Catedral de Zacatecas

CARTAS DESDE TECLA| Paseando con Cormac McCarthy por Zacatecas

Zacatecas, 17 de mayo (MaremotoM).- “El tren se detuvo en Zacatecas al caer la tarde. Salió de la estación y a la calle a través de los altos portales del viejo acueducto de piedra y entró en la ciudad. La lluvia los había seguido desde el norte y las estrechas calles de piedra estaban húmedas y las tiendas cerradas. Caminó por Hidalgo y por delante de la catedral hasta Plaza de Armas y se registró en el Hotel Reina Cristina. Se trataba de un viejo hotel colonial y era tranquilo y fresco y las piedras del suelo del vestíbulo eran oscuras y brillantes y había un guacamayo en una jaula vigilando las idas y venidas de la gente”.

Con el fragmento anterior el gran Cormac McCarthy (Estados Unidos, 1933) inicia la travesía de dos días de su personaje John Grady, de Todos los hermosos caballos (1992), por Zacatecas. La novela, que le valiera el National Book Award, es la primera entrega de la llamada Trilogía de la Frontera, completada con En la frontera y Ciudades de la llanura, que narra la historia de John Grady Cole, un muchacho texano de dieciséis años que en 1949 decide, junto a su amigo Lacey, huir a México para trabajar de vaquero en un mundo marcado por la violencia y la dureza.

Tras cruzar la frontera, los dos vaqueros se encuentran con un adolescente de nombre Jimmy Blevins, quien viaja en un caballo demasiado fino para ser propiedad de este adolescente. El encuentro con Bevlins les traerá consecuencias; le robarán el caballo y luego, tras recuperarlo serán perseguidos por pueblerinos mexicanos. Lacey y Grady escapan hasta llegar a Coahuila, donde comenzarán a trabajar en una hacienda. Allí, John Grady conocerá a la hermosa hija del hacendado, Alejandra, con quien iniciará un amorío que lo hará llegar hasta nuestra ciudad.

Postal de Zacatecas
Postal de Zacatecas. Foto: Alejandro Ortega Neri

La novela de McCarthy es de una belleza apabullante. Enmarcada en un paisaje moral y físico, como es la frontera de México con Estados Unidos, el narrador, con su característico estilo seco, logra una historia de emociones fuertes y épicas, en las que, como su nombre lo dice, los caballos y la sangre caliente que corre por sus entrañas, irán marcando el tenor de la historia.

Pero lo que llama la atención cuando se lee, sobre todo para los que nacimos en esta tierra de cantera y plata, es la descripción tan fiel que hace Cormac McCarthy de las calles y callejones de Zacatecas, así como de la gente y las costumbres del lugar, lo que significa que ese “gregario solitario”, como lo describió el New York Times, que rara vez ha concedido entrevistas y que incluso, dicen, ha dejado de escribir, se paseó por Zacatecas y el único registro que nos dejó de su paso fue una hermosa novela.

“Paseó por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad y las pequeñas plazas escondidas. La gente parecía vestir con cierta elegancia. Había dejado de llover y el aire era fresco […] Al final compró un collar de plata muy sencillo, pagó a la mujer lo que pidió, la mujer lo envolvió en un papel con cinta y él se lo metió en el bolsillo de la camisa y regresó al hotel”.

Cormac McCarthy en Zacatecas
Cormac McCarthy en Zacatecas. Foto: Alejandro Ortega Neri

Cada que releo los estos pasajes no dejo de imaginarme al mismísimo McCarthy personificado como su John Grady, quizá con unos vaqueros y una ligera chamarra para soportar el frío zacatecano, mientras como soundtrack suena quizá “Until the last sunset” de Johnny Indovina. Hoy ese hotel donde se hospedó el personaje y su enamorada Alejandra ya no existe. Desde inicios del nuevo siglo se ha convertido en el Hotel Emporio, quizá uno de los más lujosos de la ciudad que en el último mes fue noticia nacional por discriminar, por la vestimenta, a unos turistas. Pero cerca del hotel siguen estando también las tiendas donde se vende la plata, imagino ahí a McCarthy-Cole, dejando a un lado la dureza para con cuidado y tiernamente seleccionar el regalo que adornará el cuello donde los labios harán escala.

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“Salieron en la madrugada y anduvieron por las calles de la ciudad. Hablaron a los barrenderos y a las mujeres que abrían pequeñas tiendas y fregaban los escalones. Comieron un café y caminaron por los pequeños paseos y callejones donde viejas vendedoras de dulces, melcochas y charamuscas colocaban sus mercancías sobre los adoquines y él compró fresas para ella a un muchacho que las pesó en una pequeña balanza de latón y enrolló un alcatraz de papel para ponerlas. Pasearon por el viejo Jardín Independencia donde muy alto sobre sus cabezas había un ángel de piedra blanca con un ala rota”.

La primera vez que leí el pasaje anterior envidié a mi abuela materna porque quizá ella estuvo cerca de McCarthy mientras tendía su tablita con los dulces de melcocha que seguramente hizo mi madre. No sé si el escritor las probó, si así fue, no entiendo cómo pudo irse de Zacatecas. La melchocha, ese caramelo centenario, sigue dando color a las dulcerías y las aceras de la ciudad, y los vendedores de fresa rondan las mismas esquinas que Cole y Alejandra pisaron mientras veían cómo la libertad de México se transformó en un ángel de ala rota.

La bella Zacatecas
La bella Zacatecas. Foto: Alejandro Ortega Neri

El final de la travesía por Zacatecas de John Cole y Alejandra culmina con una visita a los callejones y plazuelas que esconde la catedral:

“Ven, dijo. Te enseñaré una cosa. Le condujo hasta los muros de la catedral y, a través de la arcada abovedada (Callejón de las Campanas), a la calle del otro lado. ¿Qué es?, preguntó él. Un sitio. Subieron por la calle estrecha y sinuosa. Pasaron frente a una curtiduría. Una hojalatería. Entraron en una placita y ella se volvió. Mi abuelo murió aquí, dijo. El padre de mi madre. ¿Dónde? Aquí. En este lugar. Plazuela de Guadalajarita. Durante la revolución. Sí en mil novecientos catorce. El veintitrés de junio. Estaba con la Brigada Zaragoza al mando de Raúl Madero. Tenía 24 años”. Le platica Alejandra antes de que partan a la vieja estación del tren donde uno de ellos se la lleve a Torreón.

Después de la despedida, Jonh se emborracha, quizá en Las Quince Letras, la famosa y centenaria cantina de la ciudad, donde se engarza en una pelea que al final, al despertar en una cama de piedra, le deja el rostro amoratado, la camisa rota y ensangrentada, y sin sus pertenencias. Por lo que tendrá que regresar al norte de rait.

Me gusta imaginar a Cormac caminando por las calles y callejones de Zacatecas. Imagino que sí estuvo aquí porque nadie describiría el camino a la Plazuela de Guadalajarita que es un sitio por el que ni siquiera pasan Las Callejoneadas, las caminatas con tambora y mezcal que se ofrecen a los turistas. Es un sitio viejo sí, que fue, como dice la novela, escenario de una de las guerras más sangrientas de la Revolución Mexicana, pero pocos reparan en ella salvo los vecinos.

La Plazuela de Guadalajara en Zacatecas
La Plazuela de Guadalajara en Zacatecas. Foto: Alejandro Ortega Neri

Quizá estas calles de Zacatecas será lo más cerca que esté de Cormac McCarthy. Quizá piso sus pasos cada que releo los pasajes de Todos los hermosos caballos. Quizá hasta siendo un chiquillo yo me lo topé en sus caminatas pero para mí fue un gringo más que turisteaba por la ciudad.

A pesar del tiempo que ha pasado de la publicación de la novela y de la posible visita de McCarthy, casi 30 años, y a pesar de que Zacatecas se ha vuelto violenta y a veces indolente, no deja de tener ese cierto aire provinciano; sus mañanas frescas con vendedores de dulces, fresas y agua miel, y sobre todo el cielo cruel del que habló López Velarde. Seguro que McCarthy hoy a sus más de 80 años no la olvida, porque Zacatecas, además de ser como la Tecla de las Ciudades Invisibles, puede ser también Zora de Calvino, la ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más.

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