Confinados

CONFINADOS | ¡Cuídate de los cardos!

“¿Y no se aburría usted ahí Dominga tantas horas adentro del cardo?” le preguntó una vez un pajuerano que no lograba comprender el sentido profundo de la historia que la machi estaba contando. No, le dijo ella, con ese dejo de ironía que tiene desde antaño la voz mapuche, “nunca había visto cosas tan interesantes en mi vida”.

Ciudad de México, 30 de junio (MaremotoM).- Muchas veces el confinamiento es una sofisticada técnica. Y algunas culturas lo cultivan como acceso a un conocimiento superior, que sólo puede lograrse en condiciones de absoluto aislamiento.

Así fue como lo aprendió a mediados del siglo XX Dominga Ñancufil. La niña había nacido nieta de una machi y por lo tanto era su heredera natural. La abuela emprendió pronto las tareas de aprendizaje, y cuando Dominga tenía apenas cinco o seis años la llevaba hasta el centro del desierto y la escondía dentro de un cardo ruso.

Entonces le pedía que se quedara “quietita”, observando lo que iba a suceder en la naturaleza. Y que sobre todo le prestara mucha atención a los animales que iban a aparecer, porque observándolos, le dijo la abuela, iba a aprender qué tipo de animal llevaba ella dentro y eso iba a ser de mucha importancia en su vida.

Así permanecía la pequeña Dominga durante horas en el desierto, confinada dentro de una mata de cardo ruso. Apenas la abuela se marchaba aparecían zorros y serpientes, arañas y aguiluchos, peludos y lechuzas. La niña los observaba con atención y trataba de descifrar cuál de todos ellos se le parecía.

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Cuando regresaba, a veces después de muchas horas, la abuela le pedía que contara con  detalle cada cosa que había visto. Si la niña no sabía qué decir, ella la iba guiando por el camino del saber mirar cuando creemos que afuera no está sucediendo nada.

La abuela comprobó poco tiempo después que la pequeña Dominga era algo más fuerte de lo que suponía. La niña no pudo elegir un solo animal y le dijo que ella sería águila y serpiente a la vez. Si es que eso no representaba algún inconveniente.

La abuela preparó entonces a Dominga para algo mucho más importante. “Todo nuestro conocimiento” le dijo “ha estado guardado durante mucho tiempo”. La clave, le dijo, es que no escribimos libros. Todo permanece en nuestras cabezas y se traslada en nuestras historias. Y le encomendó una tremenda tarea: contar todos sus antiguos secretos a un hombre blanco por primera vez. “Un hombre blanco, vestido de blanco…”

“¿Y no se aburría usted ahí Dominga tantas horas adentro del cardo?” le preguntó una vez un pajuerano que no lograba comprender el sentido profundo de la historia que la machi estaba contando. No, le dijo ella, con ese dejo de ironía que tiene desde antaño la voz mapuche, “nunca había visto cosas tan interesantes en mi vida”.

Muchos años después la profecía de la abuela se cumplió y el hombre “blanco y vestido de blanco” apareció en su vida. Pero esa ya es otra historia…

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