veces no necesitas que nadie te cuente que hubo una separación: el borramiento de imágenes te lo anuncia sin necesidad de palabras. Otras veces son los propios protagonistas los que lo comunican. Las redes cumplen hoy, entre otros roles, el de espacio para la información que antes cubrían las páginas de sociales: noviazgos, bodas, nacimientos, celebraciones especiales. La novedad es que ahí también puedes informarte de las rupturas, ya porque el protagonista te lo cuenta o bien porque es evidente por lo que muestran las imágenes.

El amor, ese accidente humano que contiene en su esplendor el germen de su destrucción.

El proceso de la separación de una pareja puede tener ribetes de drama y puede, también, si se trata de una familia, derivar en situaciones traumáticas severas para los hijos, pero también muchas veces es el final de una tortura de peleas sin fin, un malestar colectivo. Y es también, el punto final para una esperanza, la de que las cosas se arreglen y todos puedan/podamos volver a ser o a sentirnos felices. Es la separación la que termina con la incertidumbre que forma parte indisoluble de todo proceso de ruptura.

Una vez me dijeron que nadie se separa hasta que no está seguro de que, pese a lo difícil que puede ser lo que venga, va a estar mejor que como está. Los años y mi propia experiencia como adulta me confirmaron eso. Solo tomas la decisión de separarte cuando sabes que ningún infierno será peor que el que estás viviendo, aunque, claro, a veces no sos vos quien toma esa decisión. Y cuando la ruptura te toma de sorpresa es porque tal vez estabas colgado de una rama sin ver, sin advertir que el fuego de la infelicidad estaba quemando al otro.

Hoy casi no se habla en esos términos, pero la frase para narrar una separación era: A dejó a B; C abandonó a D y así podríamos utilizar una larga serie de verbos transitivos que dan cuenta de un daño. En lugar de pensar la separación como una acción que involucra a dos personas, lo que había y muchas veces sigue habiendo es la idea de que, ante una ruptura, es uno de los dos quien le inflige una herida a otro.

Hay personas que nunca se reponen de una separación, sobre todo si la leen en clave de abandono. Supongo que en muchos casos el narcisismo herido no se repone a fuerza de voluntad y puede no cicatrizar nunca. Conocí a mujeres avergonzadas y sufrientes que no se animaban a volver a ver a amigos y familiares luego de separarse y también a hombres deshechos por un desamor pero más aún por lo que entendían eran su honor y su hombría mancillados por la decisión de separarse que había tomado su mujer. También, seguramente como vos, supe de personas heridas de por vida, incapaces de rearmarse y volver a tener un proyecto de pareja o de familia porque su deseo quedó fijado en el fantasma de aquel o aquella que eligió romper.

¿Qué hago yo hablándote de amor y desamor?

Por estos días leí dos libros que son muy diferentes pero que narran el después de una ruptura y el duelo. Despojos, de la escritora canadiense radicada en Reino Unido Rachel Cusk, es la reconstrucción minuciosa y amarga de su separación y del modo en que encaró una nueva vida familiar con sus dos hijas, un reacomodamiento brutal, sufrido. Es un relato autobiográfico que, en 2012, cuando se publicó, le trajo a su autora algunas críticas violentas por el modo que eligió para exhibir la intimidad de su matrimonio desgajado. Transcribo algunos momentos del libro.

Cartas de Hinde
Despojos, de Rachel Cusk. Foto: Cortesía

“Y tú te llamas feminista, me decía mi marido, con rabia, en las semanas de amargura brutal que siguieron a nuestra separación. Creía que era él quien había desempeñado el papel de la mujer en nuestro matrimonio, y al parecer esperaba que yo lo defendiera de mí misma, del macho opresor. “

“No podía dormir: tenía la conciencia plagada de residuos de sueños, de partes rotas del pasado que la resaca arrastraba y arrojaba a la playa”.

“Una pareja que discute en público es como un cuerpo que se desangra, pero existen otras formas de morir que no se ven desde fuera”.

“…tampoco soy capaz de recordar qué me llevó a destruir la vida que tenía. Solo sé que la he perdido, que ya no existe. La oscuridad del odio sigue empapándome, sin trabas. La dejo que venga. No consigo recordar”.

“Mis hijas y yo no salimos mucho: se ha instalado en casa una especie de letargo que puede transformar cualquier movimiento en dolor. Yo al principio creía que ir a alguna parte creaba posibilidades de consuelo, incluso de recuperación, pero he descubierto que toda acogida es también una forma de exposición. Es como si, en casa de otras personas, tomáramos conciencia de nuestra desnudez. Hubo un tiempo en el que confundí esta desnudez con la libertad, pero ya no.”

En los primeros años de la separación de mis viejos no me hacía bien estar en las casas de mis amigas con familias convencionales. En cambio era un buen refugio ir a lo de una amiga que tenía una organización familiar irregular (huérfana de padre; madre con marido nuevo pero en casa aparte, ella y su hermano vivían casi todo el tiempo solos). En palabras de Cusk, creo entender que ahí me sentía menos desnuda, menos pobrecita, menos diferente.

Cuando la separada fui yo, esa incomodidad por la diferencia en mi entorno atravesó por lo menos dos etapas: la primera fue el pobrecita yo, que ahora tengo que hacerme cargo de todo esto sola (mi casa, mi hijo chiquito, la plata que no alcanzaba, los domingos a la noche sumergida en la depresión más grande del mundo) y una segunda instancia, en la que por momentos sentía que las otras mujeres, mis pares, buscaban ayudarme y que me sintiera menos sola pero también, en un punto, acaso admiraban mi estado y cada pequeño logro que llevaba a cabo en la nueva temporada de mi vida en solitario.

La incomodidad no era solo con el entorno, era con la vida misma, que dolía. Creo que fue entonces cuando sentí con más intensidad que nunca la necesidad de dormirme por seis meses o un año y despertarme y ver qué pasó. La necesidad de que alguien resolviera todo por mí.

Rachel Cusk, que al menos en mi vida se convirtió en la heredera de Jo March, es decir, en el modelo de escritora que me encantaría ser, lo describe y lo escribe maravillosamente.

“Empiezo a darme cuenta, mientras miro por estas ventanas imaginarias intensamente iluminadas, de que la gente que está dentro mira hacia fuera. Veo a las mujeres casadas, a las madres, mirar hacia fuera. Parecen contentas, satisfechas, capaces: están con sus maridos y sus hijos, bien vestidas, atractivas. Pero miran alrededor mientras mueven la boca. Da la impresión de que les falta algo o están pensando en algo. De vez en cuando, alguna de esas miradas me alcanza, y nuestros ojos se encuentran un momento. Y me doy cuenta de que esa mujer que está mirándome a los ojos no me ve. No es que no quiera o que intente no verme. Es simplemente que dentro hay tanta luz y fuera tanta oscuridad que no ve lo que está fuera, no ve nada de nada”.

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Despojos habla del matrimonio y el divorcio de la autora y narradora, del armado de una vida después del colapso emocional, pero habla también de los modelos de pareja, del feminismo como ideología dominante, de las tareas de cuidado y de los cambios en las aspiraciones de las mujeres.

La forma de narrar de Cusk no se parece a nada: logró crear un estilo que se continuó en la trilogía compuesta por A contraluz, Tránsito y Prestigio, relatos en las cuales hay una escritora protagonista, Faye, separada y con dos hijos varones, que mientras cuenta en ramalazos pequeños momentos de su vida entreteje la vida de los otros, los que se cruzan en su camino ya sea en el asiento de al lado en un avión, en un congreso literario o en su propio espacio, como ocurre cuando hasta sus pies llegan historias como las de Pavel, un albañil polaco que extraña a su familia o la dramaturga que se encuentra en plena crisis creativa.

No hay trama en esos libros, hay tramas. No hay voz propia todo el tiempo sino escucha: las voces de los otros toman la palabra en el relato, en un procedimiento fascinante que es un desafío a los criterios convencionales de perspectiva y de punto de vista.

“Para mí la forma es lo más importante de un libro y en este caso, la forma fue dictada por mi vida. Estaba sin casa, sin defensas, ya no era integrante de algo después del divorcio. No tenía historia, no tenía red. Lo que había era extraños en la calle. Y la única manera de conocerlos era por lo que decían. Me sintonicé con estos encuentros porque no tenía marco o contexto. Podía oír la pureza de la narrativa en la forma en que la gente describía sus vidas. Esta intensa experiencia de escucha le dio marco a la novela”, dijo, cuando apareció la primera de las tres novelas.

Premio Herralde de novela
El argentino Federico Falco fue finalista del certamen con Los llanos. Foto: Cortesía Infobae Cultura

La novela de Federico Falco es también el relato de un duelo y vuelve hacia atrás, hacia la ruptura pero también al antes, cuando lo que había era presente y futuro en común. En Los llanos, un narrador en primera persona que se llama como el autor y es escritor -igual que Falco- se muda al campo luego de una ruptura amorosa y encara un proyecto que mientras apunta al futuro también convoca a la memoria de una infancia: una huerta.

“El ensayo general de una huerta. Un lugar donde pasar el tiempo y empezar de nuevo”.

“Yo ahora solo quiero mirar el horizonte, la llanura, fijar los ojos en la distancia, que me inunde el campo, que me llene el cielo, para no pensar, para que lo que sucede en mí deje de existir todo el tiempo”.

Hay unas líneas en la novela que reflejan de manera precisa esa idea de la que te hablaba antes, el momento en que después de haber sido local pasas a convertirte en visitante de la vida del otro. Ese momento que es como una aguja en la memoria de un amor, una aguja que liquida toda expectativa de reacomodar las piezas de una historia.

“Se había comprado unos pantalones nuevos. Un modelo diferente al jean que usaba siempre. Tampoco le conocía la camisa.

Te queda bien, le dije.

Gracias, respondió él.

La vida seguía y él quería estar lindo para otra gente”.

En la novela de Falco, como en la vida, el duelo por el final del amor, además, remueve otros duelos y otras pérdidas y provoca un bloqueo en el protagonista, que no encuentra la manera de volver a escribir. La naturaleza entonces, con sus propias reglas vitales y ciclos, se convierte en el espacio que le permite aislarse y a la vez concentrar atención, amorosidad y expectativas en algo que está por fuera de su alma marchita.

“¿Cómo escribir entre los escombros, entre el barro y los charcos, juntando, acá y allá, los restos mojados de lo que había sido un día a día, de lo que había sido una casa?

¿Cómo escribir una historia entre los escombros de una historia?”

“Paciencia, paciencia. Ya pasará. Paciencia.

Tatuármelo en el dorso de la mano para verlo siempre”, dice el narrador de Falco.

Narrada en forma de diario, la novela cuenta a través de citas, indicaciones, un monólogo interior que se suspende en los escasos encuentros con algún vecino, y con una prosa delicada y sutil, el día a día de esa soledad nueva y dolorosa del protagonista. Los llanos es también un ensayo sobre la escritura y las formas de la narración y del lenguaje, a la vez que una práctica de la memoria que llega mucho más allá de la historia de amor que fracasó. Llega hasta la infancia del “niño muy callado y miope que se dedicaba a mirar las cosas desde demasiado cerca”. Un niño ya mayor que, cuando se decide a ver el dibujo de su vida mientras puntea y trasplanta cebollas, se da cuenta de que no le gusta porque es “un dibujo lleno de rayones, de tachaduras, de pasos en falso, de planes que se desarman, proyectos que se caen, personas amadas que dejan de amar, que dicen basta, andate, andate lejos”.

La novela de Falco es una de las grandes sorpresas de estos meses. Finalista del Premio Herralde, el boca a boca la convirtió en una de las favoritas en ventas. Hay algo en el tono y en la introspección que seguramente llega a los lectores hoy, en medio de la pandemia, de un modo especial. Una lectora decía días atrás en Twitter que la lectura de Los Llanos fue para ella casi un ejercicio de meditación.

La que sigue es una frase del libro de Falco que podría ser la mejor descripción del tiempo que estamos pasando todos, aún si estamos en pareja. Aún si estamos en familia.

Federico Falco
Los llanos es una novela única. Foto: Cortesía

“Es rarísimo ser uno, estar adentro, todo el tiempo uno consigo mismo, conocerse en cada miseria. Y calculando cuánto ven los otros, qué se imaginarán, qué uno deja que sepan. Estar adentro con uno y no decirlo. Silencio. Silencio”.

Entrevisté para la radio a Fede en estos días y hablamos bastante de la recepción de la novela pero también del origen de su libro. “Una pregunta que hace un tiempo me obsesiona mucho es ¿qué es el amor ahora?, después de la pandemia o durante una pandemia. ¿Qué es el amor después de una ruptura, después de los 40?, ¿qué es el amor en el siglo XXI?. Y esas preguntas me llevaron a escribir”, me dijo.

Y también:

“Los duelos siempre son misteriosos, son cosas que pasan más allá de uno. La escritura fue a posteriori de mi separación; la novela fue mirar hacia atrás y poder registrar eso que ya había pasado”.

En el documental firmado por Scorsese Pretend It´s a City, Fran Lebowitz -gran lectora- ironiza acerca de las personas que necesitan identificarse con las historias de los libros. Ella dice algo así como que los libros no son espejos sino puertas y me gusta esa idea aunque muchas veces esas puertas nos conducen a espacios familiares.

Leo una entrevista a Alexandra Kohan, psicoanalista y autora del libro Y sin embargo, el amor, en la que habla del riesgo de “domesticar” las relaciones amorosas en el marco de la relectura contemporánea de los llamados amores tóxicos o del concepto de “responsabilidad afectiva”, tan correcto y a la vez tan alejado de la idea de pasión. Te transcribo una frase.

“Hoy en día se pretende que se está “deconstruyendo” el amor pero lo que se está haciendo, bajo esa lógica, es pretender domesticarlo, civilizarlo; es aplastarlo bajo supuestos de que existiría un amor que no implique dolor”, dice Alex. “Se están escribiendo manuales del buen amor en nombre de la supuesta deconstrucción, manuales con instrucciones de uso de las relaciones sexo-afectivas. Se pretende eliminar el malestar que suscita el deseo. Si seguimos esos manuales, el amor no nos va a doler más, es cierto, porque vamos a estar entre anestesiados y muertos. Se pretende hacer de las relaciones un contrato lleno de cláusulas creyendo que así se evitaría el dolor o la pasión que implica. No hagamos del amor una pasión triste, por favor.”

La prosa hiriente de Cusk y la narrativa serena de Falco son dos grandes puertas abiertas a la buena literatura; dos formas singulares de la belleza que reflexionan y se hacen preguntas sobre el daño y sobre sentimientos que conocemos la mayoría de los adultos; relatos que persiguen entender -y aceptar- el final del amor y más allá.

Hasta la próxima.

*Los libros de Rachel Cusk son publicados por Libros del Asteroide.

*Los llanos, de Federico Falco, fue publicada por Anagrama.

*Y sin embargo, el amor, de Alex Kohan, lo publicó Paidós.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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