Claudina Domingo

Claudina Domingo se busca a sí misma en una autobiografía onírica, donde falta la paz y reina la mentira

La poeta y cuentista hace La noche en el espejo (Sexto Piso), una novela sensual, una novela rara, donde el personaje no descubre exactamente quién es. “Es un personaje del subconsciente”, dice Claudina.

Ciudad de México, 29 de septiembre (MaremotoM).- Claudina Domingo ha cambiado un poco el norte o al menos nos ha sorprendido con esta novela rara y a veces difícil de leer. Cuando le encontramos el camino, La noche en el espejo (Sexto Piso) es una autobiografía onírica que destaca en esta ciudad de las mentiras.

Aunque distópica, la historia no cuenta en qué ciudad o en qué barrio, la Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada en 2012, no quiere lavarse las manos y acepta que hay un sistema de vida que muchas veces ejerce como una prisión o como no intentar ver la realidad o el no indignarse cuando es debido.

Su libro de cuentos Las enemigas (Sexto Piso) fue semifinalista del V Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez y le ha dado la libertad para publicar esta “novela rara”, como ella misma la define, aunque dice que estar en Sexto Piso “puedo escribir lo que quiera y eso es tremendamente valioso”.

“Cada quien tiene sus penurias y la mía es tener que huir siempre de algo, afirma la protagonista de esta novela, una mujer en busca de una paz imposible jaloneada por encuentros que la sumergen en realidades cavernosas que parecen sueños. Vemos desfilar frente a ella personajes asombrosos, grotescos o simplemente sin esperanza. Casi siempre se trata de encuentros fugaces, que tienen la peculiar naturaleza mágica de los encuentros sin una segunda oportunidad. La protagonista no rehúye ninguno, porque cada uno puede ser el que pondrá fin a su huida y esa plena disponibilidad, de tan acendrada, la torna casi incorpórea”, dice Fabio Morabito, el gran poeta y escritor que prologa La noche en el espejo.

Aquí pasamos un adelanto de su libro, otorgado por Sexto Piso y hacemos una entrevista con Claudina Domingo, una escritora joven pero con muchos libros en su haber.

Claudina Domingo
La noche en el espejo. Foto: Cortesía
  1. LA EXPOSICIÓN

El cielo se ve desde el fondo de la estación. Su azul cobalto tiene profundas inclusiones grises. Subo los escalones de dos en dos con la carpeta de acuarelas en la mano. Hay un mechón amarillo brillante arrumbado junto a las nubes: quizá no sea tan tarde. La taquicardia hace una pausa, pero la cantidad de gente y autos, lo pesado que se mueve el metrobús me hacen pensar que son por lo menos las 6:30. Al fin se pone el rojo en el semáforo. Cruzo la avenida. La forma más rápida de atravesar el parque hacia el sur es en diagonal. Así llegaré pronto a mi casa por los marcos, colocaré las acuarelas y saldré corriendo a la galería cortando, de nuevo por el césped, en dirección al este.

Las nubes abren sus cortinas a un cielo azul zafiro. El parque bulle de personas que descansan o se divierten. Por un lado juegan futbol y bajo un grupo de árboles las parejas descansan. No les preocupa la inminencia de la lluvia. La velocidad con la que las nubes se separan es amenazante. Unas viajan hacia el sur mientras otra, casi negra, se aproxima desde el oeste. Las manos me sudan. Ni para qué mirar el reloj. Las zapatillas me van a hacer ampollas. Ya me imagino la escena que haré a la entrada de la galería: en la puerta, respirando con dificultad, con el pelo apelmazado en la frente por el sudor. Las personas me mirarán con reproche mientras cuelgo los cuadros en los sitios vacíos en la pared y me disculpo por interrumpir el discurso de inauguración. Siento una punzada de rabia en el estómago. Nunca voy a llegar a este ritmo. Desanudo las correas de los zapatos. Al menos en el pasto avanzaré más rápido descalza. Ya se ve el seto de helechos al final del parque. Una enredadera con flores amarillas trepa por un fresno alto. Un trueno se desbarata en el aire. Si quiero llegar a casa con las acuarelas secas debo correr.

Al bajar las escaleras el aroma de la enredadera se acrecienta. Corto una flor amarilla (me recuerda a una campana) pero cuando voy a prendérmela en el pelo recuerdo la prisa que llevo. Sólo faltan dos cuadras y dar la vuelta a la derecha. Mi casa me estará presintiendo: prepara la alineación de sus tabiques, perfila el color oscuro de su puerta y lo oblicuo de su cristal en ella; pule el verde de los cinco escalones cubiertos de pasto artificial. Detrás de la puerta está la mesa desarreglada donde seguro quedará un traste del desayuno, lápices, la computadora, un sombrero o un suéter. Tras la mesa, el gastado sofá frente a la tele. Entraré con el pulso a toda carrera. La puerta se azotará tras de mí y el fólder caerá sobre la mesa. La bolsita del hombro planeará sobre alguna silla y caerá en algún lugar de la sala mientras me desabrocho el pantalón y me bajo los calzones aún antes de entrar al baño. Las piernas me duelen conforme doy zancadas. Doblo en la segunda cuadra a la derecha. Las casas, iguales a las anteriores, están cubiertas de troncos y sus techos, de tejas rojas.

Los muslos me tiemblan. Aflojo la marcha. A derecha e izquierda, la sucesión de tejas rojas en los techos no sólo llega al final de la cuadra sino que se prolonga a la siguiente. ¿Cómo pude equivocarme de escalera? A lo lejos, ninguna de las cuadras muestra los tejados grises de dos aguas que tienen casas como la mía. Sigo una cuarta cuadra y doy vuelta a la izquierda para corregir hacia el este mi error. Pinos altos y gruesos alargan sus ramas hacia el árbol vecino, creando una sensación boscosa en el andador. El camino hacia el oeste tiene el verde claro de los pinos recién sembrados. Mi casa debe estar en la dirección opuesta, donde el cielo no es perturbado por la atmósfera boscosa y apenas se divisan las copas de unos árboles jóvenes. Camino hacia allí con paso rápido.

Dos personas caminan por el pasillo de la galería. Su puerta principal da a un muro de granito y por el pasillo veo a la gente que rodea el edificio. Ahí viene el pintor con el que expondría. La gente se echa a sus brazos felicitándolo. Tengo una gran facilidad para echarme a perder la vida… Una mano rapaz se prende de mi antebrazo. Es la directora de la galería.

—Si vas a engañar a tu novio, por lo menos no destruyas tu incipiente carrera artística en el proceso.

Antes de que pueda responder, la mujer da media vuelta y se marcha.

—Mi amor —una voz grave y una manaza me hacen voltear—, vamos a tomar un café con Arreola y su novia.

Mi mirada se deshace frente al sujeto: un hombre como una montaña (al menos, tan alto que su cabeza cubre la luz de una lámpara en el techo) mueve con gran trabajo los labios: el inferior, tan grueso como una rebanada de pan, blanquecino y húmedo, pugna contra unos largos dientes superiores. En contraste con la boca casi feroz, los ojos (bastante separados y con las comisuras externas caídas) reflejan una mansedumbre casi vacuna. La poderosa nariz con crestas y gibas busca dar un retrato heroico al rostro, pero no sólo ojos y boca lo impiden, sino que la frente, abultada y verdeante de venas saltonas, hace de la cara una canasta de verdulería.

Su bocaza se abre encima de mi cara, dejándome inmersa en su aliento de golosinas. Me toma la mano y, bamboleando las caderas, se abre paso entre la multitud.

El pintor y su novia están sentados bajo la copa frondosa de un árbol iluminado.

—Gabriel, Gaby —el pintor se sube a la mesa, sonriente y con los ojos chispeantes—, cuéntale de la broma que hice a la galerista.

—Ay, Arreola, ni fue tan graciosa —dice Gabriel, haciendo salir con esfuerzo las palabras por la boca que de perfil es idéntica al hocico de un pez abisal—. ¡Mesero! ¡Mesero! ¿Dónde están estos imbéciles cuando se les necesita?

Sentada a la mesa, bajo las lamparitas de colores, con las acuarelas sobre las piernas, siento por fin el cansancio de las piernas. La frustración me teje espinas en las rodillas. Ten- go ganas de aovillarme y llorar. Qué día tan frustrante. Hubiera sido mejor dirigirme a la galería desde un principio. Allí tendrían marcos para las acuarelas y, aunque hubiera sido bochornoso, al menos habría expuesto… ¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones de sentido común?

—Lo siento —digo, con voz tembleque—. Salí del metro tarde y las acuarelas… creí que si cortaba por el parque en vez de tomar el metrobús, llegaría a mi casa, podría enmarcarlas y luego correr a la galería. Lo siento de veras. Deben estar enojados y decepcionados… tienen razón.

Tengo tres pares de ojos desconcertados frente a mí.

—¿De qué habla? —le pregunta en voz muy baja la rubia al pintor, acercando su rostro perfecto al oído de éste sin dejar de mirarme.

—Las acuarelas que no pude montar en la exposición…

—explico, más seria y recompuesta—. Sé que fue un terrible error. ¿Creen que haya manera de que las monte en otro lado?

El gordo toma con delicadeza mi mano derecha, se la acerca al rostro y deja un beso inesperadamente terso.

—No te pongas así, no, no, no, nena. Ni valía la pena estar ahí. Estaba llenísimo y el vino era horripilante. Tus acuarelas están bien, están seguras allí.

—Son óleos —lo interrumpe el pintor, con tono enérgico.

—Ah, sí, óleos, óleos. Soy un ignorante.

—Un ignorante y medio —dicen al unísono el pintor y su novia.

—No, son acuarelas —digo, enfática— y están aquí. —Saco de abajo de la mesa el cartapacio y lo acomodo sobre ella.

—¿Y sus óleos de la galería, Arreola? —la rubia vuelve a acercar su rostro al pintor—. Yo nunca entiendo nada, debe ser porque soy estúpida. —La rubia recarga la frente sobre la mesa y comienza a sollozar.

—Por favor, no llores —le digo abochornada—. Yo tampoco entiendo y no soy estúpida. —La rubia me mira con un gesto bastante estúpido—. Yo tampoco entiendo: ¿hay óleos míos en la galería, colgados? Porque yo pensé… por eso iba a casa… que iba a exponer estas acuarelas.

—¿Pero cómo se te ocurre? —el pintor me echa encima su rostro encendido—, ¡unas acuarelas entre óleos! ¡No puedes hacer eso! Qué insolencia. Allí están tus óleos, desde ayer.

—Antier —lo corrige la rubia.

—Es lo mismo —dice el pintor—. Ahí están y nada tienen que hacer ahí unas acuarelas —Arreola baja la vista hacia la carpeta—. ¿De qué son?

Las manos me sudan. Los nervios, el carácter tan fuerte del pintor, las lucecillas del árbol… Todo me confunde y no alcanzo a recordar de qué son las acuarelas. Debo tener las mejillas rojas. Volteo a mirar al Gordo, pero está distraído, buscando con la vista a un mesero.

Separo las hojas de la carpeta. Bajo la luz diamantina de los foquitos se abren párpados azules y verdosos, comisuras violetas, destellos amarillos y anaranjados a la deriva sobre un estanque que flota sobre sí mismo: suspendido del reflejo vertical de las copas alargadas, concentrado en el azul profundo del agua que baila en su quietud. El pintor se lleva una mano a la cara y endereza la espalda. Hago a un lado la cartulina. En la siguiente, un incendio de amarillos, naranjas, mandarinas y rojos abre sus pétalos. Una ola profusa de recuerdos vaga- mente vegetales es atravesada, en su techo, por insinuaciones celestes; en el suelo hay una cicatriz amarilla. Verdes y violetas confieren una profundidad engañosa al cuadro: ¿se trata apenas de un estrecho pasaje de jardín o del sendero de un bosque? Fijar la vista al centro tampoco sirve de mucho: como en la cartulina anterior, la viveza arrebolada del cuadro navega por los ojos. La siguiente composición es un poco más clara: un puente a la derecha, unos árboles de copas inclinadas al centro para remarcar, en el rincón izquierdo superior, un trozo de cielo lechoso bajo el que se abre un camino en rojos encarnados de flores difusas. El espejismo de ver con ojos miopes colores casi vivos. Otro estanque con jardín y puente. Una playa al final de un camino seco que se transforma en arena. Veleros bajo cielos recargados de livianas nubes blancas. Amarillos, carmines, verdes y ocres que lo mismo son espesuras de bosques que ramos de flores. En el último de los cuadros, un ojo enfermo vierte su crepúsculo sobre aguas indefinidas, vítreas, donde el horizonte se escabulle y una balsita flota en las sombras.

—Esto se parece —dice la rubia, pensativa— a algo que existe pero no es, ¿cómo se le llama a eso, Arreola? No es una idea, sino una, una…

—¡Se llama arte! —exclama el pintor, golpeando la mesa y mirando hacia la copa iluminada del árbol—. Hoy hemos presenciado el nacimiento de una forma de expresión —luego su mirada barre el último de los cuadros con tristeza—: Ojalá yo pudiera pintar algo así. Gabriel: hay que organizarle una exposición para ella sola, en el Museo de la Ciudad, con tus amigos…

El Gordo aterriza, suspirando, de una región tan abigarrada y difusa como la de los cuadros.

—Claro, claro. Será un acontecimiento. Propongo que se llame: «Samarcanda Belmontes: la artista de los pinceles difusos».

La rubia arruga la boca.

—Ay, Gaby —dice el pintor llevándose una mano a la frente—, qué bueno que no te dedicas a nada artístico. No, no, no. Se llamará: «Samarcanda Belmontes: inventora del color».

Esperamos en la avenida a que pase un taxi. ¿Dónde comprarían los foquitos de cristal para el árbol del café? Con tantas cosas ocurriendo al mismo tiempo olvidé preguntarle al mesero. Se verían tan bien en el ficus que hay a la entrada de mi casa. «Samarcanda Belmontes: inventora del color». ¿Serán caros? Si están al aire libre y en tal cantidad, deben ser baratos, pero no tenían cableado; si son digitales son caros. No los había visto en ninguna tienda ni en otro sitio; quizá son importados. «Samarcanda Belmontes…». Bajo el árbol brillante y en la boca del pintor, mi nombre adquirió un halo de paisaje, pétreo e imponente. Otro día tengo que regresar y preguntarles dónde compraron los foquitos. El pintor abre la puerta del auto gris que se detiene junto a la acera. El Gordo sube su tonelaje en el asiento del copiloto y yo, al último, cierro la puerta de- recha trasera. La rubia tiene los ojos enrojecidos. Ahora que me recuesto en el asiento, me siento tan débil que me mareo.

¿Cómo puede extraviarse una persona tan cerca de su casa? No pude estar muy lejos de mi vecindario.

—¿Por qué no te gusta Suiza, Arreola? —dice la rubia mientras las lágrimas escurren hasta su barbilla.

El pintor cruza los brazos y saca la lengua.

—¿También Suiza es una rubia tonta? ¡¿Una gran rubia tonta que sólo saber hacer relojes?! —La rubia agita las manos frente a ella y echa la cabeza encima de sus rodillas, mientras llora con tanta rabia que parece que ríe.

El pintor alza una mano y la deja caer con fuerza sobre su cabeza.

—¡Ey! ¿Qué te pasa? —Intento proteger a la rubia con mis brazos, pero ella se libera de mi abrazo con fuerza.

—¡Tú no te metas! ¿Crees que tienes derecho por no ser una rubia tonta? ¡Quiero que vayamos a Suiza en Navidad!

—¡Pero yo quiero pasar el Año Nuevo aquí! —Arreola aprieta el rostro como si exprimiera un limón.

—¡No hay nada más bello que Suiza en Navidad! ¿Miento, Gaby?

El cansancio de la tarde me va subiendo por las pantorrillas mientras la disputa entre el pintor y su novia hace temblar el auto. Ella llora cada vez más fuerte. El pintor hace gestos con la cara enrojecida y se jala los cabellos. No puedo contener una carcajada, que sale llena de saliva y aire en mi intento por reprimirla. Pasan unos segundos antes de que ellos volteen a mirarme:

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—Pero pueden pasar en Suiza la Navidad y el Año Nuevo aquí. Sólo tienen que comprar con tiempo los boletos de avión… —El dolor de estómago que me provoca la risa me impide explicar más.

Escurro la espalda por la puerta detrás de mí hasta que mis nalgas tocan el suelo. El fólder con las acuarelas resbala entre mis dedos. Estoy tan agotada. ¿Cómo pude confundir mi casa? ¿Cómo hace uno para recordar una casa que no es la pro- pia con tanta nitidez: el techo de dos aguas, el pasto falso sobre los escalones? Paso saliva con fuerza. El muro de enfrente se encuentra a seis metros de la puerta de entrada. Un cuadro de dos metros por uno y medio representa un puente negro, trazado contra una tarde de invierno: un cielo lechoso con destellos mostaza. A un lado del cuadro hay una escultura de un banco; es decir, un banco, de dos metros de alto. Más a la izquierda, en una esquina y junto a un ventanal que ocupa todo el muro, una silla cuyo respaldo llega al techo. El escultor estará marcando tendencia. Aunque de proporciones más humanas, todo lo demás es grande: los caballetes donde están los óleos en proceso: puentes negros, puentes negros desde un ángulo más amplio, una viga del puente negro, los cables del puente. Me pongo de pie y levanto el fólder con las acuarelas. No hay comparación entre esa monótona repetición de trazos negros y las acuarelas fantasmagóricas y coloridas que iba a exponer. Hacia el norte, el departamento se estrecha. A la derecha hay dos puertas. Unas luces me deslumbran en vertical: el cielorraso es de vidrio y por encima de él un helicóptero moscardea la ciudad. Al menos en la habitación sí hay un techo, porque de otra forma, el insomnio se cebaría sobre mí. «Samarcanda Belmontes: inventora del color». Las acuarelas caen sobre el colchón. Entro al baño. Me bajo el pantalón y me siento sobre la porcelana fría a orinar. No puedo. He sentido ganas desde que atravesé el parque y ahora me resulta imposible. Me su- bo el pantalón. Me miro en el espejo del baño. «Samarcanda Belmontes». El nombre se alza como una bóveda a través de mi timbre un tanto grave y nasal.

  1. LA CALLE

No hacer nada, no pensar en nada. ¿De dónde habré sacado la idea? El gato veloz que cruza la calle no necesita ideas… pero sospecha que lo sigo. Estoy somnolienta, como si arrastrara el cuerpo con la cabeza. Llego a la avenida, a unas cuadras está el metro y a la izquierda el departamento donde viví tres años. La luz es buena para una mañana sin cuerpo. El sol todavía chorrea en diagonal cargado de zumo de mandarina. «¡No lo toques; no lo toques!». En un segundo piso, el gato se contorsiona entre las manos de un niño. El rabo se agita como una larva. El felino gira la cabeza de un lado al otro mientras las manos lo sostienen. Una risa sin rostro hace su escalera de lo grave a lo agudo. El gato deja de moverse y mira fijamente el rostro del niño. Cuando la risa es estridente, se desploma en un silbido exangüe. Las manos sueltan al gato, que entra corriendo al departamento. Peltres y porcelanas caen en la frescura de la mañana. El niño voltea y mira la ciudad antes de meterse también al departamento. Podría jurar que tenía bigotes, largos bigotes de gato junto a la boca. Debo estar más ciega de lo que creía. Comienzo a sentir la cara conforme me alejo. Mi sonrisa es un ligero navajazo. ¡Bigotes de gato! Quizá, poco a poco, sienta las manos o las piernas, aunque no está mal andar así, moviéndome con el pensamiento amodorrado. Al final de la avenida la calzada lanza de un lado al otro la liga anaranjada del metro. Qué extraño; yo vivía cerca de un metro subterráneo.

En los balcones hay jaulas donde los pájaros tejen sus trinos. Hay uno con dos tonos que empieza el diálogo y otro con tres, más bajos, que responde; entre los dos remedan un lento columpio. Los gorjeos cuelgan de una casona azul pálida, deslavada. Parte del techo está destruido. En una terraza se cuelan profusos goterones de sol sobre sábanas tendidas y helechos que bendice un brazo con una regadera. La mujer se detiene, me mira observarla y sonríe. «Entra, está abierto». Cruzo la calle lo más rápido que puedo, pero todavía no siento las piernas del todo. Tanto tiempo, tantos y tantos malentendidos, pero al fin veré de nuevo a Olga: sus ojos grandes delineados en el párpado inferior con una gruesa línea negra, sus cabellos rizados también negros; su tristeza que se desplegaba bajo la mía para recibirla.

El edificio, medio derruido, es semejante a una casona novohispana que sus habitantes han adaptado para vivir en él como si fuera una vecindad. Hay un boquete en el último piso que tiene hijos en los pisos inferiores, aunque no en los mismos sitios. La luz se cuela por ellos y baila en los muros como si en el sótano una pileta de agua lanzara reflejos bamboleantes. Una humedad de helechos y enredaderas se arrastra por los pasillos de los pisos inferiores. Conforme subo las escaleras copas de oro amarillas y oaxaqueñas moradas se lanzan de improvisados barandales y ventanas. Justo ahora se me ocurre que no me fijé si Olga estaba en el tercer o cuarto piso. Empujo una puerta entornada a mi derecha. Adentro hay una niña tendida en un sillón; más allá se encuentra la terraza con los helechos que Olga regaba vestida con una larga túnica violeta. Ahora me muevo como si me hubieran prestado un cuerpo dos tallas más grande. En la terraza se amontonan varias colchonetas unas sobre otras, como la cama de la princesa que encontró un guisante bajo ellas, con la diferencia de que si nadie mete los colchones en julio quedarán hechos sopa. Olga no está en el balcón pero sí las aves en sus jaulas, empeñadas en su conversación monótona. De lejos tuve la impresión de que eran aves exóticas, pero se trata de dos canarios, uno rojo como un carbón y otro amarillo como yema de huevo, cada uno en su jaula. Olga no está. Entro al salón donde la niña descansa con los ojos cerrados. Apenas se mueve cuando la sacudo. Salgo de nuevo hacia los pasillos. Subo al siguiente piso, donde escucho niños desayunar entre risas y gritos. Dos mujeres pelean en el pasillo por una cubeta de agua. En el último piso no habita nadie: los agujeros en el techo son demasiado grandes para permitir la vida bajo ellos, pero los suelos están sembrados de muñecas y carritos. Los niños juegan aquí y luego olvidan esta civilización fantasmagórica de juguetes. Es probable que Olga haya salido justo cuando yo subía las escaleras. Pero ¿por qué me habría pedido que subiera a verla?

—Disculpe, ¿dónde vive Olga?

La mujer, alta y bronceada, me mira como si estuviera en el último brazo de Orión, se encoge de hombros y se da media vuelta. Me invade un desgano interminable que a falta de torso para explayarse se abre en mi garganta y en mis ojos. Tengo que salir de aquí y llegar pronto a un parque (o volver a mi casa) para acostarme a descansar un rato.

El día se nubló. El cielo tiene ese gesto de aburrimiento previo a la melancolía que tienen los días de verano, cuando a la ciudad le pesa estar condenada a las alturas pero también a los ho- rarios. Camino hacia la calzada y cruzo el puente peatonal sobre las vías del metro. Ya siento los pies (al menos la trepidación bajo ellos). Debería estar en casa, pintando. Una pandilla de perros pasa por la calle perpendicular. ¿Será que las ciudades le hacen esto a los animales y hasta ellos llevan prisa, o más bien uno aprendió de ellos a correr? «H» dice, así, entre co- millas, una cartulina colocada afuera de un zaguán negro. Por encima de él ondea una gloria blanca. Les gusta el verano para acaparar con sus ramas y su infinidad de estrellas techos, balcones y bardas. Llevo un buen rato mirando las flores cuando observo a un hombre que me mira sin pestañear. Debe pensar que estoy loca: clavada a la mitad de la calle mirando una barda. Pero no me mira con sorna. El deseo abreva en sus ojos negros y almendrados, en su boca fina y un tanto dura. Sonrío para propiciar aunque sea un guiño de su parte y quebrar la densidad de su mirada. Él me mira y luego observa el piso junto a sus zapatos. Avanzo sin que me preocupe cumplir la orden de un extraño. Podría mirar esos ojos intensos todo el día.

—Vamos —dice, cuando estoy junto a él, y toca el timbre del zaguán.

Estoy a punto de preguntar a dónde o si conoce a alguien en la casa cuando la puerta se abre automáticamente. El hombre cruza antes que yo el umbral. Tras éste, un patiecillo de pisos levantados por raíces guarda en sus rincones cubetas sembradas de bulbos y plantas de sombra. El hombre me mira desde una puerta interior, hacia donde me dirijo.

Caminamos por una sala con sillones de terciopelo azul que llevan años bajo la caricia del polvo. Las piezas (el sillón largo, la plaza de dos piezas, el individual) están repetidas al menos una vez y hacen una masa azul y café que deja un caminito para una persona. Sigo al hombre. Su suéter a rayas violetas y negras me intenta recordar… algo que se me escapa. Al llegar a una puerta abierta, damos vuelta a la izquierda a otra sala más espaciosa. Quizá el dueño de la casa ponía orden y decidió vaciar esta habitación mientras acomodaba las otras. Dejó aquí varias vidrieras. En una, unos viejos aretes con racimos de perlas de río reposan de costado junto a un brazalete de marfil. La mano del hombre, de dedos finos y largos, me toma del brazo. Parece leer mi mente porque me dice: «Ya falta poco», con voz delicada. Camino junto a él que, al llegar a un costado de la sala se detiene, respetuosamente, junto a una pesada puerta de madera oscura. Endereza la espalda antes de girar la perilla y se desliza antes que yo. Espera a que yo entre para cerrar la puerta. En un salón cuyos ventanales dan hacia el patio están alineadas en dos hileras cunas de madera techadas que le llegan al hombro a mi acompañante. Me sonríe y saca de su pantalón unas monedas. Las deposita en una ranura del mueble que tiene a mano. El sarcófago mecánico se abre, primero de la parte superior y luego por enfrente.

—Primero las damas —me dice, con una sonrisa amplia y afectuosa, mientras su mano hace un movimiento galante hacia atrás.

Su sonrisa y su gesto me hacen reír. Me acerco al armatoste, a donde tengo que trepar para alcanzar el colchón que hay dentro. El hombre sube después de mí, y su cuerpo me obliga a darme prisa para sentarme sobre los talones en el extremo del sitio. El tálamo se vuelve a cerrar en torno a nosotros. Una tenue iluminación amortigua el encierro donde estamos y se cierne sobre la techumbre y las paredes de madera tallada, donde un escultor libidinoso grabó hombres y mujeres penetrándose y sorbiéndose los sexos.

—Es como estar —le digo, bajando la voz ante lo cavernoso de mi eco— en una casita de juguete… pero de Kamasutra.

Reímos con la ocurrencia. Nos tendemos de costado uno frente a otro. Se me ocurre preguntarle su nombre, pero no responde, sólo sonríe y en sus labios finos brilla la saliva. Lo beso. Sus manos me acarician en trazos amplios y sencillos: primero el pelo, luego el pecho, el vientre, el pubis y los mus- los. Nos desnudamos torpemente dentro del sarcófago.

—Se ve que en esto no pensaron —le digo, nerviosa de ser la única que llena el silencio. Él sigue sonriendo como un niño tímido.

Me tiende de espaldas con un solo movimiento y me mira con los ojos muy abiertos mientras me penetra. Arriba, en la techumbre de dos aguas, las figuras femeninas remedan mi boca abierta, sólo que en la madera hay unos amantes sentados y otros de pie, algunos de cuclillas. Nosotros, por intervalos, sólo podemos montarnos el uno al otro. El hombre me mira muy concentrado, como si fuera la primera vez que estuviera con una mujer, aunque es imposible dada la naturalidad con que llegamos hasta aquí. Su sexo se hunde en el mío con eficacia y simpleza. Me coloco bocabajo para que sus grandes ojos dejen de mirarme con fijeza. Las figuras talladas siguen haciendo gestos y piruetas por todo el entramado. Escucho mi respiración agitarse y volver, caer casi en las sombras. Desde allí me acerco al filo de un orgasmo que se me escabulle en la luz ocre cuando abro de nuevo los ojos. El hombre aumenta la velocidad, resopla y resuella mientras se apoya en mi espalda.

Escucho su grito breve y siento su cuerpo desprenderse del mío. Sonríe de nuevo mientras me mira vestirme. Cuando se acomoda el suéter sobre la camisa, un pitido nos anuncia el fin de nuestro tiempo. La cápsula se abre de nuevo. Tropiezo al bajar. Me arrodillo y me pongo los zapatos.

—Ha sido un placer —le digo bromeando, convencida de que sin importar qué diga él contestará con una sonrisa.

En efecto, sonríe e inclina el cuerpo como un antiguo caballero. Atravesamos de nuevo las salas a medio vaciar, tan rápido que olvido llevarme el brazalete de marfil. Nadie lo hubiera notado. Sólo cuando estamos en el zaguán el hombre vuelve a hablar:

—Creo que te perdiste. El metro subterráneo queda del otro lado de la calzada, pero ya es tarde para tomarlo. Mejor ve a la esquina y toma el pesero que sale allí, también pasa por tu casa.

—Claro —le respondo, mientras lo veo alejarse, y sólo has- ta que subo al camión comienzo a preguntarme en qué momento le dije dónde vivo.

  1. LA INAUGURACIÓN

La oscuridad me untó su lengua pesada a lo largo del cuerpo. Me pegué al cuerpo perpetuamente oloroso a golosinas del Gordo conforme bajamos las escaleras. Las sombras, bande- ras de humo sobre el terciopelo de las paredes, nos dieron la bienvenida. Alguien tuvo la excelente idea de abrir bares-catacumba. El Gordo se movió hacia un mostrador que tenía a su izquierda, atropellando una mesa llena de personas, y señaló con la mano una pierna de cerdo ahumada que colgaba del techo. Un cuchillo cortó una rebanada de jamón y la mano la puso sobre un trozo de madera, junto a un pedazo de pan, pepinillos y mantequilla. Otra mano puso sobre el mostrador una jarra de vino. El Gordo sacó un billete del bolsillo de su pantalón y lo aventó del otro lado del mostrador. Después tomó su tabla con fiambre y su jarra de vino.

Justo cuando nos sentábamos, tuve ganas de ir al baño. Me levanté de la mesa y volví al pasillo rebosante de sombras. En lo alto del muro, las antorchas se sucedían a tramos irregulares. El pasillo se prolongaba en la semioscuridad de tabernas y discotecas sin que apareciera un sanitario. Pensaba en regresar cuando vi la puerta del baño con una muñeca pintada bajándose los calzones. La abrí temiendo encontrar una letrina; en cambio, encontré un baño reluciente, con espejos y luz fría. No me atreví a mirarme al espejo. Me pareció, de reojo, que había engordado bastante. Cerré los ojos cuando salí del cubículo del inodoro y mientras me lavaba las manos. Así empezó a caerme encima la música, viva y hermosa, como alcohol en el estómago vacío o agua fría sobre la cabeza: «Por las calles camina la Bikina, la-gente murmura a su pasar. Dicen que tiene una pena; dicen que tiene una pena que la hace lloraaaar».

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