Confinados

CONFINADOS | Es increíble lo que viven los muertos

El finado estaba ahí, en el centro de lo que en vida había sido su dormitorio, confinado para siempre dentro del humilde cajón. Todos lo conocían por Don Pinto y debía ser muy importante o muy popular, porque había mucha gente esa noche pululando por toda la casa. En esos tiempos a los que se iban se los despedía todavía en donde había sido su última morada. Todavía no se había impuesto la moda fría y despersonalizada de las salas velatorias, que le agregaron a la muerte un toque industrial a tono con los nuevos tiempos.

Ciudad de México, 7 de julio (MaremotoM).- Al muerto se le escapó un pedo y todos los que estaban alrededor del cajón tuvieron un pequeño sobresalto. Menos yo, que tenía cinco años y no entendía de qué se espantaban y una viejita que llevaba un buen rato hablándole al finadito en el oído y que nos miró con cierta condescendencia y soltó: “No pasa nada, lo hacen todo el tiempo. Mientras duran los velorios se tiran gases y eructos y cuando están bajo tierra les siguen creciendo las uñas”. Nadie se animó a hacer ningún comentario. “Es increíble lo que viven los muertos” murmuró y siguió con su charla.

Unos segundos más tarde, mientras se percibía todavía el olor de la flatulencia, mi madre me alzó de la cadera y me puso la cara del finadito frente a la mía. “Dale un beso”. Era la primera vez que veía un muerto y lo primero que pensé es que era la cara más fría que había besado en mi vida. Pero no era un frío como el que tenían los que entraban desde la vereda en el invierno por las noches. Aquel era “otro” frío. Luego me quedó el olor, una mezcla indefinida de aromas que, con el tiempo, aprendería a identificar como el olor de la muerte.

El finado estaba ahí, en el centro de lo que en vida había sido su dormitorio, confinado para siempre dentro del humilde cajón. Todos lo conocían por Don Pinto y debía ser muy importante o muy popular, porque había mucha gente esa noche pululando por toda la casa. En esos tiempos a los que se iban se los despedía todavía en donde había sido su última morada. Todavía no se había impuesto la moda fría y despersonalizada de las salas velatorias, que le agregaron a la muerte un toque industrial a tono con los nuevos tiempos.

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¡Qué vida tienen los muertos!. Foto: Cortesía

Recuerdo que nos quedamos mucho tiempo y que eso me permitió andar por toda la casa tratando de descifrar ese ambiente que me resultaba tan enigmático. En la cocina había un trajinar de hombres y mujeres que buscaban bebidas, preparaban el “chupe y pase” (una infusión de hierbas que se tomaba con bombilla y que iba de boca en boca, algo muy poco adapto para estos tiempos pandémicos), hacían galletitas caseras en la cocina a leña y servían bizcochos Canale de una enorme lata que parecía no acabarse nunca.

En el comedor el clima era más relajado. Muchos reían y contaban cuentos y otros recordaban historias que habían vivido con el muerto, algunas de una inverosimilitud sugestiva pero que ya nadie podía desmentir. Si algún defecto había tenido en vida el caballero, nadie lo recordó aquella noche. Si por alguna virtud había resaltado, todas fueron exageradas con elocuencia.

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Yo no recordaba a Don Pinto más que vagamente, pero debería ser una persona muy querida para mi madre, porque cuando supo que había muerto se puso muy triste y le dijo a mi padre que estaba dispuesta a pasarse un rato por el velorio. “Yo quiero ir” le dije. Aunque no tenía idea de qué se trataba, cualquier cosa nueva a la que podía sumarme me llamaba la atención. Entonces hubo una pequeña discusión entre mis padres sobre si era o no el momento adecuado para llevarme a un velorio. Y aunque no recuerdo los detalles de la charla pronto quedó claro que no había una medida adecuada para semejante decisión, por lo cual terminó venciendo mi persistente pedido “¡Yo quiero ir! ¡Quiero ir!”.

La naturalidad con la que los paisanos despedían a los suyos en cierto modo me tranquilizó y el episodio no generó más efecto que guardarse para siempre en la memoria. Todo tiene su primera vez en la vida. Y ese día la muerte la había tenido. La próxima vez que la enfrenté las cosas fueron diferentes.

Yo era un adolescente la noche en la que murió mi abuelo materno. Era un hombre joven lastimado por dolores profundos y su muerte se produjo luego de una larga enfermedad. Era una noche de enero, de esas que sostienen un calor sofocante. Ahora el escenario había cambiado. Todo transcurría en una sala velatoria vacía todavía en la madrugada. En el pueblo se celebraba una fiesta popular y desde la calle podía oír los músicos cantando corridos mexicanos hasta el amanecer. O mejor dicho, una versión criolla del corrido que terminaba siendo una mezcla de cumbia con milonga campera. El tono lastimero… “he llorado ya toda esta noche”… no hacía más que aumentar el desasosiego.

Perturbado por la pérdida no reparé hasta mucho después en el significado profundo que tenía la modificación del ritual de la muerte. Ahora ya no queremos a los muertos en casa, tampoco los queremos mucho tiempo despidiéndolos. Todo es breve y en serie. En las salas velatorias de las ciudades hay un muerto al lado del otro, en reducidos espacios físicos. ¿Quién puede contar un chiste o hacer una torta frita? ¿A quién se le ocurre bailar en honor al finado en un lugar así?

Antes que la pandemia viniera a darle el último puntazo a nuestra esquiva relación con la parca, ya habíamos contraído el virus del miedo que es mucho más mortal que cualquier otro. Dicen en los diarios que las escenas más dramáticas que se vivieron en Europa tuvieron que ver con la imposibilidad de los familiares de despedirse de sus seres queridos. Fue así como pasamos de la sala express al entierro clandestino. Quién sabe, tal vez, después de un tiempo de verla tanto cerca, en los titulares de todos los diarios, todos los días, nos reconciliemos un poco con la muerte y dejemos de lado tanta negación. Sería un cambio importante. Volver a celebrar la vida recordando dónde está nuestro con/fín. Y recuperando la fiesta de decirle adiós a los que parten como un ritual antiguo que el capitalismo nos borró y que necesitamos recuperar con urgencia.

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