Rompan todo

Con esas músicas habría que hacer otro documental: Armen todo

Olvidar a Silvio o a todo el rock brasileño, por ejemplo, es una decisión del documental que genera un sesgo a mi modo de ver arbitrario y una toma de postura que no me representa ¿Esto me impidió disfrutarlo? No.

Ciudad de México, 18 de diciembre (MaremotoM).- “Maná no es rock”, la mayor objeción en redes a Rompan todo, la miniserie documental de Santaolalla sobre el rock latinoamericano. (Bueno, sobre una porción importante del mismo).

Yo le pregunto a estos puristas: la canción, “Yesterday”, de Paul McCartney, ¿es rock?

Como queda claro que nadie posee una idea precisa de lo que es el rock, ni siquiera sus protagonistas, propongo adoptar una postura estética humilde e intentar moderar un poco los arrebatos a donde nos arrastra nuestra urgencia de identidad. A mí no me importa si Maná es rock o no. Quien niegue la capacidad melódica de Maná está sordo. Una sordera autoimpuesta, será, como esa playera ideológica que algunos no se han querido sacar desde una adolescencia que ya ha dado otras señales de deterioro.

No cuestiono la presencia de Maná en el documental, tampoco la de artistas que “no son rock” como Víctor Jara, cuya mención como compositor víctima del pinochetismo asesino, resulta más que pertinente. Al contrario: le reclamo ausencias del “no rock” que me parecen imperdonables, como la de Silvio Rodríguez.

Si “Muchacha”, de Spinetta, es rock, y es una de las (sino la más) hermosa canción del rock argentino, entonces “Esto no es una elegía” de Silvio es rock también. Y otras suyas, cuya “actitud rockera” le rompe la crisma a tanta música que sale a intentar conmover al mercado con la playera de lo auténtico. Aventuras, por cierto, que no dejan de regalarnos tristes recordatorios de que el mejor rock exige poesía y que a la vez, ésta es muy escasa.

Olvidar a Silvio o a todo el rock brasileño, por ejemplo, es una decisión del documental que genera un sesgo a mi modo de ver arbitrario y una toma de postura que no me representa.

¿Esto me impidió disfrutarlo? No.

Siempre produce un lindo gusto recordar el enorme talento que hay en este continente y lo que aquí hemos hecho con el diagrama estético que nos heredaron los inventores anglosajones del rock. Por esa razón celebro Rompan todo.

Concediendo que era “imposible que estuvieran todos”, llama igualmente la atención el criterio para apreciar el aporte de los que sí están. Y es el criterio del rédito que obtuvieron los inversionistas. Tal es ese sesgo que, según el documental, el mayor aporte de Caifanes es “La negra Tomasa”, (ni hablar de la injusta omisión a Marcovich o al resto del repertorio de una banda cenital). Ese criterio es el que hace que centren el aporte de Fito Páez en El amor después del amor y olviden por completo su Ciudad de pobres corazones, indiscutiblemente uno de los mejores discos en la historia del rock en español, dechado de originalidad y cumbre de inspiración. Lo mismo ocurre con la obra de varios más.

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Último sesgo. La serie no elude, al contrario, destaca, el entorno político y cultural en que evolucionó éste, nuestro rock. (Maná incluido). Algo encomiable desde el enfoque documental, diría uno. Pero allí se pisa el pie a sí misma con otra visión muy cuestionable: el involuntario o voluntario reflote de la teoría de los dos demonios, sobre todo en el caso argentino. Esta teoría, para los que no la conocen, sostiene que una sociedad inocente (donde se incluirían muchos de estos sensibles artistas) fue víctima del fuego cruzado entre la extrema izquierda y la extrema derecha (esa que, a diferencia de la primera, usurpó los gobiernos constitucionales con dictaduras asesinas). Resultan imperdonablemente naífs algunas de las opiniones políticas de los compositores protagonistas, pero, más grave, el peso (sonso o reaccionario, según haya sido esto hecho a propósito o no) que se decide otorgar a esta tesis que tergiversa la historia.

No hay menciones a las canciones de memoria, a la inolvidable “Desapariciones”, de Rubén Blades, tan “rockera” como cualquiera de Juanes y de una vigencia dramática. No hay menciones a las Madres o a las Abuelas de Plaza de Mayo, cuya misma lucha ha inspirado temas hermosos. Por supuesto, en el axioma “no se puede contar todo” se afirma este otro: “se decide qué contar”.

Rompan todo es una entretenida pintura de una parte de la música de nuestro continente, particularmente la que pasó por las manos de ese apostador genial de talentos que ha sido Santaolalla. Pero no está sola. Viene a engrosar varios documentales sobre el rock en latinoamérica o en español. Funciona como testimonio, sirve para aumentar el interés en el tema. Bienvenida al coro. Antes que ella han aparecido trabajos espléndidos, armados sin presupuesto pero con tremendo amor por las canciones en español, como el exhaustivo “Buscando el rock mexicano” de Ricardo Rico.

Volteo a ver a tantos amigos músicos talentosos, tantos que mencionarlos invitaría a una nueva omisión (esta vez mía y no de Netflix), y festejo sus universos, sus estéticas, sus melodías y sus letras, que, consideradas o no por el lente del profit, hacen un aporte fundamental a nuestra cultura y nuestras vidas. Con esas músicas habría que hacer otro documental: Armen todo.

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