Emigrantes a América

CONFINADOS | El abuelo cuando sube al primer buque hacia América

Mi bisabuelo murió joven, nunca lo conocí. Los estragos de la mina ya le habían deshecho la salud. Pero nunca más volvió a estar confinado. Ni debajo de la tierra, ni en la llanura donde soñó con la libertad.

Ciudad de México, 30 de mayo (MaremotoM).- El padre de mi abuela Carmen había nacido en Galicia y era minero del carbón. Se internaba cada día en las montañas que están en la frontera con Asturias con la certeza de que la profundidad de la tierra sólo podía traerle una muerte temprana, una sabiduría antigua que aún hoy comparten los mineros en muchos lugares del planeta.

A principios de siglo mi bisabuelo se casó, tuvo dos hijos y un día fue a trabajar a la mina como lo hacía siempre, con la muerte bajo el brazo y la obligación de poner algo de pan en una mesa de miserias.

Pero ese día se produjo una explosión descontrolada y mi bisabuelo quedó sepultado bajo un manto de piedras junto a varios de sus colegas. Según contaba mi abuela, estuvo dos días así, confinado en las entrañas del mundo, esperando lo peor. Mientras mascaba el último tabaco que llevaba consigo se prometió que si salía de esa nunca más iba a pisar una mina.

Y salió.

La empresa pagó los jornales y algo más como para compensar tanto abismo y mi bisabuelo cumplió su promesa. Con lo que tenía puesto y sin avisar ni siquiera a su mujer, ni despedirse de sus dos hijos pequeños, se fue al puerto más cercano y se tomó el primer buque que partía para América sin preguntar su destino.

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Abandonada a su suerte, mi bisabuela creyó que su marido había muerto en la mina. Foto: Cortesía

Abandonada a su suerte, mi bisabuela creyó que su marido había muerto en la mina, vistió de negro y vivió de las migajas que le acercaban en el pueblo las mujeres de los otros mineros, acostumbradas a la solidaridad tanto como al hambre.

El barco lo trajo hasta Argentina, pero él no tuvo coraje ni para escribir una carta, por lo cual su mujer estuvo más de dos años sin tener noticias del desaparecido. Pero él no se había olvidado ni de ella ni de sus hijos. Cuando logró ahorrar el dinero para los tres pasajes mandó carta, billetes y explicaciones. Si alguna vez quise leer una carta, fue esa. Pero mi bisabuela no la conservó.

Lo que si conservó, en cambio, fue la confianza en ese hombre que había desaparecido sin dejar huella. Y sin pensarlo dos veces compró los pasajes, se despidió de su familia y se subió al barco con los dos niños pequeños.

Mi abuela, que nació nueve meses después del desembarco, trató muchas veces de contarme la escena. Pero creo que ni ella ni yo podíamos reconstruirla sólo con las palabras. Si hay una escena que me hubiera gustado ver, es esa.

Mi bisabuelo murió joven, nunca lo conocí. Los estragos de la mina ya le habían deshecho la salud. Pero nunca más volvió a estar confinado. Ni debajo de la tierra, ni en la llanura donde soñó con la libertad.

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