Chatarra en los autos abandonados, de Christian Julien

¿Quiénes serán sus dueños? ¿Qué vida habrán tenido? ¿Cómo se vestirían al conducirlos? ¿Hasta dónde habrán llegado en ellos? Con sorpresa y admiración, el fotógrafo francés Christian Julien tuvo un encontronazo con ellos en las calles de la capital mexicana.

Ciudad de México, 28 de marzo (MaremotoM).-La Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCDMX) se ha convertido en un valle de automóviles. Casi diez millones de autos circulan por sus venas a una velocidad promedio de 20 km/hr y presionan la infraestructura urbana monopolizando las prioridades. El vertiginoso crecimiento del parque vehicular –a pesar de que el programa Hoy No Circula se ha ampliado a los sábados y de la promoción del uso de la bici– sólo es celebrado por los vendedores de autos y seguros, mientras el sistema de salud hace malabares para ocultar los datos que relacionan los altos índices de plomo en la sangre con el aumento de enfermedades oncológicas y cardíacas en sus habitantes.

La relación de los mexicanos con el auto es enfermiza, pero aún en las calles de esta megalópolis ocurren escenas únicas de ese amor-odio a la máquina.

Apurados por la rutina diaria, los capitalinos pasan sin darse cuenta de un fenómeno curioso: el abandono de autos clásicos en sus aceras. Están ahí; silenciosos, vandalizados, olvidados en un esquina, como la promesa de restauración que alguna vez les hicieron sus dueños. Son chatarra, pedazos de metal diseñados con gracia y estilo oxidándose en la calle; cápsulas de tiempo que sirven a personas sin hogar por algún tiempo; polvosos recuerdos de una época de modernidad y progreso.

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¿Quiénes serán sus dueños? ¿Qué vida habrán tenido? ¿Cómo se vestirían al conducirlos? ¿Hasta dónde habrán llegado en ellos? Con sorpresa y admiración, el fotógrafo francés Christian Julien tuvo un encontronazo con ellos en las calles de la capital mexicana.

No lo podía creer. Pasó buena parte de su vida fotografiando autos con fines publicitarios y en su país no es común verlos arrumbados en la vía pública. Al contrario, lujosamente restaurados circulan en ferias y desfiles y sus dueños son coleccionistas admirados. Pero aquí pasan inadvertidos para la mayoría hasta que algún vecino se cansa de la fauna nociva que acumulan y los reporta a las autoridades para que los recojan en la próxima ‘Campaña de Chatarrización’.

La mirada de Julien es un homenaje a la historia y a la belleza de su diseño. Una intrusión en su lento proceso destructivo. Una declaración de amor en el olvido. (Georgina Hidalgo)

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