Confinados

CONFINADOS | El whisky y las pastillas azules

Entonces todo cesó para siempre. El cuerpo muerto quedó desvalijado en toda su humanidad sobre la cama, las manos aferrando el colchón, la cabeza buscando el cielo que ya no iba a encontrar nunca más. La mujer pegó un grito y la tía supo que algo no andaba bien.

Ciudad de México, 13 de agosto (MaremotoM).- El viejo estacionó la camioneta sobre la larga calle que bordea las vías abandonadas del ferrocarril. Antes de bajar miró por los espejos que no hubiera curiosos dando vueltas a esas horas de la madrugada. La noche veraniega invitaba al paseo tardío, “sólo para gastar nafta”, como le gustaba comentar a veces en el mercado, para descalificar la vieja costumbre de sus vecinos de salir a dar la vuelto al pueblo en coche “sólo para chismear”.

Frente al local estaban estacionados los mismos coches de siempre. La luz roja encendida discreta a un costado del local, las ventanas opacas, la puerta de aluminio cerrada. Golpeó, le abrieron, pasó. La luz era escasa, así que se asomó a la barra, saludo a la Tía que conversaba de política con un paisano con más pasión que de costumbre. “Esta vieja peronista lo único que tiene de bueno son las putas” le dijo el viejo una vez a otro contertulio.

Se pidió un whisky barato. El único que servían. “¿Alguna chichi nueva?” preguntó. “La negrita que llegó la semana pasada” le contestó la tía y siguió con su charla. Era evidente que el viejo no le caía simpático, pero era uno de sus mejores clientes…

Él entonces hizo un gesto que la mujer detrás de la barra interpretó al instante, le sirvió un vaso de agua y llamó a la “preferida” del viejo que desojaba el aburrimiento en un rincón del cabaret, confinada en el peor lugar el mundo en el que puede caer una mujer. “¡Hola papuchi! ¡Qué apurado que estás hoy, ya te vas a tomar la pastillita!!”. El viejo sonrió con desdén. ¿De dónde sacaban “estas negras” tanta confianza? Y sacó el Viagra del bolsillo. “Hoy me voy a tomar uno entero, todo para vos” le dijo. Y se lo mandó de un solo trago mientras se golpeaba el pecho al viejo estilo. El doctor le había avisado que ya no estaba “para hacerse el macho” pero a él lo tenían sin cuidado “los comentarios del matasanos”.

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Se terminaron el whisky y pasaron al cuarto. Las sábanas con olor a desinfectante, la penumbra. ¿Cuántas noches había pasado en esas camas? La pastilla no tardó en hacer efecto, así que apuró el trámite. La mujer se dejó hacer con resignación, cerrando los ojos. Por poca que fuera la luz bastaba para distinguir los desagrados de ese cuerpo poco aficionado al baño. Como le había dicho la tía una noche “vienen en coches nuevos, camisas Lacoste, pero le huyen a la ducha los hijos de puta”.

Todo transcurría con la monotonía habitual. Ella lo cabalgaba, el jadeaba como perro viejo. Hasta que algo explotó en el centro de su corazón y el primer estertor alertó a la puta de que las cosas no estaban bien. Luego otro y otro más. Y los ojos desorbitados del viejo que trataban de decirle algo pero la boca ya no respondió.

Confinados
La mujer pegó un grito y la tía supo que algo no andaba bien. Foto: Cortesía

Entonces todo cesó para siempre. El cuerpo muerto quedó desvalijado en toda su humanidad sobre la cama, las manos aferrando el colchón, la cabeza buscando el cielo que ya no iba a encontrar nunca más. La mujer pegó un grito y la tía supo que algo no andaba bien.

El revuelo que siguió espantó a los pocos clientes que quedaban, que se fueron sigilosos antes de que llegara la policía. Pero antes había “que limpiar” sugirió la Tía. “Que no queden rastros de las pastillitas, a ver si todavía tenemos un problema. Que este es uno de los ricachones, chicas, vamos… muevan el culo. ¡A ver si todavía nos clausuran los de la municipalidad!”.

El final de la historia se lo contó don Próspero a mi padre unos días después, que vivía en la casa de al lado y se despertó con el alboroto. Primero llegó la policía y después la avergonzada familia del finado que repartió billetes con la inútil pretensión de ocultar las circunstancias de la muerte. “En el apuro tiraron todas las pastillas por el tapial y cayeron en mi gallinero” contaba don Próspero sin poder contener la risa “Y se ve que se las comió el gallo, porque a la mañana siguiente andaban las gallinas más contentas… Yo por las dudas ni me animé entrar. ¡Lo único que faltaba es que me quisiera coger a mi también el gallo viejo!”.

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